«The Raven» (Lou Reed, 2002)

Lou Reed en una imagen publicitaria de Parrot®.

Lou Reed en una ima­gen publi­ci­ta­ria de Parrot®.

«THE RAVEN»: RECEPCIÓN CRÍTICA

La aco­gi­da del dis­co fue tibia. Al hacer memo­ria de su dis­co­gra­fía, poco des­pués de su defun­ción, la crí­ti­ca pre­fe­ría men­cio­nar sus gra­ba­cio­nes de músi­ca para hacer tai­chi antes que este tra­ba­jo. Y eso que cuen­ta con ali­cien­tes para ana­li­zar dete­ni­da­men­te. En artícu­los retros­pec­ti­vos de revis­tas de refe­ren­cia, como New Musi­cal ExpressMojo, ni siquie­ra es men­cio­na­do. De hecho, las selec­cio­nes de lo impres­cin­di­ble en la obra de Reed sue­len inte­rrum­pir­se con Magic And Loss, dis­co de 1992, don­de tra­ba­ja­ba con el con­cep­to de la muer­te y cuya dimen­sión lite­ra­ria está mejor con­si­de­ra­da que la de The Raven. En cam­bio, las publi­ca­cio­nes que no ocul­tan su admi­ra­ción por el artis­ta (como Ruta 66) sí que dedi­ca­ron amplias entre­vis­tas y aná­li­sis.

Es muy curio­so el ejer­ci­cio de com­pa­rar las crí­ti­cas de la épo­ca, don­de las pun­tua­cio­nes (en aque­llos medios que las emplea­ban) eran bas­tan­te altas, pero los tex­tos se limi­ta­ban a des­cri­bir el con­te­ni­do, sin más aspa­vien­tos, casi como si se hubie­sen dedi­ca­do a ador­nar un poco una nota de pren­sa; supo­nía un dis­co más de Reed, uno de los últi­mos, y no pro­ce­día ser malé­vo­los con él. La idea ori­gi­nal de tra­ba­jar con tex­tos de Poe resul­ta­ba atrac­ti­va y par­te de los que cono­cían un poco su obra acep­ta­ban el mari­da­je…, pero tam­po­co se espe­ra­ba gran cosa. The Raven pro­por­cio­na algu­nos moti­vos para ser reti­cen­tes con él, pero tam­bién rega­la par­ti­cu­la­ri­da­des des­ta­ca­bles, can­cio­nes más que nota­bles, y un títu­lo más para la redu­ci­da lis­ta de dis­cos con­cep­tua­les basa­dos en obras lite­ra­rias.

Res­ca­to bre­ve­men­te dos crí­ti­cas, una posi­ti­va y docu­men­ta­da, la otra bas­tan­te mor­daz; en ambas se nota que han sido varias las escu­chas, que Richard WilliamsBrian Jones, res­pec­ti­va­men­te, han pen­sa­do lo que escri­bían. La pri­me­ra, apa­re­ci­da en The Guar­dian un par de meses des­pués del lan­za­mien­to ofi­cial, otor­ga una pun­tua­ción alta y se cen­tra en la fas­ci­na­ción de Reed por la lite­ra­tu­ra de Poe, hacién­do­se eco de una decla­ra­ción del músi­co: «cuan­do la músi­ca nos con­mue­ve has­ta las lágri­mas sin cau­sa apa­ren­te, no llo­ra­mos por “exce­so de pla­cer”; sino a tra­vés de un exce­so de impa­cien­te y per­pe­tua tris­te­za que, como sim­ples mor­ta­les, aún no esta­mos en con­di­ción de dige­rir entre aque­llos éxta­sis supre­mos, de los cua­les la músi­ca nos ofre­ce tan solo una visión suge­ren­te e inde­fi­ni­da». La crí­ti­ca no deja de lado los ins­tan­tes flo­jos, en los que «Reed lo hace tan bien como pue­de», pero lla­ma la aten­ción sobre pasa­jes más melan­có­li­cos, situa­dos entre aque­llos «tan bellos como nin­guno otro que haya pro­du­ci­do». Para Williams, The Raven fun­de las lapi­da­rias letras del ter­cer dis­co de la Vel­vet y de Ber­lin con las gui­ta­rras de Black Angel’s Death SongSis­ter Ray.

La crí­ti­ca de Brian James para Pitch­fork se des­pa­cha a gus­to con el momen­to crea­ti­vo de Reed. Es la úni­ca rese­ña nega­ti­va que he encon­tra­do en la pren­sa espe­cia­li­za­da. Según James, a estas altu­ras Lou Reed ha per­di­do com­ple­ta­men­te el Nor­te, equi­pa­rán­do­lo como momen­to ruin a Metal Machi­ne Music, com­bi­nan­do una gran ambi­ción con una abso­lu­ta caren­cia de ideas. Pode­mos dar la razón a James cuan­do apun­ta que Reed no estu­vo com­ple­ta­men­te ati­na­do con esta obra, pero cali­fi­car­la de «cri­men musi­cal» es una exa­ge­ra­ción. Tam­bién es cier­to que Reed se exce­de al tras­la­dar la pro­sa deci­mo­nó­ni­ca de Poe a un len­gua­je calle­je­ro, pero si algo tie­ne el neo­yor­quino es que sabe lo que hace, se equi­vo­que o no. James no ter­mi­na de enten­der que el dis­co es una inter­pre­ta­ción per­so­nal, que no se tra­ta de cons­truir un monu­men­to. Tam­bién tie­ne la rece­ta para el «pro­ble­ma no resuel­to» de Lou Reed: que nun­ca se ha dado cuen­ta de qué sabe hacer bien y, en con­se­cuen­cia, qué hace mal. En su opi­nión, Reed no sabe escri­bir una can­ción de amor decen­te y este «pre­ten­di­do tri­bu­to» no es más que una pose nar­ci­sis­ta. Un acier­to de James es haber detec­ta­do que en oca­sio­nes Reed cae en su este­reo­ti­po y en las ana­lo­gías sim­plo­nas entre Poe y él. Sin embar­go, el crí­ti­co no disi­mu­la su anti­pa­tía con­tra Lou Reed, así que lo indi­ca­do es tomar esta opi­nión con cier­ta dis­tan­cia.

(Con­ti­nuar –>)