Sergio Ramírez

Sergio Ramírez (Nicaragua, 1942) afirma sin vacilaciones que hay dos momentos cruciales en su vida, cada uno de ellos relacionado con las facetas que más le han marcado: la de revolucionario y la de escritor.

El primero de ellos se refiere al momento en el que entraron en la Plaza de la Revolución el 20 de julio de 1979. Ese fue el día en el que tuvieron la certeza de que la victoria por fin había llegado. El dictador Anastasio Somoza Debayle había huido de Nicaragua y la gente se congregaba en la plaza para celebrar el triunfo de una Revolución en la que Sergio Ramírez había luchado, había perdido amigos y compañeros, y en la que había depositado todas sus esperanzas e ilusiones juveniles.

El otro momento decisivo en su vida se produce cuando gana el Premio Alfaguara de Novela en 1998 con Margarita, está linda la mar, un premio compartido con la novela de Eliseo Alberto, Caracol Beach. Las circunstancias del destino quisieron que en vez de dividir el premio entre los dos ganadores, la dotación se duplicara para que cada uno de ellos pudiese cobrarla íntegramente.

Pero con todo lo que supuso dicha dotación económica, lo más importante del premio fue el reconocimiento internacional y su consagración definitiva como escritor, que siempre fue su auténtica vocación. Porque Sergio Ramírez era en aquel momento una figura más política que literaria: había sido revolucionario, vicepresidente del gobierno de Daniel Ortega y candidato a la presidencia en unas elecciones que finalmente ganaría su oponente Violeta Chamorro.

Dos años después de perder estas elecciones, que le dejaron al borde de la bancarrota, gana este prestigioso premio que lo sitúa como uno de los escritores más importantes del panorama de las letras.

Después de Margarita, está linda la mar, que debe su título a un verso de Rubén Darío, vendría una extensa obra literaria formada por numerosos libros de relatos, ensayos, memorias y otras novelas como Sombras, nada más (2002), El cielo llora por mí (2009) o La fugitiva (2011). Recientemente ha publicado el libro de relatos Flores oscuras (2013).

En América Latina un escritor no puede escribir con la ventana cerrada

¿A qué se refiere cuando afirma que aprendió que «la más lúcida de las compatibilidades es que podía ser escritor y revolucionario»?

Cuando vives en un país como Nicaragua es muy difícil estar ajeno a los fenómenos de la realidad, sobre todo cuando vives bajo una dictadura como la de la familia Somoza, que cubrió buena parte de mi vida. La entrada de un joven en la política, cuando lo hace desde la literatura, viene a resultar inapelable. Yo ya había escogido mi oficio, mi vocación, que era la de escritor, pero siempre vi que había una puerta abierta hacia la transformación de Nicaragua. Por eso en un momento determinado abandoné la literatura y me metí en la empresa revolucionaria.

Usted ha afirmado que hubo un día en el año 1959 en el que su vida cambió para siempre. ¿Podría decirnos qué ocurrió ese día y por qué le marcó?

Yo estaba recién llegado a la universidad y, en ese momento, había muchas protestas callejeras contra la dictadura. En una de esas protestas el ejército de Somoza disparó contra los manifestantes en las calles. Hubo cuatro muertos y más de sesenta heridos: dos de esos heridos fueron compañeros míos de banca el primer año de Derecho. Eso hizo que la visión de lo que debía ser mi vida se transformara. Entré en la política a través de esa puerta. Mi compromiso político nace esa tarde del 23 de julio de 1959.

¿Qué huella le dejó su participación en la Revolución Nicaragüense?

La huella de una empresa múltiple, compleja, en la que yo hice mi parte. Siento que hice lo que debía: soy parte de los aciertos y de los fracasos que se cometieron en la Revolución. Era una empresa juvenil. Creo que hicimos todo lo que la conciencia juvenil demandaba entonces. Por lo tanto, siento que la revolución me transformó en otra persona.

Soy parte de los aciertos y de los fracasos que se cometieron en la Revolución

Entre 1973 y 1975 vivió en el Berlín dividido por el muro. ¿Cómo recuerda aquella época?

Tuve la oportunidad de regresar a Berlín hace algunas semanas y me di cuenta de lo distinto que era el Berlín de entonces. Aquel Berlín era dos mundos enfrentados que se asomaban a través de este muro. Frente a uno se le presentaba una escogencia: la sociedad capitalista, por un lado, y la sociedad pura, gris y austera en la que el poder está en manos de los trabajadores, por el otro.

Siempre tuve cierto resquemor frente a ese mundo cerrado de la Alemania Oriental al que era difícil entrar. Y siempre me sentí muy a gusto en el Berlín Occidental, a pesar de que yo sabía que también era un mundo artificial. Se hizo una inversión de miles de millones de marcos para que esa vitrina brillara con todas sus luces. En cierto modo yo era parte de ese entramado porque estaba becado por un programa de escritores.

¿Le ha costado asimilar su cambio de vicepresidente de Nicaragua a ser una voz crítica del gobierno actual?

Este ha sido un fenómeno de muchos años. Salí del Frente Sandinista de Liberación Nacional en 1985. Creamos un nuevo partido, el Movimiento Renovador Sandinista, con el que me presenté a las elecciones, con mala fortuna. Después dejé la presidencia de este partido y me dediqué a la escritura, pero al mismo tiempo fui marcando mi posición crítica, que mantengo hasta ahora.

¿Qué sensaciones le dejó aquella derrota electoral?

Ahora recuerdo esa época con mucha nostalgia. Siento que los sueños se deshicieron de la noche a la mañana con una derrota electoral imprevisible, porque se suponía que el pueblo no iría a votar en contra de un gobierno popular. Pero la realidad nos dijo que eso no fue así. Después llegó el proceso de acostumbrarse a que ese mundo desaparecería con la salida del Frente Sandinista del poder y que nunca más se podría reconstruir.

Como Mario Vargas Llosa, usted también perdió unas elecciones a la presidencia de su país. ¿Por qué en América Latina se presentan tantos escritores a las elecciones?

Yo creo que eso ya se acabó con Mario. No veo a ningún escritor presentándose ahora como candidato. Lástima que perdiera Mario porque nos hubiésemos ahorrado otra dictadura en América Latina, que fue la de Fujimori, un personaje que parece sacado de La casa verde.

¿De qué se desencantó antes, de la revolución o de la política?

De la política. De la revolución no me desencanté nunca. Si volviese a tener la edad que tenía en 1979, volvería a intentarlo.

¿Por qué las «utopías reglamentadas se vuelven siempre pesadillas»?

Porque el ideal sufre cuando se transforma en poder. El poder tiene sus propias reglas, su articulación hacia dentro, sus discriminaciones, sus atajos. Los ideales les ponen un corsé al poder, y esto hace que el poder deforme a las revoluciones.

¿En sus libros escribe sobre el poder para entenderlo o para exorcizarlo?

Para entenderlo, no. Creo que ya lo he entendido bastante. Pasé por esa experiencia, sé lo que es el poder por dentro, viví en su sistema digestivo. En cambio, para exorcizarlo, quizás sí. Uno siempre escribe para exorcizar esos grandes fantasmas como el poder, la locura, la muerte. Los grandes temas de la literatura.

Uno siempre escribe para exorcizar esos grandes fantasmas como el poder

A lo largo de su trayectoria literaria ha cultivado el relato corto, la novela, el artículo periodístico, las memorias, etc. ¿Hay algún género que le gustaría tocar?

Una vez escribí algunas piezas de teatro, que tengo guardadas porque a quien se las di a leer no le pareció que fuesen muy afortunadas. Pero a mí me parecía que no eran tan malas: en ellas reflejé lo que quería reflejar. Llevarlas a escena ya me parecería más arriesgado porque yo no soy un autor teatral. Fue una prueba lo que hice.

Usted ha cultivado tanto la novela como el relato corto con bastante frecuencia. ¿Qué le ofrece la novela que no le proporciona el cuento?

La novela lo ofrece todo: es un sinfín de posibilidades abiertas. Una novela puede ser cualquier cosa. Esto nos lo enseñó Cervantes. Puede ser una colección de historias que van a dar unas a otras, que en determinado momento se encuentran; puede ser una exploración muy profunda del alma humana, como en Dostoievski; puede ser la descripción total de un panorama social, como en Guerra y paz de Tolstoi; puede ser un monólogo interior profundo, como en La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes. La novela no tiene atajos, no tiene límites.

¿Y qué le ofrece el relato corto que no le proporciona la novela?

El cuento tiene sus límites muy bien establecidos. En primer lugar, el espacio que uno le va a dedicar. Para mí un cuento pueden ser doce o trece páginas. Ahora estoy leyendo los cuentos de Alice Munro, que me parecen excelentes, pero para mí desbordan ese sentido de brevedad que tiene el cuento, porque son historias mucho más largas que a veces parecen casi noveletas. Al tener límites de espacio, el cuento tiene pocos personajes y uno puede contar una sola historia.

¿Con cuál de estos géneros se siente más cómodo?

Me siento cómodo en los dos. Depende del tema que escoja uno sabe si encaja mejor en un cuento o en una novela. Pero ya sé que el cuento tiene su grado de dificultad distinto que el de la novela. Yo puedo resolver un cuento en una tarde. Luego, evidentemente, hay que comenzar a revisar el lenguaje. Pero una novela me toma dos años, y con la ayuda de la computadora. Sin ayuda de la computadora me tomaría por lo menos cinco años, porque es una empresa muy complicada.

Sergio.Ramirez.1También dirige la revista digital Carátula. ¿Cuáles son los principales objetivos de este proyecto?

Esta idea nació de la imposibilidad de tener una revista de papel en Centroamérica. En primer lugar, porque es muy caro. Y en segundo lugar, porque la logística para que la revista llegue a todos los lectores también es muy complicada. En Centroamérica no hay distribuidoras. Cada número nuevo tiene entre 25000 y 30000 lectores únicos. Podemos medir qué secciones son más visitadas, en qué artículos o piezas literarias se queda más tiempo un lector, etc. Es una buena guía para saber lo que a la gente le interesa. Y es una revista centroamericana con fronteras cada vez más abiertas.

¿Diría que la revista aglutina el panorama literario centroamericano?

Sí. Sobre todo porque le da mucha vida a los más jóvenes. Yo cultivo esta idea cultural de Centroamérica, que es una región bastante olvidada del mundo —países pequeños, pobres—, y a través de Carátula conseguimos darle una cierta relevancia a esa articulación cultural. Por ejemplo, en mayo vamos a celebrar por segunda vez un encuentro que se llama «Centroamérica cuenta» en Managua con escritores centroamericanos, pero también vendrán escritores mexicanos, españoles, franceses, alemanes. Abrir un gran diálogo sobre la literatura desde la perspectiva centroamericana me parece una empresa cultural muy importante.

Participó hace poco en el Congreso de la Lengua de Panamá. ¿Cómo valora la proyección del español en la esfera internacional?

Lo que yo comentaba en el Congreso de la Lengua de Panamá es el fenómeno de ser un escritor de una lengua muy vasta. Eso me da una tranquila alegría. El saber que puedo viajar miles de kilómetros y siempre me van a entender. Desde Nicaragua ir a Argentina o a México o a la República Dominicana o a Cuba, y siempre hablar el mismo idioma. Eso es una bendición para un escritor: no ser un escritor compartimentado.

Es cierto que las lenguas no tienen tamaño, y que son muy ricas aunque las hable muy poca gente. El asunto está en ser entendido sin ser traducido. Ahí está la gran diferencia. Yo mencionaba el caso de Kundera, porque escribe en checo y él sabe que tiene su idioma por cárcel. Por eso decide escribir en francés, que es una lengua más universal. O el caso de Sándor Márai, que fue como si le cortaran la lengua porque no estaba traducido y dejaron de publicarlo en Hungría. Por eso su gloria vino después de su muerte.

Veo que está muy versado en las nuevas tecnologías, como la escritura en blogs o en Twitter, la utilización de perfil en Facebook, etc. ¿Qué le ofrecen estas nuevas tecnologías que no le aporta la escritura tradicional en papel?

Creo que es una gran oportunidad la que ofrecen las nuevas tecnologías, y que hay que aprovecharlas. La principal ventaja es la comunicación con miles de lectores, las reacciones de la gente frente a lo que opino. Esto puede sonar muy idealista porque uno se encuentra a pie de página muchas veces comentarios viciosos. Hay gente que se dedica a hacer comentarios con mentalidades preestablecidas. Unos son muy buenos, pero otros son basura. Y otros son organizados porque hay oficinas del gobierno [de Nicaragua] para esto: tienen personas tecleando para decir siempre lo mismo, para desacreditarme. Pero estos son los riesgos de los espacios de libertad de expresión que hay que preservar.

Poco a poco me he ido desplazando hacia el Twitter, no porque haya abandonado el Facebook, sino porque es mucho más ágil y dinámico, y porque hay un tráfico mayor de opiniones. Yo digo algo en el Twitter y a veces las agencias de noticias lo recogen. Me sirvo de todos estos instrumentos, además de la página web, que es un depósito de información, una referencia a la que alguien puede acudir con seguridad a buscar datos sobre mí. Incluso hemos colgado en ella libros que están fuera de circulación. En lugar de que estén muertos, los colgamos en ella para que la gente los baje gratis. También mantengo el blog en Boomeran(g). Las nuevas tecnologías son una aventura que hay que correr.

¿Cómo describiría la influencia del poder en la literatura latinoamericana?

Creo que ha sido determinante, precisamente por esa presencia abrumadora de la que uno no puede escaparse. Hay una extensa tradición literaria dedicada al poder y al fenómeno del caudillismo, desde el primer autor que escribió sobre él, que fue Valle Inclán con Tirano Banderas, hasta La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, que quizás sea la última gran novela dedicada a este tema, pasando por Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos, o El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, o las novelas sobre caudillos de Gabriel García Márquez.

Revolucionario, vicepresidente, escritor. ¿Qué le ha aportado cada una de estas facetas a su vida?

Creo que la que menos me ha aportado es la de vicepresidente y, en cambio, es en la que más se insiste conmigo. Todos los vicepresidentes de América Latina están olvidados, excepto yo [se ríe]. La de vicepresidente es una figura realmente irrelevante, pero entiendo que se insiste en ella porque en realidad se trata de la revolución. Esa es la faceta que menos me aportó, porque se trata de un cargo burocrático que es como la mampara de mi propia presencia en la revolución como intelectual.

¿Qué quiere decir con esto último?

Creo que fue muy importante para la revolución la presencia de un gran número de intelectuales, como Ernesto Cardenal, que fue ministro de Cultura, y que de alguna manera contribuimos a ponerle un sello a la revolución, en el sentido de que los escritores y los poetas estaban en el gobierno.

El deber político del escritor
es su obligación como ciudadano

En Sergio Ramírez, ¿qué hay del político en el escritor y del escritor en el político?

Decía Rubén Darío «yo me ocupo de la política porque es universal». En América Latina un escritor no puede escribir con la ventana cerrada. Siempre debe estar informado de lo que pasa en la calle. Siempre insisto en que vivimos una realidad anormal, sorpresiva, porque las instituciones son débiles. Por tanto, la adulteración de la vida pública es mucho más probable que en otros países. En América Latina la vida pública siempre está entremezclada con la vida privada.

Ahora bien, creo que mezclar la política en la literatura deliberadamente, tratar de hacer un discurso ideológico en la literatura, siempre va a resultar un fracaso porque se convierte en algo aburrido para el lector. La literatura no es una hoja de propaganda ni un panfleto, sino que trata sobre cómo se ven alteradas las vidas de los seres humanos cuando hay fenómenos políticos anormales. Por otro lado, el deber político del escritor es su obligación como ciudadano. Yo tengo una preocupación política sea o no sea escritor. Por eso trato de distinguir entre lo que digo como ciudadano y lo que dicen mis libros.

¿Siente añoranza del mundo de la política?

No tanto como para volver a él. Uno vive de sus propias nostalgias y esta es una época que se aleja cada vez más de mí. El tiempo pasa. Salimos del gobierno hace más de veinticinco años. Llegamos al poder hace casi treinta y cinco. Son etapas ya lejanas. Y cuanto más lejana es la etapa de la vida, más nostalgia produce. Por ejemplo, verme en aquella etapa juvenil haciendo cosas que hoy no haría porque tengo otra edad.

Su familia quería que estudiase Derecho. ¿Cómo fue su reacción cuando supieron que quería ser escritor?

A mi padre lo que le interesaba es que yo fuera abogado. Una vez ocurrió que poco antes de ser abogado se publicó mi primer libro de cuentos. Se lo llevé a mi padre con mucho temor de que me dijese que él me había enviado a estudiar Derecho y no a ser escritor. Pero entonces me dijo que después de aquello tenía que escribir una novela, como quien dice que cuando uno empieza a hacer las cosas, entonces hay que hacerlas bien hechas. Él veía el cuento como un ensayo para hacerme novelista. Mucha gente cree que el cuento no es más que un peldaño para subir a otro más alto, que es el de la novela. Por supuesto, esto no es así, pero mucha gente lo cree.

Después de más de cincuenta años dedicados a la literatura y más de una veintena de libros publicados, ¿qué se lleva en el baúl de los recuerdos?

Quizás la vez que en mi casa abrieron el periódico El Diario de la Prensa y se armó un gran alboroto porque allí apareció un cuento mío. Yo todavía no había cumplido catorce años. Había enviado el cuento al periódico y, cuando mi padre me dijo que tenía un cuento publicado en él, yo quería que me tragara la tierra, porque parecía que había cometido algún delito, alguna transgresión. Después llevaron el periódico a mi abuela, y mi abuela a su vez se lo mandó a los vecinos para que lo leyeran. Entonces me sentí como un animal raro. Esta fue mi entrada en la literatura.

Fotos de Sergio Ramírez: Rubén Benítez Florido.

EL VIEJO ARTE DE MENTIR

Seminario sobre creación literaria impartido en la Cátedra Alfonso Reyes por el escritor Sergio Ramírez (2002)

Sesión 1: La imaginación como un espejo múltiple de la realidad.

Sesión 2: La mentira verdadera, el arte de la verosimilitud y los puntos de vista que el narrador asume.

Sesión 3: Las reglas para saber mentir y convencer.

Sesión 4: Sergio Ramírez expone su experiencia personal como creador literario y resalta los artistas, autores y obras que influyeron en su trayectoria.

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