Marina Sanmartín

Marina Sanmartín ofrece en su primera novela, La clave está en Turgueniev (Editorial Eutelequia, 2013), una obra literaria compuesta de dos compartimentos en los que intervienen, por un lado, Eli y Lucía, dos compañeras de facultad que se reencuentran, tras años de desconexión, cuando desaparece el compañero sentimental de una de ellas, y por el otro la novela policíaca que da título al libro, que acabará desvelándose como decisiva para resolver el misterio de esa desaparición. El juego es todo un reto para el lector, pero también lo ha sido para su autora, quien mantiene intacta su manera de conducirnos por los vericuetos de la vida haciendo uso de referencias, de lugares comunes y de verdad experiencial insertada en la ficción.

¿Abordas la escritura de la novela como un concepto diferente a lo que habías hecho hasta ahora?

Es un concepto diferente, no en la manera de contar las cosas, pero sí en la forma de trabajar al plantearme el proyecto a largo plazo. Por ejemplo, el blog no me exige ninguna continuidad y, para una persona como yo, que tiene una fuerza de voluntad cero, es mucho más fácil de mantener, porque solo escribo cuando tengo ganas. Plantearme una novela implicaba asumir que iba a tener una rutina de trabajo. Creo que además de lo que he podido aprender en cuanto a escritura y literatura haciendo la novela, he aprendido en cuanto a rutina de trabajo. Para alguien que quiere ser escritor profesional, y no quiero decir que yo quiera serlo, es muy importante. Me he dado cuenta de lo mucho que me cuesta mantener esa disciplina. Tengo que tenerlo muy claro en la cabeza, tener muchas ganas de hacerlo, para ser capaz de sentarme a escribir todos los días.

¿Quién es Eli?

¿Nunca te he enseñado el libro de cuentos?

No.

Tengo publicado en Baile del Sol un libro de cuentos que se titula La vida después. Son ocho historias, entre ellas una, «Despertar en Sarajevo», que me dio muchas satisfacciones porque ganó un premio y lo publicaron en todas las revistas digitales a las que la envié. La protagonista de ese cuento es Eli, pero con 23 años. Cuando empecé a escribir la novela supe que la protagonista tenía que volver a ser la misma. Mucha gente me ha preguntado si es porque Eli soy yo. En el fondo creo que es todo lo contrario, Eli es todo lo que yo no puedo ser. Ella aparece siempre que termino algo y me quedo con ganas de haberlo hecho de otra manera. Es un personaje que hace lo que a mí me gustaría ser capaz de hacer y no puedo, ya sea porque no me atrevo o porque las circunstancias no se prestan. Más que mi alter ego es lo que viene después de mí, la realidad a la que aspiro pero que físicamente no se cumple. Eso me toca las narices, me rebela por dentro y me digo «lo cuento en una historia de ficción».

¿Pero es un personaje que ha crecido con esta novela, o en el cuento ya sabías cómo era?

Ha crecido conmigo. Y siempre ha tenido una determinación muy clara. Se caracteriza por ser egoísta y muy valiente, quitando todas las connotaciones negativas que pueda tener el egoísmo. Es una mujer que hace lo que quiere, y eso en la realidad no pasa nunca. Siempre hay demasiadas cosas que nos impiden hacer exactamente lo que queremos.

Te lo permite la ficción.

Por eso Eli es ficción y la novela reflexiona mucho sobre eso, sin desvelar nada.

Hay una pregunta en el libro que tendría relación con lo que comentas sobre no poder hacer lo que queremos, «¿quién decide?», una cuestión muy literaria pero que además tiene su sentido en la novela, porque estás jugando con unos personajes y cuestionas frente al lector su capacidad para escoger la historia que prefiera.

Exacto. Y cada individuo, en realidad, escoge su historia. La realidad como tal no existe, siempre es la que percibimos, o la que advierte la persona que está a nuestro lado, tamizada por el filtro de nuestra percepción y el de la información que nosotros tenemos, que nunca es completa. Ese es el juego que se establece en la novela. Todos los personajes construyen la realidad a partir de los datos que tienen. Evidentemente, en el 100% de las ocasiones esa realidad es errónea. Nadie tiene todos los detalles. Decidimos a partir de lo que tenemos, con lo que es muy fácil que muchas veces estemos equivocados.

¿Cuál te llegó primero a la cabeza, la historia de Eli o la de Luarque?

La parte de Eli. En principio iba a ser la que diera nombre a la novela, que se iba a titular «El principio del desierto», haciendo referencia al primer fragmento que escribí. Sabía que a partir de ahí tenía que contar su historia. En mi blog y en cualquier texto que me propongo escribo a partir de las cosas que me pasan. Soy muy autobiográfica. En este caso quería experimentar con el hecho de contar mentiras un poco más elaboradas. La historia de Eli partía de algo que me había ocurrido y que se había terminado produciéndome mucho dolor. La idea es que fuera la única historia del libro, pero, lo que son las cosas, mientras estaba redactando, se pudo delante de mí la necesidad de escribir «La clave está en Turgueniev». A la hora de la verdad ha acabado teniendo el mismo peso, incluso más para algunos lectores, que todo lo de Eli. Creo que se complementan bien, no se entienden del todo la una sin la otra.

Está más claro en la parte final, cuando se percibe la conexión.

Tiene una doble dificultad. Por un lado es un puzle que no resulta fácil para el lector, es más bien un reto, pero es lo que me gusta como lectora. Hay que ordenar las piezas. La segunda dificultad es que falta una pieza, el lector tiene que ponerla. Y, como decía antes, dependiendo de la lectura la pieza podrá ser diferente. Lo mejor de todo es que la del lector siempre encajará, es correcta sea como sea.

Las cosas que se ven y las que no se ven, lo que se aprecia a simple vista, lo que hay detrás de una imagen… Son ideas que aparecen al principio de la novela cuando Eli y Lucía se encuentran en la exposición fotográfica. Esos conceptos los retomas al final del libro.

Da vueltas siempre en torno a la misma idea: lo que somos incapaces de adivinar del otro. Me gusta creer que todo el mundo tiene secretos y que son los que condicionan nuestro comportamiento en la vida cotidiana. Hay otro fragmento en el que se formula la pregunta «¿cuál es nuestro dolor?». Todos tenemos un dolor interno, pero no entendiéndolo como un dolor de pie o de cabeza, sino que está producido por esa idea que nos atormenta desde que nos despertamos por la mañana, que vive con nosotros y que muchas veces no compartimos con nadie. Es como cuando te duele una muela. Aunque lo quieras disimular, siguiendo con tu vida cotidiana, no puedes. El dolor está ahí y te está condicionando, hace que estés de mal humor, que te quieras ir a tu casa. No transmites como lo haces habitualmente. Eso es lo que no se ve de la gente, el dolor de muelas.

Lo escribes en el libro, «no se puede renunciar al dolor».

Claro, porque uno no puede renunciar a él y por lo tanto actúas de acuerdo a ese dolor. Ahí está lo interesante, es lo que nos condiciona para movernos en la vida, y al mismo tiempo es lo único que los demás no saben de nosotros. Por eso muchas de nuestras acciones resultan tan incomprensibles. La clave está en Turgueniev es una historia de desencuentros. Nadie acaba de comprender completamente al otro. Creo que en la realidad pasa muy a menudo, por no decir siempre.

la-clave-esta-en-turgueniev¿Crees que las historias se acaban?

Sí. Una vida se compone de muchas historias. Aunque puedan volver, hay un punto en el que dejan de ser importantes para nosotros. No creo que una historia de amor se acabe cuando dos personas deciden que se tiene que terminar y dejan de verse. La historia se acaba cuando llega un día en que se reencuentran por la calle y les da igual saludarse o no; cuando cruzan el semáforo mientras están hablando con alguien y ya no se acuerdan de que se acaban de cruzar con la persona a la que amaron. Pero ese punto no lo decidimos nosotros. Hay una película que me gusta un montón y que está en el trasfondo de la novela, aunque no se menciona, Roma, de Adolfo Aristarain. La protagonista, interpretada por Susú Pecoraro, es una madre coraje que tiene un hijo, Juan Diego Botto, que no se encuentra en la vida, todavía es muy joven pero tiene la sensación de que la ha cagado tantas veces que no va a poder resurgir. La madre le dice «no creas que sólo hay una vida. Hay muchas dentro de una misma vida. Lo que hoy te parece insuperable lo vas a superar y entonces te pasará otra cosa que te volverá a parecer insuperable». Por eso creo que las historias acaban, porque cuando estamos preparados para olvidarnos de una aparece otra. Eli acaba su propia historia.

Antonio Luarque, el otro personaje, protagonista de «la novela dentro de la novela», es una víctima. ¿Lo ves así?

Sí, lo es. Y es un personaje que quise abordar sin prejuicios. En realidad no me importaba tanto lo que hacía, sino cómo había llegado hasta ahí. Es lo que se intenta explicar. Muchas veces el cómo se llega hasta un punto quizás no justifique muchas cosas, pero por lo menos las explica y nos hace ver a la gente de otra manera.

Te lo pregunto por su recriminación a Elena cuando le dice que le ha convertido en un animal ciego. Mantiene una relación tormentosa con una mujer que lo tiene anulado.

Le anula la voluntad.

Y él escapa.

Es como una olla express que tiene que respirar, ha perdido la válvula. La forma que encuentra para dejar escapar el vapor no la voy a contar, pero es esa. De todas formas, no sé si se nota, tampoco me importaría que fuera así, pero se trata de un personaje al que le tengo un especial aprecio. De hecho creo que es de los mejor perfilados.

Es muy controvertido, con una dualidad que atrae al lector.

Además se va desvelando poco a poco. Lo que parece una cosa, conforme vas avanzando en su confesión se vuelve otra muy diferente y mucho más negra. Ese también es el atractivo de la historia, lo que no se ve de la gente.

Yi, el aprendiz de camarero, parece tener una de las vidas más fascinantes. La relación con su abuela, que descubra el cine con Calabuch y las películas de Marisol me parece tremendo, como alguien fuera del cuadro.

Es como una flor exótica que se tiene que adaptar al medio. A todo el mundo le gusta este personaje. Un muy buen amigo me ha dicho que resulta muy contemporáneo, muy de la realidad española del momento. Siendo un chino emigrado a España desde pequeño esa infancia que vive podría ser la misma que la de cualquier niño español. La novela rastrea en los orígenes de sus personajes. Mi proyecto, mientras escribía, era profundizar un poco más en los personajes de ficción que estaba creando y en ver hasta qué punto las cosas que hay detrás de cada uno de nosotros no se pueden prever, hasta dónde puede llegar a condicionarnos el prejuicio con respecto a los demás. Eli nunca se interesa por el pasado de Yi, no se lo pregunta nunca. Pero él tiene ganas de contárselo, es algo que lo define por completo. Ella no le pregunta precisamente porque no sabe lo que vivió cuando era niño.

Es lo opuesto a lo que sucede con Miguel.

Claro, porque Eli se enamora de Miguel, pero no de Yi, es Yi quien se enamora de ella. Enamorarse de alguien es querer saberlo todo de esa persona, algo que puede resultar hiriente para el otro si no siente lo mismo. Eli lo que quiere es saberlo todo de Miguel. Y no le importa sufrir por eso. El problema está en que Miguel no se lo quiere contar. Luego, el «tercer hombre» completa lo que Miguel no le da.

¿Te resultó imprescindible incluir los fragmentos del diario de Eli?

Cualquier expresión creativa es buena si dice la verdad. En la novela se juega a tocar la verdad y contarla pasaba por incluir esos fragmentos de diario. Creo que son de las cosas más auténticas que he escrito. Y se nota. La novela creo que es intensa, contiene una prosa fuerte. Cuando escribo intento que lo que leo, lo que le doy al lector, no sólo transmita un mensaje, sino que le produzca una sensación. Muchas veces no es tanto lo que se dice como lo que sientes cuando lees. Y esa sensación está en los fragmentos del diario de Eli.

Es la zona sincera, porque en las relaciones entre las personajes, como dices, se ocultan cosas. Pienso en el momento en que Eli y Lucía están sincerándose pero de manera muy difuminada.

Es que Eli nunca llega a confiar en su amiga, y digo que lo creo porque en realidad no lo sé. También está la distancia del tiempo que las separa y que las vuelve otras personas. Es una de las razones por las que se acaban las historias, porque no somos siempre los mismos. Hay un pasaje en el que Antonio Luarque dice que a lo mejor se tenía que haber quedado con Elena en el centro de Madrid y detenerse ahí, en la calle del León. Dice «nosotros cuando, sin saberlo, aún no éramos nosotros». Entonces eran jóvenes, otras personas. El tiempo los vuelve otros y las conexiones desaparecen.

¿Qué papel desempeña la ciudad?

Lo es todo.

¿Crees realmente que la ciudad se agota?

Sí, viviendo una de esas historias que se acaban y que te pueden llegar a ahogar en ella mientras esperas a que se termine de verdad. Hay un paréntesis de asfixia que surge al confirmar que lo que te alimentaba se termina y tú sigues estando ahí. Como cuando alguien a quien quieres mucho se muere y al día siguiente te despiertas de nuevo. Yo vivo mucho la ciudad en la que habito. Voy andando a todas partes. Llevo en Madrid doce años viviendo sola. Tengo la sensación que mi único testigo constante ha sido Madrid. Es lo único que no ha cambiado durante este tiempo. Ha entrado y salido mucha gente, me he reído, me he enamorado, he llorado. Y la única que ha ido recibiendo todo eso y a la que no le tengo que explicar nada desde cero es la ciudad. Pero claro que la ciudad se agota. Si la comparto contigo y desapareces me asfixiaré porque te veré en todas partes, me tendría que marchar.

¿Te ha cambiado en algún sentido, expresarte de manera literaria con una novela?

Más que cambiarme me ha salvado. No ha cambiado para nada mi manera de escribir, porque me sigo enfrentando a la creación literaria como una tabla de salvación. Cuando no lo haga así lo estaré haciendo mal. Si llegara un día en el que escribiera por dinero, y no significa que no lo vaya a hacer, seguramente me estaría equivocando. No escribiría igual. Y para mí, escribir bien es hacerlo como lo hago, aunque entiendo que pueda haber gente a la que no le guste lo que escribo, por supuesto. Pero tal y como lo hago es como me resulta útil. Se escribe porque se quiere transmitir algo a los lectores. Si la intención de lo que haces es otra ya está viciado de antemano. Crear es un acto de comunicación. Yo he volcado en la novela todo lo que no había dicho, contando una trola gigante.

* La clave está en Turgueniev. Marina Sanmartín.
Editorial Eutelequia (Madrid, 2012).

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