Rosa Ribas

Rosa Ribas (El Prat de Llo­bre­gat, 1963) ha logra­do con­ver­tir­se en una de las auto­ras de géne­ro poli­cia­co más des­ta­ca­das de nues­tro país. Crea­do­ra de la comi­sa­ria his­pano-ale­ma­na Cor­ne­lia Weber-Teje­dor, quien ya ha pro­ta­go­ni­za­do tres nove­las, man­tie­ne aho­ra un mano a mano lite­ra­rio con Sabi­ne Hof­mann. Don de len­guas (Edi­cio­nes Sirue­la, 2013) está ambien­ta­da en la Bar­ce­lo­na de 1952. Cómo no, tene­mos un mis­te­rio por resol­ver el ase­si­na­to de una dama bur­gue­sa y dos inves­ti­ga­do­ras muy pecu­lia­res: la joven perio­dis­ta Ana Mar­tí y su pri­ma filó­lo­ga Bea­triz Noguer. Las auto­ras nos ofre­cen una recrea­ción fide­dig­na de la épo­ca, el refle­jo de la situa­ción social y pro­fe­sio­nal de las muje­res, y una tra­ma en la que inter­vie­ne de mane­ra explí­ci­ta un arma poco común: la lin­güis­ti­ca.

Se habla mucho de la sole­dad del escri­tor. Esto de tra­ba­jar con otra per­so­na, a cua­tro manos, ¿te hace salir de esa sole­dad, de la reclu­sión? ¿Cómo ha sido vues­tro caso?

No sabría encon­trar una ima­gen para des­cri­bir­lo. Por una par­te veo la posi­bi­li­dad de salir de la reclu­sión para des­cu­brir que en el fon­do me gus­ta más de lo que pen­sa­ba estar ais­la­da por­que com­prue­bo que com­par­tir es difí­cil. Es enri­que­ce­dor por­que cuan­do nos pone­mos Sabi­ne y yo a dis­cu­tir sobre cómo que­re­mos lle­var ade­lan­te un pro­yec­to, sur­gen ideas que no habría teni­do yo sola. Ella tie­ne A, yo ten­go B y sale C. Eso lo encuen­tro muy posi­ti­vo. Por otro lado me he dado cuen­ta de que soy muy egoís­ta con mis tex­tos. Escri­bir a cua­tro manos me gus­ta y me cues­ta. Ten­go una rela­ción ambi­gua. Creo que he apren­di­do mucho, por­que es como un espe­jo, me voy vien­do a mí mis­ma, cómo fun­ciono como escri­to­ra, cómo tra­ba­jo, cómo son mis pro­ce­sos de crea­ción. Y aho­ra que lo esta­mos hacien­do otra vez, me doy cuen­ta de que tam­bién es un apren­di­za­je en cuan­to a saber nego­ciar, a saber ceder y a saber reco­no­cer que en oca­sio­nes la idea de otra per­so­na es mejor que la tuya. Algo que, nor­mal­men­te, te lle­ga a pos­te­rio­ri, por­que a veces hay crí­ti­cas con las que pien­so que sí, que tie­nen razón, que podría haber­lo hecho de otra mane­ra, y así esas opi­nio­nes me lle­gan antes y ten­go la posi­bi­li­dad de con­fron­tar­las con alguien. Pero es difí­cil, no creo que sea más fácil cuan­to más lo haces.

¿Qué es lo que has apren­di­do de Sabi­ne, como escri­to­ra?

Sabi­ne, aun­que sue­ne un poco tópi­co, y ten­go mucho mie­do a caer en ellos, es la par­te ale­ma­na. Es una per­so­na muy estruc­tu­ra­da. Nos cono­ce­mos des­de la uni­ver­si­dad y ya cuan­do escri­bía­mos artícu­los jun­tas siem­pre me asom­bró su enor­me capa­ci­dad para ver las estruc­tu­ras de mane­ra glo­bal. Recuer­do que le pasa­ba algún tex­to y, con unas tije­ras, lo recor­ta­ba en tiri­tas, cam­bian­do el orden. Esta par­te me gus­ta mucho, lo de ver el todo. Yo me pier­do rápi­da­men­te en el deta­lle. Empie­zo a escri­bir y se me olvi­da lo que que­ría hacer. He apren­di­do a pen­sar hacia dón­de ir, cuá­les son los obje­ti­vos. Es una de sus gran­des apor­ta­cio­nes. Y con­cre­ta­men­te con esta nove­la, escri­bien­do sobre la his­to­ria con­tem­po­rá­nea, me fue útil la pers­pec­ti­va de alguien de fue­ra. ¿Qué le lla­ma la aten­ción a una ale­ma­na sobre los años cin­cuen­ta en Espa­ña? Sin ese pun­to de vis­ta te pue­des per­der en un mar de infor­ma­cio­nes sobre el tema. Y eso ha sido tam­bién muy intere­san­te. Com­pa­rar las dos pos­gue­rras, por ejem­plo. La espa­ño­la es inclu­so más lar­ga, del 39 al 52. Y en cam­bio, el país está atra­sa­dí­si­mo, en la mise­ria. Com­pa­ra Ale­ma­nia, en los años cin­cuen­ta, con el boom eco­nó­mi­co. Son socie­da­des com­ple­ta­men­te dife­ren­tes. Esto nos ha ido muy bien a la hora de retra­tar, de des­ta­car aspec­tos.

Cosas que te pue­den pare­cer impor­tan­tes, a ojos de una per­so­na que no ten­ga la his­to­ria tan cer­ca­na pue­de que no parez­can des­ta­ca­bles ni apor­ten gran cosa.

En su ver­sión hay más infor­ma­ción que en la mía, por­que yo par­to de que ya exis­te un cono­ci­mien­to de lo que esta­mos hablan­do, el lec­tor ya cono­ce el momen­to his­tó­ri­co. Ella no, tie­ne que ofre­cer datos para los lec­to­res ale­ma­nes. A ellos la pala­bra «Falan­ge» ni siquie­ra les sue­na. Hay una serie de ins­ti­tu­cio­nes, de hechos, que se les tie­nen que expli­car, por supues­to sin caer en los «tics» expli­ca­ti­vos que sue­len tener las nove­las his­tó­ri­cas. Es como cuan­do escri­bo las nove­las que trans­cu­rren en Frank­furt y ten­go que incluir algu­nos aspec­tos de la reali­dad ale­ma­na. Mi tra­duc­to­ra al ale­mán las eli­mi­na todas, por­que allí no nece­si­tan tan­ta infor­ma­ción que ya cono­cen.

Don de len­guas es tan­to una nove­la de mis­te­rio como la recrea­ción de una épo­ca. A pesar de las penu­rias que apa­re­cen refle­ja­das, pare­ce que hubie­ra una espe­cie de año­ran­za hacia esa Bar­ce­lo­na que me da que tie­ne más de mar­ca que lo que tene­mos aho­ra, con una ciu­dad con­ver­ti­da, en muchos aspec­tos, en clon de otras capi­ta­les.

Qui­zás sí. Yo vivo fue­ra y cuan­do ven­go me encuen­tro con una Bar­ce­lo­na que pare­ce un par­que temá­ti­co, más cómo­da para el turis­ta e incó­mo­da para el ciu­da­dano. A veces pien­so en qué rol debo tomar para sen­tir­me más a gus­to. Si me com­por­to como turis­ta ten­go la ciu­dad a mis pies. Creo que en este caso sí, se año­ra un poco lo que carac­te­ri­za­ba la ciu­dad, lo que le daba más per­so­na­li­dad. Me cues­ta pen­sar que alguien año­re la Bar­ce­lo­na de los cin­cuen­ta, por­que era muy dura, muy gris, con ham­bre, frío… Bueno, había gen­te que, como siem­pre, esta­ba muy a gus­to, pero son los que nadan arri­ba y no les impor­ta la épo­ca que les toque vivir, ahí siguen. Qui­zás más que año­ran­za es una nece­si­dad de recu­pe­rar­la. Y vien­do a la gen­te con la que estu­vi­mos hablan­do, que nos infor­mó, que nos con­tó cosas, nota­mos que nece­si­ta­ban una voz que narra­ra el tiem­po que les tocó. Se calla­ron muchas cosas, como si esa épo­ca no valie­ra nada y todo lo que vivie­ron fue­ra una espe­cie de masa amor­fa gris. Lo que notá­ba­mos en los infor­man­tes era la nece­si­dad de que se pre­sen­ta­ra una ima­gen más dife­ren­cia­da. Es decir, no era todo una masa gris. La gen­te aspi­ra­ba a algo, soña­ba con lograr cosas. Eso es lo que aho­ra se está vien­do gra­cias a la lite­ra­tu­ra que se hace sobre la épo­ca. Hay mucho escri­to sobre la gue­rra y de ahí casi nos vamos de cabe­za a los seten­ta y los ochen­ta. Nos que­dan tres déca­das per­di­das, como la Edad Media, los tiem­pos oscu­ros. Pero pare­ce que se va recu­pe­ran­do el tiem­po dán­do­le un poco de color.

Qui­zás es el momen­to de hacer­lo. Una de las cosas que más valo­ro de estas nove­las es que se le está dan­do voz al silen­cio, como decías. Esos sue­ños, pro­yec­tos de vida que comen­ta­bas, y que que­da­ban calla­dos en muchos casos debi­do a la nece­si­dad y al mie­do.

Las cosas que se tenían que decir en voz baja, sí. Y la cen­su­ra bru­tal en los medios. La ver­dad, si com­pa­ras, no pare­ce que este­mos hablan­do de los cin­cuen­ta en algu­nos aspec­tos. La situa­ción de la pren­sa, por ejem­plo. Era una épo­ca en la que se leía entre líneas y a veces ni siquie­ra había nada que leer así, por­que ya había caí­do por la cen­su­ra o la auto­cen­su­ra del perio­dis­ta, cons­cien­te de has­ta dón­de podía lle­gar. Tenían al cen­sor meti­do en el bul­bo raquí­deo. Pien­so que es nece­sa­rio con­tar sobre esta épo­ca, tan­to por la gene­ra­ción que lo vivió, en mi caso mis padres, como por lo que esta­mos vivien­do aho­ra. Ten­go la sen­sa­ción de que vol­ve­mos a lo que pen­sá­ba­mos que nun­ca más iba a a vol­ver. Leer sobre cómo podría lle­gar a ser nues­tra situa­ción es intere­san­te. No es el obje­ti­vo de la nove­la pero podría ver­se como un efec­to secun­da­rio muy de agra­de­cer.

Habéis hecho pro­ta­go­nis­ta a una mujer perio­dis­ta. Y en esa épo­ca. Refle­jáis las difi­cul­ta­des de las pro­fe­sio­na­les que no podían pasar de la sec­ción de socie­dad o que no podían fir­mar sus tex­tos publi­ca­dos en otras sec­cio­nes. Cuan­do Ana tie­ne que dar el sal­to a la sec­ción de suce­sos se encuen­tra con otras com­pli­ca­cio­nes. Es inevi­ta­ble pen­sar en Mar­ga­ri­ta Lan­di.

La Lan­di fue el mode­lo, con mucha dis­tan­cia por­que era muy afec­ta al Régi­men. Empe­zó en ecos de socie­dad y lue­go pasó a la cró­ni­ca negra. Era un caso úni­co, excep­cio­nal. Había muy pocas pro­fe­sio­na­les cuan­do se sabe que hay toda una gene­ra­ción per­di­da de muje­res perio­dis­tas en la Repú­bli­ca, cuyos nom­bres son ape­nas anec­dó­ti­cos. Con Ana qui­si­mos mos­trar su ambi­ción, su nece­si­dad de lle­gar a algo moti­va­da por su his­to­ria fami­liar, con su padre y su abue­lo perio­dis­tas, el her­mano muer­to. Le toca seguir con la tra­di­ción. Y va cho­can­do con todo. Pero no qui­si­mos hacer de ella un per­so­na­je que fue­ra la pio­ne­ra de las perio­dis­tas. Es un caso poco habi­tual, no se tra­ta­ba de mos­trar­la como una triun­fa­do­ra que lo con­si­gue todo a la pri­me­ra.

Tie­ne difi­cul­ta­des, pero no se cor­ta un pelo. Los due­los dia­léc­ti­cos con el ins­pec­tor Isi­dro Cas­tro son estu­pen­dos y nos intro­du­cen en lo que aca­ba sien­do uno de los fac­to­res impor­tan­tes de la nove­la, el mane­jo de la lin­güís­ti­ca, que lue­go se remar­ca con la inter­ven­ción de Bea­triz.

Este es uno de los ele­men­tos fun­da­men­ta­les. El úni­co ins­tru­men­to que tie­nen estas dos muje­res, en esa épo­ca, es su domi­nio del idio­ma. No tie­nen otra cosa. Cas­tro es un poli­cía, tie­ne a todo el Esta­do, a todo el apa­ra­to, jus­ti­fi­cán­do­lo. Por eso se pue­de per­mi­tir hacer todo lo que hace, por­que actúa en nom­bre de la ley. Ellas no, no sólo son una perio­dis­ta y una filó­lo­ga. Tam­bién son muje­res. Y sólo tie­nen esto. Su uso hábil del idio­ma, en el caso de Ana más la len­gua oral, en el de Bea­triz, la lite­ra­tu­ra, la len­gua escri­ta. Era un pun­to impor­tan­tí­si­mo para noso­tras. Nos han dicho que es un thri­ller filo­ló­gi­co. No lo había escu­cha­do nun­ca, igual hemos inau­gu­ra­do un géne­ro, que nun­ca está mal. Tam­bién tra­tá­ba­mos de reivin­di­car estos cono­ci­mien­tos como algo vivo, útil, que te sir­ve para la vida, que no es deco­ra­ti­vo.

Hay pocas nove­las de intri­ga en las que se recu­rra tan­to a la lite­ra­tu­ra. No sólo a la de géne­ro. Cas­tro le dice a Ana, cuan­do ella le cita a Chand­ler, «No lea usted a tan­to extran­je­ro, esto es Espa­ña». Cuan­do entra en esce­na Bea­triz, se intro­du­cen otras lec­tu­ras. Inclu­so Ana lle­va en el bol­so un ejem­plar de Nada, de Car­men Lafo­ret.

La lite­ra­tu­ra es otro ele­men­to fun­da­men­tal de la nove­la por lo que te con­ta­ba antes. La lite­ra­tu­ra que pro­por­cio­na ideas, mode­los, a veces con­sue­lo, otras ins­pi­ra­ción para todo lo que están hacien­do. Bea­triz, que es como un archi­vo lite­ra­rio con pier­nas, recu­rre siem­pre a sus mode­los lite­ra­rios para pen­sar cómo pue­den resol­ver algo o, cuan­do no sabe qué hacer, se sumer­ge en la lec­tu­ra de un libro e inten­ta olvi­dar­se un poco. No es un ele­men­to deco­ra­ti­vo. Es una par­te vital y con­sus­tan­cial de estas dos muje­res y es el arma que usan. Lo tenía­mos siem­pre en men­te y pen­sá­ba­mos en quién nos podía echar una mano en cada situa­ción. ¿Lope de Vega? Caye­ron, con dolor, muchos frag­men­tos lite­ra­rios que nos gus­ta­ban, pero que no aca­ba­ban de enca­jar. Son de esas cosas que inclu­so te hacen pen­sar en cam­biar el tema de la nove­la para incluir­las. Revi­vi­mos muchas lec­tu­ras de hace años. Pero escri­bir es cor­tar.

Rosa Ribas y Sabine Hofmann (foto © Gustavo Pérez Rodríguez Terminel)

Rosa Ribas y Sabi­ne Hof­mann (foto © Gus­ta­vo Pérez Rodrí­guez Ter­mi­nel)

Los diá­lo­gos entre algu­nos de los per­so­na­jes son muy vivos, muy natu­ra­les. ¿Como entra Sabi­ne en este jue­go?

En el tra­ba­jo de docu­men­ta­ción entró el visio­na­do de mucho mate­rial audio­vi­sual. Nos sir­vió tam­bién ver archi­vos del NO-DO para el len­gua­je menos natu­ral. La can­ti­dad de NO-DO que nos tra­ga­mos no se lo mere­ce nadie. Fue más un cas­ti­go. Una vez ter­mi­na­da la nove­la, cada una era res­pon­sa­ble de la ver­sión final en su idio­ma. Se tra­ta­ba de que no se nota­ra quién había escri­to qué. Todos los diá­lo­gos los hemos tra­ba­ja­do de mane­ra que sue­nen natu­ra­les en la len­gua que está tra­ba­jan­do cada una, con lo cual, los diá­lo­gos entre Bea­triz y su asis­ten­ta Encar­ni sue­nan muy dife­ren­tes, para que le lec­tor ale­mán entien­da la rela­ción que exis­te entre estas dos muje­res. Nun­ca son tra­duc­cio­nes lite­ra­les. Pen­sa­mos para quién esta­mos escri­bien­do. En mi caso, tuve cui­da­do en que Encar­ni no se leye­ra como a Gra­ci­ta Mora­les. Exis­te una jerar­quía entre ellas, pero su rela­ción es entra­ña­ble, sin caer en los tópi­cos de la seño­ra y la cria­da. En eso con­sis­te el tra­ba­jo «de oído».

Ade­más hay per­so­na­jes con espe­cia­li­da­des lin­güís­ti­cas. Tene­mos al com­pa­ñe­ro de Cas­tro, el Sevi­lla, con sus des­crip­cio­nes óseas.

¿Te acuer­das de Aman­da Lear y de Sal­va­dor Dalí, quien decía que se enamo­ró de ella por­que tenía un crá­neo extra­or­di­na­rio? Nun­ca sabes de dón­de salen las cosas, pero a veces te encuen­tras con estas fuen­tes de ins­pi­ra­ción.

Tam­bién se apre­cia el refle­jo de la socie­dad del momen­to y un deta­lle que me gus­ta espe­cial­men­te: cómo se trans­mi­ten la infor­ma­ción los veci­nos, que aca­ban trans­for­man­do cual­quier suce­so en una bar­ba­ri­dad sin lími­tes.

Cómo corren las noti­cias. Pasa­ba algo en una par­te de la ciu­dad y cuan­do lle­ga­ba a la otra habían cam­bia­do la edad, el géne­ro, la pro­ce­den­cia… Aca­ba­ba sien­do una his­to­ria rarí­si­ma. Para mí era lo más natu­ral, me he cria­do en un barrio don­de te con­ta­ban algo, lue­go ibas al cole y des­cu­brías otra ver­sión con deta­lles que no tenían nada que ver. Es lo fas­ci­nan­te de la trans­mi­sión oral, cómo se va defor­man­do. Lo intere­san­te sería saber por qué intro­du­ce alguien según qué ele­men­to. Me encan­ta­ría pillar el momen­to en que la his­to­ria hace ese peque­ño giro y una per­so­na pone su nota per­so­nal, hacer un segui­mien­to de las fases para ver cómo se lle­ga a otro pun­to ¿Por qué se cam­bian cosas y para qué? Se ten­dría que reco­ger la cade­na ente­ra. Pero bueno, esa curio­si­dad es una defor­ma­ción de los lin­güis­tas.

Uno de los momen­tos más emo­ti­vos de Don de len­guas es des­cu­brir la face­ta ama­nuen­se de Ana. Reme­mo­ras las case­tas ins­ta­la­das en las Ram­blas, don­de un gru­po de per­so­nas se ofre­cían a leer y a escri­bir car­tas o docu­men­tos ofi­cia­les a per­so­nas que care­cían de habi­li­da­des para ello o que no sabían leer y escri­bir. Me comen­ta­bas que habías lle­ga­do a ver estas case­tas pero muy de lejos.

Sí, era muy peque­ña. Mis abue­los tra­ba­ja­ban en la Boque­ría y pasá­ba­mos con el camión. Ten­go una ima­gen vaga de las case­tas de made­ra, de las per­so­nas que habían den­tro de ellas. Mi padre, que tam­bién tra­ba­ja­ba en el mer­ca­do, com­ple­tó esa ima­gen des­cri­bién­do­me­las. Fue algo que me impre­sio­nó mucho. Alguien que escri­be para otras per­so­nas, que pasa car­tas a lim­pio, o que se las dic­tan y las arre­gla un poqui­to, ponién­do­las boni­tas para que lle­guen un poco más flo­ri­das. Y que pien­sa que qui­zás al otro lado hay una per­so­na hacien­do lo mis­mo. Que la car­ta va a manos de otro que tam­po­co sabe leer y que recu­rre a alguien. Es el caso de Pepe, el Ara­ña, que pien­sa que segu­ra­men­te la maes­tra del pue­blo es la que lee la car­ta a su novia. Dos per­so­nas que nece­si­tan a otras dos para poder leer y escri­bir­se las car­tas, algo tan pri­va­do como una car­ta de amor. Esa idea me impac­ta.

Las car­tas jue­gan un papel muy impor­tan­te en la tra­ma. Aho­ra ya no nos lle­gan ni las del ban­co.

Hay poca gen­te que escri­ba car­tas, ya no se usan. Hace poco unas ami­gas me comen­ta­ban que era una de las pocas per­so­nas que cono­cían que envía pos­ta­les. Me que­dé sor­pren­di­da, por­que en todas par­tes ven­den pos­ta­les, pero no se usan. A mí me encan­tan.

Es una nove­la de cosas per­di­das.

Han pasa­do muchos años. Hay luga­res que ni per­vi­ven en foto­gra­fías. En el libro apa­re­cen las Atrac­cio­nes Apo­lo. Hay gen­te que me cuen­ta sobre el lugar, pero no supe cómo era has­ta que vi la pelí­cu­la Apar­ta­do de Correos 1001.

Para quie­nes la hemos vis­to, es inevi­ta­ble recor­dar la pelí­cu­la al leer vues­tra nove­la.

Tie­ne mucho encan­to. La esce­na final, esa per­se­cu­ción en las Atrac­cio­nes Apo­lo, es estu­pen­da. Y tie­ne cosas muy diver­ti­das, como cuan­do ocul­tan un enor­me micró­fono detrás de una cor­ti­na. En ese momen­to debía ser lo más sofis­ti­ca­do.

Pre­gun­ta que tus segui­do­res segu­ro que te han hecho muchas veces: ¿Qué pasa con Cor­ne­lia Weber-Teje­dor?

La ten­go des­can­san­do, pero ya hay una idea para la pró­xi­ma entre­ga. Aho­ra tra­ba­jo con Sabi­ne en una segun­da nove­la con Ana Mar­tí y des­pués creo que ya esta­rá bien de pau­sa. Me resul­ta difí­cil deci­dir con qué me voy a poner a tra­ba­jar. Ten­go la sen­sa­ción de que me va a fal­tar el tiem­po para hacer todo lo que quie­ro. Qui­zás sea por­que he empe­za­do muy tar­de a escri­bir en serio. Hago lo que en cada momen­to me pare­ce más urgen­te, lo que me ape­te­ce más. Ya Caí­da libre me resul­tó ago­ta­do­ra y deci­dí dejar a Cor­ne­lia un tiem­po. Pero la echo de menos, me pasa siem­pre. Cuan­do ter­mino de escri­bir pien­so «nun­ca más», pero ya sé dón­de quie­ro que lle­gue el per­so­na­je al aca­bar la serie; sé, y siem­pre lo he dicho, que serán cin­co nove­las a veces pien­so si no serán seis. Lo que no quie­ro es eter­ni­zar­me, por­que aca­bas sabien­do cómo fun­cio­na, te resul­ta dema­sia­do fácil. Cuan­do se hace mecá­ni­co, cuan­do se con­vier­te en una fór­mu­la, hay que dejar­lo. Con Cor­ne­lia habrá uno o dos libros más. Lue­go ya vere­mos. Pero no haré lo que dice mi mari­do, no la mato.

¿Qué te ha pare­ci­do lo de Man­kell y esa obra recu­pe­ra­da sobre Wallan­der?

A veces uno mis­mo se da cuen­ta cuan­do algo es falli­do. Pue­de ser que lo recu­pe­res, lo leas y pien­ses que tu nivel de exi­gen­cia, en el momen­to en que deci­dis­te guar­dar­lo, era dema­sia­do alto. Pero gene­ral­men­te el ins­tin­to te dice que si algo se que­da en el cajón, está bien ahí. Le hace un fla­co favor a la serie sacan­do un tex­to que él mis­mo con­si­de­ró medio­cre. Ade­más deja una sen­sa­ción muy poco satis­fac­to­ria en los lec­to­res que, como él, ya han cerra­do con Wallan­der. Hay que pen­sar que el lec­tor tam­bién tie­ne una vin­cu­la­ción emo­cio­nal con el per­so­na­je, sobre todo los que son muy fans. No pue­des decir­les: «¿Sabes qué? No es ver­dad, esto sigue».

Es dife­ren­te a lo que suce­dió con Sher­lock Hol­mes.

Cla­ro, Conan Doy­le no aca­bó de matar a Hol­mes en la cata­ra­ta de Reichen­bach. Man­kell le dio a Wallan­der un arco de vida natu­ral, no pue­de vol­ver hacia atrás para recu­pe­rar­lo.

* Don de len­guas. Rosa Ribas y Sabi­ne Hof­mann.
Edi­cio­nes Sirue­la (Madrid, 2013).

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