Sergio del Molino

No resul­ta fácil aden­trar­se en la lec­tu­ra de un libro como La hora vio­le­ta (Edi­to­rial Mon­da­do­ri, 2013). Su autor, el perio­dis­ta Ser­gio del Molino, narra en pri­me­ra per­so­na y con una cru­de­za y sin­ce­ri­dad fue­ra de lo común el pro­ce­so vital que repre­sen­tó acom­pa­ñar a su hijo Pablo, a quien le diag­nos­ti­ca­ron una leu­ce­mia con ape­nas diez meses de vida, duran­te el tra­ta­mien­to que se alar­gó casi un año y del que Pablo no lle­gó a sobre­vi­vir.

El impac­to que pro­du­cen las pri­me­ras pági­nas de La hora vio­le­ta se dilu­ye para dejar paso a la empa­tía emo­cio­nal con el autor. La obra bus­ca, ade­más del con­sue­lo y de fijar por escri­to a tra­vés de la lite­ra­tu­ra la vida de Pablo, el tér­mino que per­mi­ta iden­ti­fi­car a los padres que han vis­to falle­cer a sus hijos y que, has­ta la fecha, son reco­no­ci­dos como «padres dolien­tes».

Has escri­to sobre tu pro­pia expe­rien­cia como padre en un caso que muchos cali­fi­can de anti­na­tu­ral: el sobre­vi­vir a un hijo. No creo que, como dices al comien­zo del libro, el moti­vo de escri­bir La hora vio­le­ta fue­ra solo el de bus­car ese tér­mino que pudie­ra dar nom­bre a los padres que sufren la pér­di­da de un des­cen­dien­te.

He inten­ta­do jus­ti­fi­car­me de muchas for­mas y no he encon­tra­do la mane­ra. Comen­cé a escri­bir impul­si­va­men­te por­que no sabía qué otra cosa podía hacer. No supe cómo reac­cio­nar, hay quien opta por el silen­cio, o por ale­jar­se. Yo nece­si­ta­ba aden­trar­me en lo que había suce­di­do, tener­lo muy pre­sen­te. Y, sobre todo, dejar tes­ti­mo­nio de la vida de mi hijo. Me hace mucho bien hablar de él, no lo rehu­yo ni lo con­vier­to en un tabú, eso es algo que pue­de inco­mo­dar a mucha gen­te. Hay quien cree que al padre dolien­te no le tie­nes que recor­dar su tra­ge­dia, que es algo que se obvia, que la pre­sen­cia del hijo podría hacer creer que no hubie­ra pasa­do nada. Eso me pare­ce una segun­da muer­te mucho más terri­ble que la pri­me­ra. Que­ría tener a Pablo pre­sen­te en mi vida y la for­ma más radi­cal y ele­gan­te de hacer­lo que encon­tré fue con­vir­tien­do la expe­rien­cia y el dolor en lite­ra­tu­ra. Y eso hice. No para supe­rar­lo, ni pen­san­do en una for­ma tera­péu­ti­ca para encon­trar ali­vio, por­que no lo encuen­tras, pero sí inten­tan­do mane­jar­lo, com­pren­dien­do cómo pue­do con­vi­vir con el dolor, por­que aho­ra me con­si­de­ro un dis­ca­pa­ci­ta­do emo­cio­nal. La lite­ra­tu­ra me ha ense­ña­do a vivir con esta dis­ca­pa­ci­dad y tener una vida fun­cio­nal. He con­se­gui­do aco­tar la expe­rien­cia.

No sola­men­te tu expe­rien­cia como padre, tam­bién la de tu pare­ja y, por supues­to, la de Pablo. Recu­rres en algún momen­to a per­so­nas como Eva, la ado­les­cen­te que tam­bién pade­ce leu­ce­mia y que os tra­du­cía lo que esta­ba pasan­do vues­tro hijo debi­do a la qui­mio­te­ra­pia. ¿Con­si­de­ras­te un reto lite­ra­rio el de des­cri­bir las sen­sa­cio­nes de Pablo?

Sí, por supues­to. Pero el pro­ta­go­nis­ta del libro soy yo, tra­to de mos­trar la frus­tra­ción de un padre inten­tan­do enten­der a su hijo para acom­pa­ñar­le, no para con­ver­tir­le en per­so­na­je lite­ra­rio. Antes dijis­te de que se tra­ta de una situa­ción anti­na­tu­ral. Más que per­der a un hijo, lo anti­na­tu­ral sería per­der­lo sin saber cómo ha ocu­rri­do. Los mamí­fe­ros esta­mos pro­gra­ma­dos para pro­te­ger a nues­tras crías de los depre­da­do­res. Pero cuan­do la ame­na­za que las está matan­do no es un depre­da­dor, se hace impo­si­ble defen­der­las. La frus­tra­ción que se pro­du­ce es lo que nos cor­to­cir­cui­ta el cere­bro, lo que hace que la expe­rien­cia resul­te incom­pren­si­ble e inabar­ca­ble. Y ahí es don­de entra en jue­go la lite­ra­tu­ra y el inten­tar acer­car­me a lo que sien­te Pablo para pro­cu­rar ayu­dar­lo.

Una de las dife­ren­cias que tene­mos con los ani­ma­les mamí­fe­ros es el len­gua­je, al que dedi­cas bue­na par­te de las ideas vol­ca­das en La hora vio­le­ta. Escri­bes sobre las metá­fo­ras que se uti­li­zan en medi­ci­na, los con­cep­tos que mane­jan los pro­fe­sio­na­les para ali­ge­rar el peso del dolor. En lugar de uti­li­zar recur­sos más direc­tos, que nos bene­fi­cia­rían en muchos aspec­tos, se dis­fra­za la enfer­me­dad median­te esos recur­sos lin­güís­ti­cos.

Se cubre con metá­fo­ras. Esto lo reco­ge Susan Son­tag en La enfer­me­dad y sus metá­fo­ras, una de las refe­ren­cias del libro. Está supe­ra­do en muchos aspec­tos, pero en el del len­gua­je y su uso para enmas­ca­rar las dolen­cias sigue vigen­te. Es un uso muy nega­ti­vo, por­que se crea un ima­gi­na­rio en torno a la enfer­me­dad que fal­sea la expe­rien­cia con el fin de tomar dis­tan­cia, para que los sanos pue­dan ais­lar a los enfer­mos y no con­ta­giar­se de su tris­te­za.

Cier­to, hablas de pen­sar como enfer­mos o como sanos a tra­vés del len­gua­je.

Es lo que hace Tho­mas Mann en La mon­ta­ña mági­ca. Cuan­do Hans Cas­torp se va aden­tran­do en el sana­to­rio del doc­tor Beh­rens, se tras­la­da del mun­do de los sanos al de los enfer­mos. Esa es la sen­sa­ción que tuve duran­te todo el pro­ce­so con Pablo. Es un mun­do que jue­ga otras reglas y en el que las metá­fo­ras sobre la enfer­me­dad son barre­ras que impo­nen los sanos para que los enfer­mos no nos hagan daño ais­lán­do­los en su mun­do. Por supues­tos, esas pala­bras enmas­ca­ra­das no les sir­ven de nada a los pacien­tes, son crea­das para los demás. Si te afe­rras a las metá­fo­ras lo que haces es difi­cul­tar la expe­rien­cia, te blo­queas y te impi­des dis­fru­tar de la feli­ci­dad que pue­das tener con tu hijo o con tu alle­ga­do.

Hay que des­ta­car que, en vues­tro caso, el tra­to médi­co fue excep­cio­nal, lo que intro­du­ce otro ele­men­to ines­pe­ra­do: la situa­ción de la sani­dad públi­ca.

La sani­dad públi­ca de la que, has­ta hoy, dis­fru­ta­mos, es uno de los gran­des logros en Espa­ña. Se había esta­ble­ci­do una pre­mi­sa: no había nada lo sufi­cien­te­men­te caro a la hora de sal­var a un niño. Cual­quier recur­so esta­ba bien des­ti­na­do. Lo viví de mane­ra muy direc­ta, no se esca­ti­mó en recur­sos, ni en talen­to, ni en pro­fe­sio­na­les. La situa­ción ha cam­bia­do bas­tan­te des­de que falle­ció Pablo. No sé si esa sani­dad fun­cio­na así en estos momen­tos. Diría que aho­ra sí se le pone pre­cio a la vida de un niño. Es terri­ble. Hemos pasa­do de una socie­dad que con­si­de­ra­ba que todo era fac­ti­ble a algo que se tari­fi­ca. Hay niños que mere­cen ser sal­va­dos y niños que no. Se han crea­do una serie de comi­tés y sub­co­mi­tés y vice­co­mi­tés que toman las deci­sio­nes. A la hora de recor­tar, cuan­ta mayor dis­tan­cia hay entre quie­nes deci­den y el pacien­te más fácil resul­ta. Cuan­do nues­tras oncó­lo­gas debían tomar una deci­sión sobre los tra­ta­mien­tos de Pablo, les resul­ta­ba más difí­cil negar­se por­que cono­cían al pacien­te y sabían lo que esta­ban negan­do. Pero si quien toma la deci­sión es un señor que está tres plan­tas más arri­ba, para quien el enfer­mo no es más que una cifra en un esta­di­llo, le resul­ta más fácil negar la ayu­da. Esa es una de las razo­nes por las que se está dete­rio­ran­do la sani­dad públi­ca. En ese sen­ti­do y por des­gra­cia, mi libro, que era un tes­ti­mo­nio ínti­mo de un padre heri­do, ha aca­ba­do con­vir­tién­do­se en el can­to a una sani­dad públi­ca que, creo, ya hemos per­di­do, aun­que man­ten­go la espe­ran­za, esta­mos a tiem­po de recons­truir­la. Me jode, pero al mis­mo tiem­po quie­ro que se con­vier­ta en una pie­za de resis­ten­cia para defen­der esa sani­dad o por lo menos para lla­mar la aten­ción sobre lo que esta­mos per­dien­do. Y eso, sin ser un libro polí­ti­co.

Has cita­do a Susan Son­tag y a Tho­mas Mann, pero hay otra refe­ren­cia muy evi­den­te y que haces cons­tar en el libro: Mor­tal y rosa, de Fran­cis­co Umbral.

Mor­tal y rosa mar­có un canon en la lite­ra­tu­ra de los padres doli­dos y es una de las obras maes­tras de la lite­ra­tu­ra espa­ño­la del siglo XX. No se pue­de escri­bir un libro como el mío sin tener­lo pre­sen­te. En espa­ñol, impo­si­ble. Al mar­gen de la admi­ra­ción que pue­da sen­tir por Umbral, sería abso­lu­ta­men­te indigno no reco­no­cer­lo. Aun­que mi libro no se pare­ce, ya que es mucho más explí­ci­to, más frío…

Menos meta­fó­ri­co, tam­bién.

Mucho menos, sí. Pero me he sen­ti­do muy iden­ti­fi­ca­do con lo que narra­ba Umbral, ade­más me hizo enten­der al Umbral «paya­so». Toda la cora­za que se hizo des­pués de publi­car­lo fue con­tra el dolor. Umbral fue una per­so­na heri­da toda su vida. Se fija­ba mucho en Valle-Inclán, que era uno de sus mode­los y de quien decía que se había cons­trui­do una cabe­za. Él hizo lo mis­mo, creó un per­so­na­je para no mos­trar al mun­do el dolor que ya había sido expues­to de mane­ra vis­ce­ral en Mor­tal y rosa. Pare­ce que la gen­te no se ente­ró de la des­nu­dez emo­cio­nal que repre­sen­tó esa obra. Vuel­vo siem­pre al Umbral pri­mi­ge­nio, mucho más intere­san­te. Inclu­so le dis­cul­po sus fan­to­cha­das. Su hon­du­ra, su deli­ca­de­za, su capa­ci­dad de expre­sar lo inex­pre­sa­ble no ha sido supe­ra­da. La hora vio­le­ta bebe total­men­te de esa fuen­te.

La hora violetaEscri­bes sobre el pen­sa­mien­to mági­co. ¿Ha cam­bia­do tu mane­ra de plan­tar­le cara des­pués de la expe­rien­cia con Pablo?

No. Lo recha­zo tajan­te­men­te. Tie­ne que ver con lo que hablá­ba­mos antes de la incom­pren­sión, como mamí­fe­ros, sobre lo que está pasan­do duran­te la enfer­me­dad. Este libro no es un inten­to de com­pren­sión, es un inten­to de domi­nio, de man­te­ner las cosas ata­das. Nues­tro cere­bro no está pre­pa­ra­do para enten­der lo inex­pli­ca­ble. Es cuan­do sur­ge el pen­sa­mien­to mági­co. Tie­nes que ape­lar a lo tras­cen­den­tal, a una jus­ti­cia divi­na, a los cas­ti­gos… Me moles­ta­ba mucho que gen­te reli­gio­sa me vinie­ra a decir «hay un ange­li­to más en el cie­lo» o «lo ha lla­ma­do el señor». El pen­sa­mien­to mági­co es una for­ma muy gro­se­ra de no enfren­tar­se al dolor. Cada uno pue­de hacer lo que desee pero no quie­ro que me lo impon­gan, me rebe­lo con­tra eso. Como alter­na­ti­va a enten­der un dolor seme­jan­te, es una locu­ra. Ape­lar a los dio­ses, a los san­tos, a demo­nios, a cosas tras­cen­den­tes, a Pau­lo Coel­ho es entrar en un mun­do que no hace nin­gún bien ni ayu­da en nada. Es un acto de resis­ten­cia, por­que el pen­sa­mien­to mági­co te asal­ta en momen­tos en que te enfren­tas a expe­rien­cias duras, vie­ne y te rodea de mil for­mas dis­tin­tas, no solo por la reli­gión. Pero creo que mi pare­ja y yo aguan­ta­mos bien el emba­te, obli­gán­do­nos a no for­mu­lar la pre­gun­ta «¿por qué nos pasa esto?». Hay una razón médi­ca para el cán­cer pero, más allá de eso, no hay una res­pues­ta. La enfer­me­dad exis­te. Te toca y pun­to.

Pasa­jes como el de la seño­ra de Radio Nacio­nal que quie­re sal­var a unos gatos que están bajo el Canal de Isa­bel II te per­mi­ten rela­jar al lec­tor apor­tan­do algo de humor ante esa pro­fun­da inten­si­dad que, des­de el prin­ci­pio, le das a la his­to­ria.

Tam­bién es cues­tión de rit­mo. Inten­to refle­jar el trans­cu­rrir de los días, no sólo por una cues­tión de ten­sión narra­ti­va, que sien­do cons­tan­te daría como resul­ta­do un libro ile­gi­ble. Me refie­ro a que una expe­rien­cia sin esos momen­tos sería invi­vi­ble. No pue­des estar per­ma­nen­te­men­te ten­so. Nadie pue­de aguan­tar once meses de dra­ma cons­tan­te las vein­ti­cua­tro horas del día, los sie­te días de la sema­na. Has de tener vías de esca­pe. Refle­jo lo que me pasa­ba en la vida. No está­ba­mos per­ma­nen­te­men­te melan­có­li­cos miran­do por la ven­ta­na, o con los ner­vios rotos. Había días en los que nos reía­mos, es la for­ma de sobre­vi­vir. Has­ta en Ausch­witz se con­ta­ban chis­tes ver­des. Todo tie­ne un lími­te. Más de tres días de sufri­mien­to inten­so no los aguan­ta nadie. En La hora vio­le­ta están refle­ja­das las vál­vu­las de esca­pe que tenía, epi­so­dios más rela­ja­dos que con­tras­tan con los maza­zos que vie­nen lue­go.

Me ha gus­ta­do mucho el recur­so al final del libro, que en cine podría ser un fun­di­do en negro o una elip­sis, cuan­do se acer­ca el falle­ci­mien­to de Pablo.

Me han pre­gun­ta­do mucho por qué no he narra­do la muer­te de Pablo. La ver­dad es que dudé y la que que­dó me pare­ció la solu­ción más ele­gan­te y con­ve­nien­te. De hecho, es una elec­ción rara; si te fijas en libros o rela­tos pare­ci­dos de escri­to­res nor­te­ame­ri­ca­nos, por ejem­plo, son muy explí­ci­tos. Lo vi inne­ce­sa­rio. Si pre­ten­día hacer un libro con­tra el cli­ché, con­tra las metá­fo­ras de la enfer­me­dad, con­tra el ima­gi­na­rio, narrar la muer­te de mi hijo me des­ba­ra­ta­ba todo el pre­su­pues­to poé­ti­co. Ahí sí tenía melo­dra­ma, no lo podía narrar de for­ma sobria ni ele­gan­te, me hubie­ra ido a todas las muer­tes ya narra­das. El momen­to más horri­ble de mi vida se habría con­ver­ti­do en este­reo­ti­po lite­ra­rio, que era lo últi­mo que que­ría. La úni­ca opción que tuve fue la elip­sis. Tam­bién por pudor, por­que el libro es muy pudo­ro­so, aun­que parez­ca lo con­tra­rio; ocul­to mucho más de lo que mues­tro. Ense­ño intros­pec­ción y sen­ti­mien­to pero le aho­rro al lec­tor mucho horror que, quien ha pasa­do cer­ca de una expe­rien­cia simi­lar, pue­de intuir fácil­men­te. Eso me lo guar­do para mí y no creo que lle­gue a con­tar­lo nun­ca.

Tam­bién es boni­ta la refe­ren­cia a 2001, la pelí­cu­la de Stan­ley Kubrick. Sitúa al lec­tor en lo que quie­res escri­bir.

Me ale­gra que me digas eso. 2001 es una pelí­cu­la tan denos­ta­da… No sé si los lec­to­res más jóve­nes enten­de­rán la refe­ren­cia. Para mí, tie­ne que ver con la hora vio­le­ta. Ese lim­bo, al final de la pelí­cu­la, con la habi­ta­ción de hotel en la que se encuen­tra este hom­bre des­pués de la tra­ve­sía, me pare­cía la metá­fo­ra per­fec­ta de lo que no había­mos supe­ra­do, ese in pass en el agu­je­ro de gusano don­de está­ba­mos mien­tras Pablo se que­da­ba en el camino. Kubrick siem­pre acier­ta.

Por cier­to, el títu­lo ins­pi­ra­do en T. S. Eliot, ¿sur­gió des­de el pri­mer momen­to?

Bara­ja­ba varios títu­los, nin­guno me con­ven­cía y hojean­do La tie­rra bal­día me dio por leer­lo en inglés, tran­qui­la­men­te y me asal­tó esa estro­fa. Ya tenía casi aca­ba­do el libro y lo vi cla­ro. Al leer los ver­sos y cómo des­cri­bía Eliot esa hora de la tar­de en la que sale la gen­te del tra­ba­jo, me vi en ese lim­bo, esta­ba atra­pa­do en ese taxi en mar­cha. Así que des­car­té todos los títu­los que tenía ano­ta­dos. Lue­go me ente­ré de que tam­bién lo uti­li­zó Mon­tse­rrat Roig para una nove­la, no sé si en refe­ren­cia a Eliot, en cual­quier caso su obra es de otra temá­ti­ca.

¿Sas­ka­toon es un ele­men­to meta­fó­ri­co de la nove­la o debe­mos enten­der­lo como otra cosa?

Es una refe­ren­cia a una can­ción de unos cana­dien­ses bas­tan­te des­co­no­ci­dos, Carolyn Mark & NQ Arbuc­kle y es una metá­fo­ra del deseo de nor­ma­li­dad que tenía­mos duran­te la enfer­me­dad. Hay una serie de refe­ren­cias musi­ca­les en el libro y todas tra­tan del deseo de vol­ver a casa. Ryan Adams, por ejem­plo. Toda su poé­ti­ca va con­tra la pro­pia esen­cia del rock o con­tra lo que repre­sen­ta, y cito otro ejem­plo, Bob Dylan en sus can­cio­nes. Si Dylan habla de reco­rrer los cami­nos, salir de casa en bus­ca de aven­tu­ra, Adams y el res­to de refe­ren­cias que uti­li­zo lo hacen sobre vol­ver a casa o bus­car un refu­gio, la vida abur­gue­sa­da de la que se huía en los 60. Sas­ka­toon repre­sen­ta el deseo de la vida ano­di­na, nor­mal, todo aque­llo que la lite­ra­tu­ra y el arte ha denos­ta­do, la vida tran­qui­la, apa­ci­ble y abu­rri­da que ansiá­ba­mos. Son anti roc­ke­ras, anti juve­ni­les, y me ser­vían para hilar ese deseo.

¿Qué ha repre­sen­ta­do para ti poner­le el pun­to final a este libro?

Por un lado mucha tris­te­za, por­que mien­tras lo escri­bía era como si man­tu­vie­ra un hilo con Pablo, como si todas las maña­nas, cuan­do me sen­ta­ba a escri­bir, dia­lo­ga­ra con él. Al ver que se aca­ba­ba y que no podía seguir con­tan­do más, fue dolo­ro­so, pero a la vez tenía ganas de ter­mi­nar, nos que­da­mos emba­ra­za­dos ense­gui­da y no que­ría seguir tra­ba­jan­do en La hora vio­le­ta con mi hijo Daniel ya por ahí ron­dan­do, me pare­cía que era hur­tar­le pro­ta­go­nis­mo. Lo ter­mi­né poco antes de que nacie­ra Daniel. No fue un borrón y cuen­ta nue­va, pero sí una espe­cie de pun­to y segui­do en el due­lo, una for­ma de asu­mir lo suce­di­do de una mane­ra más sose­ga­da. Me di cuen­ta de que con­ver­tí toda la rabia en una car­ta de amor. Me sen­tí… no orgu­llo­so pero sí satis­fe­cho. Con­ver­tir la expe­rien­cia en un lega­do para Daniel me dio paz. Si no hubie­ra coin­ci­di­do con su naci­mien­to qui­zás no lo hubie­ra asi­mi­la­do tan bien.

¿Hicis­te par­ti­ci­pe a Cris­ti­na, tu pare­ja, de este due­lo lite­ra­rio?

Sí, y si está publi­ca­do es por ella, por­que me ins­tó a hacer­lo. Si no con­ta­ra con el apo­yo incon­di­cio­nal de Cris­ti­na no lo habría podi­do publi­car, es algo dema­sia­do ínti­mo. Le debo los áni­mos para dar­lo a cono­cer. Fue quien me ani­mó a publi­car­lo para que el recuer­do de Pablo no que­da­ra difu­mi­na­do en la men­te de cua­tro per­so­nas.

Foto de Ser­gio del Molino: Edi­to­rial Mon­da­do­ri.

* La hora vio­le­ta. Ser­gio del Molino.
Edi­to­rial Mon­da­do­ri (Bar­ce­lo­na, 2013).

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