Cartas de un corazón de nadie

No sé lo que trae­rá el mañana.

Mien­tras tan­to, el esti­lo de Pes­soa se vuel­ve cada vez más dis­pa­ra­ta­do y absur­do. Son car­tas escri­tas casi de mane­ra auto­má­ti­ca, sin repa­rar en esti­lis­mos ni en deli­ca­de­zas, con diver­sas incohe­ren­cias y nume­ro­sas fal­tas de sen­ti­do, y con la cons­tan­te pre­sen­cia de la locu­ra que ame­na­za a Pes­soa como si fue­se una espe­cie de mal­di­ción inevitable.

Son fre­cuen­tes los exabrup­tos, las súpli­cas cons­tan­tes, las inse­gu­ri­da­des, los cam­bios de humor y de talan­te, la ines­ta­bi­li­dad emo­cio­nal. Tam­bién vuel­ven a apa­re­cer las refe­ren­cias a su pre­ca­rio esta­do de salud men­tal, como cuan­do afir­ma: «Se ha par­ti­do la cuer­da del auto­mó­vil vie­jo que lle­vo en la cabe­za, y mi jui­cio, que ya no exis­tía, ha hecho tr-tr-r-r‑r…». Y a con­ti­nua­ción aña­de: «Nece­si­to cada vez más ir a Cas­cais-Boca do Inferno pero con dien­tes, cabe­za aba­jo, y fin, y rápi­do, y no habrá nin­gún Ibis más. Y así es cómo era para ese ani­mal ave res­tre­gar su fiso­no­mía extra­or­di­na­ria por el sue­lo».

El «Ibis» al que se hace refe­ren­cia en esta car­ta es un ave de Egip­to con la que Pes­soa solía refe­rir­se cari­ño­sa­men­te tan­to a Ophé­lia como a sí mis­mo. Lo que no hace fal­ta acla­rar es que la Boca do Inferno a la que tam­bién alu­de Pes­soa en este párra­fo es, como su pro­pio nom­bre sugie­re, una zona de acan­ti­la­dos tan espec­ta­cu­lar como peli­gro­sa, con pro­fun­das grie­tas y oque­da­des, situa­da a las afue­ras de Lis­boa por la carre­te­ra cos­te­ra en direc­ción a Sin­tra, a un kiló­me­tro de Cascais.

De nue­vo vuel­ve a apa­re­cer la temi­ble som­bra de la locu­ra y del sui­ci­dio, casi como una pre­mo­ni­ción del tem­prano final de Pes­soa, que murió el 30 de noviem­bre de 1935 a la edad de 47 años, jus­to cuan­do pla­nea­ba publi­car al año siguien­te su obra poética.

Unos días antes de su falle­ci­mien­to había sido inter­na­do en el Hos­pi­tal de S. Luís dos Fran­ce­ses a cau­sa de una cri­sis hepá­ti­ca que aca­ba­ría con su vida. Al pare­cer, en sus últi­mos ins­tan­tes, pidió que le deja­sen sus gafas y algo para escri­bir. En un tro­zo de papel escri­bió en inglés las que serían sus últi­mas pala­bras, pue­de que el pri­mer ver­so de un poe­ma que le ron­da­ba en la cabe­za, «I know not what tomo­rrow will bring» («No sé lo que trae­rá el maña­na»), un ver­so extra­via­do que recuer­da tan­to a otro que le encon­tra­ron a Anto­nio Macha­do en el bol­si­llo de su abri­go cuan­do falle­ció: «Estos días azu­les y este sol de infan­cia».

Pes­soa aca­ba­ba de reci­bir un pre­mio por su libro Men­sa­gem, el úni­co que publi­có en vida. El res­to de su obra, como las car­tas de amor diri­gi­das a Ophé­lia que han sali­do recien­te­men­te a la luz, se publi­ca­ría muchos años más tar­de, cuan­do Pes­soa ya no podía dis­fru­tar del reco­no­ci­mien­to uná­ni­me que le otor­ga­ría su poe­sía innovadora.

El 2 de diciem­bre fue ente­rra­do en el Cemi­té­rio dos Pra­ze­res, jun­to a su abue­la Dio­ní­sia, de la que creía haber here­da­do sus tras­tor­nos men­ta­les. En la actua­li­dad, sus res­tos mor­ta­les se con­ser­van en el Monas­te­rio de los Jeró­ni­mos en Belem, con la lámi­na pla­tea­da del Tajo de los días solea­dos jus­to enfrente.

En la nota necro­ló­gi­ca publi­ca­da en el Diá­rio de Notí­cias del día 3 de diciem­bre de 1935 pue­de leer­se lo siguien­te: «Todo en él era ines­pe­ra­do. Des­de su vida has­ta sus poe­mas, has­ta su muer­te». Qui­zás habría que aña­dir a este párra­fo que tam­bién el amor fue en su vida un acon­te­ci­mien­to inesperado.

Biblio­gra­fía:

  1. Pes­soa, F., Car­tas de amor, Madrid, Funam­bu­lis­ta, 2012.
  2. Un cora­zón de nadie. Anto­lo­gía poé­ti­ca (1913- 1935), Bar­ce­lo­na, Gala­xia Gutem­berg, 2013.
  3. Cres­po, Á., La vida plu­ral de Fer­nan­do Pes­soa, Bar­ce­lo­na, Seix Barral, 2007.