Cartas de un corazón de nadie

Todas las car­tas de amor son ridículas.

Por extra­ño que pudie­se pare­cer, es Álva­ro de Cam­pos el que se inter­po­ne abrup­ta­men­te en la rela­ción entre Pes­soa y Ophé­lia, el «con­se­je­ro» que «con­ven­ce» a Pes­soa para que aban­do­ne ese amor inopor­tuno y ridícu­lo, incom­pa­ti­ble con su deseo de lle­var una vida con­sa­gra­da a la escri­tu­ra, y aca­so el que pro­pi­cia de una mane­ra indi­rec­ta la rup­tu­ra definitiva.

Como mues­tra una car­ta del 25 de sep­tiem­bre de 1929 escri­ta por su hete­ró­ni­mo, que fir­ma al final de la car­ta como «Inge­nie­ro Naval», des­pués de algu­nas reco­men­da­cio­nes super­fi­cia­les sobre su esta­do de salud, Álva­ro de Cam­pos reco­mien­da a Ophé­lia que deje de pen­sar en «un abyec­to y mise­ra­ble indi­vi­duo lla­ma­do Fer­nan­do Pes­soa, mi par­ti­cu­lar y que­ri­do ami­go», al tiem­po que le acon­se­ja coger «la ima­gen men­tal que aca­so se haya for­ma­do del indi­vi­duo cuya men­ción está estro­pean­do este papel razo­na­ble­men­te blan­co, y eche esa ima­gen en la pila, por ser mate­rial­men­te impo­si­ble dar ese jus­to Des­tino a la enti­dad fin­gi­da­men­te huma­na a quien le corres­pon­de­ría, si hubie­se jus­ti­cia en este mun­do» (las cur­si­vas son nuestras).

Ofélia Queiroz (foto: D. P.).

Ophé­lia Quei­roz (foto: D. P.).

De nue­vo el arte de la simu­la­ción y del fin­gi­mien­to, al que Pes­soa había dedi­ca­do aque­llos ver­sos de su poe­ma «Auto­psi­co­gra­fía» que con el tiem­po habrían de con­ver­tir­se en algu­nos de los más emble­má­ti­cos de su obra: «El poe­ta es un fin­gi­dor. / Fin­ge tan com­ple­ta­men­te / que has­ta fin­ge que es dolor / el dolor que en ver­dad sien­te. Y quie­nes leen lo que escri­be, / en el dolor leí­do sien­ten, / no los dos que el poe­ta vive / sino sólo aquel que no tie­nen».

En reali­dad, no es la pri­me­ra vez que Álva­ro de Cam­pos apa­re­ce en el bre­ve epis­to­la­rio. Ya lo había hecho ante­rior­men­te, al final de la pri­me­ra eta­pa de la rela­ción, en la mis­ma car­ta en la que Pes­soa le comu­ni­ca a Ophé­lia su inten­ción de ingre­sar por volun­tad pro­pia en un sana­to­rio para tra­tar­se sus pro­ble­mas mentales.

En las últi­mas líneas de esta car­ta apa­re­ce por pri­me­ra vez la figu­ra del hete­ró­ni­mo, si bien de mane­ra efí­me­ra, en las que Pes­soa escri­be: «Al final, ¿qué ha pasa­do? ¡Me han con­fun­di­do con Álva­ro de Cam­pos!». Resul­ta sin­to­má­ti­co y al mis­mo tiem­po escla­re­ce­dor que Pes­soa decla­re que le han con­fun­di­do con su hete­ró­ni­mo, cuya per­so­na­li­dad tan­to se pare­ce a la de su creador.

Álva­ro de Cam­pos apa­re­ce en la obra de Pes­soa como un inge­nie­ro naval de ori­gen por­tu­gués y edu­ca­ción ingle­sa, que siem­pre tie­ne la sen­sa­ción de ser un extran­je­ro ambas carac­te­rís­ti­cas coin­ci­den con la per­so­na­li­dad del pro­pio Pes­soa, y es el «artí­fi­ce» de dos poe­mas tan impor­tan­tes como «Lis­boa revi­si­ta­da (1923)» y «Todos los poe­mas de amor son ridícu­los» que se men­cio­nan a con­ti­nua­ción, ade­más de «Taba­ca­ria», qui­zás el más para­dig­má­ti­co de la poe­sía de Pes­soa, o al menos uno de los más cono­ci­dos por los lectores.

Pero aque­lla car­ta fir­ma­da por Álva­ro de Cam­pos en la que con­mi­na a Ophé­lia a olvi­dar defi­ni­ti­va­men­te a su ami­go Fer­nan­do Pes­soa, y se refie­re a él en tér­mi­nos tan crue­les y des­pec­ti­vos, tam­po­co sería su últi­ma intromisión.

En la siguien­te car­ta, fecha­da el 26 de sep­tiem­bre de 1929, escri­ta al día siguien­te de la ante­rior, vuel­ve a apa­re­cer la figu­ra cada vez más omni­pre­sen­te e inva­si­va de Álva­ro de Cam­pos, esta vez como inevi­ta­ble acom­pa­ña­mien­to de Pes­soa en uno de sus lar­gos paseos por Lis­boa «duran­te bue­na par­te del día». En esta oca­sión Pes­soa le advier­te a Ophé­lia que el poe­ta inge­nie­ro tie­ne un enig­má­ti­co men­sa­je para ella. Si bien Pes­soa nun­ca lle­gar a acla­rar la natu­ra­le­za de dicho men­sa­je, por el cariz que toma­ron los acon­te­ci­mien­tos pos­te­rior­men­te, no resul­ta muy com­pli­ca­do ima­gi­nar que Pes­soa desea­ba o pro­yec­ta­ba una rup­tu­ra defi­ni­ti­va con su ama­da, y que uti­li­zó la figu­ra de su hete­ró­ni­mo para lle­var­la a cabo.

Por si todo esto fue­ra poco, es Álva­ro de Cam­pos el «artí­fi­ce» de aque­llos ver­sos tan des­en­can­ta­dos que habría de escri­bir Pes­soa algu­nos años más tar­de sobre la natu­ra­le­za de las car­tas de amor: «Todas las car­tas de amor son / ridí­cu­las. / No serían car­tas de amor si no fue­ran / ridí­cu­las. / En mis tiem­pos tam­bién escri­bí car­tas de amor, / como las demás / ridí­cu­las». Álva­ro de Cam­pos cari­ca­tu­ri­za el apa­sio­na­mien­to que encie­rran las car­tas de amor, inclui­das las suyas. Es muy pro­ba­ble que este repro­che del poe­ta inge­nie­ro fue­se deter­mi­nan­te en la rup­tu­ra de Pes­soa con Ophélia.

Y es tam­bién Álva­ro de Cam­pos el que «fir­ma» unos ver­sos que con el tiem­po se con­ver­ti­rían en pro­fé­ti­cos si tene­mos en cuen­ta la ten­sa, ambi­va­len­te y com­ple­ja rela­ción de amor y odio, de acep­ta­ción y recha­zo, que man­tu­vo Pes­soa con Ophé­lia a lo lar­go de sus dos perío­dos de ena­mo­ra­mien­to: «Me que­rían casa­do, fútil, coti­diano y tri­bu­ta­ble? / ¿Me que­rían lo con­tra­rio de esto?, lo con­tra­rio de cual­quier cosa? / Si yo fue­se otra per­so­na, les daría a todos gus­to. / ¡Así, como soy, ten­gan pacien­cia! / ¡Váyan­se al dia­blo sin mí, / O déjen­me irme yo soli­to al dia­blo! / ¿Para qué hemos de ir jun­tos?».

Álva­ro de Cam­pos se mues­tra impla­ca­ble en estos ver­sos de «Lis­boa revi­si­ta­da (1923)», quie­re que le dejen en paz y vivir una vida soli­ta­ria, al mar­gen de la socie­dad y del tumul­to, lejos de las ata­du­ras sen­ti­men­ta­les y de los con­ven­cio­na­lis­mos socia­les, exhi­bien­do una fobia social y una misan­tro­pía sin amba­ges que tam­bién carac­te­ri­za­ban la per­so­na­li­dad esqui­va y hui­di­za de Pessoa.

Es muy pro­ba­ble que Pes­soa sim­ple­men­te se escu­da­se en la per­so­na­li­dad fuer­te y anti­so­cial de Álva­ro de Cam­pos para poner fin a una rela­ción que había deja­do de inte­re­sar­le o de con­ven­cer­le o que sim­ple­men­te lle­gó a extin­guir­se con el paso del tiem­po y de las circunstancias.

Del des­en­ga­ño amo­ro­so no se echa la cul­pa a sí mis­mo ni a Ophé­lia, sino a entes imper­so­na­les y eté­reos como el «Des­tino» «si el Des­tino fue­ra un ser humano al que se le atri­bu­ye­sen cul­pas»—, y al «Tiem­po», «que enve­je­ce las caras y los cabe­llos, enve­je­ce tam­bién, pero inclu­so más apri­sa, los afec­tos vio­len­tos».

Lo cier­to es que la pre­sen­cia en las car­tas de Álva­ro de Cam­pos es inape­la­ble, y que sus opi­nio­nes tie­nen una fuer­te capa­ci­dad de influen­cia en Pes­soa. Tan­to es así, que la pro­pia Ophé­lia lle­gó a mani­fes­tar su des­con­cier­to por la apa­ri­ción de tan enig­má­ti­ca y con­tro­ver­ti­da per­so­na­li­dad, e inclu­so lle­gó a odiar­lo pro­fun­da­men­te por lo que tenía de intro­mi­sión y de inter­fe­ren­cia en sus vidas.

(Con­ti­nuar –>)

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