«The Raven» (Lou Reed, 2002)

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PORTADA

Las por­ta­das que Lou Reed emplea para sus dis­cos guar­dan rela­ción con el punk por su aspec­to case­ro, pero no aca­ban de expli­car el con­te­ni­do que pre­sen­tan, sal­vo algu­na excep­ción. Sí que refle­jan una carac­te­rís­ti­ca de Reed que no se nom­bra mucho, y es su preo­cu­pa­ción por la ima­gen. De ahí que sea el pro­ta­go­nis­ta abso­lu­to de sus por­ta­das, que siem­pre apa­rez­ca ilu­mi­na­do, cen­tra­do en la cubier­ta e inclu­so mul­ti­pli­ca­do. En The Raven con­ta­mos con una visión algo dife­ren­te: de per­fil izquier­do bajo el sol, con la cabe­za gacha y cru­za­do por una som­bra que deja su ros­tro en penum­bra. Lle­va gafas de sol, per­ma­ne­ce a la espe­ra, con la caza­do­ra negra des­abro­cha­da y refle­jan­do los des­te­llos de luz, el cue­llo subido y el bra­zo izquier­do apo­ya­do, como si con­du­je­ra un coche o estu­vie­se apo­ya­do en la barra de un bar. Da la impre­sión de que en cual­quier momen­to se har­ta­rá de que le tomen fotos y se mar­cha­rá de allí.

Las foto­gra­fías, de por­ta­da e inte­rio­res, son de Julian Sch­na­bel. Nació en Brooklyn de una fami­lia judía, como Reed, y fue un incom­pren­di­do den­tro de su prin­ci­pal ocu­pa­ción: la pin­tu­ra. Sus retra­tos obte­ni­dos a par­tir de frag­men­tos de pla­tos no cau­sa­ron sen­sa­ción en el mun­do del arte. De hecho, es más cono­ci­do en su face­ta de direc­tor de cine: reali­zó un bio­pic de Bas­quiat (1996), la pelí­cu­la sobre Rei­nal­do Are­nas Antes que ano­chez­ca («Befo­re Night Falls», 2000) que inter­pre­tó Javier Bar­dem, y una rare­za titu­la­da La esca­fan­dra y la mari­po­sa («Le Scap­han­dre et le Papi­llon», 2007), muy reco­men­da­ble, basa­da en el caso real de Jean-Domi­ni­que Bauby, quien fue­ra direc­tor de la revis­ta Elle y que­dó con­fi­na­do a una pará­li­sis casi total tras sufrir una embo­lia, pudien­do comu­ni­car­se con el par­pa­deo de su ojo izquier­do. Sch­na­bel se ocu­pó en 2007 de dise­ñar la gira de revi­sión de Ber­lin y diri­gió la gra­ba­ción del con­cier­to. La explo­ra­ción de varios len­gua­jes artís­ti­cos, su fas­ci­na­ción por la Nue­va York de los ochen­ta (y por Map­plet­hor­pe) que con­si­de­ra­ba como un gran tea­tro urbano, su vani­dad (lle­gó a equi­pa­rar­se a Picas­so), la afi­ción por el kabu­ki y una inten­ción de unir el arte moder­nis­ta con el pen­sa­mien­to pos­mo­derno lle­va­ron a Reed a con­tra­tar sus ser­vi­cios.

(Con­ti­nuar –>)

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