Rosa Ribas

Rosa Ribas (El Prat de Llobregat, 1963) ha logrado convertirse en una de las autoras de género policiaco más destacadas de nuestro país. Creadora de la comisaria hispano-alemana Cornelia Weber-Tejedor, quien ya ha protagonizado tres novelas, mantiene ahora un mano a mano literario con Sabine Hofmann. Don de lenguas (Ediciones Siruela, 2013) está ambientada en la Barcelona de 1952. Cómo no, tenemos un misterio por resolver el asesinato de una dama burguesa y dos investigadoras muy peculiares: la joven periodista Ana Martí y su prima filóloga Beatriz Noguer. Las autoras nos ofrecen una recreación fidedigna de la época, el reflejo de la situación social y profesional de las mujeres, y una trama en la que interviene de manera explícita un arma poco común: la lingüistica.

Se habla mucho de la soledad del escritor. Esto de trabajar con otra persona, a cuatro manos, ¿te hace salir de esa soledad, de la reclusión? ¿Cómo ha sido vuestro caso?

No sabría encontrar una imagen para describirlo. Por una parte veo la posibilidad de salir de la reclusión para descubrir que en el fondo me gusta más de lo que pensaba estar aislada porque compruebo que compartir es difícil. Es enriquecedor porque cuando nos ponemos Sabine y yo a discutir sobre cómo queremos llevar adelante un proyecto, surgen ideas que no habría tenido yo sola. Ella tiene A, yo tengo B y sale C. Eso lo encuentro muy positivo. Por otro lado me he dado cuenta de que soy muy egoísta con mis textos. Escribir a cuatro manos me gusta y me cuesta. Tengo una relación ambigua. Creo que he aprendido mucho, porque es como un espejo, me voy viendo a mí misma, cómo funciono como escritora, cómo trabajo, cómo son mis procesos de creación. Y ahora que lo estamos haciendo otra vez, me doy cuenta de que también es un aprendizaje en cuanto a saber negociar, a saber ceder y a saber reconocer que en ocasiones la idea de otra persona es mejor que la tuya. Algo que, normalmente, te llega a posteriori, porque a veces hay críticas con las que pienso que sí, que tienen razón, que podría haberlo hecho de otra manera, y así esas opiniones me llegan antes y tengo la posibilidad de confrontarlas con alguien. Pero es difícil, no creo que sea más fácil cuanto más lo haces.

¿Qué es lo que has aprendido de Sabine, como escritora?

Sabine, aunque suene un poco tópico, y tengo mucho miedo a caer en ellos, es la parte alemana. Es una persona muy estructurada. Nos conocemos desde la universidad y ya cuando escribíamos artículos juntas siempre me asombró su enorme capacidad para ver las estructuras de manera global. Recuerdo que le pasaba algún texto y, con unas tijeras, lo recortaba en tiritas, cambiando el orden. Esta parte me gusta mucho, lo de ver el todo. Yo me pierdo rápidamente en el detalle. Empiezo a escribir y se me olvida lo que quería hacer. He aprendido a pensar hacia dónde ir, cuáles son los objetivos. Es una de sus grandes aportaciones. Y concretamente con esta novela, escribiendo sobre la historia contemporánea, me fue útil la perspectiva de alguien de fuera. ¿Qué le llama la atención a una alemana sobre los años cincuenta en España? Sin ese punto de vista te puedes perder en un mar de informaciones sobre el tema. Y eso ha sido también muy interesante. Comparar las dos posguerras, por ejemplo. La española es incluso más larga, del 39 al 52. Y en cambio, el país está atrasadísimo, en la miseria. Compara Alemania, en los años cincuenta, con el boom económico. Son sociedades completamente diferentes. Esto nos ha ido muy bien a la hora de retratar, de destacar aspectos.

Cosas que te pueden parecer importantes, a ojos de una persona que no tenga la historia tan cercana puede que no parezcan destacables ni aporten gran cosa.

En su versión hay más información que en la mía, porque yo parto de que ya existe un conocimiento de lo que estamos hablando, el lector ya conoce el momento histórico. Ella no, tiene que ofrecer datos para los lectores alemanes. A ellos la palabra «Falange» ni siquiera les suena. Hay una serie de instituciones, de hechos, que se les tienen que explicar, por supuesto sin caer en los «tics» explicativos que suelen tener las novelas históricas. Es como cuando escribo las novelas que transcurren en Frankfurt y tengo que incluir algunos aspectos de la realidad alemana. Mi traductora al alemán las elimina todas, porque allí no necesitan tanta información que ya conocen.

Don de lenguas es tanto una novela de misterio como la recreación de una época. A pesar de las penurias que aparecen reflejadas, parece que hubiera una especie de añoranza hacia esa Barcelona que me da que tiene más de marca que lo que tenemos ahora, con una ciudad convertida, en muchos aspectos, en clon de otras capitales.

Quizás sí. Yo vivo fuera y cuando vengo me encuentro con una Barcelona que parece un parque temático, más cómoda para el turista e incómoda para el ciudadano. A veces pienso en qué rol debo tomar para sentirme más a gusto. Si me comporto como turista tengo la ciudad a mis pies. Creo que en este caso sí, se añora un poco lo que caracterizaba la ciudad, lo que le daba más personalidad. Me cuesta pensar que alguien añore la Barcelona de los cincuenta, porque era muy dura, muy gris, con hambre, frío… Bueno, había gente que, como siempre, estaba muy a gusto, pero son los que nadan arriba y no les importa la época que les toque vivir, ahí siguen. Quizás más que añoranza es una necesidad de recuperarla. Y viendo a la gente con la que estuvimos hablando, que nos informó, que nos contó cosas, notamos que necesitaban una voz que narrara el tiempo que les tocó. Se callaron muchas cosas, como si esa época no valiera nada y todo lo que vivieron fuera una especie de masa amorfa gris. Lo que notábamos en los informantes era la necesidad de que se presentara una imagen más diferenciada. Es decir, no era todo una masa gris. La gente aspiraba a algo, soñaba con lograr cosas. Eso es lo que ahora se está viendo gracias a la literatura que se hace sobre la época. Hay mucho escrito sobre la guerra y de ahí casi nos vamos de cabeza a los setenta y los ochenta. Nos quedan tres décadas perdidas, como la Edad Media, los tiempos oscuros. Pero parece que se va recuperando el tiempo dándole un poco de color.

Quizás es el momento de hacerlo. Una de las cosas que más valoro de estas novelas es que se le está dando voz al silencio, como decías. Esos sueños, proyectos de vida que comentabas, y que quedaban callados en muchos casos debido a la necesidad y al miedo.

Las cosas que se tenían que decir en voz baja, sí. Y la censura brutal en los medios. La verdad, si comparas, no parece que estemos hablando de los cincuenta en algunos aspectos. La situación de la prensa, por ejemplo. Era una época en la que se leía entre líneas y a veces ni siquiera había nada que leer así, porque ya había caído por la censura o la autocensura del periodista, consciente de hasta dónde podía llegar. Tenían al censor metido en el bulbo raquídeo. Pienso que es necesario contar sobre esta época, tanto por la generación que lo vivió, en mi caso mis padres, como por lo que estamos viviendo ahora. Tengo la sensación de que volvemos a lo que pensábamos que nunca más iba a a volver. Leer sobre cómo podría llegar a ser nuestra situación es interesante. No es el objetivo de la novela pero podría verse como un efecto secundario muy de agradecer.

Habéis hecho protagonista a una mujer periodista. Y en esa época. Reflejáis las dificultades de las profesionales que no podían pasar de la sección de sociedad o que no podían firmar sus textos publicados en otras secciones. Cuando Ana tiene que dar el salto a la sección de sucesos se encuentra con otras complicaciones. Es inevitable pensar en Margarita Landi.

La Landi fue el modelo, con mucha distancia porque era muy afecta al Régimen. Empezó en ecos de sociedad y luego pasó a la crónica negra. Era un caso único, excepcional. Había muy pocas profesionales cuando se sabe que hay toda una generación perdida de mujeres periodistas en la República, cuyos nombres son apenas anecdóticos. Con Ana quisimos mostrar su ambición, su necesidad de llegar a algo motivada por su historia familiar, con su padre y su abuelo periodistas, el hermano muerto. Le toca seguir con la tradición. Y va chocando con todo. Pero no quisimos hacer de ella un personaje que fuera la pionera de las periodistas. Es un caso poco habitual, no se trataba de mostrarla como una triunfadora que lo consigue todo a la primera.

Tiene dificultades, pero no se corta un pelo. Los duelos dialécticos con el inspector Isidro Castro son estupendos y nos introducen en lo que acaba siendo uno de los factores importantes de la novela, el manejo de la lingüística, que luego se remarca con la intervención de Beatriz.

Este es uno de los elementos fundamentales. El único instrumento que tienen estas dos mujeres, en esa época, es su dominio del idioma. No tienen otra cosa. Castro es un policía, tiene a todo el Estado, a todo el aparato, justificándolo. Por eso se puede permitir hacer todo lo que hace, porque actúa en nombre de la ley. Ellas no, no sólo son una periodista y una filóloga. También son mujeres. Y sólo tienen esto. Su uso hábil del idioma, en el caso de Ana más la lengua oral, en el de Beatriz, la literatura, la lengua escrita. Era un punto importantísimo para nosotras. Nos han dicho que es un thriller filológico. No lo había escuchado nunca, igual hemos inaugurado un género, que nunca está mal. También tratábamos de reivindicar estos conocimientos como algo vivo, útil, que te sirve para la vida, que no es decorativo.

Hay pocas novelas de intriga en las que se recurra tanto a la literatura. No sólo a la de género. Castro le dice a Ana, cuando ella le cita a Chandler, «No lea usted a tanto extranjero, esto es España». Cuando entra en escena Beatriz, se introducen otras lecturas. Incluso Ana lleva en el bolso un ejemplar de Nada, de Carmen Laforet.

La literatura es otro elemento fundamental de la novela por lo que te contaba antes. La literatura que proporciona ideas, modelos, a veces consuelo, otras inspiración para todo lo que están haciendo. Beatriz, que es como un archivo literario con piernas, recurre siempre a sus modelos literarios para pensar cómo pueden resolver algo o, cuando no sabe qué hacer, se sumerge en la lectura de un libro e intenta olvidarse un poco. No es un elemento decorativo. Es una parte vital y consustancial de estas dos mujeres y es el arma que usan. Lo teníamos siempre en mente y pensábamos en quién nos podía echar una mano en cada situación. ¿Lope de Vega? Cayeron, con dolor, muchos fragmentos literarios que nos gustaban, pero que no acababan de encajar. Son de esas cosas que incluso te hacen pensar en cambiar el tema de la novela para incluirlas. Revivimos muchas lecturas de hace años. Pero escribir es cortar.

Rosa Ribas y Sabine Hofmann (foto © Gustavo Pérez Rodríguez Terminel)

Rosa Ribas y Sabine Hofmann (foto © Gustavo Pérez Rodríguez Terminel)

Los diálogos entre algunos de los personajes son muy vivos, muy naturales. ¿Como entra Sabine en este juego?

En el trabajo de documentación entró el visionado de mucho material audiovisual. Nos sirvió también ver archivos del NO-DO para el lenguaje menos natural. La cantidad de NO-DO que nos tragamos no se lo merece nadie. Fue más un castigo. Una vez terminada la novela, cada una era responsable de la versión final en su idioma. Se trataba de que no se notara quién había escrito qué. Todos los diálogos los hemos trabajado de manera que suenen naturales en la lengua que está trabajando cada una, con lo cual, los diálogos entre Beatriz y su asistenta Encarni suenan muy diferentes, para que le lector alemán entienda la relación que existe entre estas dos mujeres. Nunca son traducciones literales. Pensamos para quién estamos escribiendo. En mi caso, tuve cuidado en que Encarni no se leyera como a Gracita Morales. Existe una jerarquía entre ellas, pero su relación es entrañable, sin caer en los tópicos de la señora y la criada. En eso consiste el trabajo «de oído».

Además hay personajes con especialidades lingüísticas. Tenemos al compañero de Castro, el Sevilla, con sus descripciones óseas.

¿Te acuerdas de Amanda Lear y de Salvador Dalí, quien decía que se enamoró de ella porque tenía un cráneo extraordinario? Nunca sabes de dónde salen las cosas, pero a veces te encuentras con estas fuentes de inspiración.

También se aprecia el reflejo de la sociedad del momento y un detalle que me gusta especialmente: cómo se transmiten la información los vecinos, que acaban transformando cualquier suceso en una barbaridad sin límites.

Cómo corren las noticias. Pasaba algo en una parte de la ciudad y cuando llegaba a la otra habían cambiado la edad, el género, la procedencia… Acababa siendo una historia rarísima. Para mí era lo más natural, me he criado en un barrio donde te contaban algo, luego ibas al cole y descubrías otra versión con detalles que no tenían nada que ver. Es lo fascinante de la transmisión oral, cómo se va deformando. Lo interesante sería saber por qué introduce alguien según qué elemento. Me encantaría pillar el momento en que la historia hace ese pequeño giro y una persona pone su nota personal, hacer un seguimiento de las fases para ver cómo se llega a otro punto ¿Por qué se cambian cosas y para qué? Se tendría que recoger la cadena entera. Pero bueno, esa curiosidad es una deformación de los lingüistas.

Uno de los momentos más emotivos de Don de lenguas es descubrir la faceta amanuense de Ana. Rememoras las casetas instaladas en las Ramblas, donde un grupo de personas se ofrecían a leer y a escribir cartas o documentos oficiales a personas que carecían de habilidades para ello o que no sabían leer y escribir. Me comentabas que habías llegado a ver estas casetas pero muy de lejos.

Sí, era muy pequeña. Mis abuelos trabajaban en la Boquería y pasábamos con el camión. Tengo una imagen vaga de las casetas de madera, de las personas que habían dentro de ellas. Mi padre, que también trabajaba en el mercado, completó esa imagen describiéndomelas. Fue algo que me impresionó mucho. Alguien que escribe para otras personas, que pasa cartas a limpio, o que se las dictan y las arregla un poquito, poniéndolas bonitas para que lleguen un poco más floridas. Y que piensa que quizás al otro lado hay una persona haciendo lo mismo. Que la carta va a manos de otro que tampoco sabe leer y que recurre a alguien. Es el caso de Pepe, el Araña, que piensa que seguramente la maestra del pueblo es la que lee la carta a su novia. Dos personas que necesitan a otras dos para poder leer y escribirse las cartas, algo tan privado como una carta de amor. Esa idea me impacta.

Las cartas juegan un papel muy importante en la trama. Ahora ya no nos llegan ni las del banco.

Hay poca gente que escriba cartas, ya no se usan. Hace poco unas amigas me comentaban que era una de las pocas personas que conocían que envía postales. Me quedé sorprendida, porque en todas partes venden postales, pero no se usan. A mí me encantan.

Es una novela de cosas perdidas.

Han pasado muchos años. Hay lugares que ni perviven en fotografías. En el libro aparecen las Atracciones Apolo. Hay gente que me cuenta sobre el lugar, pero no supe cómo era hasta que vi la película Apartado de Correos 1001.

Para quienes la hemos visto, es inevitable recordar la película al leer vuestra novela.

Tiene mucho encanto. La escena final, esa persecución en las Atracciones Apolo, es estupenda. Y tiene cosas muy divertidas, como cuando ocultan un enorme micrófono detrás de una cortina. En ese momento debía ser lo más sofisticado.

Pregunta que tus seguidores seguro que te han hecho muchas veces: ¿Qué pasa con Cornelia Weber-Tejedor?

La tengo descansando, pero ya hay una idea para la próxima entrega. Ahora trabajo con Sabine en una segunda novela con Ana Martí y después creo que ya estará bien de pausa. Me resulta difícil decidir con qué me voy a poner a trabajar. Tengo la sensación de que me va a faltar el tiempo para hacer todo lo que quiero. Quizás sea porque he empezado muy tarde a escribir en serio. Hago lo que en cada momento me parece más urgente, lo que me apetece más. Ya Caída libre me resultó agotadora y decidí dejar a Cornelia un tiempo. Pero la echo de menos, me pasa siempre. Cuando termino de escribir pienso «nunca más», pero ya sé dónde quiero que llegue el personaje al acabar la serie; sé, y siempre lo he dicho, que serán cinco novelas a veces pienso si no serán seis. Lo que no quiero es eternizarme, porque acabas sabiendo cómo funciona, te resulta demasiado fácil. Cuando se hace mecánico, cuando se convierte en una fórmula, hay que dejarlo. Con Cornelia habrá uno o dos libros más. Luego ya veremos. Pero no haré lo que dice mi marido, no la mato.

¿Qué te ha parecido lo de Mankell y esa obra recuperada sobre Wallander?

A veces uno mismo se da cuenta cuando algo es fallido. Puede ser que lo recuperes, lo leas y pienses que tu nivel de exigencia, en el momento en que decidiste guardarlo, era demasiado alto. Pero generalmente el instinto te dice que si algo se queda en el cajón, está bien ahí. Le hace un flaco favor a la serie sacando un texto que él mismo consideró mediocre. Además deja una sensación muy poco satisfactoria en los lectores que, como él, ya han cerrado con Wallander. Hay que pensar que el lector también tiene una vinculación emocional con el personaje, sobre todo los que son muy fans. No puedes decirles: «¿Sabes qué? No es verdad, esto sigue».

Es diferente a lo que sucedió con Sherlock Holmes.

Claro, Conan Doyle no acabó de matar a Holmes en la catarata de Reichenbach. Mankell le dio a Wallander un arco de vida natural, no puede volver hacia atrás para recuperarlo.

* Don de lenguas. Rosa Ribas y Sabine Hofmann.
Ediciones Siruela (Madrid, 2013).

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