Nadeem Aslam

No he tenido la oportunidad de conocer a muchos tipos capaces de hacer saltar por los aires las ideas sobre lo que está sucediendo en el mundo mediante recursos tan básicos, pero tan repulsivos para quienes gozan del embrollo metaliterario, como los sentimientos, la fe o la institución familiar. Nadeem Aslam (Gujranwala, Pakistán, 1966) se reafirma en ello con su nueva novela, El jardín del hombre ciego (Editorial Mondadori, 2013). La historia de dos muchachos paquistaníes, amigos y hermanos, que por primera vez separan sus vidas cuando viajan a Afganistán, a la guerra, para ofrecer su ayuda humanitaria a los civiles. La incertidumbre por el destino de ambos nos conduce hacia su familia, cuyos miembros reflejan mediante sus experiencias, la situación actual de Pakistán. El peso de la tradición, de la religión islámica, de la violencia, contrasta con la belleza del lenguaje y de las descripciones poéticas de un escritor que nos somete al ejercicio de ralentizar la lectura para captar los matices que no oculta pero que la venda imaginaria de la inmediatez puede impedirnos asimilar.

¿Puedes explicar brevemente qué te llevó a escribir esta novela, cómo te la planteaste desde un principio y su evolución durante los cuatro años y medio que te llevó acabarla?

Lo intentaré. Verás, hemos vivido una década extraordinaria, empezando con el 11-S y terminando con la Primavera Árabe. Es una etapa marcada por dos muertes: la de Mohamed Atta y la de Mohamed Bouazizi. Atta, como sabes, fue uno de los pilotos que se estrelló contra las Torres Gemelas. Bouazizi era el vendedor de verduras tunecino que se quemó a lo bonzo en diciembre de 2010 y murió unas semanas más tarde, convirtiéndose en el mártir que desencadenó las protestas de la Primavera Árabe. Entre esas dos muertes hemos tenido la Guerra contra el Terror, la Guerra de la Yihad, el asesinato de Benazir Bhutto, los ataques en Londres y Madrid, la detención y posterior asesinato de Bin Laden, y el choque producido por la incomprensión entre el Este y del Oeste. Para que te hagas una idea de dónde estamos ahora, hace poco me metí en Google y escribí en el buscador «Pakistán es». La función que autocompleta las búsquedas me ofrecía varias opciones. Las cuatro primeras eras «estúpido», «peligroso», «violento» y «un país terrorista». Luego escribí «Los Estados Unidos son» y las primeras opciones que aparecieron fueron «no es parte del mundo», «el mal» y «no es un país, es un negocio». Así que, para responder a tu pregunta, con El jardín del hombre ciego quería encontrar una historia que concentrara el mayor número posible de estos elementos que acabo de mencionar, sin perder las formas literarias. Después de tomar esta decisión, fui a buscar a los personajes, los que mejor me iban a ayudar a definir la complicidad, la esperanza, la desesperación, la felicidad, la belleza, dentro de la década transcurrida entre esos dos hechos.

¿Estás de acuerdo con quienes afirman que ofreces una visión muy oscura del islam?

No, no estoy de acuerdo. Hay gente que lo dice, pero también hay quien opina que mis libros son exquisitos y bellos. Cuando terminé el manuscrito, hace un año y medio, lo envié a mis editores occidentales, incluyendo a los de España, y también a los editores de India y Pakistán. La respuesta invariable de los países occidentales fue: «Esta novela es oscura, melancólica, dura». Sin embargo, los editores orientales, como respuesta también invariable dijeron: «Este libro es bello, es una historia muy bonita». El mismo texto fue percibido de dos maneras distintas. Creo que depende de en qué te fijes. En India y Pakistán, no es que no sean conscientes de nuestra oscuridad, porque la oscuridad y el hecho de que el libro fuera duro también se había mencionado, pero se hizo como segundo o tercer nivel. Mientras que la belleza del libro también se citaba en occidente como segundo o tercer valor. Como escritor, no te sientas y decides poner en la balanza cinco kilos de melancolía y dos de belleza. El libro sale como sale. De lo que sí soy consciente es de que ni el islam, ni Pakistán, ni los países en desarrollo son oscuros ni están faltos de esperanza.

No calculas el peso en la balanza, pero reconocerás que sí buscas el equilibrio entre lo tremendamente dramático y lo tremendamente bello de la historia que narras.

Es un buen comentario. Pero he de subrayar que tengo muy mala imaginación. No me podía haber inventado nada de la novela. Todo lo que he escrito en ella se basa en la realidad. Evidentemente todo el texto está montado de manera novelesca, pero los incidentes, los elementos difíciles de leer y de entender se basan en hechos verídicos. Y la razón para concentrarme en circunstancias difíciles es porque quiero dejar a mis personajes que caigan en esas dificultades y ver cómo salen de ellas, en esos contextos. Esta es mi cuarta novela. Y ahora me empiezo a dar cuenta de que yo trabajo en modo trágico. Hay gente que escribe novelas de humor. No soy uno de ellos. Ya he aceptado que este es mi estilo.

En El jardín del hombre ciego aportas el valor los sentidos, no solo con la idea del invidente como metáfora de una ceguera general, incluyes otros. Al principio de la novela, cuando Jeo y Mikal comienzan su aventura y oyen una batalla a lo lejos, alguien les dice «ese es el sonido habitual del mundo, lo que ocurre es que no lo oímos. Solo en algunos lugares».

Ese es parte de mi proyecto. Si hablamos de Mapa para amantes perdidos o de La casa de los sentidos, en ambas novelas jugaba con la idea de que nuestro cuerpo está repleto de códigos —sociales, políticos, religiosos—, y lo hemos convertido en un campo de batalla. Incluso existe una rama del islam en la que se afirma que tenemos que negar nuestro propio cuerpo, que el deseo sexual es malo, que ya encontraremos el equivalente de todos esos sentidos en el paraíso, que ahora estamos en la Tierra para ser juzgados el Día del Juicio Final y comprobar nuestra capacidad de resistencia frente al pecado. En todas mis novelas los sentidos se llevan al primer plano para decir que esta vida también importa. La música importa, el perfume importa, la vista importa, los sabores importan.

Me gustó lo que dijiste en una entrevista con respecto al impacto que sufren los adolescentes cuando se enfrentan a la realidad, cuando salen al mundo. Hay un pasaje en el libro, cuando se narra cómo van cambiando en la fachada de la escuela el lema sobre la educación («La educación es la base de la ley y el orden», luego «La educación islámica es la base de la ley y el orden», más tarde «El islam es la base de la ley», o «El islam es el objetivo de la vida»…). Para una mente nueva e inquieta como la de un niño o un adolescente es un auténtico lío.

Absolutamente. Cynthia Ozick dijo en una ocasión que la literatura de la conciencia es la confusión de los ingenuos. Los niños, los indefensos, la gente que tiene alguna discapacidad mental, los que preguntan siempre «¿Por qué?». Esa confusión que tiene un niño cuando intenta comprender el mundo. Creo que, en cierto modo, también procuro escribir mi particular literatura de la conciencia, trato de ver por qué el mundo es como es, por qué teniendo tantas cosas bellas existen las enemistades, las guerras… ¿Cómo casa todo esto? El verdadero respeto se lo debemos a los jóvenes. Cuando salen al mundo con ideales, con moralidad, con ética, el mundo les dice «sé corrupto», «haz cosas malas», «echa la ética y la moral a la basura que aquí estás para otra cosa». Ese choque tan bestia me interesa cada vez más. No quise abordar antes el tema para no faltarles el respeto. Cuando escribí mi primera novela era un chaval, y la mayoría de los personajes eran de mediana edad. Me pasó lo mismo con el segundo y con el tercero. Ahora que empiezo a ser algo mayor es cuando me siento suficientemente equipado para hablar de los jóvenes y de su confusión.

El conflicto generacional en Pakistán ¿es más evidente en las mujeres?

Sí, porque las mujeres tienen más que perder. Y tienen que aprender a levantarse, a desarrollar ese saber hacer para sobrevivir. Porque si se dejan se les quitará todo. Las personas más fuertes que conozco son las mujeres de India y Pakistán. Lo de que las mujeres maduran antes que los hombres es en todas partes. Una vez estaba con un grupo de amigos, chicos y chicas, y la mayoría de los hombres decían que sus veinte años habían sido un desastre, muy difíciles. Las chicas estaban mirándoles y respondieron que sus veinte años fueron estupendos, lo peor para ellas fue la adolescencia. Es decir, que los problemas de la vida les llegan antes a las mujeres.

Vivir con un padre ateo y una madre fervientemente creyente, ¿te proporcionó más equilibrio que desorden?

El matrimonio de mis padres ha sido uno de los mayores regalos que he recibido como novelista. Y como ser humano. Es increíble ver cómo desde un punto de vista ideológico y temperamental son distintos, pero se acomodan, siguen juntos y se aman. Y no sé qué acción de mi padre o de mi madre se basa en la religión de ella o en el ateísmo de él. Te cuento una historia: Mi tía, una mujer joven, de unos cincuenta años, falleció en Pakistán de un ataque al corazón. Yo estaba de visita en casa de mis padres y sonó el teléfono. Llamaba el hermano de mi madre para avisar que su esposa se acababa de morir. Mi madre cogió el teléfono, recibió la noticia y empezó a llorar desconsoladamente. Vino a la cocina, donde estábamos mi padre y yo y nos dio la noticia sin soltar el auricular. Después de esto, siguió llorando, llorando… Pasaron diez segundos, veinte, treinta, cuarenta…, y yo, un hombre adulto, no tenía ni idea de qué hacer. Pensé «¿qué hago? ¿Le cojo el auricular del teléfono? ¿Tengo el derecho de hacerlo? ¿Necesita pasar por ese proceso de llorar y llorar mientras su hermano está al otro lado viendo a mi tía que acaba de morir? ¿O igual está esperando que yo le coja el teléfono y la consuele?». Estaba paralizado. Mi padre avanzó muy tranquilo, le puso suavemente la mano en el hombro y le dijo «tenemos que ayudarle, no añadir más dolor a sus dificultades». Esa fue la clave. De repente mi madre sonrió, absorbió todo el dolor y empezó a preguntarle a su hermano cosas lúcidas como dónde estás, dónde están tus hijos, todas las cuestiones prácticas. No estoy diciendo que su dolor desapareciera, pero mi padre le hizo ver que en ese momento su dolor no era lo más importante, lo era el dolor de su hermano y tenía que preocuparse por él. Siempre digo que no podemos salvarnos, tenemos que ayudarnos., Eso es lo que aprendo de ellos. Ha sido alucinante observar y convivir junto a ese matrimonio.

el-jardin-del-hombre-ciegoSofia, que había sostenido su fe a lo largo de toda su vida, abandona sus creencias en el lecho de muerte y eso genera grandes dilemas en Rohan, su marido. Y creo que el lector también los hace suyos. Es un momento de transición en la historia, hay una ruptura. Es una de las grandes sorpresas de la novela.

Sí, claro. Es que cuando eres un creyente, como mi madre, la muerte solo acaba con tu vida en la Tierra, porque después de la muerte sigues existiendo. Quería explorar esto. ¿Qué pasa? ¿Te ponen en la tumba pero sigues con una vida, en el paraíso o en el infierno, o donde sea que vayas? Eso es lo que cree mi madre. Cree que después de morir, de ser enterrada, dentro de no se sabe qué cantidad de años, llegará el día del Juicio Final y ella saldrá de la tierra, se incorporará y estará ahí delante de su dios. Para mí, como novelista, esto es impresionante. Me interesa estudiar estas etiquetas que ponemos a las cosas. ¿Qué es, por ejemplo, el «realismo mágico»? Si escribo una novela realista sobre alguien como mi madre, que cree que Jonás estuvo tres días en el vientre de una ballena y para quien todos lo mitos son historias reales, entonces, ¿estoy haciendo realismo o realismo mágico? Porque claro, tengo que acomodar esa vida interna tan intensa, y que para ella es real, con la realidad verdadera. La paradoja es que la misma mujer que cree en estas cosas es la que hace que una mente moderna se sienta muy incómoda. Y es la misma persona que me enseñó los valores que estoy utilizando y con los que vivo. «Asegúrate de ser amable con las personas», «hazles sentir bien», «no mientas», «no hagas trampas»… Una persona le regala a otra la capacidad de vivir en el mundo real, como ser humano decente, lúcido y capaz y, sin embargo, la mayor parte de las lecciones que le enseña vienen de un mundo esotérico, etéreo. Esa es mi madre (se ríe).

¿Una de las grandes disyuntivas a las que nos vemos sometidos podría ser la de no saber o no poder distinguir entre el bien y el mal? No me refiero a las cosas básicas, sino a lo que cultural y socialmente entendemos cada uno como «bien» y «mal».

Quizás sí… Seguro que puedes reconocer sin problema los conceptos «madre», «padre», «hijo», «amante»… Ante eso, no hay dudas. Y una mentira es una mentira, en cualquier sitio. Si salgo ahora a la calle y digo que llevo una camisa roja, es mentira. Las cosas básicas son iguales para todos. Son las que me gusta explorar. Qué es un hijo, qué es una madre, un padre, cuáles son mis obligaciones para con alguien a quien no conozco, pero que es un ser humano. Y más allá de esas preguntas, qué es el dolor, cómo supero la pérdida, cómo acepto una herida emocional… Todos tenemos que pasar por estas cosas,  esas son las preguntas que a mí me interesan. Ahora mismo vivimos con el trasfondo de la Guerra contra el Terror, un escenario horrible. Escribo sobre esas fuerzas brutales, salvajes, pero es algo que queda en un plano inferior porque de lo que quiero hablar es de seres humanos. Claro que El jardín del hombre ciego es un libro sobre la guerra pero, en última instancia, se trata de una historia de amor. Estoy absolutamente de acuerdo contigo cuando dices que esa idea del bien y el mal puede verse diluida en ocasiones. Precisamente para eso tenemos el Arte y la Filosofía, para definir una y otra vez estas cosas, nuestras ideas  de lo que está bien y de lo que está mal, para no confundirnos. Víctor Hugo escribió algo así como «el hecho de que no te escuchen no es motivo para permanecer callado». Yo siempre me muevo en tres niveles: soy un artista, soy un ciudadano y soy un ser humano. Con la conciencia que me dan estos tres planos, creo que tengo el derecho de preguntar a los poderosos ciertas cosas. Por un lado tenemos a los talibanes, que van por el mundo disparando a la cara a chicas como Malala. Y lo hacen en nombre de la Yihad y del islam. Y utilizan la palabra yihad con un único significado: guerra, guerra y guerra. Pero yihad tiene tantos significados como pétalos una rosa. Sonreírle a alguien a quien no te apetece hacerlo es yihad. Ser amable con alguien cuando tu vida es ruin, también es yihad. Eso no quieren que lo sepas. Y si cruzo el Atlántico, creo que tengo todo el derecho de preguntarle al presidente Obama qué está haciendo con todos los aviones teledirigidos. De cada cincuenta personas que asesina uno de esos drones de alta precisión, cuarenta y nueve son víctimas inocentes. ¿Por qué está haciendo eso? Seguro que recordarás a Trayvon Martin, el joven negro al que dispararon en Florida el año pasado. El señor Obama, en su comparecencia después del juicio, dijo que se tenían que revisar las leyes para criminalizar el racismo en América de otra manera, porque si tuviera un hijo su aspecto sería como el de Trayvon. No es por quitarle hierro al asunto, pero me gustaría poder decirle al señor Obama que si yo tuviera un hijo su aspecto sería como el de cualquiera de las cuarenta y nueve víctimas que acabo de mencionar. Parece que ignora los «daños colaterales» porque lo único que le importa es matar a los militantes de la Yihad. ¿Se permitirían ese tipo de preguntas en América o en España? ¿O en Alemania, o en Inglaterra? ¿Parecería razonable hacerlas? Pues en cierto modo a esto me refería antes cuando te hablaba sobre la conciencia. Mis libros preguntan por qué. Por qué no podemos hacer esto en América o en España, pero sí en Pakistán.

Citas, por cierto, una frase de Madeleine Albright que me parece increíble. En una entrevista realizada en TV en 1996, explica un personaje, «le preguntaron qué opinaba de la muerte de quinientos mil niños iraquíes como consecuencia de las sanciones económicas estadounidenses, a lo que respondió que había sido “una decisión muy dura pero creemos que ha valido la pena”».

Efectivamente, está en el libro. No dijo que había sido un error. Hay que leerlo dos veces para creer que pudiera decir algo así.

Hay una diferencia muy presente en tu novela entre los adultos y los jóvenes: el peso del pasado. Los personajes de menor edad no lo tienen pero los adultos lo padecen de maneras tremendas.

Sí, Naheed, la chica protagonista, le dice a su madre que los viejos no tienen derecho a asustar a los jóvenes con sus viejos temores. Les pueden decir que sean prudentes, no digo que la experiencia y la sabiduría no sea importante, pero tienen que dejar que los jóvenes salgan al mundo sin asustarles constantemente.

Con respecto a los sueños, que aparecen de manera insistente a lo largo del libro, hay un fragmento que define muy bien el papel que les das: «Cuando alguien piensa en nosotros, o sueña con nosotros con intenso amor, desaparecemos del lugar en el que estamos».

Esta es una de las cosas principales que quiero plasmar en mis libros y en mi vida. Siempre digo que yo soy mis libros. Si no te gustan mis libros, tampoco te gustaré yo (se ríe). Me interesa la belleza, la lógica de los sueños, la fragilidad y vulnerabilidad emocionales. Y escribo sobre estos asuntos para decir la verdad y para confesar emociones. Una de mis creencias más profundas, quizás la más básica y fundamental que tengo, es que no hay nada extraordinario en mí. Soy uno de los miles de millones de personas que hay en este planeta. Si hay algo de cierto en mí que queda reflejado en mis novelas, si me siento de alguna manera determinada respecto a la guerra de Afganistán, a lo que hace Obama, o los talibanes, hay muchas posibilidades de que miles de millones de personas también estén sintiendo lo mismo. Por eso los libros acaban conectando con otras personas. En la novela anterior, La casa de los sentidos, hay una frase que pongo en boca de un personaje joven perteneciente a la Yihad. Dice: «Hay tantas preguntas y me siento tan confundido con ellas». Creo que son preguntas que se formula todo el mundo. Y mi respuesta para quien se pregunta tantas cosas es: no te sientas solo. No hay motivo para ello. Lo que quiero transmitir con la novela, en definitiva, es que el lector no se sienta solo, que no se sienta confuso. Yo tampoco lo entiendo todo, no entiendo por qué el mundo es bello y brutal al mismo tiempo. No tengo las respuestas, pero entiendo las preguntas.

¿Para crear las historias tu compromiso es tan grande como para vivir o intentar experimentar algunas de las cosas que narras?

Veo por donde vas. Para El jardín habla del hombre ciego hablé con personas ciegas pero nunca les llegué a hacer las preguntas correctas —¿cómo es la ceguera, blanca, roja, negra?— Como no conseguí las respuestas, decidí buscarlas directamente. A partir del segundo año de escritura, dediqué una semana de los tres años siguientes a vivir como un hombre ciego. No diré que estuve ciego, me parecería una falta de respeto para las personas que realmente son invidentes. Yo tenía la posibilidad de quitarme la cinta que cubría mis ojos en cualquier momento, algo que ellos no pueden hacer. Pero no podía ver y lo que aprendí entonces fue increíble. Por ejemplo, un día, con el dorso de mi mano toqué algo caliente. y en mi mente vi el color rojo. Otro día escuché que llovía, abrí la ventana, saqué mi mano y cuando las gotas me tocaban la piel vi en mi mente el brillo de las estrellas. Esto me inspiró el pasaje en el que Rohan, que ya está perdiendo su visión, experimenta estas sensaciones y dice: «Cuando quiera recordar el color rojo tocaré algo caliente. /…/ Cuando quiera recordar las estrellas, mojaré mis manos». Hice este tipo de cosas. No se me habría ocurrido preguntarle a una persona ciega qué siente cuando toca algo caliente, o qué color le viene a la mente. Tuve que vivirlo para escribirlo.

He leído que necesitas recluirte para escribir.

Sí, me gusta la inmersión en mi trabajo, pueden pasar semanas y semanas sin que vea a nadie. Este verano participé en una edición especial de la revista Granta con una historia, Leila in the Wilderness. Cuando salió la revista yo estaba recluido, trabajando, pero me preguntaron si podía estar en la presentación y hacer una lectura. Acepté. Llegó el día, me vestí, fui a ponerme mis zapatos y estaban cubiertos de telarañas porque no había salido de casa durante meses (se ríe).

* El jardín del hombre ciego. Nadeem Aslam.
Traducción de Roberto Falco Miramontes.
Editorial Mondadori (Barcelona, 2013).

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