«Otro final»

Otro finalCual­quier anto­lo­gía o volu­men escri­to por varios auto­res resul­ta ser todo un ries­go. Por regla gene­ral, de los rela­tos reco­gi­dos podrán inte­re­sar algu­nos, pero los lec­to­res pue­den sufrir gran­des decep­cio­nes al des­cu­brir que una bue­na par­te no lle­gan a la cali­dad desea­da.

451 Edi­to­res está apos­tan­do por anto­lo­gías iné­di­tas no aptas para puris­tas. Aque­llos que con­si­de­ran un sacri­le­gio tocar/retocar gran­des obras maes­tras de la lite­ra­tu­ra, mejor que no se acer­quen a su colec­ción «Re:make», una espe­cie de gam­be­rra­da en la que una selec­ción de auto­res de sobras cono­ci­dos en Espa­ña se dedi­can a ver­sio­nar-rein­ter­pre­tar-paro­diar (a cada uno que se le asig­ne lo que toque) argu­men­tos, per­so­na­jes, nove­las y géne­ros. Béc­quer, Sha­kes­pea­re, Poe, Lope de Vega, Las mil y una noches, Drá­cu­la, Fran­kens­tein… ya han sido víc­ti­mas de estos, por otra par­te, gran­des lec­to­res, con desigual for­tu­na.

El volu­men que nos ocu­pa, Otro final, se las trae, por­que ya no se tra­ta de alte­rar pie­zas lite­ra­rias: Quin­ce narra­do­res plan­tean un nue­vo final para otras tan­tas pelí­cu­las clá­si­cas.

Per­so­nal­men­te me encan­tan los jue­gos, acep­to cual­quier idea que pue­da pare­cer­me ori­gi­nal, no me gus­ta encor­se­tar ni eti­que­tar, por lo que mi acer­ca­mien­to al libro fue a tra­vés de la curio­si­dad y el afec­to que sien­to por algu­nos de los impli­ca­dos en el pro­yec­to. Pero… comien­zo a pasar pági­nas y no le encuen­tro mal­di­ta la gra­cia a la pro­pues­ta, excep­to en algu­nas (pocas) oca­sio­nes.

Resul­ta lógi­co pen­sar que quie­nes se plan­teen leer estos rela­tos son, en su mayo­ría, afi­cio­na­dos al cine que cono­cen las obras refe­ren­cia­das. Una valo­ra­ción de la anto­lo­gía requie­re de un cono­ci­mien­to pre­vio de las cin­tas que han sido toca­das con «la gra­cia» de ser inclui­das en ella. En caso con­tra­rio, el inte­rés decae una bar­ba­ri­dad y no se lle­gan a enten­der muchos de los cam­bios per­ge­ña­dos. Lo mis­mo podría­mos decir del res­to de libros de esta colec­ción.

Una vez enten­di­do esto, nos aden­tra­mos en la crea­ti­vi­dad de los auto­res. Por lo que se nos cuen­ta, cada uno ha podi­do esco­ger su pelí­cu­la sin nin­gún tipo de pre­sión. Se dedu­ce, por ello, que han escri­to sobre una obra que les gus­ta, les emo­cio­na, cono­cen y pre­ten­den home­na­jear, cada uno en su esti­lo. La lis­ta no pue­de ser más ecléc­ti­ca: Cum­bres borras­co­sas, Muer­te en Vene­cia, Doc­tor Zhi­va­go, El ter­cer hom­bre… Rela­cio­nan­do narra­dor con pelí­cu­la nos damos cuen­ta de que sí, enca­jan más o menos, tie­ne sen­ti­do y están conec­ta­dos. Lo que no sig­ni­fi­ca que las musas hayan ins­pi­ra­do a todos.

No me gus­tan los ya ago­ta­do­res chas­ca­rri­llos gays de Men­di­cut­ti (Con fal­das y a lo loco, «of cour­se»); tam­po­co me satis­fa­ce la vuel­ta de tuer­ca que Ampa­ro Serrano de Haro nos ofre­ce, con­vir­tien­do Casa­blan­ca en una tele­no­ve­la; dis­cre­po con que Vicen­te Moli­na i Foix ofrez­ca un final alter­na­ti­vo flo­jí­si­mo de Psi­co­sis; reco­noz­co el esfuer­zo de Pedro Zarra­lu­ki al enfren­tar­se con los per­so­na­jes de Bla­de Run­ner y entre­gar­nos un nue­vo final alter­na­ti­vo (otro); me río mucho con lo escri­to por Eduar­do Cha­mo­rro sobre Peter Pan, con esos per­so­na­jes engan­cha­dos al pol­vi­llo de Cam­pa­ni­lla (¿qué otra cosa podría ser más que marihua­na?); me enter­ne­ce el ines­pe­ra­do «The End» de Bien­ve­ni­do Mr. Mars­hall idea­do por Manuel Hidal­go; abro los ojos ante la nue­va pers­pec­ti­va que Álva­ro del Amo des­cu­bre en su tri­bu­to a Calle Mayor; y asien­to con la cabe­za al leer la emo­cio­na­da his­to­ria infan­til de Augus­to M. Torres sobre Mogam­bo, en la que no nos mues­tra nin­gún desen­la­ce dife­ren­te, sino que, en una proeza sim­ple pero efec­ti­va, recuer­da que en Espa­ña la cen­su­ra ya se encar­ga­ba de cam­biar lo que se con­ta­ba en el cine y los sue­ños húme­dos, las pri­me­ras polu­cio­nes noc­tur­nas, hacían, de la inocen­cia peca­do­ra, el peca­do inocen­te.

Como decía más arri­ba, para gus­tos los colo­res. La cues­tión está en ser cons­cien­te de que un libro de estas carac­te­rís­ti­cas pue­de pro­du­cir más decep­cio­nes que ale­grías.

* Otro final. VV. AA.
451 Edi­to­res (Madrid, 2009).