Ni rastro del genio

Al terminar de ver El francotirador uno abandona la sala en penumbra del cine tristemente sorprendido, un poco atribulado, con un aire de profunda decepción en el rostro, mientras trata de ordenar las ideas que en ese momento inicial todavía se muestran de forma desordenada e inconexa, de digerir el bombardeo de mensajes subliminales y, algunos de ellos, potencialmente nocivos, que manan de las imágenes de la última película de Clint Eastwood, un cineasta que nos ha regalado en los últimos años algunos de los largometrajes más inestimables que permanecen en la memoria de los amantes del cine.

El propio tráiler de la película sugiere una especie de mezcla entre dos cintas muy conocidas y admiradas por el público, una historia que comparte a partes iguales algo de Enemigo a las puertas (Jean-Jacques Annaud, 2001), debido al duelo entre dos francotiradores pertenecientes a bandos irreconciliables, y también algo de En tierra hostil (Kathryn Bigelow, 2009), por estar ambientada en la invasión de Iraq por las tropas estadounidenses y centrarse en el desarrollo del conflicto desde la perspectiva de un soldado con una especialización singular. Sin embargo, en este juego de comparaciones sale peor parada la última de Clint Eastwood en beneficio de las dos anteriores.

Aunque comparta muchos de los elementos que las convirtieron en referencias ineludibles los cambios provocados en la personalidad de los protagonistas, que de héroes pasan a convertirse en asesinos despiadados con demasiada facilidad, cuando no en víctimas desequilibradas por la propia devastación del conflicto; el drama sin paliativos de las víctimas; la desolación que producen la sinrazón y la barbarie de la contienda, El francotirador nunca alcanza a desplegar la profundidad que logró Enemigo a las puertas, ni llega a tener la tensión que se respira en todas las incursiones bélicas de En tierra hostil. Eso por no hablar de la sombra de sospecha que deja en el espectador la presencia de ciertos aspectos controvertidos, insidiosamente recurrentes en el cine norteamericano, especialmente el que tiene a Estados Unidos como abanderado indiscutible de la paz y la libertad en los conflictos bélicos de todo el orbe. Aspectos que rozarían peligrosamente el fanatismo patriótico, como las exacerbadas convicciones morales de un francotirador implacable, en ningún momento arrepentido o angustiado por las numerosas vidas sesgadas, incluidas las de mujeres y niños.

O también aspectos que podrían interpretarse como una manipuladora inclinación al maniqueísmo, cuando no a un más que evidente racismo, en una historia en la que los del bando contrario son malvados de forma categórica y sin matices, y el protagonista principal quizás sea espléndido y bondadoso en exceso, desmesuradamente indiferente en lo que se refiere a su bienestar personal y al cuidado de su familia, con muy pocos escrúpulos ni demasiados atisbos de tribulación o de zozobra, a la hora de cumplir su deber como un militar de férreas convicciones y de conducta intachable.

Con todo, la peor noticia para El francotirador no es que, aunque lo intenta con todas las astucias posibles, no consiga emular los prodigios conseguidos por otras películas del mismo género como las películas citadas, con las que es inevitable compararla. La peor noticia es que tampoco consigue estar a la altura de auténticas joyas cinematográficas como Los puentes de Madison, Mistic River, Sin perdón o Million Dollar Baby, a las que últimamente nos tenía acostumbrado su creador, y que ni siquiera logra alcanzar las cotas de diversión y de entretenimiento que contienen otras obras suyas de menos calado como Gran Torino, Invictus o Más allá de la vida. La peor noticia para El francotirador es que no contiene ninguna huella del genio de Clint Eastwood.

TRÁILER

«El francotirador» (Clint Eastwood, 2014)

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