Un Robinson por las calles de Manhattan

«Qué lejos está uno, en el espa­cio y en el tiem­po, en este apar­ta­men­to neu­tral de Nue­va York, libre y des­pren­di­do de todo, devuel­to al amor pri­mi­ti­vo por las cosas, al puro asom­bro de des­cu­brir el mun­do y con­tar­lo con pala­bras, de no ser nadie y cami­nar por una ciu­dad con la sen­sa­ción de tener por delan­te toda la vida y toda la lite­ra­tu­ra, la que me entu­sias­ma leer y la que qui­sie­ra escribir».

Anto­nio Muñoz Moli­na, Ven­ta­nas de Man­hat­tan.

Un cua­derno de notas y una mochila

Un escri­tor pasea por las calles de Man­hat­tan con una mochi­la al hom­bro y un cua­derno de notas. Su inten­ción no es otra que la de pasar des­aper­ci­bi­do entre la mul­ti­tud —algo cada vez más difí­cil en su país de ori­gen debi­do a su cre­cien­te cele­bri­dad— y regis­trar en su cua­derno, «con una minu­cio­si­dad lineal de gra­ba­dos de Brue­guelDure­ro y una ins­tan­ta­nei­dad de pola­roids», todo aque­llo que le lla­ma la aten­ción del pai­sa­je urbano que se extien­de ante sus ojos, como si fue­se una espe­cie de acua­re­la en movimiento.

Aun­que es cons­cien­te de que su empe­ño será incom­ple­to y par­cial —la vida siem­pre trans­cu­rre más apre­su­ra­da­men­te que el arte del dibu­jo o el de la pin­tu­ra, y muchí­si­mo más rápi­da que el pro­lon­ga­do y sose­ga­do tiem­po de la escri­tu­ra — , se obs­ti­na en su tarea de expre­sar median­te pala­bras el torren­te de sen­sa­cio­nes que una ciu­dad inabar­ca­ble como Nue­va York deja en el via­je­ro, con el mis­mo afán que un pin­tor rea­li­za boce­tos rápi­dos de aque­llo que desea tras­la­dar pos­te­rior­men­te al lienzo.

Este podría ser el argu­men­to apro­xi­ma­do de Ven­ta­nas de Man­hat­tan, de Anto­nio Muñoz Moli­na, un libro extre­ma­da­men­te minu­cio­so y deta­lla­do, de natu­ra­le­za híbri­da, escri­to con una volun­tad casi enci­clo­pé­di­ca y una deci­di­da ten­den­cia a la digre­sión, que inclu­so pue­de lle­gar a apa­bu­llar al lec­tor en cier­tos tra­mos debi­do a la sobre­abun­dan­cia de datos que ofre­ce sobre la ciu­dad de los rascacielos.

Pero lo cier­to es que al lec­tor lo úni­co que le impor­ta es que el libro no solo no se resien­te a lo lar­go de sus casi cua­tro­cien­tas pági­nas, sino que se retro­ali­men­ta feliz­men­te de esta con­ta­mi­na­ción de géne­ros de los que par­ti­ci­pa libre­men­te, sin afec­tar lo más míni­mo a la cohe­ren­cia del conjunto.

Más bien pare­ce suce­der lo con­tra­rio, pues la unión un tan­to arbi­tra­ria de tan­tos ele­men­tos disí­mi­les, le pro­por­cio­na una con­jun­ción armó­ni­ca como la que poseen los dis­tin­tos ins­tru­men­tos de una orques­ta sin­fó­ni­ca o las dife­ren­tes voces de una coral.

Muñoz Moli­na ofre­ce una narra­ción pro­tei­ca y mul­ti­for­me, embe­lle­ci­da con pro­fu­sión de deta­lles, sobre algu­nas de las impre­sio­nes pro­du­ci­das duran­te sus dife­ren­tes estan­cias en Nue­va York, des­de la des­crip­ción de la pri­me­ra vez que pisó el sue­lo esta­dou­ni­den­se, don­de le espe­ra­ban los moda­les áspe­ros de los fun­cio­na­rios de adua­nas, tan anti­pá­ti­cos como sor­pren­den­tes para el via­je­ro espa­ñol, has­ta el recuen­to final de las hue­llas alma­ce­na­das en su memo­ria tras uno de sus regre­sos a Madrid, don­de todo lo acon­te­ci­do duran­te el via­je adquie­re de repen­te la cua­li­dad incon­sis­ten­te de los sueños.

El autor como suje­to de su escritura

A pesar de haber sido publi­ca­do en la colec­ción Biblio­te­ca Bre­ve de Seix Barral, que se dedi­ca a la publi­ca­ción de nove­las, podría decir­se que Ven­ta­nas de Man­hat­tan es un tex­to de difí­cil cata­lo­ga­ción —por no decir direc­ta­men­te incla­si­fi­ca­ble — , que des­bor­da los lími­tes de cual­quier eti­que­ta al uso.

Para empe­zar, no se pue­de afir­mar que este­mos ante un caso de «auto­fic­ción» —una nove­la con apa­rien­cia auto­bio­grá­fi­ca, cuyo narra­dor y pro­ta­go­nis­ta tie­nen el mis­mo nom­bre que el autor — , pues se tra­ta de un tex­to tes­ti­mo­nial, escri­to des­de la base real de la expe­rien­cia vivi­da, en rigu­ro­sa pri­me­ra per­so­na, que no da la impre­sión de fabu­lar sobre la iden­ti­dad del autor o la de las per­so­nas que cons­ti­tu­yen su entorno inme­dia­to, ni sobre los acon­te­ci­mien­tos narra­dos en el texto.

A medio camino entre el tes­ti­mo­nio sub­je­ti­vo y la des­crip­ción obje­ti­va, con recur­sos que recuer­dan tan­to al dia­rio ínti­mo, como a la cró­ni­ca perio­dís­ti­ca y al rela­to de via­jes, lo más apro­xi­ma­do que qui­zás se pue­da decir sobre él sea que se lee como si fue­se una nove­la sin que lo sea, al menos en el sen­ti­do tra­di­cio­nal del tér­mino, pues en todo momen­to de la lec­tu­ra hay una sen­sa­ción de fide­li­dad a lo real que no se corres­pon­de con el len­gua­je de la ficción.

Esta sen­sa­ción de auten­ti­ci­dad y de trans­pa­ren­cia se apo­ya en la orga­ni­za­ción del tex­to en capí­tu­los cor­tos, con un for­ma­to bas­tan­te pare­ci­do al que sue­le uti­li­zar el colum­nis­ta Muñoz Moli­na en sus artícu­los lite­ra­rios, con una estruc­tu­ra cor­ta y den­sa, cerra­da, cir­cu­lar: un par de pági­nas como máxi­mo, un tan­to abi­ga­rra­das en oca­sio­nes, lle­nas de refe­ren­cias lite­ra­rias, musi­ca­les, cine­ma­to­grá­fi­cas o artís­ti­cas que casi siem­pre sue­len empe­zar con un plan­tea­mien­to más bien cir­cuns­tan­cial, para lue­go dar paso a cier­tas obser­va­cio­nes per­so­na­les real­za­das a tra­vés de un fuer­te embe­lle­ci­mien­to esté­ti­co, uti­li­zan­do recur­sos retó­ri­cos más cer­ca­nos al len­gua­je poé­ti­co que al de las fic­cio­nes novelísticas.

En este pun­to con­ven­dría seña­lar que Muñoz Moli­na es uno de los auto­res con­tem­po­rá­neos que han con­ver­ti­do casi en un arte la téc­ni­ca de la digre­sión, con esa ten­den­cia tan pecu­liar al azar de la mira­da, al hechi­zo de lo coti­diano —no por banal menos extra­or­di­na­rio — , a los paseos errá­ti­cos sin obje­ti­vos pre­vios ni des­ti­nos defi­ni­ti­vos, a las enu­me­ra­cio­nes caó­ti­cas de lo que ve y escu­cha por la calle. Una téc­ni­ca que con­sis­te en par­tir de un hecho con­cre­to e ir entre­la­zan­do opi­nio­nes y comen­ta­rios en una espe­cie de teji­do uni­ta­rio, para final­men­te vol­ver al tema ini­cial con una idea con­clu­yen­te que cie­rra el conjunto.

Muñoz Moli­na ya había deja­do prue­bas ante­rio­res de su habi­li­dad como cro­nis­ta de ciu­dad en sus pri­me­ros libros, El Robin­son urbano (1984) y Dia­rio del Nau­ti­lus (1986), cuan­do empe­za­ba a des­pun­tar como arti­cu­lis­ta en un perió­di­co de Gra­na­da, pero es en Ven­ta­nas de Man­hat­tan don­de con­si­gue lle­var esa habi­li­dad a su máxi­ma expre­sión y con­du­cir el len­gua­je al lími­te de su fuer­za expre­si­va, a lo lar­go de una narra­ción que pare­ce fluir como la corrien­te de un río, y solo la deci­sión de dar­le un final al libro inte­rrum­pe esta suce­sión con­ti­nua de imá­ge­nes pode­ro­sa­men­te visua­les, de micro­rre­la­tos espo­rá­di­cos, de opi­nio­nes per­so­na­les y de abun­dan­tes refe­ren­cias artísticas.

Man­hat­tan, pro­ta­go­nis­ta absoluta

En su deam­bu­lar dile­tan­te por las calles de Man­hat­tan, este via­je­ro de gus­tos ecléc­ti­cos y velei­do­sos que es Anto­nio Muñoz Moli­na, con su curio­si­dad ensi­mis­ma­da de cami­nan­te impe­ni­ten­te, into­xi­ca­do y has­ta un poco enfe­bre­ci­do de tan­ta nove­dad inabar­ca­ble, ren­di­do a la tarea de regis­trar fiel­men­te lo que le rodea, se delei­ta explo­ran­do algo nue­vo que es real, el terri­to­rio de la ciu­dad que seña­lan las guías turís­ti­cas y los mapas, al mis­mo tiem­po que redes­cu­bre algo que ya sabía o intuía a tra­vés de las pági­nas de los libros, de los foto­gra­mas de las pelí­cu­las, de las letras de las can­cio­nes y de las imá­ge­nes que mues­tran las obras de arte.

De ahí que en su des­crip­ción de la ciu­dad sea impo­si­ble sepa­rar la cons­ta­ta­ción sin media­cio­nes de la reali­dad, y lo pues­to o suge­ri­do en ella por la inter­ven­ción for­tui­ta de la memo­ria o de la ima­gi­na­ción des­bo­ca­da. Para­fra­sean­do a Teren­cio, podría decir­se que nada de lo humano le es ajeno.

A par­tir de ese pre­su­pues­to, la ciu­dad es per­ci­bi­da como si fue­se un ser humano vivo, com­ple­jo, cam­bian­te, con sus luces y sus som­bras, con sus con­tra­dic­cio­nes inhe­ren­tes, en las que sin solu­ción de con­ti­nui­dad se mez­clan el lujo insul­tan­te con la pobre­za más pre­ca­ria, la auten­ti­ci­dad trans­pa­ren­te con la super­fi­cia­li­dad más frí­vo­la, la gro­se­ría que anida en la extre­ma rique­za con la mise­ria más conmovedora.

El Nue­va York de Muñoz Moli­na no es solo el de las cró­ni­cas del aten­ta­do de las Torres Geme­las y el esta­do de excep­ción que suce­dió a la tra­ge­dia —era pro­fe­sor invi­ta­do de la Uni­ver­si­dad de Nue­va York en aquel momen­to — , sino tam­bién, y sobre todo, el Nue­va York ajus­ta­do a la mira­da más sin­gu­lar del autor.

Un terri­to­rio poli­fó­ni­co con­tem­pla­do a tra­vés de sus pre­fe­ren­cias per­so­na­les: el del saxo­fo­nis­ta negro que toca en el cru­ce de Broad­way y la 66, el del quios­que­ro pakis­ta­ní de la esqui­na, el del men­di­go cojo, el de las ven­de­do­ras calle­je­ras de libros, el de los juga­do­res de aje­drez en la ace­ra, el de las tien­das de muje­res orien­ta­les, el de los loca­les de jazz oscu­ros y satu­ra­dos de humo.

Y tam­bién es el Nue­va York de los gra­ba­dos y de las acua­re­las de Alex Katz, el de las foto­gra­fías de Rudolf Burck­hardt, de las nove­las de Dos Pas­sosNabo­kov, el de la músi­ca de Duke Elling­ton.

Anto­nio Muñoz Moli­na cru­zan­do el puen­te de Brooklyn (abril, 1991). Foto: álbum de antoniomuñozmolina.es.

Las ven­ta­nas como lími­tes fronterizos

Ven­ta­nas de Man­hat­tan debe su títu­lo a ese mar­co que ejer­ce de fron­te­ra entre el mun­do inte­rior y el exte­rior, el ámbi­to de lo pri­va­do y el de lo públi­co, el espa­cio de lo ínti­mo y el de lo ajeno y extraño.

Dice Muñoz Moli­na que en su tie­rra natal a las ven­ta­nas no se les con­ce­de la impor­tan­cia y el sim­bo­lis­mo del que gozan en Nue­va York. Las ven­ta­nas de su juven­tud en Úbe­da, aña­de, ser­vían sobre todo para sepa­rar el «noso­tros» del «ellos», y tam­bién para seña­lar las dife­ren­cias socia­les y económicas.

Nue­va York, en cam­bio, es una ciu­dad pla­ga­da de ven­ta­nas, y él, obser­va­dor incan­sa­ble, se dedi­ca a obser­var golo­sa­men­te lo que suce­de a tra­vés de las ven­ta­nas mul­ti­pli­ca­das de los ras­ca­cie­los, de las ven­ta­nas gran­des y amplias de los hote­les, de las ven­ta­nas simé­tri­cas de las ofi­ci­nas, de las ven­ta­nas hip­nó­ti­cas de los cafés, des­de las que se pue­de con­tem­plar un carru­sel de esce­nas coti­dia­nas, unas veces al rit­mo len­to y pau­sa­do de un cine­ma­tó­gra­fo, y otras veces con la rapi­dez tru­cu­len­ta de un tren de alta velo­ci­dad: «(…) me he que­da­do horas jun­to a una ven­ta­na, sin hacer nada, miran­do solo hacia la calle o hacia las ven­ta­nas del otro lado, capí­tu­los o cua­dros de exis­ten­cias a las que me he ido habi­tuan­do, sin des­ve­lar nun­ca su enig­ma, viñe­tas de his­to­rias o deco­ra­dos de esce­nas que sólo muy par­cial­men­te suce­dían ante mí».

Esas esce­nas men­cio­na­das en el libro son como las ven­ta­nas pano­rá­mi­cas de los cua­dros de Edward Hop­per que mues­tran peque­ños epi­so­dios de per­so­nas extra­ñas, fogo­na­zos de vida coti­dia­na que a menu­do trans­cu­rren tan rápi­da­men­te como la pro­sa con la que están escri­tos, frag­men­tos de vidas aje­nas que tie­nen la atrac­ción de lo ape­nas intui­do o ima­gi­na­do, de lo que ocu­rre más allá de la mira­da del espec­ta­dor, «la mate­ria tan extra­ña de la que están hechas las vidas de los otros».

Una colec­ción de esce­nas de la vida en Nue­va York, tami­za­das a tra­vés de la mira­da sin­gu­lar del escri­tor, des­de las pri­me­ras noches de un via­je ya lejano en el tiem­po, cuan­do todo era ajeno y extra­ño, has­ta un pre­sen­te en el que la expe­rien­cia vivi­da lejos de su país ya for­ma par­te de su mane­ra de enten­der la vida y la literatura.

*Ima­gen de cabe­ce­ra: Pano­rá­mi­ca de Nue­va York, con el Empi­re Sta­te Buil­ding al fon­do (Pixa­bay, CC).

. Ven­ta­nas de Man­hat­tan. Anto­nio Muñoz Molina.
Edi­to­rial Seix Barral (Bar­ce­lo­na, 2004).

LECTURA PREVIA

Primeras páginas de «Ventanas de Manhattan»

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