«The Raven» (Lou Reed, 2002)

Edgar Allan Poe, en un daguerrotipo de W.S. Hartshorn (1848).

Edgar Allan Poe, en un dague­rro­ti­po de W. S. Har­ts­horn (1848).

VIDAS PARALELAS (I)

Poe y su fami­lia lle­ga­ron a Nue­va York en abril de 1844. El pro­pó­si­to de la enési­ma mudan­za era el de siem­pre: comen­zar una nue­va eta­pa, supe­rar las difi­cul­ta­des eco­nó­mi­cas, cen­trar la carre­ra lite­ra­ria de Poe, no pro­bar ni gota de alcohol. Y deci­mos ni gota por­que como ocu­rre con muchos alcohó­li­cos (Poe fue un asi­duo de las pri­me­ras reunio­nes de Alcohó­li­cos Anó­ni­mos), el escri­tor no nece­si­ta­ba gran­des can­ti­da­des para caer de nue­vo en un círcu­lo vicio­so: un par de tra­gos de vino le sol­ta­ban la len­gua y le nubla­ban el enten­di­mien­to, lo que le hacía beber aún más, incli­nán­do­le a la demen­cia, ponién­do­le a reco­rrer calles sin rum­bo fijo, envuel­to en su levi­ta espa­ño­la, apar­tan­do la oje­ro­sa vis­ta de manía­co a quie­nes se cru­za­ban con él has­ta que la tar­dan­za en regre­sar a casa pusie­ra en mar­cha el habi­tual pro­ce­di­mien­to de bús­que­da de su per­so­na. Su prin­ci­pal pro­ble­ma era la fal­ta de con­trol de su tem­pe­ra­men­to y una ten­den­cia fatal a la exa­ge­ra­ción, un carác­ter más des­truc­ti­vo que el alcohol. Poco antes de ir a Nue­va York, en cada epi­so­dio de deses­pe­ra­ción (por su situa­ción labo­ral y la deli­ca­da salud de Vir­gi­nia), bebía a pesar de saber que vol­ve­ría a recaer, o pre­ci­sa­men­te por ese cono­ci­mien­to; en una car­ta diri­gi­da a su sue­gra, la ami­ga y ser­vil Maria Clemm (pro­ba­ble­men­te la úni­ca per­so­na que podía parar a Poe en su inges­ta de alcohol) le des­cri­bía su com­por­ta­mien­to con enor­me dra­ma­tis­mo: «enlo­que­cía, con lar­gos inter­va­los de una cla­ri­vi­den­cia terri­ble. Cuan­do me daban estos acce­sos de locu­ra, me ponía a beber. Solo Dios sabe cuán­to y cuán­tas veces». El alcohol no le per­mi­tía escri­bir, al con­tra­rio que el opio, que le impul­sa­ba a tomar la plu­ma con fre­ne­sí.

Al ins­ta­lar­se en Nue­va York, con algu­nos con­tra­tiem­pos para encon­trar casa decen­te y un tra­ba­jo (ayu­da­do por un con­tac­to de Clemm, Nat­ha­niel P. Willis, edi­tor del dia­rio don­de publi­ca­ría El cuer­vo), Poe se pro­pu­so man­te­ner­se sobrio y ser efi­caz en sus tareas. Se alo­ja­ron en Green­wich Street. Poe daba paseos de cor­to reco­rri­do. Por las noches escri­bía sin inte­rrup­ción. Había cier­ta preo­cu­pa­ción en él por sub­sa­nar de algún modo sus fra­ca­sos ante­rio­res. En Fila­del­fia había des­per­di­cia­do opor­tu­ni­da­des de hacer­se fun­cio­na­rio; en 1842 aca­bó de mala mane­ra su con­tra­to con el Graham’s Maga­zi­ne: él se decla­ró des­con­ten­to por tener que usar su talen­to en una publi­ca­ción de «imá­ge­nes lamen­ta­bles, ilus­tra­cio­nes de moda, cuen­tos de músi­ca y amor», aun­que tam­bién pue­de deber­se a que tras una des­apa­ri­ción de tres días alguien había ocu­pa­do su mesa; se había vuel­to incons­tan­te en sus hábi­tos de narra­dor, cul­ti­van­do al tiem­po extra­va­gan­cias como lle­var su levi­ta pues­ta del revés, o escri­bir a un cate­drá­ti­co acer­ca de su mos­ta­cho, «el cual admi­ro al fin y al cabo». Pero no hay que ser injus­tos con Fila­del­fia: allí obtu­vo un pre­mio de cien dóla­res por El esca­ra­ba­jo de oro, y lo que más nos con­cier­ne aho­ra, empe­zó a ges­tar el poe­ma que le pro­por­cio­nó fama, si bien en este pun­to de la com­po­si­ción el pája­ro se tra­ta­ba de una lechu­za. Según Poe, la obra «estu­vo acom­pa­ña­da de una gran can­ti­dad de cálcu­los y expe­ri­men­tos téc­ni­cos que habrían fati­ga­do a Mil­ton y a Sófo­cles a la vez».

A lo lar­go de este tex­to hemos alu­di­do a la rela­ción de Poe con la pren­sa. No es un capri­cho: tan­to él como Lou Reed man­tu­vie­ron pos­tu­ras con­tra­dic­to­rias con los medios de comu­ni­ca­ción. O qui­zá sea más acer­ta­do decir que fue­ron hos­ti­les con los perió­di­cos, ya fue­ra ejer­cien­do la pro­fe­sión en el caso del pri­me­ro como sufrien­te per­so­na­je públi­co en el de Reed. Poe había des­de­ña­do la bana­li­dad del Graham’s Maga­zi­ne, pero su estreno en la pren­sa neo­yor­qui­na fue con la publi­ca­ción de una his­to­ria sen­sa­cio­na­lis­ta como pocas. Se la cono­ce como El came­lo del glo­bo. Poe tomó el caso real de un tipo lla­ma­do Monck Man­son que com­ple­tó un via­je en glo­bo des­de Vaux­hall Gar­dens, en Ken­ning­ton, has­ta Wil­berg, Ale­ma­nia. Fue un logro impor­tan­te, pero a Poe se le ocu­rrió que podía ador­nar­lo un poco y hacer­lo más extra­or­di­na­rio. Así que redac­tó la his­to­ria en la que Mason se ade­lan­ta un siglo al pri­mer cru­ce del Atlán­ti­co en glo­bo, tri­pu­lan­do su inge­nio equi­pa­do por vál­vu­las y palan­cas de todo tipo. El titu­lar del 13 de abril del New York Sun decía: «¡EL OCÉANO ATLÁNTICO CRUZADO EN TRES DÍAS! ¡LLEGADALA ISLA DE SULLIVAN DE UN GLOBO TRIPULADO INVENTADO POR EL SEÑOR MONCK MASON!» Se ago­tó la edi­ción de la maña­na y una extra­or­di­na­ria de aque­lla tar­de. Ni siquie­ra Poe pudo con­se­guir un ejem­plar: «En mi vida he pre­sen­cia­do una exci­ta­ción más inten­sa por hacer­se con un perió­di­co». Los ven­de­do­res pidie­ron pre­cios exor­bi­ta­dos por la edi­ción, y solo tras los esté­ri­les inten­tos de encon­trar al señor Mason en la isla de Sulli­van se lle­gó a pen­sar que la ges­ta podía ser un inven­to. El Sun se retrac­tó dos días des­pués, pero el rela­to increí­ble­men­te vero­sí­mil de Poe jus­ti­fi­ca­ba la edi­ción.

Lue­go ejer­ció como «gace­ti­lle­ro mecá­ni­co» en el Eve­ning Mirror. Su tra­ba­jo con­sis­tía en con­den­sar artícu­los de otros dia­rios, bus­car mate­rial de la pren­sa fran­ce­sa que pudie­ra resul­tar intere­san­te, y encon­trar «mate­rial diver­ti­do». Willis, su jefe, habla­ba muy bien de su «buen humor y bue­na dis­po­si­ción con que reci­bía cual­quier suge­ren­cia, lo pun­tual y cum­pli­dor que era en el tra­ba­jo, lo ale­gre y aten­to que era cuan­do podría per­fec­ta­men­te haber sido indo­len­te y dis­traí­do». Inte­rior­men­te lo pasa­ba mal, el esta­do de su espo­sa empeo­ra­ba y no ter­mi­na­ban de salir las cuen­tas. Exis­ten diver­sos tes­ti­mo­nios sobre la ausen­cia de son­ri­sa en su ros­tro, inclu­so cuan­do se mos­tra­ba soli­da­rio con sus com­pa­ñe­ros. Tam­po­co mos­tra­ba en públi­co ni en la redac­ción su men­ta­li­dad mor­bo­sa y melan­có­li­ca, ni siquie­ra cuan­do le lle­gó el éxi­to repen­tino un día de enero de 1845.

Portada de la edición de «El cuervo», con ilustraciones de Gustave Doré (1884).

Por­ta­da de la edi­ción de «El cuer­vo», con ilus­tra­cio­nes de Gus­ta­ve Doré (1884).

El abru­ma­dor núme­ro de reim­pre­sio­nes de El cuer­vo hizo que a Poe se le adju­di­ca­ra el apo­do de inme­dia­to. No pudo negar­se: iba siem­pre de negro y cuan­do per­ma­ne­cía en pie su figu­ra recor­da­ba a la del ave. La gen­te iba por la calle dicien­do «Nun­ca más» cuan­do se encon­tra­ba con un cono­ci­do. Una vez se pre­sen­tó en la redac­ción acom­pa­ña­do de un actor famo­so. Apa­ga­ron las lám­pa­ras para dejar el lugar en penum­bra. Poe ten­dió el manus­cri­to de su poe­ma al actor, y este lo reci­tó para rego­deo de los pre­sen­tes. El chi­co de los reca­dos recor­dó que se sen­tía «como en tran­ce». Un tran­ce al que solo el mor­bo por la muer­te o la admi­ra­ción hacia una mujer her­mo­sa pue­de indu­cir. Cuan­do le pedían reci­tar su poe­ma, Poe pro­cu­ra­ba excu­sar­se dicien­do que el acto de reci­tar «hacía arder su cere­bro».

El éxi­to, sin embar­go, no tra­jo una feli­ci­dad com­ple­ta. Para empe­zar, las espec­ta­cu­la­res cifras de difu­sión del poe­ma no se tra­du­je­ron en ingre­sos para el bos­to­niano. Su situa­ción labo­ral, una vez fuga­do a la revis­ta rival (el Broad­way Jour­nal), no mejo­ró aun­que pudo reedi­tar algu­nos de sus cuen­tos y poe­mas, y se ganó unas bue­nas bron­cas lite­ra­rias con excom­pa­ñe­ros y prác­ti­ca­men­te con cual­quie­ra que se las die­se de poe­ta con­su­ma­do; cri­ti­ca­ba con fie­re­za el auto­bom­bo de la pren­sa cul­tu­ral esta­dou­ni­den­se, ata­can­do el frau­de de muchos escri­to­res que rese­ña­ban sus pro­pios libros o elo­gia­ban los de sus ami­gos, lo que sería un acto de valen­tía de no haber caí­do él en el mis­mo error. El ambien­te de la ciu­dad tam­po­co ayu­dó, tenien­do en cuen­ta que la idea ori­gi­nal del tras­la­do era la de des­pe­jar­se, con todo lo que eso sig­ni­fi­ca; al sen­tir­se atra­pa­do en la aje­trea­da ruti­na vol­vió a dar­se a la bebi­da, y ya ni se moles­tó en ocul­tar­lo, de hecho, la pren­sa se hizo eco de ese vicio, aho­ra rele­van­te por la recién adqui­ri­da fama del perio­dis­ta. Se enfren­tó a per­so­nas que se mos­tra­ban dis­pues­tas a ayu­dar­le, como el poe­ta James Rus­sell Lowell; un cono­ci­do lo des­cri­bió como «más ines­ta­ble que el agua»; entre los ape­la­ti­vos que solían colo­cár­se­le esta­ban los de celo­so, infan­til, tea­tral, mie­do­so, reta­dor, auto­com­pa­si­vo, ambi­cio­so… «una sim­ple envol­tu­ra de hom­bre», dijo de él un ami­go que aca­bó deján­do­lo por impo­si­ble.

Vol­vió a mos­trar­se inse­gu­ro con su labor crea­ti­va: el volu­men de rela­tos que incluía «El gato negro» y «Los crí­me­nes de la calle Mor­gue», recau­dó cien dóla­res, sien­do el libro que más ven­dió Poe en vida, y eso con­tan­do con elo­gios para su carre­ra de la Ame­ri­can Review, de la Graham’s Maga­zi­ne, del New York Express (según su crí­ti­ca, El cuer­vo supe­ra­ba «todo lo escri­to inclu­so por los mejo­res poe­tas de nues­tro tiem­po»), o del New World, que cali­fi­có su poe­ma de «sal­va­je y esca­lo­frian­te», adje­ti­vos por los que los jóve­nes narra­do­res actua­les serían capa­ces de sacri­fi­car a sus pro­ge­ni­to­res. Seme­jan­te apo­yo no com­pen­sa­ba la penu­ria eco­nó­mi­ca, ni la avan­za­da tubercu­losis de Vir­gi­nia, ni el sen­ti­mien­to pro­fun­do de orfan­dad, ni el ren­cor hacia su padre adop­ti­vo y a todos los escri­to­res que cose­cha­ban popu­la­ri­dad mien­tras él no con­se­guía encon­trar paz. Inten­tó el adul­te­rio, con «un amor com­ple­ta­men­te loco», que debía ser secre­to pero no tar­dó en airear, reci­clan­do poe­mas dedi­ca­dos a Vir­gi­nia en otro tiem­po. Pro­bó el láu­dano que toma­ba Vir­gi­nia para miti­gar los dolo­res. Mez­cla­ba el com­po­nen­te con espe­cias como la cane­la o el aza­frán, y con otros líqui­dos, sus­ti­tu­yen­do el vino blan­co ori­gi­nal por vino dul­ce de Mála­ga, méto­do de adul­te­ra­ción que popu­la­ri­zó el médi­co Tho­mas Syden­ham en el siglo XVII; en una de sus mez­clas pen­só que podría aña­dir alcohol a sesen­ta gra­dos, y que eso pro­por­cio­na­ría una muer­te plá­ci­da y veloz. Abun­dan los rela­tos de tes­ti­gos pre­sen­cian­do al perio­dis­ta envuel­to en un gabán del ejér­ci­to, dia­lo­gan­do con una som­bra y flo­tan­do sobre la nie­bla del East River. La muer­te de Vir­gi­nia, exac­ta­men­te dos años des­pués de la apa­ri­ción de El cuer­vo en la pren­sa, anti­ci­pa­ba la suya pro­pia. Se cuen­ta que al no haber retra­to de Vir­gi­nia, la incor­po­ra­ron en la cama para que una dama que la acom­pa­ñó en los momen­tos fina­les rea­li­za­ra una acua­re­la. Esta esce­na mara­vi­lló a Poe.

Hubo días en los que no nece­si­ta­ba beber para des­ma­yar­se. Se enzar­za­ba en dispu­tas y deman­das por difa­ma­ción y pla­gio, por has­tío y entre­te­ni­mien­to, bási­ca­men­te. Se mudó a Bal­ti­mo­re, don­de fue reclu­ta­do para mani­pu­lar votos a cam­bio de vino, murien­do poco des­pués en un hos­pi­tal tras ser­le encon­tra­do des­ma­ya­do en el puer­to. Al des­pe­dir­se de unos anti­guos ami­gos, los Talley, «des­pués de bajar unos pel­da­ños, hizo una pau­sa, se vol­vió y se qui­tó de nue­vo el som­bre­ro, en un últi­mo adiós. En ese momen­to, un bri­llan­te meteo­ro apa­re­ció por el cie­lo direc­ta­men­te enci­ma de su cabe­za, des­apa­re­cien­do por orien­te», cuen­ta Susan Talley.

El uso de sus­tan­cias quí­mi­cas tra­jo a Poe como padre fun­da­dor de la cul­tu­ra del áci­do. El Dr. Wer­ner Stoll (hijo de Art­hur Stoll, pio­ne­ro en el sin­te­ti­za­do de la ergo­ta­mi­na), tras con­ver­tir­se en uno de los pri­me­ros bio­quí­mi­cos en expe­ri­men­tar con el LSD (y con­ven­cer­se de sus apli­ca­cio­nes para la psi­co­te­ra­pia), afir­mó que­dar atra­pa­do «en una vorá­gi­ne de imá­ge­nes de mis lec­tu­ras de Edgar Allan Poe» duran­te su via­je. Por cier­to, el doc­tor empleó el tér­mino maels­trom (en espa­ñol, «tor­be­llino»), que es el nom­bre otor­ga­do a las corrien­tes (un remo­lino gigan­te para los anti­guos nave­gan­tes) situa­das al sur de las islas norue­gas; estas corrien­tes fue­ron des­cri­tas por Poe y Julio Ver­ne como una espe­cie de vór­ti­ce que con­du­cía al fon­do del océano.

(Con­ti­nuar –>)

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