Cartas de un corazón de nadie

El fan­tas­ma de la locura.

El retra­to fue la excu­sa adu­ci­da des­pués de nue­ve años sepa­ra­dos, sin embar­go en la escri­tu­ra de Pes­soa exis­ten dife­ren­cias nota­bles entre este segun­do perío­do y el primero.

Pue­de que sean los indi­cios de repro­che que se van exten­dien­do entre las líneas de las car­tas como una man­cha de óxi­do; o el pro­gre­si­vo des­alien­to que se va apo­de­ran­do del poe­ta de la «sau­da­de» y que impreg­na su escri­tu­ra de una mor­daz y corro­si­va iro­nía, de una amar­gu­ra sin palia­ti­vos, de un escep­ti­cis­mo inal­te­ra­ble, ade­más de un pesi­mis­mo cada vez más para­li­zan­te; o la hue­lla del fra­ca­so que le habían deja­do todos los inten­tos por alcan­zar una situa­ción más prós­pe­ra y hol­ga­da, una exis­ten­cia más seden­ta­ria y esta­ble, y en la que había depo­si­ta­do tan­tas ilu­sio­nes y esperanzas.

Sea como fue­se, da la impre­sión de que el esti­lo de su escri­tu­ra en esta segun­da eta­pa es más dis­tan­te, menos afec­tuo­so, pue­de que más agrio y des­car­na­do. Es cier­to que Pes­soa se sigue refi­rien­do a Ophé­lia en tér­mi­nos infan­ti­les y cari­ño­sos, como en la pri­me­ra eta­pa, pero cada vez es más evi­den­te su estoi­ca acep­ta­ción de las adver­si­da­des, como si se hubie­se resig­na­do defi­ni­ti­va­men­te a una exis­ten­cia anó­ni­ma y desamparada.

Un tono cada vez más errá­ti­co y des­or­de­na­do se va apo­de­ran­do de su esti­lo, como una señal ine­quí­vo­ca del dete­rio­ro psí­qui­co que acom­pa­ña al físi­co, como cuan­do en una car­ta del 9 de octu­bre de 1929 le escri­be a Ophé­lia lo siguien­te: «(…) y por qué será que Ophe­linha quie­re a un malean­te, a un cebón, a un andra­jo­so y a un indi­vi­duo con una nariz de con­ta­dor del gas y una expre­sión gene­ral de no estar allí sino en el fre­ga­de­ro de la casa de al lado y, exac­ta­men­te, y en fin, y voy a aca­bar por­que estoy loco, y lo he esta­do siem­pre, y es de naci­mien­to, que es como quien dice des­de que nací».

Ya en la pri­me­ra eta­pa de su rela­ción, en una car­ta fecha­da el 15 de octu­bre de 1929, Pes­soa sugie­re la posi­bi­li­dad de ingre­sar en un sana­to­rio debi­do a su pre­ca­ria salud men­tal: «Ten­go la inten­ción (sin apli­car aho­ra el céle­bre decre­to de 11 de mayo) de irme a un sana­to­rio el mes que vie­ne, para ver si allí encuen­tro algún tra­ta­mien­to que me per­mi­ta resis­tir a la ola negra que está aba­tién­do­me sobre mi espí­ri­tu». El decre­to de 11 de mayo de 1911 al que alu­de la car­ta esta­ble­cía que cual­quier per­so­na podía soli­ci­tar el inter­na­mien­to de otra en un mani­co­mio, pre­sen­tan­do pre­via­men­te el cer­ti­fi­ca­do de dos médicos.

El caso es que el dete­rio­ro psí­qui­co de Pes­soa es cada vez más evi­den­te en su escri­tu­ra, que se vuel­ve más caó­ti­ca y des­or­de­na­da, mucho más vehe­men­te, tam­bién más imbui­da en el jue­go crea­ti­vo que la lite­ra­tu­ra siem­pre sig­ni­fi­có para Pes­soa, como aquel reque­ri­mien­to que le envía a Ophé­lia des­de la taber­na Abel Perei­ra da Fon­se­ca el 18 de sep­tiem­bre de 1929 para que ella acre­di­te sobre él mis­mo que «(1) no tie­ne 8 meses de edad, (2) es un espan­ta­pá­ja­ros, (3) ni siquie­ra exis­te, (4) es des­pre­cia­do por la enti­dad dis­tri­bui­do­ra, (5) se sui­ci­dó».

Con ante­ce­den­tes fami­lia­res de tras­torno men­tal, Pes­soa siem­pre con­ci­bió temo­res de con­ver­tir­se él mis­mo en un enfer­mo men­tal. Su pro­pia abue­la pater­na, Dio­ní­sia, tuvo que ser inter­na­da en el mani­co­mio de Rilha­flo­res en mayo de 1895. A raíz de aquel suce­so, la som­bra de la locu­ra acom­pa­ñó a Pes­soa duran­te toda su vida, y posi­ble­men­te influ­yó de mane­ra deci­si­va en el des­do­bla­mien­to de su per­so­na­li­dad en la de sus heterónimos.

Lle­ga­dos a este pun­to resul­ta impres­cin­di­ble men­cio­nar la apa­ri­ción de los hete­ró­ni­mos como un capí­tu­lo esen­cial en la vida de Pes­soa, y en con­cre­to, la inter­ven­ción de Álva­ro de Cam­pos, debi­do a la impor­tan­cia que ten­drá no sólo en el con­jun­to de su obra poé­ti­ca, sino tam­bién en el des­en­la­ce final de su rela­ción, has­ta tal pun­to que algu­nas de las car­tas envia­das por Pes­soa a Ophé­lia no serán fir­ma­das por él mis­mo sino por su hete­ró­ni­mo, un ras­go que dela­ta has­ta qué pun­to el jue­go lite­ra­rio de los hete­ró­ni­mos ha colo­ni­za­do la vida y la obra de Pessoa.

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