Pablo Martín Sánchez

A estas alturas sabrán ustedes del germen de El anarquista que se llamaba como yo, novela que apareció publicada en Acantilado a finales de 2012. Pablo Martín Sánchez hay más de uno y éste, el autor, se encontró con su tocayo en internet buscándose a sí mismo mediante el uso de Google. Una vez superada la anécdota iniciamos una lectura que nos conducirá por la vida del otro Pablo, cajista de imprenta en Baracaldo, y a los sucesos que le llevaron a participar en la intentona de Bera, la noche del 6 al 7 de noviembre de 1924, ataque ideado por Durruti en Francia y en la que un grupo de anarquistas pretendía unirse a la supuesta Revolución que se fraguaba en España contra la dictadura de Miguel Primo de Rivera, invadiendo la frontera con el país vecino. Pero ese no será más que el penúltimo episodio de una vida repleta de vicisitudes en las que interviene, a veces como simple espectador, el protagonista del libro. Leer, a través del narrador, de su fascinación por el cine que comenzaba a dar sus primeros giros de bobina, o de los intelectuales españoles de la época exiliados en París nos invita a reflexionar, entre otras cosas, sobre la memoria olvidada por el anonimato y las vidas de las que apenas quedan recuerdos.

Ya has explicado en repetidas ocasiones, incluso en el mismo libro, cómo surgió la idea para adentrarte en la historia de este otro Pablo Martín Sánchez. Lo que me interesa del hallazgo es que se trata de un proyecto que te llegó de repente y te pones a trabajar en él, fuera de tu cronograma y desplazando otras opciones que, quizás, ya estabas desarrollando.

La verdad es que el año anterior había empezado una novela distinta, pero como estaba trabajando de librero no tenía mucho tiempo para dedicarme a ella. Una cosa que no he contado es que el elemento que me impulsó a escribir lo tenía en la cabeza desde hacía una año, dándole vueltas, pero no lo dejé escrito en ningún sitio. Ya sabes, todos tenemos nuestras libretitas donde vamos apuntando cosas. Esa idea, buscando ahora las notas de la época, no existe, no quedó registrada, lo que significa que era tan buena que no me hizo falta anotarla. Creo que las buenas ideas, para algunos libros, son las que no quedan registradas, son las que mantienes en la mente.

Y una vez te metiste en harina, ¿le tenías tomadas las medidas al libro?

Sí. Empece sabiendo que la novela sería de, al menos, quinientas páginas, porque era ese el aliento que necesitaba para contar la historia. Venía de publicar un libro de relatos, FrICCIONES, y quería hacer algo que me permitiese trabajar a un ritmo distinto, tanto de escritura como de narración.

Desde que leí la novela de Binet, HHhH… ¿la conoces?

La leí cuando ya había acabado de escribir el libro. Me hizo pensar que, de haberla leído antes, igual hubiera escrito El anarquista de manera diferente.

Desde su lectura, cada vez que leo una novela con elementos históricos pienso más en cómo se ha realizado el trabajo de documentación. En tu caso, sobre Pablo Martín Sánchez no debiste encontrar mucha cosa…

Del personaje histórico no, y ahí es donde entra también el trabajo del novelista. Por supuesto, de los hechos importantes sí hay mucho material. Lo que hace Binet, que me parece estupendo, es escribir y en la página siguiente explicar que lo anterior es mentira.

Bueno, de alguna manera tú juegas a eso.

Sí, pero en vez de hacerlo en cada capítulo lo hago al final. Y con otro discurso, él pone todo en duda constantemente.

Y se autocorrige.

Me parece una postura narrativa genial. Yo lo que hago es escribir la historia, con toda la verosimilitud que puedo aportar, aunque me esté inventando muchas cosas, y al final hago el apunte.

¿Es cierto que has tomado como base La vida: instrucciones de uso, de Perec?

Como base no, pero sí utilizo una serie de reglas que me he impuesto para escribir, como hacía Perec. Sobre todo los capítulos más ficcionales están escritos teniéndolas en cuenta. Son reglas estilísticas pero también de contenido.

Tu anarquista es un personaje muy potente, sin tener referencias reales salvo las que te pudiera dar su sobrina Teresa, si es que existe, algo que ya pongo en duda…

Y haces bien [se ríe]. Lo del personaje potente resulta curioso porque mi intención no era esa, quizás te refieres a su medianía…

Más bien me refiero a esa presencia constante y arrastrado por las circunstancias. No es un superhéroe, evidentemente, pero a pesar de que ni siquiera ofreces una descripción física y de que le tenemos presente de manera borrosa, ES el personaje.

Lo que me interesaba era mostrar cómo todos podemos acabar haciendo algo así si las circunstancias son las adecuadas. La fuerza del personaje es esa, la de alguien que se ve arrastrado por el curso de la historia. Si fuera dueño de sus acciones y de sus sentimientos quizás sería interesante conocerlo en la vida real, no a través de una novela.

La ruta que hace Pablo, de Baracaldo a Madrid, París, Barcelona, Argentina… ¿está documentada, fue así?

Esto no te lo respondo [se ríe]. Es plausible, dejémoslo ahí. Como te decía hay poca información de su vida, por lo tanto yo me he podido inventar muchas cosas.

Pero es cierto que escogiste determinados acontecimientos para que Pablo se viera involucrado de una manera testimonial. ¿Eran momentos de la Historia que querías plasmar, que te interesaban por algún motivo especial?

Tenía una cronología y quería mostrar algunos elementos históricos y otros no los contemplé para incluirlos en el libro. Pero tampoco me propuse hacer como la tortuga de Darwin, el personaje teatral creado por Juan Mayorga, que va rectificando a un profesor de Historia los eventos que él enseña. Mi idea no era narrar una sucesión de hechos conocidos. La época me permitió plasmar algunos pasajes fascinantes, en especial la Primera Guerra Mundial, que me parece fundamental para entender incluso una dictadura como la de Primo de Rivera en el contexto europeo, o la Semana Trágica, que fue decisiva para el cambio que supuso la Barcelona de los primeros años veinte. Estos son acontecimientos que conducen al desencadenante que es la Revolución de 1924.

Robinsón, Leandro… incluso las mujeres que pasan por la vida de Pablo, forman parte de ese coro de voces imprescindibles en una novela y que, aun teniendo un protagonista perfectamente identificado, adquieren mucha importancia.

Para este tipo de novela los secundarios son muy necesarios. No quería hacer un ejercicio de un único personaje. Robinsón está en la novela de Pío Baroja La familia de Errotacho, Leandro existió pero le he ficcionado, al igual que al resto. La obra de Baroja sobre los sucesos de Vera de Bidasoa es muy completa y para mí resultó todo un descubrimiento porque al leerla tuve claro que con Pablo Martín Sánchez había una novela. Hasta entonces lo que tenía era información muy deslavazada conseguida a través de internet, de los periódicos… Ver que Baroja le había dedicado doscientas páginas a los hechos y que lo hizo mezclando realidad y ficción, en forma de crónica lo que resulta más sibilino, me acabó de convencer.

En cierta manera reflejas algunas cuestiones muy actuales. Sin ir más lejos, nada más comenzar la lectura, nos encontramos con un párrafo de Vicente Blasco Ibáñez extraído de Una nación secuestrada en el que nos pinta España como un país que ha dejado de ser el de Don Quijote para convertirse en el de Sancho Panza. Es algo similar a lo que ocurre en estos momentos, con la nación de nuevo secuestrada y sin ánimos para armar la de Dios. Hay manifestaciones, protestas, pero no podemos hablar de Revolución.

Me lo ha comentado mucha gente. Algunas cosas, descontextualizadas, podrían entenderse como actuales.  Precisamente hoy me han enviado un artículo de 1978 sobre el caso Scala. A lo largo del siglo XX han surgido movimientos anarquistas a los que han intentado eliminar con estrategias muy parecidas, policiales, de infiltración… La función de Joaquín Gambrín, el policía infiltrado en el caso Scala, es la misma que la de Max, el señorito que interviene en la novela. Los movimientos de rebeldía dan miedo al poder, lo vimos con el del 15M, el de los antisistemas…, porque ponen en cuestión la existencia misma del poder. También es cierto que no estamos en una dictadura política, al menos declarada. ¿Que por qué no hay ahora una Revolución? Creo que aún estamos demasiado aburguesados. En el momento en el que ya no podamos ir de vacaciones ni siquiera a un hostal a lo mejor sí se produce.

Y será con violencia, porque de palabra ya vemos que no se consigue nada.

No se habla mucho de esto pero la violencia del poder es enorme. La violencia de los recortes no se puede combatir con las mismas armas. ¿Con qué se responde? Esta pregunta es delicada. Y peligrosa.

El anarquista que se llamaba como yoEscribes: «Existen diversos mecanismos para desarrollar la memoria pero aún no se conocen técnicas para cultivar el olvido». ¿Crees que la literatura es una buena aliada de la memoria, incluso de la Historia?

Puede serlo. Pero también la tergiversa.

Al igual que los libros de Historia.

Desde luego. Pero los libros de Historia procuran aparentar lo contrario. La literatura sirve para muchas cosas. Puede servirle a la Historia, a la Política, a cualquier ideología. Depende de cómo se la use. Ahí tenemos a Hitler, un gran lector. Soy partidario de entender la literatura como algo inútil per se. Los que le damos utilidad somos los lectores.

El pasaje del juicio contra Pablo y sus compañeros me ha parecido muy certero. No recuerdo si estaba reproducido en el libro de Baroja.

No. Utilicé material sacado de periódicos de la época. Y decidí resumirlo en un único capítulo. Hice mucha labor de condensación pero en muchos casos las frases de los jueces son literales. El juicio estaba bastante bien documentado, en el ABC, en el Diario de Navarra… Es fascinante. No sólo la historia y el acto de injusticia que se comete, sino también cómo se escribía en los periódicos, algo que he querido reflejar. El gacetillero que aparece en la novela es un homenaje a todos aquellos periodistas de la época, que hacían un trabajo ímprobo y escribían con unas venas poéticas más propias de literatos. Incluso los más discretos cronistas que iban a cubrir cualquier evento se soltaban con frases de un lirismo asombroso.

Cuidas mucho el detalle, y no me refiero únicamente a la recreación de la época, también a la rutina de Pablo, lo que lo hace más creíble.

Los detalles son los que le dan la vida, lo que Perec llamaba «lo infraordinario». Cómo lías un cigarrillo, qué llevas en la mochila… Pero es peligroso, has de sopesarlos y manejarlos muy bien. No pasarte y que la novela no quede en mero detalle o en exotismo histórico. Si se usan en su justa medida dan la verdad del personaje. Lo que decía Flaubert: «Le bon Dieu est dans le detail». Dios está en los detalles y la verdad está en los detalles, si existe una verdad. Recuerdo que un amigo que leyó el primer borrador me preguntó si realmente los hombres cargaron con tantas cosas en los petates cuando cruzaron los Pirineos. Pues aún me quedé corto. Le pasé el archivo policial donde se detallaba el contenido y se quedó alucinado. Me insistió en que incluyera una relación completa pero le expliqué que, siendo una novela, no es posible dedicar tres páginas a enumerar todo lo que cargaban los veinte hombres a los que detuvieron.

¿Literariamente querías reproducir cierto tipo de escritura, cercana a la de la época?

El lenguaje que uso es el del narrador, el actual, pero tiene ese toque de época porque siempre he tendido a utilizar términos que no suenen muy de ahora. Este libro no lo podría haber escrito sin el Corpus diacrónico de la Real Academia. Sobre todo cuando hablan los personajes, porque no quiero poner un anacronismo en boca de alguien. Hay un pasaje en el que se dice «No te pongas estupendo». En la revisión de pruebas me preguntaron si no era una expresión muy moderna. Les mostré que la escribió Valle Inclán en Luces de Bohemia.

Ahora que lo dices, utilizas mucho el «chaval».

Cuando habla el narrador. Y sí, también hay algún fragmento representando la época en el que incluyo lo de «chaval», pero ya se utilizaba en el siglo XIX y Galdós o Blasco Ibáñez lo escribieron. En cualquier caso, incluso tratándose del narrador he intentado evitar giros que puedan despistar, en especial en la parte escrita en presente, la de 1924, en la que éste se sitúa hablando desde el ahora.

Tengo una curiosidad respecto a algo que, supongo, afecta a tu literatura, que es lo de tu vinculación con la patafísica. No he leído FrICCIONES, pero por lo que he visto creo que ibas por ese camino. Con El anarquista te sales de la vía, no tiene nada que ver. ¿O sí?

Sí, porque todo tiene que ver con la patafísica. Por ejemplo lo que decías de los detalles. La patafísica es la ciencia de los detalles, no de lo general sino de lo particular, por lo que cualquier afición por el detalle es eminentemente patafísica. El mismo acto de escribir lo es, porque escribir es la excepción, lo normal es leer. Y ni siquiera eso. El acto de rebeldía que significa leer, escribir y publicar es patafísico. Se trata de la ciencia de las soluciones imaginarias, de ver las cosas desde otro punto de vista. Esta novela, al ser de corte clásico, no tiene ese punto transgresor porque la patafísica no estudia lo que ya está estudiado. Como dices, cada relato de FrICCIONES intenta ser un ejercicio de estilo distinto, dar una prueba más de la capacidad de la literatura para regenerarse, y en ese sentido sí sería más patafísico. Y más oulipiano, del OuLIPo de Perec, Queneau y compañía. El anarquista es también un ejercicio de estilo. Alguien me dijo que pensaba que iba a ser experimental, pero es que para mí lo es. ¡Es la primera que escribo, cómo no lo va a ser! En este caso quería experimentar cómo era escribir una novela de quinientas páginas, de corte histórico, con una serie de personajes, de peripecias que pudiesen atrapar al lector, incluso en tono folletinesco pero utilizando estrategias que no son las clásicas, sino más propias de la patafísica, para conseguir ese mismo efecto.

¿Incluso la estrategia del humor?

Eso decía Màrius Serra en la radio comentando el libro. ¿Cómo lo has visto tú?

Tengo que meterme mucho en la novela para captarlo, lo utilizas de manera muy discreta, pero está, es evidente en el tono de algunos pasajes.

Hay una cierta ironía desde la propia narración. Si lees el libro con el espíritu de creértelo todo quizás se te escape, pero si estás acostumbrado a ciertas estrategias narrativas y te lo tomas con distancia tal vez aprecies algunos guiños.

Depende del tono con el que la leas. Es una novela que no tiene varias capas de lectura, sino diferentes tonos de lectura. Puedes leerla como un gran drama, como una novela de aventuras, como una comedia, como novela histórica…

Eso es bonito, me lo apunto.

Hay pasajes muy dramáticos, pero las comedias parten, en su mayoría, de eventos trágicos.

Pienso ahora en la escena del duelo, que permite ser leída de manera dramática o en tono de comedia. O la de Pablo y Ángela, después de haber pasado la primera noche juntos y entra en escena el padre. Recuerdo habérsela leído a mi padre muriéndome de risa. Beckett decía que Esperando a Godot le parecía una obra desternillante. De Beckett puedes leer desde la tragedia más clásica hasta lo absurdo más risueño. Y no me estoy comparando con Beckett, Godot me libre.

Si llega… ¿Cuánto tiempo empleaste en darla por acabada?

Tres años y medio. Con algún parón para escribir una tesina del máster y hacer otras cosas, pero también con rachas de varios meses dedicados exclusivamente a la novela. Tuve esa suerte porque obtuve un préstamo que me dieron para el máster y con él conseguí tiempo para trabajar en el libro.

¿Cómo se te ocurrió enviar el manuscrito a Acantilado?

Primero se la envié a Paco Torres, el editor del anterior libro, casi por deber moral, aunque yo mismo pensé que esta novela necesitaba otra plataforma, con todos los respetos para Paco, al que quiero mucho. Luego le llegó a Jaume Vallcorba. Y se lo envié porque soy fan de Acantilado. Pero es que además, hace cuatro años contacté con él como lector y seguidor de sus publicaciones. Le propuse una traducción de un libro de Antoine Compagnon que al final no se llevó a cabo. Pasó el tiempo y al terminar la novela le envié un email, recordándole aquella propuesta y comentándole que tenía una obra acabada que quizás le podría interesar. Se la envié y un mes y dos días después me escribió diciéndome que quería el libro en su catálogo. A partir de ahí ya no hubo más que hablar, claro. Entonces fue cuando pensé «¿Por qué se lo he enviado? Qué irreflexión, hacerlo porque me gusta la editorial sin tener en cuenta que quizás no encaja». Me puse a mirar uno a uno los títulos del catálogo de Acantilado y, la verdad, no hay libros de este tipo, escritos por un joven autor español, de corte histórico… Como incorporación más reciente tienen a David Monteagudo, por supuesto, pero si te paras a pensar hablamos de excepciones que se han dado muy esporádicamente. Pero bueno, creo que para escribir y publicar hay que ser un poco inconsciente. Esta es la demostración.

¿Te estás llamando inconsciente a ti mismo?

Totalmente [se ríe]. Hay que tener ese punto, si no yo no publicaría nunca. Como decía Paul Valéry, «un poema no se acaba, se abandona». Pues un libro lo publicas. Hace poco Mercedes Abad me contaba una anécdota muy graciosa de Manet. El pintor se iba con un amigo al Museo de Orsay, donde estaban expuestos sus cuadros, le decía al amigo que entretuviera al vigilante, sacaba sus pinturas y los iba retocando. Me parece una analogía magnífica de esa obsesión del escritor por seguir corrigiendo su propia obra.

Y parece que el editing está desapareciendo.

Se hace más de lo que parece. Y no está mal que los escritores pasen por ese proceso con el editor. Es necesario tener humildad, y más cuando empiezas, para saber escuchar a los lectores profesionales. Es algo muy bonito. En Acantilado he trabajado la novela con Jaume Vallcorba y con Sandra, la encargada del departamento de edición, y resulta gratificante estudiar todas las propuestas de corrección de estilo que me hicieron. La mitad no las aceptaba pero muchas me parecieron que mejoraban la obra. Cuando se llevan tres años escribiendo un libro ya no ves algunas cosas. No se trata de corregir, sino de proponer mejoras. El libro pasó previamente por mi, como les suelo llamar, «comité de lectura», amigos, algunos de ellos escritores, que se lo leyeron en un verano. Luego estuve dos meses revisando sus anotaciones. Aprendí muchísimo de esa lectura múltiple. Así que ¿cómo no iba a tener en cuenta las apreciaciones de mi editor?

Sabiendo que cada uno de tus libros es experimental, tus próximas entregas literarias pueden ir por cualquier camino imaginable…

Eso me gustaría. Ir creando una obra muy distinta en cada uno de sus capítulos, pero con una línea en común. Mi referente sigue siendo Perec, que tiene libros muy diferentes entre sí. Si comienzas a leer cualquiera de ellos no puedes identificarlo, pero si buceas un poco te das cuenta de la coherencia en el conjunto de sus textos. Desde una novela policiaca sin la letra e, o un libro de poemas heterogramáticos, hasta una obra de teatro sobre un tipo que va a pedir un aumento de sueldo. En su conjunto fue muy ecléctico pero existe esa coherencia. Mi próximo trabajo podría ser una obra de teatro, una novela corta… Estoy con varias cosas y me tendré que decidir por alguna de ellas dentro de unos meses.

Foto de Pablo Martín Sánchez: © Pierluigi Greco.

* El anarquista que se llamaba como yo. Pablo Martín Sánchez.
Acantilado Editorial (Barcelona, 2012).

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