«The Raven» (Lou Reed, 2002)

Ilustración sin autoría.

Ilus­tra­ción sin auto­ría.

EL MUNDO QUE CONOCIÓ «EL CUERVO»

En la fecha de publi­ca­ción de El cuer­vo la aten­ción de los Esta­dos Uni­dos esta­ba cen­tra­da en la ane­xión del terri­to­rio de Texas (enton­ces Repú­bli­ca de Texas, que ocu­pa­ba par­te de lo que hoy es Nue­vo Méxi­co, Oklaho­ma, Colo­ra­do y Kan­sas), una adi­ción nada sen­ci­lla. Inter­vi­nie­ron el nue­vo pre­si­den­te, James K. Polk, par­ti­da­rio abier­to del Des­tino Mani­fies­to (doc­tri­na polí­ti­ca y social que abo­ga por la pro­pa­ga­ción hacia el oes­te de la nación como par­te de un des­tino pro­gre­sis­ta), el Con­gre­so de Texas y los votan­tes de la nue­va Cons­ti­tu­ción, para cuya redac­ción se empleó todo ese año. La adhe­sión de terri­to­rios incluía una serie de espe­ci­fi­ca­cio­nes res­pec­to a la orga­ni­za­ción de los futu­ros esta­dos y la cues­tión más polé­mi­ca: los impues­tos entre esta­dos (lo úni­co, jun­to a la muer­te, que se pue­de con­si­de­rar segu­ro, decía Ben Fran­klin). Esta ane­xión (que no se com­ple­tó has­ta des­pués de falle­cer Poe) ini­ció una suce­sión de cam­bios en el mapa geo­po­lí­ti­co y en la nue­va legis­la­ción, hacien­do peli­grar dos pro­cla­mas muy ame­ri­ca­nas: todo pro­ble­ma tie­ne una solu­ción y la natu­ra­li­dad de movi­li­dad social, es decir, la pro­me­sa de que las tie­rras leja­nas son aún mejo­res que aque­llas en las que uno se ha ins­ta­la­do.

Esta ten­sión entre fron­te­ras (que con­lle­va­ban dispu­tas sobre la tra­ta y la dis­tri­bu­ción de la rique­za) influ­ye­ron en el áni­mo de Poe de rom­per la barre­ra entre real e irreal, de situar a sus per­so­na­jes en un entorno inquie­tan­te ape­nas pin­ce­la­do con unos pocos deta­lles sobre su situa­ción local y tem­po­ral; el perio­dis­ta y aspi­ran­te a escri­tor se sen­tía fue­ra de lugar en la tie­rra don­de nació: vivió su infan­cia en Gran Bre­ta­ña y lue­go en Vir­gi­nia (que en esos años se con­si­de­ra­ba terri­to­rio del Sur); sus cos­tum­bres, edu­ca­ción y prin­ci­pios eran sure­ños (como el apo­yo a la escla­vi­tud), hecho que le tra­jo com­pli­ca­cio­nes y acu­sa­cio­nes de todo tipo. Sus his­to­rias crea­ban inco­mo­di­dad en una socie­dad que se afe­rra­ba al nacio­na­lis­mo y a una ansia cre­cien­te por la iden­ti­dad del pue­blo (debi­do a la pesa­di­lla pre­via de un débil e inefi­caz gobierno con­fe­de­ral). Los Esta­dos Uni­dos de media­dos del XIX eran un paraí­so para los terra­te­nien­tes (sobra­ba la tie­rra y la deman­da de escla­vos era altí­si­ma), ofre­cían expec­ta­ti­vas here­di­ta­rias, pro­por­cio­na­ban pres­ti­gio y anti­ci­pa­ban lo que lue­go sería la Revo­lu­ción Indus­trial gra­cias al ferro­ca­rril y al algo­dón, de modo que ele­men­tos extra­ños como Poe (cual­quier lite­ra­to en gene­ral) tenían que que­dar­se en gran­des ciu­da­des y com­pa­gi­nar su labor crea­ti­va con el denos­ta­do ofi­cio del perio­dis­mo, des­de lue­go no muy bien paga­do.

A lo lar­go de sus cua­ren­ta años de vida Poe vio cómo su nación pasa­ba de tre­ce esta­dos a abar­car todo el terreno has­ta el Pací­fi­co, ganan­do sue­lo a Fran­cia, Espa­ña, Gran Bre­ta­ña y Méxi­co (Flo­ri­da se con­vir­tió en esta­do nor­te­ame­ri­cano ape­nas dos meses des­pués de la publi­ca­ción de El cuer­vo). Lle­ga­ban noti­cias del esta­ble­ci­mien­to de una nue­va cla­se alta ocio­sa en el Sur (a la que él había per­te­ne­ci­do mien­tras estu­vo bajo la pro­tec­ción de John Allan), la pro­li­fe­ra­ción de sec­tas reli­gio­sas que bus­ca­ban repro­du­cir el Gran Des­per­tar de 1800, las carre­te­ras que se usa­ban para deli­mi­tar los nue­vos dis­tri­tos elec­to­ra­les, la des­con­fian­za hacia el inmi­gran­te, una pri­me­ra cri­sis finan­cie­ra gra­ve (por el pre­cio abu­si­vo del algo­dón, la impre­sión des­con­tro­la­da y a la lar­ga inú­til de bille­tes de dos y cin­co dóla­res, apar­te de la implan­ta­ción aún más des­con­tro­la­da de ban­cos). El auge de la ven­ta de tie­rras (hipo­te­ca­das has­ta un 80%) ame­na­za­ba la repu­tación de los Esta­dos Uni­dos como toma­dor de prés­ta­mos a cré­di­to, una prác­ti­ca que ape­nas fun­cio­na­ba en los esta­dos más anti­guos y no esta­ba al alcan­ce de cual­quie­ra. Las pos­tu­ras con­tra­rias entre el Nor­te y el Sur se vol­vían más agre­si­vas: Nue­va Ingla­te­rra se nega­ba a acep­tar dine­ro del Sur (exten­dien­do lue­go sus reti­cen­cias al res­to de los esta­dos con­fe­de­ra­dos) y Bos­ton, la ciu­dad más pobla­da de esa región, capi­tal tam­bién de uno de los dos esta­dos ideo­ló­gi­cos (Mas­sa­chu­setts y Caro­li­na del Sur) tuvo que refor­zar su segu­ri­dad, ya que todo el oro se aca­ba­ba envian­do allí.

Virginia Clemm Poe (retrato de Thomas Sully).

Vir­gi­nia Clemm Poe (retra­to de Tho­mas Sully).

Poe nun­ca qui­so aban­do­nar la cos­ta este, o no pudo por la enfer­me­dad de su mujer Vir­gi­nia Clemm, o no se atre­vió, por lo que bus­có ganar­se la vida en Bos­ton y pos­te­rior­men­te en Fila­del­fia (la ciu­dad más impor­tan­te del nego­cio edi­to­rial), Nue­va York (lugar de com­po­si­ción de El cuer­vo) y Bal­ti­mo­re. Se nega­ba a ser un sim­ple redac­tor y pro­yec­tó fun­dar su pro­pio perió­di­co (The Sty­lus, don­de debe­ría pri­mar una ambi­cio­sa cali­dad lite­ra­ria), aun­que su inten­ción era vivir exclu­si­va­men­te de la lite­ra­tu­ra en una épo­ca muy difí­cil: en 1837 sobre­vino la pri­me­ra gran depre­sión eco­nó­mi­ca del país, aún más pro­fun­da y catas­tró­fi­ca que la de 1819, por una ola espe­cu­la­ti­va que hizo que los ban­cos fre­na­ran los pagos en espe­cie. Se rumo­rea­ba que el pre­si­den­te Andrew Jack­son que­ría inter­ve­nir a los ban­cos (que solo podían con­ce­der cré­di­tos libres de intere­ses para incen­ti­var el patrón oro), y el Ban­co Cen­tral esta­ba des­gas­ta­do por la obli­ga­ción de com­prar pla­ta (un metal cuyo valor era muy fluc­tuan­te). Esa cri­sis duró cin­co años y el des­em­pleo cre­ció has­ta cifras alar­man­tes; un páni­co colec­ti­vo del que sin duda Poe apren­dió unos cuan­tos tru­cos para sacu­dir la ines­ta­ble con­di­ción del alma del hom­bre.

Poe pre­ten­día publi­car pron­to su poe­ma y así dedi­car­se a bus­car finan­cia­ción para su perió­di­co. Sin embar­go, no pudo hacer­lo inme­dia­ta­men­te: tuvo que poner­se al día con su domi­nio de la poe­sía, muy aban­do­na­da para poder sacar ade­lan­te esos cuen­tos que ren­dían bene­fi­cios para todo el mun­do excep­to para él. La idea ori­gi­nal del perió­di­co se retra­só varios años tras infruc­tuo­sas nego­cia­cio­nes y ofer­tas para los sus­crip­to­res, quie­nes nun­ca cono­cie­ron del todo el obje­ti­vo de la publi­ca­ción, muy poco defi­ni­da en su línea edi­to­rial («Aque­llos que gus­tan de la lite­ra­tu­ra sin ata­du­ras, y la crí­ti­ca sin guan­tes, deben remi­tir sus nom­bres como sus­crip­to­res», anun­cia­ba en una car­ta, y eso supo­ne una audien­cia muy amplia o muy redu­ci­da, según se mire). Poe con­ta­ba con el apo­yo de varios com­pa­ñe­ros de ofi­cio, con­fia­ba en el valor comer­cial de sus rela­tos (aun cono­cien­do las frus­tra­cio­nes que le depa­ró su arte), pero a la vez que­ría un papel caro («aun­que de no dema­sia­do refi­na­do gus­to»), for­ma­to gran­de, una impre­sión en negri­ta a una colum­na, ilus­tra­cio­nes con xilo­gra­ba­do (muy labo­rio­so por­que las plan­chas reque­rían una made­ra blan­da que había que trans­por­tar del Sur), corres­pon­sa­les en Ber­lín y Paris, pagar las nómi­nas altas de Nat­ha­niel Hawt­hor­ne y núme­ros de más de cien pági­nas, una par­te sus­tan­cial de las cua­les tenía como obje­ti­vo ensa­ñar­se con las nove­da­des lite­ra­rias. El pre­cio del perió­di­co se esti­ma­ba en cin­co dóla­res, lo que daba poco más que para cubrir la inver­sión en el caso de con­tar con más de qui­nien­tos sus­crip­to­res. Para hacer­nos una idea, el pre­cio de un núme­ro de The Sty­lus era la mitad de lo que Poe cobra­ba de suel­do en el Bos­ton Weekly Mes­sen­ger. Por últi­mo, Poe no tenía talan­te de empre­sa­rio, aun­que se le daba bien el nego­cio edi­to­rial y nun­ca le falla­ron amis­ta­des dis­pues­tas a ayu­dar­le. La mayor par­te del tiem­po soña­ba con un éxi­to de ven­tas (tenía moti­vos para creer en ello, pues las revis­tas en las que cola­bo­ró aumen­ta­ban expo­nen­cial­men­te en su núme­ro de sus­crip­cio­nes) y poder con­ti­nuar su obra con abso­lu­ta inde­pen­den­cia, algo que no logró has­ta el final de su vida y no del modo que espe­ra­ba.

Lou Reed (©Timothy Greenfield Sanders).

Lou Reed (©Timothy Green­field San­ders).

Si Poe debió que­dar con­mo­cio­na­do por la rapi­dez con que cam­bió su nación, ima­gi­ne­mos a Lou Reed vien­do cómo ardían las Torres Geme­las, lugar emble­má­ti­co de su ciu­dad, con las noti­cias de que el Pen­tá­gono esta­ba sien­do ata­ca­do el once de sep­tiem­bre del año que comen­zó su ver­da­de­ra obse­sión por El cuer­vo con el mon­ta­je tea­tral de Robert Wil­son. Como cier­ta­men­te nos cos­ta­rá ima­gi­nar­lo, tome­mos una decla­ra­ción de la entre­vis­ta que man­tu­vo con Die­go A. Man­ri­que en noviem­bre de 2008 a pro­pó­si­to de «Fire Music», inclui­da en The Raven como un exten­so rui­do afi­la­do por gui­ta­rras que pare­cían saca­das de un álbum de Nine Inch Nails: «Fue mi reac­ción ante el horror del 11-S. Algo de tal mag­ni­tud no se pue­de expre­sar con una melo­día con­ven­cio­nal, con rimas más o menos inge­nio­sas». A estos ata­ques siguie­ron la pos­te­rior inva­sión esta­dou­ni­den­se de Afga­nis­tán e Iraq (y su pobre jus­ti­fi­ca­ción), y una pro­gre­si­va para­noia por los ata­ques con ántrax reci­bi­dos en for­ma de espo­ras den­tro de car­tas des­ti­na­das a varios medios de comu­ni­ca­ción nacio­na­les, con lo que la ten­sión se con­den­só (y agra­vó tras los aten­ta­dos de Madrid y Lon­dres). Orien­te Medio vol­vía a la actua­li­dad occi­den­tal des­de la Gue­rra del Gol­fo (a ini­cios de los noven­ta del siglo ante­rior), con la mis­ma for­ma de mani­pu­la­ción de la infor­ma­ción para inten­tar expli­car los moti­vos del con­flic­to, y hoy con­ti­núan las secue­las de aque­lla inter­ven­ción.

A lo lar­go de la pri­me­ra déca­da del siglo XXI otra inva­sión pro­ce­den­te de Esta­dos Uni­dos trae­ría un cam­bio social que afec­ta­ría (aun­que no tan­to como se nos ha hecho creer) a nues­tra cos­mo­vi­sión y el modo de comu­ni­car­nos e infor­mar­nos (sea por­que nos hemos inte­gra­do a la col­me­na o por­que ten­ga­mos den­tro de noso­tros la nece­si­dad de refu­giar­nos en el lago Wal­den): la eclo­sión de las redes socia­les y las cri­sis eco­nó­mi­cas con­se­cu­ti­vas. La eco­no­mía esta­dou­ni­den­se entró en rece­sión poco des­pués de los aten­ta­dos en Nue­va York, Pen­sil­va­nia y Vir­gi­nia (en par­te por­que el pre­su­pues­to para el ejér­ci­to se incre­men­tó de gol­pe y ni siquie­ra los recor­tes de impues­tos para incen­ti­var el con­su­mo pudie­ron com­pen­sar­lo); cuan­do la eco­no­mía pare­cía remon­tar, hacia 2007, sobre­vino la caí­da de empre­sas como Leh­man Brot­hers (con todas las con­se­cuen­cias que ya cono­ce­mos), esta con­cre­ta­men­te fun­da­da por un emi­gran­te ale­mán el año pos­te­rior al falle­ci­mien­to de Poe. Como curio­si­dad, decir que Leh­man Brot­hers comer­ció a lo lar­go de su his­to­ria con los pro­duc­tos e indus­trias más pura­men­te ame­ri­ca­nos: algo­dón, taba­co, ferro­ca­rril, moda­li­da­des cre­di­ti­cias como las sub­pri­me, y sobre­vi­vió sin dema­sia­das difi­cul­ta­des al páni­co de 1907 y tam­bién al Crack del 29, aun­que no pudo evi­tar la quie­bra en 2008. Para­le­la­men­te, sur­gió el con­cep­to de los BRICS o mer­ca­dos emer­gen­tes, que con­tri­bu­ye­ron a des­pla­zar a Euro­pa del cen­tro del mapa polí­ti­co ale­jan­do al con­ti­nen­te del Nue­vo Mun­do. Para cuan­do Lou Reed pre­sen­ta­ba en Espa­ña su nove­la grá­fi­ca la actua­li­dad inter­na­cio­nal ponía la vis­ta en la Pri­ma­ve­ra Ára­be. La glo­ba­li­za­ción y la velo­ci­dad a la que corren las noti­cias no per­mi­ten poner­nos de acuer­do en si esta se ori­gi­nó en el Saha­ra Occi­den­tal o en Egip­to y Túnez, pero en cual­quier caso las mani­fes­ta­cio­nes del mun­do ára­be ejem­pli­fi­ca­ron las reivin­di­ca­cio­nes de una socie­dad occi­den­tal con­tra­dic­to­ria y cada vez más pasi­va, en pro­por­ción al fata­lis­mo y la apa­ren­te pre­ci­sión y valor de la infor­ma­ción. Esta refle­xión no es menor: Poe resul­ta hoy tan­to o más apro­pia­do que en su tiem­po, y acu­dir a él como fuen­te es un acier­to de Reed.

Con las evi­den­tes dife­ren­cias entre ambos con­tex­tos, con todo lo extra­ña que una épo­ca pue­de resul­tar para la otra, y siem­pre bajo el prin­ci­pio de que cada revo­lu­ción pare­ce la últi­ma y defi­ni­ti­va en sus pri­me­ros quin­ce minu­tos, ambos crea­do­res coin­ci­die­ron en obser­var los cam­bios pro­du­ci­dos en su mun­do como irre­ver­si­bles y velo­ces, pro­me­tien­do explo­rar sus som­bras has­ta la obse­sión. Lou Reed y Allan Poe fue­ron espec­ta­do­res acti­vos del vér­ti­go, espe­ran­do el pri­mer soni­do de trom­pe­ta del Apo­ca­lip­sis, apun­tan­do a la náu­sea, la locu­ra y la bana­li­dad del espí­ri­tu del tiem­po que les tocó vivir. Los dos con­ta­ron las cosas tal como eran, para su gene­ra­ción y para los hijos de sus hijos, des­de las entra­ñas; pode­mos adi­vi­nar que eso no ter­mi­na­ba de resul­tar cómo­do para sus con­tem­po­rá­neos, inde­pen­dien­te­men­te de su éxi­to, que es un indi­ca­dor muy rela­ti­vo para medir la influen­cia. Por últi­mo, tan­to Edgar Allan Poe como Lou Reed repi­tie­ron duran­te su vida y con inten­si­dad la mis­ma estro­fa mor­tal de El cuer­vo:

Mas el cuer­vo arran­có toda­vía
de mis tris­tes fan­ta­sías una son­ri­sa;
acer­qué un mulli­do asien­to
fren­te al pája­ro, el bus­to y la puer­ta;
y enton­ces, hun­dién­do­me en el ter­cio­pe­lo,
empe­cé a enla­zar una fan­ta­sía con otra,
pen­san­do en lo que este omi­no­so pája­ro de anta­ño,
lo que este tor­vo, des­gar­ba­do, hórri­do,
fla­co y omi­no­so pája­ro de anta­ño
que­ría decir graz­nan­do: «Nun­ca más».

(Con­ti­nuar –>)

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