Sergio Ramírez

Ser­gio Ramí­rez (Nica­ra­gua, 1942) afir­ma sin vaci­la­cio­nes que hay dos momen­tos cru­cia­les en su vida, cada uno de ellos rela­cio­na­do con las face­tas que más le han mar­ca­do: la de revo­lu­cio­na­rio y la de escri­tor.

El pri­me­ro de ellos se refie­re al momen­to en el que entra­ron en la Pla­za de la Revo­lu­ción el 20 de julio de 1979. Ese fue el día en el que tuvie­ron la cer­te­za de que la vic­to­ria por fin había lle­ga­do. El dic­ta­dor Anas­ta­sio Somo­za Debay­le había hui­do de Nica­ra­gua y la gen­te se con­gre­ga­ba en la pla­za para cele­brar el triun­fo de una Revo­lu­ción en la que Ser­gio Ramí­rez había lucha­do, había per­di­do ami­gos y com­pa­ñe­ros, y en la que había depo­si­ta­do todas sus espe­ran­zas e ilu­sio­nes juve­ni­les.

El otro momen­to deci­si­vo en su vida se pro­du­ce cuan­do gana el Pre­mio Alfa­gua­ra de Nove­la en 1998 con Mar­ga­ri­ta, está lin­da la mar, un pre­mio com­par­ti­do con la nove­la de Eli­seo Alber­to, Cara­col Beach. Las cir­cuns­tan­cias del des­tino qui­sie­ron que en vez de divi­dir el pre­mio entre los dos gana­do­res, la dota­ción se dupli­ca­ra para que cada uno de ellos pudie­se cobrar­la ínte­gra­men­te.

Pero con todo lo que supu­so dicha dota­ción eco­nó­mi­ca, lo más impor­tan­te del pre­mio fue el reco­no­ci­mien­to inter­na­cio­nal y su con­sa­gra­ción defi­ni­ti­va como escri­tor, que siem­pre fue su autén­ti­ca voca­ción. Por­que Ser­gio Ramí­rez era en aquel momen­to una figu­ra más polí­ti­ca que lite­ra­ria: había sido revo­lu­cio­na­rio, vice­pre­si­den­te del gobierno de Daniel Orte­ga y can­di­da­to a la pre­si­den­cia en unas elec­cio­nes que final­men­te gana­ría su opo­nen­te Vio­le­ta Cha­mo­rro.

Dos años des­pués de per­der estas elec­cio­nes, que le deja­ron al bor­de de la ban­ca­rro­ta, gana este pres­ti­gio­so pre­mio que lo sitúa como uno de los escri­to­res más impor­tan­tes del pano­ra­ma de las letras.

Des­pués de Mar­ga­ri­ta, está lin­da la mar, que debe su títu­lo a un ver­so de Rubén Darío, ven­dría una exten­sa obra lite­ra­ria for­ma­da por nume­ro­sos libros de rela­tos, ensa­yos, memo­rias y otras nove­las como Som­bras, nada más (2002), El cie­lo llo­ra por mí (2009) o La fugi­ti­va (2011). Recien­te­men­te ha publi­ca­do el libro de rela­tos Flo­res oscu­ras (2013).

En Amé­ri­ca Lati­na un escri­tor no pue­de escri­bir con la ven­ta­na cerra­da

¿A qué se refie­re cuan­do afir­ma que apren­dió que «la más lúci­da de las com­pa­ti­bi­li­da­des es que podía ser escri­tor y revo­lu­cio­na­rio»?

Cuan­do vives en un país como Nica­ra­gua es muy difí­cil estar ajeno a los fenó­me­nos de la reali­dad, sobre todo cuan­do vives bajo una dic­ta­du­ra como la de la fami­lia Somo­za, que cubrió bue­na par­te de mi vida. La entra­da de un joven en la polí­ti­ca, cuan­do lo hace des­de la lite­ra­tu­ra, vie­ne a resul­tar inape­la­ble. Yo ya había esco­gi­do mi ofi­cio, mi voca­ción, que era la de escri­tor, pero siem­pre vi que había una puer­ta abier­ta hacia la trans­for­ma­ción de Nica­ra­gua. Por eso en un momen­to deter­mi­na­do aban­do­né la lite­ra­tu­ra y me metí en la empre­sa revo­lu­cio­na­ria.

Usted ha afir­ma­do que hubo un día en el año 1959 en el que su vida cam­bió para siem­pre. ¿Podría decir­nos qué ocu­rrió ese día y por qué le mar­có?

Yo esta­ba recién lle­ga­do a la uni­ver­si­dad y, en ese momen­to, había muchas pro­tes­tas calle­je­ras con­tra la dic­ta­du­ra. En una de esas pro­tes­tas el ejér­ci­to de Somo­za dis­pa­ró con­tra los mani­fes­tan­tes en las calles. Hubo cua­tro muer­tos y más de sesen­ta heri­dos: dos de esos heri­dos fue­ron com­pa­ñe­ros míos de ban­ca el pri­mer año de Dere­cho. Eso hizo que la visión de lo que debía ser mi vida se trans­for­ma­ra. Entré en la polí­ti­ca a tra­vés de esa puer­ta. Mi com­pro­mi­so polí­ti­co nace esa tar­de del 23 de julio de 1959.

¿Qué hue­lla le dejó su par­ti­ci­pa­ción en la Revo­lu­ción Nica­ra­güen­se?

La hue­lla de una empre­sa múl­ti­ple, com­ple­ja, en la que yo hice mi par­te. Sien­to que hice lo que debía: soy par­te de los acier­tos y de los fra­ca­sos que se come­tie­ron en la Revo­lu­ción. Era una empre­sa juve­nil. Creo que hici­mos todo lo que la con­cien­cia juve­nil deman­da­ba enton­ces. Por lo tan­to, sien­to que la revo­lu­ción me trans­for­mó en otra per­so­na.

Soy par­te de los acier­tos y de los fra­ca­sos que se come­tie­ron en la Revo­lu­ción

Entre 1973 y 1975 vivió en el Ber­lín divi­di­do por el muro. ¿Cómo recuer­da aque­lla épo­ca?

Tuve la opor­tu­ni­dad de regre­sar a Ber­lín hace algu­nas sema­nas y me di cuen­ta de lo dis­tin­to que era el Ber­lín de enton­ces. Aquel Ber­lín era dos mun­dos enfren­ta­dos que se aso­ma­ban a tra­vés de este muro. Fren­te a uno se le pre­sen­ta­ba una esco­gen­cia: la socie­dad capi­ta­lis­ta, por un lado, y la socie­dad pura, gris y aus­te­ra en la que el poder está en manos de los tra­ba­ja­do­res, por el otro.

Siem­pre tuve cier­to res­que­mor fren­te a ese mun­do cerra­do de la Ale­ma­nia Orien­tal al que era difí­cil entrar. Y siem­pre me sen­tí muy a gus­to en el Ber­lín Occi­den­tal, a pesar de que yo sabía que tam­bién era un mun­do arti­fi­cial. Se hizo una inver­sión de miles de millo­nes de mar­cos para que esa vitri­na bri­lla­ra con todas sus luces. En cier­to modo yo era par­te de ese entra­ma­do por­que esta­ba beca­do por un pro­gra­ma de escri­to­res.

¿Le ha cos­ta­do asi­mi­lar su cam­bio de vice­pre­si­den­te de Nica­ra­gua a ser una voz crí­ti­ca del gobierno actual?

Este ha sido un fenó­meno de muchos años. Salí del Fren­te San­di­nis­ta de Libe­ra­ción Nacio­nal en 1985. Crea­mos un nue­vo par­ti­do, el Movi­mien­to Reno­va­dor San­di­nis­ta, con el que me pre­sen­té a las elec­cio­nes, con mala for­tu­na. Des­pués dejé la pre­si­den­cia de este par­ti­do y me dedi­qué a la escri­tu­ra, pero al mis­mo tiem­po fui mar­can­do mi posi­ción crí­ti­ca, que man­ten­go has­ta aho­ra.

¿Qué sen­sa­cio­nes le dejó aque­lla derro­ta elec­to­ral?

Aho­ra recuer­do esa épo­ca con mucha nos­tal­gia. Sien­to que los sue­ños se des­hi­cie­ron de la noche a la maña­na con una derro­ta elec­to­ral impre­vi­si­ble, por­que se supo­nía que el pue­blo no iría a votar en con­tra de un gobierno popu­lar. Pero la reali­dad nos dijo que eso no fue así. Des­pués lle­gó el pro­ce­so de acos­tum­brar­se a que ese mun­do des­apa­re­ce­ría con la sali­da del Fren­te San­di­nis­ta del poder y que nun­ca más se podría recons­truir.

Como Mario Var­gas Llo­sa, usted tam­bién per­dió unas elec­cio­nes a la pre­si­den­cia de su país. ¿Por qué en Amé­ri­ca Lati­na se pre­sen­tan tan­tos escri­to­res a las elec­cio­nes?

Yo creo que eso ya se aca­bó con Mario. No veo a nin­gún escri­tor pre­sen­tán­do­se aho­ra como can­di­da­to. Lás­ti­ma que per­die­ra Mario por­que nos hubié­se­mos aho­rra­do otra dic­ta­du­ra en Amé­ri­ca Lati­na, que fue la de Fuji­mo­ri, un per­so­na­je que pare­ce saca­do de La casa ver­de.

¿De qué se desen­can­tó antes, de la revo­lu­ción o de la polí­ti­ca?

De la polí­ti­ca. De la revo­lu­ción no me desen­can­té nun­ca. Si vol­vie­se a tener la edad que tenía en 1979, vol­ve­ría a inten­tar­lo.

¿Por qué las «uto­pías regla­men­ta­das se vuel­ven siem­pre pesa­di­llas»?

Por­que el ideal sufre cuan­do se trans­for­ma en poder. El poder tie­ne sus pro­pias reglas, su arti­cu­la­ción hacia den­tro, sus dis­cri­mi­na­cio­nes, sus ata­jos. Los idea­les les ponen un cor­sé al poder, y esto hace que el poder defor­me a las revo­lu­cio­nes.

¿En sus libros escri­be sobre el poder para enten­der­lo o para exor­ci­zar­lo?

Para enten­der­lo, no. Creo que ya lo he enten­di­do bas­tan­te. Pasé por esa expe­rien­cia, sé lo que es el poder por den­tro, viví en su sis­te­ma diges­ti­vo. En cam­bio, para exor­ci­zar­lo, qui­zás sí. Uno siem­pre escri­be para exor­ci­zar esos gran­des fan­tas­mas como el poder, la locu­ra, la muer­te. Los gran­des temas de la lite­ra­tu­ra.

Uno siem­pre escri­be para exor­ci­zar esos gran­des fan­tas­mas como el poder

A lo lar­go de su tra­yec­to­ria lite­ra­ria ha cul­ti­va­do el rela­to cor­to, la nove­la, el artícu­lo perio­dís­ti­co, las memo­rias, etc. ¿Hay algún géne­ro que le gus­ta­ría tocar?

Una vez escri­bí algu­nas pie­zas de tea­tro, que ten­go guar­da­das por­que a quien se las di a leer no le pare­ció que fue­sen muy afor­tu­na­das. Pero a mí me pare­cía que no eran tan malas: en ellas refle­jé lo que que­ría refle­jar. Lle­var­las a esce­na ya me pare­ce­ría más arries­ga­do por­que yo no soy un autor tea­tral. Fue una prue­ba lo que hice.

Usted ha cul­ti­va­do tan­to la nove­la como el rela­to cor­to con bas­tan­te fre­cuen­cia. ¿Qué le ofre­ce la nove­la que no le pro­por­cio­na el cuen­to?

La nove­la lo ofre­ce todo: es un sin­fín de posi­bi­li­da­des abier­tas. Una nove­la pue­de ser cual­quier cosa. Esto nos lo ense­ñó Cer­van­tes. Pue­de ser una colec­ción de his­to­rias que van a dar unas a otras, que en deter­mi­na­do momen­to se encuen­tran; pue­de ser una explo­ra­ción muy pro­fun­da del alma huma­na, como en Dos­toievs­ki; pue­de ser la des­crip­ción total de un pano­ra­ma social, como en Gue­rra y paz de Tols­toi; pue­de ser un monó­lo­go inte­rior pro­fun­do, como en La muer­te de Arte­mio Cruz de Car­los Fuen­tes. La nove­la no tie­ne ata­jos, no tie­ne lími­tes.

¿Y qué le ofre­ce el rela­to cor­to que no le pro­por­cio­na la nove­la?

El cuen­to tie­ne sus lími­tes muy bien esta­ble­ci­dos. En pri­mer lugar, el espa­cio que uno le va a dedi­car. Para mí un cuen­to pue­den ser doce o tre­ce pági­nas. Aho­ra estoy leyen­do los cuen­tos de Ali­ce Mun­ro, que me pare­cen exce­len­tes, pero para mí des­bor­dan ese sen­ti­do de bre­ve­dad que tie­ne el cuen­to, por­que son his­to­rias mucho más lar­gas que a veces pare­cen casi nove­le­tas. Al tener lími­tes de espa­cio, el cuen­to tie­ne pocos per­so­na­jes y uno pue­de con­tar una sola his­to­ria.

¿Con cuál de estos géne­ros se sien­te más cómo­do?

Me sien­to cómo­do en los dos. Depen­de del tema que esco­ja uno sabe si enca­ja mejor en un cuen­to o en una nove­la. Pero ya sé que el cuen­to tie­ne su gra­do de difi­cul­tad dis­tin­to que el de la nove­la. Yo pue­do resol­ver un cuen­to en una tar­de. Lue­go, evi­den­te­men­te, hay que comen­zar a revi­sar el len­gua­je. Pero una nove­la me toma dos años, y con la ayu­da de la compu­tado­ra. Sin ayu­da de la compu­tado­ra me toma­ría por lo menos cin­co años, por­que es una empre­sa muy com­pli­ca­da.

Sergio.Ramirez.1Tam­bién diri­ge la revis­ta digi­tal Cará­tu­la. ¿Cuá­les son los prin­ci­pa­les obje­ti­vos de este pro­yec­to?

Esta idea nació de la impo­si­bi­li­dad de tener una revis­ta de papel en Cen­troa­mé­ri­ca. En pri­mer lugar, por­que es muy caro. Y en segun­do lugar, por­que la logís­ti­ca para que la revis­ta lle­gue a todos los lec­to­res tam­bién es muy com­pli­ca­da. En Cen­troa­mé­ri­ca no hay dis­tri­bui­do­ras. Cada núme­ro nue­vo tie­ne entre 25000 y 30000 lec­to­res úni­cos. Pode­mos medir qué sec­cio­nes son más visi­ta­das, en qué artícu­los o pie­zas lite­ra­rias se que­da más tiem­po un lec­tor, etc. Es una bue­na guía para saber lo que a la gen­te le intere­sa. Y es una revis­ta cen­troa­me­ri­ca­na con fron­te­ras cada vez más abier­tas.

¿Diría que la revis­ta aglu­ti­na el pano­ra­ma lite­ra­rio cen­troa­me­ri­cano?

Sí. Sobre todo por­que le da mucha vida a los más jóve­nes. Yo cul­ti­vo esta idea cul­tu­ral de Cen­troa­mé­ri­ca, que es una región bas­tan­te olvi­da­da del mun­do —paí­ses peque­ños, pobres — , y a tra­vés de Cará­tu­la con­se­gui­mos dar­le una cier­ta rele­van­cia a esa arti­cu­la­ción cul­tu­ral. Por ejem­plo, en mayo vamos a cele­brar por segun­da vez un encuen­tro que se lla­ma «Cen­troa­mé­ri­ca cuen­ta» en Mana­gua con escri­to­res cen­troa­me­ri­ca­nos, pero tam­bién ven­drán escri­to­res mexi­ca­nos, espa­ño­les, fran­ce­ses, ale­ma­nes. Abrir un gran diá­lo­go sobre la lite­ra­tu­ra des­de la pers­pec­ti­va cen­troa­me­ri­ca­na me pare­ce una empre­sa cul­tu­ral muy impor­tan­te.

Par­ti­ci­pó hace poco en el Con­gre­so de la Len­gua de Pana­má. ¿Cómo valo­ra la pro­yec­ción del espa­ñol en la esfe­ra inter­na­cio­nal?

Lo que yo comen­ta­ba en el Con­gre­so de la Len­gua de Pana­má es el fenó­meno de ser un escri­tor de una len­gua muy vas­ta. Eso me da una tran­qui­la ale­gría. El saber que pue­do via­jar miles de kiló­me­tros y siem­pre me van a enten­der. Des­de Nica­ra­gua ir a Argen­ti­na o a Méxi­co o a la Repú­bli­ca Domi­ni­ca­na o a Cuba, y siem­pre hablar el mis­mo idio­ma. Eso es una ben­di­ción para un escri­tor: no ser un escri­tor com­par­ti­men­ta­do.

Es cier­to que las len­guas no tie­nen tama­ño, y que son muy ricas aun­que las hable muy poca gen­te. El asun­to está en ser enten­di­do sin ser tra­du­ci­do. Ahí está la gran dife­ren­cia. Yo men­cio­na­ba el caso de Kun­de­ra, por­que escri­be en che­co y él sabe que tie­ne su idio­ma por cár­cel. Por eso deci­de escri­bir en fran­cés, que es una len­gua más uni­ver­sal. O el caso de Sán­dor Márai, que fue como si le cor­ta­ran la len­gua por­que no esta­ba tra­du­ci­do y deja­ron de publi­car­lo en Hun­gría. Por eso su glo­ria vino des­pués de su muer­te.

Veo que está muy ver­sa­do en las nue­vas tec­no­lo­gías, como la escri­tu­ra en blogs o en Twit­ter, la uti­li­za­ción de per­fil en Face­book, etc. ¿Qué le ofre­cen estas nue­vas tec­no­lo­gías que no le apor­ta la escri­tu­ra tra­di­cio­nal en papel?

Creo que es una gran opor­tu­ni­dad la que ofre­cen las nue­vas tec­no­lo­gías, y que hay que apro­ve­char­las. La prin­ci­pal ven­ta­ja es la comu­ni­ca­ción con miles de lec­to­res, las reac­cio­nes de la gen­te fren­te a lo que opino. Esto pue­de sonar muy idea­lis­ta por­que uno se encuen­tra a pie de pági­na muchas veces comen­ta­rios vicio­sos. Hay gen­te que se dedi­ca a hacer comen­ta­rios con men­ta­li­da­des prees­ta­ble­ci­das. Unos son muy bue­nos, pero otros son basu­ra. Y otros son orga­ni­za­dos por­que hay ofi­ci­nas del gobierno [de Nica­ra­gua] para esto: tie­nen per­so­nas teclean­do para decir siem­pre lo mis­mo, para des­acre­di­tar­me. Pero estos son los ries­gos de los espa­cios de liber­tad de expre­sión que hay que pre­ser­var.

Poco a poco me he ido des­pla­zan­do hacia el Twit­ter, no por­que haya aban­do­na­do el Face­book, sino por­que es mucho más ágil y diná­mi­co, y por­que hay un trá­fi­co mayor de opi­nio­nes. Yo digo algo en el Twit­ter y a veces las agen­cias de noti­cias lo reco­gen. Me sir­vo de todos estos ins­tru­men­tos, ade­más de la pági­na web, que es un depó­si­to de infor­ma­ción, una refe­ren­cia a la que alguien pue­de acu­dir con segu­ri­dad a bus­car datos sobre mí. Inclu­so hemos col­ga­do en ella libros que están fue­ra de cir­cu­la­ción. En lugar de que estén muer­tos, los col­ga­mos en ella para que la gen­te los baje gra­tis. Tam­bién man­ten­go el blog en Boomeran(g). Las nue­vas tec­no­lo­gías son una aven­tu­ra que hay que correr.

¿Cómo des­cri­bi­ría la influen­cia del poder en la lite­ra­tu­ra lati­noa­me­ri­ca­na?

Creo que ha sido deter­mi­nan­te, pre­ci­sa­men­te por esa pre­sen­cia abru­ma­do­ra de la que uno no pue­de esca­par­se. Hay una exten­sa tra­di­ción lite­ra­ria dedi­ca­da al poder y al fenó­meno del cau­di­llis­mo, des­de el pri­mer autor que escri­bió sobre él, que fue Valle Inclán con Tirano Ban­de­ras, has­ta La fies­ta del Chi­vo, de Mario Var­gas Llo­sa, que qui­zás sea la últi­ma gran nove­la dedi­ca­da a este tema, pasan­do por Yo, el supre­mo, de Augus­to Roa Bas­tos, o El señor pre­si­den­te, de Miguel Ángel Astu­rias, o las nove­las sobre cau­di­llos de Gabriel Gar­cía Már­quez.

Revo­lu­cio­na­rio, vice­pre­si­den­te, escri­tor. ¿Qué le ha apor­ta­do cada una de estas face­tas a su vida?

Creo que la que menos me ha apor­ta­do es la de vice­pre­si­den­te y, en cam­bio, es en la que más se insis­te con­mi­go. Todos los vice­pre­si­den­tes de Amé­ri­ca Lati­na están olvi­da­dos, excep­to yo [se ríe]. La de vice­pre­si­den­te es una figu­ra real­men­te irre­le­van­te, pero entien­do que se insis­te en ella por­que en reali­dad se tra­ta de la revo­lu­ción. Esa es la face­ta que menos me apor­tó, por­que se tra­ta de un car­go buro­crá­ti­co que es como la mam­pa­ra de mi pro­pia pre­sen­cia en la revo­lu­ción como inte­lec­tual.

¿Qué quie­re decir con esto últi­mo?

Creo que fue muy impor­tan­te para la revo­lu­ción la pre­sen­cia de un gran núme­ro de inte­lec­tua­les, como Ernes­to Car­de­nal, que fue minis­tro de Cul­tu­ra, y que de algu­na mane­ra con­tri­bui­mos a poner­le un sello a la revo­lu­ción, en el sen­ti­do de que los escri­to­res y los poe­tas esta­ban en el gobierno.

El deber polí­ti­co del escri­tor
es su obli­ga­ción como ciu­da­dano

En Ser­gio Ramí­rez, ¿qué hay del polí­ti­co en el escri­tor y del escri­tor en el polí­ti­co?

Decía Rubén Darío «yo me ocu­po de la polí­ti­ca por­que es uni­ver­sal». En Amé­ri­ca Lati­na un escri­tor no pue­de escri­bir con la ven­ta­na cerra­da. Siem­pre debe estar infor­ma­do de lo que pasa en la calle. Siem­pre insis­to en que vivi­mos una reali­dad anor­mal, sor­pre­si­va, por­que las ins­ti­tu­cio­nes son débi­les. Por tan­to, la adul­te­ra­ción de la vida públi­ca es mucho más pro­ba­ble que en otros paí­ses. En Amé­ri­ca Lati­na la vida públi­ca siem­pre está entre­mez­cla­da con la vida pri­va­da.

Aho­ra bien, creo que mez­clar la polí­ti­ca en la lite­ra­tu­ra deli­be­ra­da­men­te, tra­tar de hacer un dis­cur­so ideo­ló­gi­co en la lite­ra­tu­ra, siem­pre va a resul­tar un fra­ca­so por­que se con­vier­te en algo abu­rri­do para el lec­tor. La lite­ra­tu­ra no es una hoja de pro­pa­gan­da ni un pan­fle­to, sino que tra­ta sobre cómo se ven alte­ra­das las vidas de los seres huma­nos cuan­do hay fenó­me­nos polí­ti­cos anor­ma­les. Por otro lado, el deber polí­ti­co del escri­tor es su obli­ga­ción como ciu­da­dano. Yo ten­go una preo­cu­pa­ción polí­ti­ca sea o no sea escri­tor. Por eso tra­to de dis­tin­guir entre lo que digo como ciu­da­dano y lo que dicen mis libros.

¿Sien­te año­ran­za del mun­do de la polí­ti­ca?

No tan­to como para vol­ver a él. Uno vive de sus pro­pias nos­tal­gias y esta es una épo­ca que se ale­ja cada vez más de mí. El tiem­po pasa. Sali­mos del gobierno hace más de vein­ti­cin­co años. Lle­ga­mos al poder hace casi trein­ta y cin­co. Son eta­pas ya leja­nas. Y cuan­to más leja­na es la eta­pa de la vida, más nos­tal­gia pro­du­ce. Por ejem­plo, ver­me en aque­lla eta­pa juve­nil hacien­do cosas que hoy no haría por­que ten­go otra edad.

Su fami­lia que­ría que estu­dia­se Dere­cho. ¿Cómo fue su reac­ción cuan­do supie­ron que que­ría ser escri­tor?

A mi padre lo que le intere­sa­ba es que yo fue­ra abo­ga­do. Una vez ocu­rrió que poco antes de ser abo­ga­do se publi­có mi pri­mer libro de cuen­tos. Se lo lle­vé a mi padre con mucho temor de que me dije­se que él me había envia­do a estu­diar Dere­cho y no a ser escri­tor. Pero enton­ces me dijo que des­pués de aque­llo tenía que escri­bir una nove­la, como quien dice que cuan­do uno empie­za a hacer las cosas, enton­ces hay que hacer­las bien hechas. Él veía el cuen­to como un ensa­yo para hacer­me nove­lis­ta. Mucha gen­te cree que el cuen­to no es más que un pel­da­ño para subir a otro más alto, que es el de la nove­la. Por supues­to, esto no es así, pero mucha gen­te lo cree.

Des­pués de más de cin­cuen­ta años dedi­ca­dos a la lite­ra­tu­ra y más de una vein­te­na de libros publi­ca­dos, ¿qué se lle­va en el baúl de los recuer­dos?

Qui­zás la vez que en mi casa abrie­ron el perió­di­co El Dia­rio de la Pren­sa y se armó un gran albo­ro­to por­que allí apa­re­ció un cuen­to mío. Yo toda­vía no había cum­pli­do cator­ce años. Había envia­do el cuen­to al perió­di­co y, cuan­do mi padre me dijo que tenía un cuen­to publi­ca­do en él, yo que­ría que me tra­ga­ra la tie­rra, por­que pare­cía que había come­ti­do algún deli­to, algu­na trans­gre­sión. Des­pués lle­va­ron el perió­di­co a mi abue­la, y mi abue­la a su vez se lo man­dó a los veci­nos para que lo leye­ran. Enton­ces me sen­tí como un ani­mal raro. Esta fue mi entra­da en la lite­ra­tu­ra.

Fotos de Ser­gio Ramí­rez: Rubén Bení­tez Flo­ri­do.

EL VIEJO ARTE DE MENTIR

Seminario sobre creación literaria impartido en la Cátedra Alfonso Reyes por el escritor Sergio Ramírez (2002)

Sesión 1: La ima­gi­na­ción como un espe­jo múl­ti­ple de la reali­dad.

Sesión 2: La men­ti­ra ver­da­de­ra, el arte de la vero­si­mi­li­tud y los pun­tos de vis­ta que el narra­dor asu­me.

Sesión 3: Las reglas para saber men­tir y con­ven­cer.

Sesión 4: Ser­gio Ramí­rez expo­ne su expe­rien­cia per­so­nal como crea­dor lite­ra­rio y resal­ta los artis­tas, auto­res y obras que influ­ye­ron en su tra­yec­to­ria.

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