Wendy Guerra

Aunque la escritora tenga la opción de negarlo, el recorrido vital de Nirvana del Risco, protagonista de Negra (Editorial Anagrama, 2013) la nueva novela de Wendy Guerra (La Habana, Cuba, 1970), podría ser similar en muchos pasajes al de la propia autora con la diferencia de un rasgo físico tan reconocible como es el del color de piel. Es ese negativo fotográfico lo que le permite hablarnos de realidades disfrazadas de color. Racismo, sexo, religión yoruba, cultura…

¿Qué decir de Nina, Nirvana? Ella misma se presenta ante nosotros en los primeros párrafos del libro, y a eso no hace falta añadir más que lo que iremos encontrándonos en el viaje que se nos narra:

Yo soy el borrón en tu muro. Caña sembrada, cultivada, cortada, quemada por negros; cobrada por blancos. Azúcar prieta, melaza, raspadura, miel de purga, melao caliente. […] Negra, culta, mulata, blanca, vulgar, ilustrada, amnésica, ebria, insolente y lúcida; bella en la infinita indiferencia. {…} Conmigo no aciertan los pronósticos meteorológicos, ni históricos, ni religiosos. Yo soy la que todos narran y pocos entienden.

 

En toda mi trayectoria no he encontrado un personaje femenino que sea tan ella misma

He leído que has estado tres años embarcada en este proyecto, ¿buscando qué?

Me preocupaba que una persona no religiosa, me refiero a la religión afrocubana, la yoruba concretamente, hablara de un mundo que nunca hubiese visitado, no digo conocido, visitado. Podía leer a Fernando Ortiz, a Lydia Cabrera o a Natalia Bolívar, que fue mi asesora, y saber detalles, pero no había entrado en los promontorios de los babalaos. Y había que hacerlo. Por otra parte, yo viví con mi madre y mi padrastro en un solar donde habían familias hacinadas. No soy una cubana de las que dice que tuvo algo en el pasado y lo perdió, soy de las que no tuvo absolutamente nada. Terminé en un lugar muy terrible, sin intimidad, con baños colectivos. Me vi en la necesidad de regresar porque estuve en esa situación hasta que me casé. Cuando te vas de un lugar así como que no quieres volver y sientes que te marchas rumbo al océano, a los barrios que están más pegados al mar, ya no quieres saber más del centro de la ciudad. Pasé mi infancia en un lugar muy rico, que es Cienfuegos, donde la gente vive como millonarios sin millones. Es una ciudad que tuvo puerto, fundada por los franceses y con muchos catalanes que hicieron su plata allí y, bueno, se vive como si tuvieras plata. Y fue en la adolescencia cuando caí en este barrio. Quise chapear, cortar, extirpar esa etapa para poder vivir también, tener un baño propio, por ejemplo, algo mínimo. Y regresé a todo esto. Fueron años, meses, días de tragar pócimas de discusiones sobre la fe conmigo misma, de llanto profundo, de complejidad para presentar este libro, preguntándome qué editor podría querer publicarlo porque no es de lectura fácil. Se va rápidamente, lo sé. Las recetas son bien intimidantes y la sexualidad de ella es muy inquietante y…

… Bueno, es más bien pasional.

Sí, es ella la inquietante. Con ella misma, incluso. Nirvana es una mujer muy fuerte. Creo que en toda mi trayectoria no he encontrado un personaje femenino creado por mí que sea tan ella misma. Tiene vida propia. Pienso que es un personaje muy cinematográfico, y con mucha belleza. Fueron tres años viviendo con Nina. No soy bisexual, pero si algún día me decido la busc0.

Tampoco ella se define como bisexual.

No, es de esa generación que piensa que la vida es eso, amar. Hembras, varones, criaturas, libélulas… Amaos.

La atracción que siente hacia su amiga Lu no es exactamente sexual.

Es una relación hasta diría que doméstica. Siento que Lu la regaña, la organiza, y eso viene de la relación de las amigas de mi madre, que eran unas relaciones en las que se quedaban en esa estructura de quererse, regañarse.

Como una relación de pareja ya madura.

Cuando tienes un hijo de por medio.

Cuando ya te has acomodado.

Sí, ellas son así. Pero esto surge del devenir del caos que hemos tenido todos estos años en una sociedad desestructurada, donde los hijos de los que fueron hippies, o guerrilleros, o internacionalistas no pudieron tener esa vida de hogar que quisieron. La gente quería tener ese tipo de vida, no es que lo hicieran porque les diera la gana. Los hijos tratan de reconstruir lo que no pudieron tener en su infancia o en su primera juventud. Y aunque son bien díscolos, en medio de todo eso procuran mantener una pequeña coherencia con meridianos muy propios. Creo que Nina y Lu son el residuo de todo esto. Como lo que queda en la mesa después de la fiesta.

Me hubiera encantado vestirme de los 50
y salir una noche con Cabrera Infante

Esta Cuba que comentabas antes queda muy bien reflejada en la primera parte. Hay una frase que la define a nivel literario, cuando Nirvana dice que no conoce la Cuba de Cabrera Infante, conoce la de Pedro Juan Gutiérrez.

Y que la de Reinaldo Arenas tampoco, la supone, con esos hombres solos, haciendo el amor de pie. La de Arenas es una Cuba muy fuerte, no la podemos perder. La de Cabrera Infante es maravillosa. Me hubiera encantado vestirme de los 50 y salir una noche con él. A Pedro Juan lo adoro. Y a Padura. Está la Cuba de Padura, a la que tendré que dedicarle algo. Es una Cuba muy enigmática, inquietante.

¿Pero te sientes más cercana a esa Cuba de Gutiérrez?

Sí, porque esos son mis barrios. Soy de Centro Habana, de Jovellar entre Espada y Hospital. Además, claro, hay una Cuba blanca y una Cuba negra. Y no por vivir en un barrio de esa intensidad percutiva y racial tienes que ser esencialmente negro. Yo soy negra por dentro, seguramente, y mi derrier es negro, y mi vida tiene un panorama negro, rítmico. Sobre todo percusivo, bailo mucho. Y me muevo mucho. Pero nosotros tuvimos una educación y una estructura de aprendizaje muy egocéntrica. No olvidemos que nuestros programas de estudios son rusos. También españoles, había mucha literatura de Lope de Vega, Galdós. Era un programa excelente, fui de esas primeras estudiantes que disfrutaron de un muy buen programa de estudios. Luego vino lo de estudiar estética marxista y economía del socialismo, y del comunismo, y del nosequé. Nuestros estudios estaban conducidos a otras culturas y nos olvidamos de asomarnos a lo que le estaba pasando a nuestra sangre, que es África. En las escuelas de música hasta hace poco no se daba fusión, música cubana, como asignatura. Estoy casada con un músico de jazz (Ernán López-Nussa) y luchó mucho. En los 80 y principios de los 90 no había nada a nivel formativo. Y estuvo prohibido el jazz. Mi marido formaba parte de un grupo que se llamaba Afrocuba y ellos no eran analizados académicamente. Sin embargo, junto con Irakere, estaban cambiando la música. Ese fenómeno no se estudiaba. Ha costado mucho que la intelectualidad vea que hay una patria negra y que aunque tú seas blanca puedes hablar del mundo negro. Y debes hacerlo, porque es tu propio mundo. Allí nadie es blanco, ya estamos mezclados, somos mayoría. Mira mi pelo, superchino, y mis ojos negros… Soy muy blanca de piel, es cierto, pero tengo una fusión más grande que la de Irakere. Este libro yo quería titularlo «Misa negra», como homenaje al grupo.

¿Querías darle especial trascendencia a esa fusión, incluso narrativamente?

Negra es jazz, totalmente. Y pasó una cosa rarísima. La primera persona que recibió el libro fue el cantautor Amaury Pérez Vidal. Me dijo «Wendy, este libro está en seis por ocho». Seis por ocho es el toque de los batás, de los tambores que trajeron todo el toque santo africano a la música cubana. Lo sacro y lo pagano, todo junto. Eso está ahí.

Se ha hablado mucho del tema del racismo, que aparece en el libro, pero no lo es todo en tu novela, tal y como estás contando. Sin embargo hay que hablar de ello. Me ha parecido revelador el momento inicial en el que Jorge, rubio él, parece abrirle los ojos a Nirvana, cuando le expone cómo han de llevar la relación de pareja a ojos de su familia.

Pasa mucho. Ese maridaje de «vamos a estar juntos entre cuatro paredes pero la cuarta pared es importante». El peso de la cuarta pared en determinados mundos. Quizás entre los artistas no pasa tanto, pero sí con el resto de gente. Hay muy pocas parejas que, estando en una casa de rubios, vivan los negros tranquilamente. Es complicado. Debe ser así, la gente recita que eso es lo correcto, lo tienen aprendido. Se saben la música pero no la letra. Lo estoy diciendo y sé lo que me va a costar, lo que me van a decir en los blogs y lo que opinará el mundo. Me sucedió hace años, cuando escribí Todos se van. Sabía lo que costaba hablar del maltrato infantil en un país donde eso no era asumido. Cuando publiqué Nunca fui primera dama hablé sobre el tema de la ausencia del poder femenino en Cuba y recuerdo lo que me costó. También sé lo difícil que es hablar sobre un país que se cree blanco y donde hay problemas sobre el racismo. Ahora, me parece que, como tú dices, hay otros temas dentro del libro. Por ejemplo, el lenguaje. Al principio hay un ritmo muy grande, casi a golpe de batá. Después, cuando se traslada la historia a Francia, utilizo unos toques directos como muy cinematográficos, y luego, cuando entra en el Escambray y empieza a sentirte mal, todo va lento, como Cuba. No tienes internet, tienes calor, la maldita circunstancia del agua por todas partes, como decía Virgilio Piñera. Ahí el libro empieza a ponerse denso, parece que no camina pero no puedes parar de leer. Es así, como Cuba, no puedes irte pero tampoco puedes estar mucho tiempo. Y el trabajo con el lenguaje, tensar la cuerda, ponerlo grueso y hacer sentir que te estás asfixiando es un trabajo que me costó muchísimo más que escribir los cortes más rápidos, que es mi lenguaje, mi manera aerodinámica de ser. Quería comunicar desde el punto de vista de lo que va debajo del lenguaje interior, lo que yo percibo cuando me paso más de tres meses allá adentro. Lo necesitaba, no podía hacer un videoclip, quería usar un lenguaje bien denso, espeso, como digo, «la leche condensada corriendo por las escalinatas de la Universidad de la Habana», que es como siento que son los veranos. Y hacer sentir que el aceite que fabrica Nina esté como cayendo sobre el lenguaje me costó mucho, porque soy de pequeños capítulos. Y no, me dije que quería contar cómo son los días. Este es el lenguaje. Y salvando las distancias, no me quiero comparar, creo que Carpentier o Lezama Lima sabían contar las cosas con esa gravedad, ese dolor, esa espesura, esa hondura. Nunca llegaré ahí, soy otra cosa, pero siento que tengo que aprender de ellos. Cuando una está un lugar como África se escribe bajo los influjos de esa sensación. Es un estado. En la segunda parte quería comunicar eso y que el lector se sintiera mal. Espero haberlo logrado. Desmayos. Es la sensación que te da la isla cuando las cosas no parecen tener solución.

Nina rompe toda la barrera política
desde la política del cuerpo

NegraEn cuanto a la técnica, se puede correr el riesgo de que adquiera más protagonismo que la narración. En Negra hay equilibrio, distribuyes la cadencia entre las tres partes. La parte negra, la europea y una narración final para la que el lector ya se encuentra preparado.

Claro, hay que ir endulzándolos. Es como un juego sexual. La primera parte es muy ligera, la segunda más contundente y la tercera el gran placer en cuatro paredes. Pero el placer duro.

Sin olvidar la política.

El conflicto entre Cuba y EE.UU., un asunto que está semiplanteado como para otra historia. Es un aperitivo, pero sí, quería que Nina durmiera con el enemigo. Porque ella es esta heroína que atraviesa toda la historia posrevolucionaria rompiendo toda la barrera política desde la política del cuerpo.

Para eso recurre a los hombres, de diferentes nacionalidades.

Jorge, que tiene su conflicto como rubio. Philippe, su amante francés. Tom pertenece a otra generación de políticos que no saben qué hacer con Cuba, si abandonarla, quererla, intervenirla, despreciarla o adorarla. Es lo que yo siento que pasa con el conflicto con los americanos. Esa foto de Raúl Castro y Obama dándose la mano… Dirás que es una equivocación. No, no hay error en la alta política. Raúl tenía una cara de «¿Qué dirá Raúl Castro de esto?» Se lo pregunta a sí mismo. Y Obama con aspecto de pensar si le estaba dando la mano al verdadero Raúl. Tom es esto, un bateador emergente en la política norteamericana, como muchos que van y vienen. No queda en un lugar específico, todo es muy impreciso. Pero a la vez es una buena persona. Otra cosa de los personajes es que nadie es mala o buena persona, los malos no son del todo malos ni los buenos son del todo buenos. Eso es la literatura, hablar del ser humano, y la novela también es una ruptura con el esquema de la literatura cubana, donde los malos muy malos son ya insoportables de mantener. Negra representa para mí una catarsis sobre la condición humana. Era consciente del lío que conlleva, pero es mi novela de los cuarenta años. Te confieso que he querido escribir sobre la nada pero no he podido. Últimamente leo libros que no tratan de absolutamente nada, que están muy bien escritos, que me encantan aunque reconozca que es literatura extravagante. Cuando estoy en Cuba reconozco que mis circunstancias no son las que podría tener en Harvard. Así que me planteo cómo hacer el cine que se merece, o la literatura que se merece. Es como una visión cinematográfica de lo que estoy viviendo, como si tuviera una cámara corporal. Hay tanto todo allí que no me atrevo a escribir sobre nada. Terminé físicamente muy herida por todos los caminos duros que recorrí, por todo lo que me tomé, de lo que tragué, de lo que atravesé, pero aquí estoy. Lo que no te mata te hace más fuerte.

Con políticas firmadas, acordadas o no pero multitudinarias, no se cambia al individuo

Tengo la sensación de que en los últimos tiempos, en Europa ya no se mira tanto hacia Cuba, quizás por los problemas que estamos sufriendo.

Es muy interesante la doble moral de la derecha y de la izquierda. La derecha con el tema del racismo en Francia, por ejemplo. Y en cuanto a la izquierda, no hay más que recordar las cartas de Simone de Beauvoir a su amante mientras Fidel Castro la recibía junto a Sartre como matrimonio que estaba cambiando la visión desde Cuba y amplificándola en Francia. El mundo se comporta como la sayuela, la enagua de ese socialismo. Nos quedamos en nuestro interior mientras transcurre la Historia. ¿Qué hacía Simone de Beauvoir mientras Fidel le enseñaba Cuba? Le escribía a Nelson Algren, su amante. ¿Qué hace la mamá de Nirvana mientras rueda cine en Cuba? Pues tener una amante francesa. Cuando me preguntan sobre política digo que mi trabajo no es como el de otros jóvenes que están haciendo política en las calles, que me parece muy bien, cada uno que haga lo suyo. El mío es escribir estos libros para que se cambie desde adentro, porque con políticas firmadas, acordadas o no pero multitudinarias y reglamentarias, no se cambia al individuo. A mí los libros me han cambiado muchísimo y esta es una manera de enseñar el río de un país así, por dentro. Y procuro hacerlo con personajes que viven en un mundo en el que el lector se puede encontrar, con su intimidad y sus miserias.

Aunque has comentado antes que la parte de París es más de cine, y estoy totalmente de acuerdo, creo que es una novela que utiliza un lenguaje tan extremadamente literario que diría que es imposible llevarla al cine.

Bueno, quizás González Iñárritu

Ni él.

¡No me digas eso! [se ríe].

No, porque creo que, y no sé si es de manera consciente por tu parte o que yo lo veo así, separas ambos lenguajes y los mantienes muy distantes.

No, no, está muy bien, mi trabajo lo hago para los demás, no para mí. Me encanta que me lo digas.

El lenguaje es diferente y la manera de enfocarlo también.

Sí, y esa ciudad de París yo no lo quería ver, porque París es mi reservado de glamour. Un día entré a un París y a una Marsella distintas. Y ese día me juré escribir sobre lo que pasa en Francia, porque es muy fácil sentarse a hablar de Cuba, pero vamos a aventar también los problemas de Francia, ¿no? Estoy en este mundo para contar y para mí fue importante meterme en ese otro conflicto. Y no desde afuera, el personaje lo mismo compra drogas que se mete en un barrio muy heavy, que se adentra en un barrio marsellés donde practican abortos. Esto es también lo que te regala la literatura, la capacidad de viajar, de vender libros en otras partes. Y si no te comprometes con lo que estás viviendo eres una estúpida. La vida te está poniendo ahí para que atravieses el fuego, ¿no? Pues métete. Y si sales viva termínalo. Pero no sé, también hay tantas cosas religiosas reveladas en el libro que quizás no me dejarán viva. Son conflictos internos con mi país.

La sutileza cubana puede ser una bomba, un misil

Háblanos de las recetas de la Regla de Ocha. Dices que algunas las has probado.

Algunas, no las de matar ni las de abortar. Son del archivo de Natalia Bolívar, hay que decirlo.

¿Funcionan de verdad?

Yo creo que sí. Soy de las católicas que van a la iglesia cuando les da la gana. Y no para misa, voy a hablar con mi madre. Tengo mi versión de la religión. Pero sí, todo funciona. El problema es la fe que le metas al asunto. Pienso que la química funciona. Y las hierbas, unas con otras, son la medicina. Hay una poética en lo que crees. Y eso está ahí no por gusto, es el camino de la protagonista. Muestro cómo es Nina y su circunstancia. Hay una escena que me gusta mucho, y que es muy habanera, cuando sueltan los animales. En una ciudad tan ecléctica, tan bella y tan apagada aparece el arca de Noé abierta. Es un momento del libro que representa esa Habana mía. Y también me parece importante todo el trabajo de la sensualidad y la barrera con la sexualidad que me resulta tan difícil de escribir, porque una cosa es lo que yo hago en mi intimidad y otra cosa es lo que yo quiero decir que hago, o lo que hacemos las cubanas. En ese tránsito estoy. En lo que yo hago, en lo que soy, en lo que hace mi negra, que es otra manera más intensa de ver la sexualidad. Seguramente mucho más ella, hija de quien es, madre de un niño al que aborta por alguna razón, novia de, nieta de, que vive en ese barrio, con esa música. Es otro universo.

Volviendo al recetario, encuentro que produce otro efecto, además del mágico: el narrativo. Como has puntualizado antes no está puesto ahí porque sí. Cada receta ocupa su sitio para reforzar algo.

Es un recurso que me pareció bellísimo. Cuando se va Philippe lo que le hacen para que se acabe de ir. La sutileza cubana puede ser una bomba, un misil. Es nuestra cultura sin obviedades pero amplificada para que sea entendida en nuestra razón. Porque los cubanos hablamos autofagocitándonos, nos comemos unos a otros, tenemos temas tópicos que nada más entendemos los cubanos. Y quería entenderme, entendernos. Y también que fuéramos entendidos. Son tres estados.

Ya que la has citado, si te digo «Simone de Beauvoir» ¿que es lo primero que se te viene a la cabeza?

Rara intimidad. En mi libro. Me gusta mucho, pero mientras más escarbo más extraño me parece todo. Y está bien que la gente no se acabe, que seamos como una matriuska. Qué bueno.

Foto de Wendy Guerra: Maria Teresa Slanzi.

* Negra. Wendy Guerra.
Editorial Anagrama (Barcelona, 2013).

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