«The Raven» (Lou Reed, 2002)

Ilustración sin autoría.

Ilus­tra­ción sin auto­ría.

LA CUESTIÓN DEL MAL

«La des­gra­cia es plu­ral. La des­ven­tu­ra, en este mun­do, es mul­ti­for­me», nos dice Poe al comien­zo de Bere­ni­ce. No sabe­mos de dón­de vie­ne el mal, pero el mal sí sabe en qué lugar que­rría­mos estar. En la cru­da refle­xión que pro­pu­sie­ron Lou Reed y Edgar Allan Poe, en su explo­ra­ción del lado más oscu­ro de la con­di­ción huma­na y su cons­tan­te pre­gun­ta sobre el ori­gen o el impul­so des­truc­ti­vo del ser humano (hacia los demás y hacia sí mis­mo), se nos reve­la un con­cep­to fun­da­men­tal que no nos gus­ta escu­char dema­sia­do: el peca­do. Con­tra­ria­men­te a lo que sole­mos pen­sar, el peca­do no es solo una acción inco­rrec­ta, un deli­to o una equi­vo­ca­ción, es una segun­da piel que no pode­mos arran­car, aun­que qui­sié­ra­mos, de nues­tro cuer­po. Es por eso que el ser humano no es bueno o malo por prin­ci­pio, sino más bien una posi­bi­li­dad. Todos tene­mos la capa­ci­dad de cau­sar un bien o un mal mayor. O como decía Faus­to: «El Infierno está en noso­tros». Poe debió escu­char esta idea des­de su infan­cia, por­que fue cria­do y edu­ca­do en un entorno pres­bi­te­riano, par­te del cual refle­jó en rela­tos como William Wil­son. Sus his­to­rias apa­re­cen impreg­na­das de un fuer­te tras­fon­do moral. A menu­do sus narra­do­res (que no son el mis­mo autor) se con­fie­san al lec­tor, pero sin tra­tar de expli­car lo que han hecho. Ese es el fac­tor que más nos inquie­ta: no es que el mal que cau­san o reci­ben sus per­so­na­jes carez­can de sen­ti­do, es que sen­ci­lla­men­te no se jus­ti­fi­can. Sea por cul­pa de una per­so­na­li­dad con­flic­ti­va, o por una adic­ción, los pro­ta­go­nis­tas de Poe sacan su mie­do, sus obse­sio­nes. El mal en Poe (y en Reed) es siem­pre inten­cio­na­do. Poe sen­tó una base para enten­der sus rela­tos en El demo­nio de la per­ver­si­dad (pun­to de par­ti­da para el expe­ri­men­to de Lou Reed). El escri­tor que­ría cono­cer del modo más pro­fun­do posi­ble (modo extre­mo en el caso del neo­yor­quino) cómo ope­ra ese «duen­de» que nos impe­le a hacer lo con­tra­rio de lo que sabe­mos que es correc­to. En inglés, per­ver­sity tie­ne un matiz dife­ren­te al cas­te­llano: la con­tra­rie­dad que aca­ba­mos de seña­lar. En cas­te­llano se tien­de a pen­sar en lo per­ver­so como en lo pro­ter­vo, en lo insis­ten­te, en lo des­or­de­na­do y has­ta en el carác­ter inten­cio­na­do. Es posi­ble que nues­tra tra­di­ción cul­tu­ral y reli­gio­sa no nos ayu­de a pen­sar en el mal en otros tér­mi­nos que no sean los de la cul­pa y el escán­da­lo. Pero el mal tie­ne una com­ple­ji­dad que la cul­pa­bi­li­dad no resuel­ve.

Coin­ci­dien­do con la apa­ri­ción de la nove­la grá­fi­ca de Reed y Mat­tot­ti apa­re­ció en nues­tro país un curio­so libro escri­to por un abo­ga­do ale­mán, espe­cia­li­za­do en dere­cho penal. El libro de Fer­di­nand von Schi­rach, Crí­me­nes, con­te­nía his­to­rias verí­di­cas que le habían sor­pren­di­do duran­te el ejer­ci­cio de su pro­fe­sión. Ade­más de lo insó­li­tas que eran, todas aque­llas his­to­rias con­ser­va­ban un com­po­nen­te de com­ple­ji­dad que la cul­pa­bi­li­dad exa­ge­ra­da, sin nin­gún otro ingre­dien­te (diga­mos que com­pen­sa­to­rio), había con­du­ci­do hacia el peor camino posi­ble. Al prin­ci­pio del libro recuer­da a un tío suyo que solía decir: «La mayo­ría de las cosas son com­pli­ca­das, y la cul­pa­bi­li­dad es siem­pre un asun­to pelia­gu­do». Y es cier­to. «Per­se­gui­mos las cosas, pero son más rápi­das que noso­tros y nun­ca logra­mos dar­les alcan­ce», escri­be von Schi­rach. Lo más inquie­tan­te de este libro (que tuvo su con­ti­nua­ción debi­do al éxi­to comer­cial) es com­pro­bar que, si apar­ta­mos el cri­men en sí, nada dife­ren­cia a las per­so­nas que se sien­tan en un ban­qui­llo del juz­ga­do de nues­tra vida en el ban­co del trans­por­te públi­co o del médi­co. No estoy de acuer­do con la casua­li­dad, o la suer­te, que el abo­ga­do dice que rige nues­tra vida, pero sí des­de lue­go con la idea de que la cul­pa­bi­li­dad es siem­pre un asun­to pelia­gu­do. Crea­mos o no que nues­tro des­tino se encuen­tra fija­do, nues­tra res­pon­sa­bi­li­dad está en el pre­sen­te. Cuan­do uno lee un cuen­to de Edgar Allan Poe sabe que el per­so­na­je no aca­ba­rá bien, o que lo hará pasar mal a alguien, pero nun­ca ten­dre­mos duda de que ese per­so­na­je pudo ele­gir entre el bien y el mal. El mal no pro­ce­de de Ale­ma­nia, dijo una vez Poe, sino de la «oscu­ri­dad de nues­tras almas». Por lo tan­to el mie­do des­cri­to por Poe no es de tipo ideo­ló­gi­co o psi­co­ló­gi­co, sino un terror espi­ri­tual.

En cam­bio, o como com­ple­men­to a lo ante­rior, Reed se intere­sa más por el estí­mu­lo. Aña­de un ele­men­to de sor­pre­sa, los res­tos que que­dan de la catar­sis de la tra­ge­dia grie­ga: «Uno pien­sa en lo que espe­ra­ba que sería / y enton­ces se encuen­tra con la reali­dad» can­ta en «Who Am I? (Tripitena’s Song)». La per­ver­si­dad a que alu­di­mos tie­ne para él un com­po­nen­te maso­quis­ta: impor­ta la cul­pa que sigue a la infrac­ción. ¿Por qué hace­mos una y otra vez lo que no que­re­mos? Es lo mis­mo que se pre­gun­ta Pablo de Tar­so en Roma­nos 7:15. «Por­que lo que hago, no lo entien­do; pues no hago lo que quie­ro, sino lo que abo­rrez­co, eso hago». Se dice den­tro de una refle­xión sobre el peca­do dan­do a enten­der que, si com­pren­de­mos la cau­sa de un mal (no su jus­ti­fi­ca­ción) es por­que tene­mos un bien con el que esta­ble­cer una com­pa­ra­ción. En la dis­co­gra­fía de Reed no se bus­ca el ori­gen del bien. Por eso enca­ja la obra de Poe en la de Reed, sobre­to­do en su eta­pa de madu­rez, adon­de per­te­ne­ce The Raven: no tra­te­mos de expli­car o bus­car argu­men­tos que pue­dan con­ve­nir al mal. Este dis­co, acom­pa­ña­do de los rela­tos de Poe, nos pro­me­te una vez más un paseo por la zona oscu­ra de nues­tras almas. El peli­gro está en que dis­fru­te­mos pasean­do.

(Con­ti­nuar –>)

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