Marian Izaguirre

El amor que muchos escri­to­res sien­ten por los libros ha pro­pi­cia­do el naci­mien­to de pie­zas lite­ra­rias en las que éstos vuel­can sus inquie­tu­des hacien­do uso de his­to­rias, situa­cio­nes y per­so­na­jes impreg­na­dos de refe­ren­cias, y que mime­ti­zan la expe­rien­cia lec­to­ra de esos auto­res. Marian Iza­gui­rre ha con­se­gui­do con su nue­va obra, La vida cuan­do era nues­tra (Edi­to­rial Lumen, 2013) lle­var­nos de la mano para cono­cer a una serie de per­so­na­jes apa­sio­na­dos por la lec­tu­ra.

Madrid, 1951. Lola y Matías regen­tan, con apu­ros, una peque­ña libre­ría de vie­jo a la que se acer­ca una mis­te­rio­sa seño­ra ingle­sa, Ali­ce, quien enta­bla­rá amis­tad con Lola des­cu­brién­do­le un libro, «La chi­ca de los cabe­llos de lino» que devo­ra­rán jun­tas, tras­la­dán­do­se, uni­das a los pro­pios lec­to­res de la nove­la de Iza­gui­rre, a otro tiem­po, los pri­me­ros años del siglo XX, y a otros luga­res.

La vida cuan­do era nues­tra es una nove­la en la que resul­ta fácil entrar pero difí­cil salir. Entre otras cosas, por ese ini­cio flui­do y el cui­da­do con el que pre­sen­tas a sus pro­ta­go­nis­tas. ¿Comen­zar la his­to­ria es, para ti, lo más com­ple­jo?

Los comien­zos son com­ple­jos, sí. Tie­nes todo el vacío por delan­te. Pero tam­bién es uno de los momen­tos más esti­mu­lan­tes de la nove­la, cuan­do has de hacer­te ami­ga de esa gen­te que tie­nes en la cabe­za, no sabes cómo van a ser, dón­de viven, ni que per­so­na­li­dad tie­nen. Es como cuan­do cono­ces a alguien, toda la fase de des­cu­bri­mien­to es muy esti­mu­lan­te. Con los per­so­na­jes pasa igual. Siem­pre pro­cu­ro poner en mar­cha la nove­la en un sitio que no sea mi casa. De vaca­cio­nes, en una casa alqui­la­da…

¿Y eso?

No sé, estar fue­ra de casa me da sen­sa­ción de aler­ta. Los dos pri­me­ros capí­tu­los, el arran­que, empie­zan en algún sitio externo, ajeno a mi terri­to­rio. Una vez empe­za­da, el res­to de tra­ba­jo lo hago den­tro, en mi espa­cio.

A veces nos olvi­da­mos que detrás de una per­so­na que escri­be hay una per­so­na que lee. ¿Pode­mos encon­trar­te, como lec­to­ra, en alguno de los per­so­na­jes pro­ta­go­nis­tas de la nove­la? ¿Hay cone­xio­nes?

Según como lo mires, muchas. Y si apu­ra­mos con sin­ce­ri­dad, prác­ti­ca­men­te todas. Por ejem­plo, pue­do ser la niña que inter­cam­bia nove­li­tas román­ti­cas y del oes­te. Lo he sido algu­na vez. Me iden­ti­fi­co con esa niña que devo­ra lec­tu­ras. Los libros que leen los per­so­na­jes no son mis lec­tu­ras, las que me mar­ca­ron. Son las que a ellos, a cada uno con su vida y su reali­dad, les pue­den cua­drar. Res­pec­to a esas refe­ren­cias, son obras que leí hace tiem­po y he vuel­to a leer aho­ra, otras las he des­cu­bier­to a medi­da que escri­bía… Así que esa idea de des­cu­bri­mien­to tam­bién me la he podi­do apli­car al tiem­po que mis per­so­na­jes. Res­pec­to a los ofi­cios lite­ra­rios, no hay nin­guno que sea escri­tor, todos se mue­ven alre­de­dor. Uno es edi­tor, hay una tra­duc­to­ra, otra es una gran lec­to­ra…

¿Podría­mos reco­no­cer a Rose, el per­so­na­je del libro den­tro de la nove­la, como uno de esos mitos lite­ra­rios de tu pro­pia expe­rien­cia lec­to­ra?

No sé. Creo que Rose alber­ga en su peque­ño alma­cén de cosas per­so­na­les a muchos per­so­na­jes de la lite­ra­tu­ra. En ese alma­cén todos mete­mos cosas que nos lle­gan, no sólo por nues­tra expe­rien­cia vital, sino por las cosas que hemos leí­do, por las pelí­cu­las que hemos vis­to, por la infor­ma­ción que nos dan los demás, por la capa­ci­dad obser­va­do­ra. Inclu­so por nues­tras pro­pias fan­ta­sías no con­tras­ta­das en nin­gún otro sitio. En los per­so­na­jes se lle­gan a jun­tar tan­tas cosas exis­ten­tes e inexis­ten­tes… Para mí esas cosas tie­nen un sen­ti­do muy amplio, para los demás, sen­ti­dos más con­tex­tua­li­za­dos. Son per­so­na­jes hechos de todo lo que he alma­ce­na­do a lo lar­go de la vida.

Lola y Matías son entra­ña­bles y les has situa­do en un momen­to his­tó­ri­co que, aun­que no sea el hilo con­duc­tor, si nos per­mi­te enten­der­los como per­so­na­jes des­ubi­ca­dos. Como dice Matías en un pasa­je del libro, nece­si­tan que algo se sal­ga de su sitio.

Así es. Son per­de­do­res, y los per­de­do­res son gran­des pro­ta­go­nis­tas lite­ra­rios. Matías, ade­más, lo ha per­di­do todo menos la inte­gri­dad per­so­nal, la capa­ci­dad de ser él mis­mo en las situa­cio­nes menos afor­tu­na­das para ser­lo. Lola es más con­tra­dic­to­ria, tie­ne más pun­tos fla­cos, eso la hace más cer­ca­na y huma­na. Pero Matías es el per­so­na­je que la gen­te valo­ra como el ínte­gro. Inclu­so su pro­pia mujer.

Has encon­tra­do una fór­mu­la, que no es la pri­me­ra vez que uti­li­zas, en la que usas dife­ren­tes voces, varios hilos narra­ti­vos, pero que con­flu­yen, per­mi­ten que se pue­da seguir la his­to­ria no de una mane­ra lineal, más bien avan­zan­do hacia un des­tino.

Las voces las com­bino casi siem­pre. Tam­bién las his­to­rias den­tro de las his­to­rias. En este caso he dado un paso más. Lo com­pli­ca­do era con­ju­gar los tiem­pos. Es decir, hay dos per­so­na­jes, Ali­ce y Rose, con dos his­to­rias que se entre­cru­zan de tal mane­ra que el tiem­po de 1951 y el del pri­mer ter­cio del siglo XX, en París, en Nor­man­día, deben man­te­ner­se sepa­ra­dos por una fina raya aun­que todo el tiem­po pidan jun­tar­se. Esa ha sido la par­te más difí­cil. Los recuer­dos de Ali­ce mez­cla­dos con la lec­tu­ra del libro.

Son dos expe­rien­cias muy dife­ren­tes de dos gene­ra­cio­nes tam­bién dife­ren­tes.

Hay un línea muy fina que no pue­de rom­per­se. Ten­go cier­ta sol­tu­ra para mane­jar las voces, pero lo de los tiem­pos me ha cos­ta­do más.

Hay una invi­ta­ción al via­je a tra­vés de la lite­ra­tu­ra, en un momen­to en el que las fron­te­ras esta­ban cerra­das, no se podía via­jar por razo­nes polí­ti­cas y eco­nó­mi­cas. El poder abs­traer­se y via­jar median­te la lec­tu­ra le da un toque casi oní­ri­co, que es una de las vir­tu­des de la fic­ción, en gene­ral.

¿Sabes qué? La nove­la empie­za situán­do­se en 1951 y la ambien­ta­ción, la atmós­fe­ra, venía dada por esa fra­se de «el par­te», el noti­cia­rio habla­do, que es una fra­se real. Eso me lle­va­ba a que todas las esce­nas de esa épo­ca fue­ran en blan­co y negro, mode­lo NO-DO. Pero la nove­la pedía luz a toda cos­ta. La luz esta­ba en Nor­man­día, en París, en Ingla­te­rra, fue­ra de nues­tras fron­te­ras, inclu­so en otra épo­ca ante­rior, en la de entre­gue­rras, des­de la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial a la Gue­rra Civil espa­ño­la. Ese perio­do fue fecun­do, por­que des­pués de una gue­rra se inten­tan curar las heri­das, seguir ade­lan­te. Hay una explo­sión colec­ti­va de crea­ti­vi­dad artís­ti­ca. París en los ’20 fue algo que no se ha vuel­to a pro­du­cir. Todo esta­ba allí. Los escri­to­res, los pin­to­res, los músi­cos. Todo el mun­do. Esa crea­ti­vi­dad gene­ro­sa, la ener­gía des­bor­dan­te, con­vier­te el momen­to en un perio­do muy lumi­no­so.

Esa atmós­fe­ra que recreas en la nove­la vie­ne acom­pa­ña­da, en tu blog, con una invi­ta­ción a revi­vir­la a tra­vés de la músi­ca con dos auto­res como refe­ren­tes, Debussy y Satie. Es un buen acom­pa­ña­mien­to a la lec­tu­ra, se detec­ta una fusión narra­ti­va.

El libro que hay den­tro del libro se titu­la «La chi­ca de los cabe­llos de lino», que es tam­bién el de uno de los pre­lu­dios de Debussy. Si lo escu­chas pue­des visua­li­zar la épo­ca, está tan lleno de imá­ge­nes sien­do una músi­ca con­cep­tual… Ves esa épo­ca de las van­guar­dias, del impre­sio­nis­mo ya tar­dío. Hubie­ra pues­to a Ravel, tam­bién, pero ya abu­sé de él en mi ante­rior nove­la.

La vida cuando era nuestraHace un tiem­po, hablan­do con Jor­di Soler, me con­ta­ba sobre la ardua tarea que repre­sen­ta el ocul­tar las cos­tu­ras de la narra­ción.

Yo lo lla­mo la car­pin­te­ría [se ríe]. Y los sudo­res. He hecho muchos esfuer­zos con esta nove­la. Se tie­ne que pres­cin­dir de las cosas que en deter­mi­na­dos momen­tos son las más impor­tan­tes. Hay que hacer­se una isla en medio del tiem­po y pen­sar que no se pue­de hacer otra cosa más que tra­ba­jar. Pocas veces pue­des ver a nadie, no se pue­de salir, hay que dosi­fi­car las rela­cio­nes afec­ti­vas, en mi caso ver menos a mis hijos, a mis nie­tos y a mis padres. Es muy cos­to­so. Son horas de sue­ño que no tie­nes, horas de ocio que no dis­fru­tas. Pero las pul­sio­nes tie­nen una gra­ti­fi­ca­ción aña­di­da: ver que el esfuer­zo da buen resul­ta­do. Todos los sudo­res pro­cu­ro esca­mo­tear­los a la hora de la escri­tu­ra. Mi preo­cu­pa­ción era que no se nota­ra que estu­vie­ra al lími­te de mi capa­ci­dad de aguan­te. Inten­ta­ba escon­der los sudo­res y la car­pin­te­ría. Y ten­go la impre­sión de que la nove­la ha que­da­do gene­ro­sa para el lec­tor. Ten­go un lema que adop­té de Milan Kun­de­ra, quien dijo que las nove­las deben ser fáci­les de leer y difí­ci­les de enten­der. He que­ri­do que La vida cuan­do era nues­tra fue­ra una his­to­ria de lar­go reco­rri­do, que se pue­da releer. ¿Sabes esas veces que vas al cine y cuan­do sales y cami­nas un poco ya se te ha olvi­da­do lo que has vis­to? Pues mi volun­tad era evi­tar que ocu­rrie­ra eso.

Una de las cosas que más pue­den engan­char a los lec­to­res es que se tra­ta, tam­bién, de una nove­la sobre libros, sobre lite­ra­tu­ra. Y quien está habi­tua­do a dedi­car par­te de su tiem­po a leer tie­ne más fácil reco­no­cer las refe­ren­cias y sen­tir el víncu­lo con los per­so­na­jes.

Hay gui­ños, tam­bién. Y cameos. Intro­du­je a escri­to­res que apa­re­cen con otros nom­bres, pero iden­ti­fi­ca­bles. El lec­tor expe­ri­men­ta­do tie­ne el aña­di­do de inten­tar adi­vi­nar quién es quien. Un ami­go escri­tor me comen­tó que le hubie­ra encan­ta­do que toda la par­te de la épo­ca de París, de los escri­to­res, fue­ra más exten­sa. Pro­cu­ré no sobre­pa­sar los lími­tes, por­que muchos lec­to­res pue­den sen­tir­se abru­ma­dos al no acce­der a ese valor aña­di­do de reco­no­cer a per­so­na­jes de refe­ren­cia a tra­vés de datos o de algu­nas citas ocul­tas. Como lec­to­ra me divier­te.

Hay una base docu­men­tal, pero no has abu­sa­do de ella, algo que se agra­de­ce. Acom­pa­ña pero no inte­rrum­pes la narra­ción con infor­ma­ción ni la hace engo­rro­sa.

He pasa­do por esa vida de escri­to­ra. Cuan­do haces un esfuer­zo docu­men­tal muy gran­de, y yo lo hago siem­pre, pres­cin­dir de todo eso es tan cos­to­so que casi tie­nes la ten­ta­ción de poner­lo todo y lue­go ir qui­tan­do. Y con­se­guir qui­tar­lo, ser cons­cien­te de que no es impres­cin­di­ble, cues­ta. Se ve muy cla­ro con un ejem­plo, toman­do este libro: el tema de las Bri­ga­das Inter­na­cio­na­les. La nove­la esta­ba lle­gan­do a su final, veía que por exten­sión y por his­to­ria ya no podía alar­gar­se. Tenía una mon­ta­ña de infor­ma­ción sobre las Bri­ga­das Inter­na­cio­na­les, entre­vis­tas, foto­gra­fías, memo­rias, lis­ta­dos…, de todo. Y es que inter­net ayu­da mucho a acu­mu­lar. Depen­der de ir a una biblio­te­ca o a un archi­vo limi­ta y cuan­do recu­rres a ello vas direc­ta­men­te a lo que nece­si­tas. Bien. Pues tres de los per­so­na­jes «deci­den» irse a Gre­cia. Pen­sé «pero ¿qué hacéis en Gre­cia si va a esta­llar la Gue­rra Civil y tenéis que estar en Espa­ña? No vais a Gre­cia, las vaca­cio­nes las hacéis en Mallor­ca, que está más cer­ca». Los puse ahí de vaca­cio­nes y con­se­guí que el tema de las Bri­ga­das Inter­na­cio­na­les y la Gue­rra Civil, todo y que tie­nen una pre­sen­cia emo­cio­nal muy fuer­te, fue­ran como luces, frag­men­tos, recuer­dos. Da la impre­sión de cono­cer qué fue lo que hicie­ron, por­que es muy con­tun­den­te. El lec­tor se da per­fec­ta cuen­ta del por­qué, del cómo y de qué les pasó. Pero de tex­to ocu­pa muy poco espa­cio.

Siem­pre he pen­sa­do que hace más un peque­ño deta­lle emo­cio­nal que una expli­ca­ción exten­sa.

Tam­bién lo creo así. Las elip­sis son mági­cas. Depen­de de por dón­de te lle­ve el autor, pue­den resul­tar más ricas que la limi­ta­ción de un cam­po cerra­do con­cre­to. Si se inclu­yen refe­ren­cias pero con un espa­cio abier­to el lec­tor pue­de meter su pro­pia expe­rien­cia. Si el autor te diri­ge por un sen­de­ro dema­sia­do cerra­do no tie­nes capa­ci­dad de inter­ven­ción. Yo les digo a mis nie­tos que no vean mucho la tele por­que les roba las imá­ge­nes que tie­nen den­tro.

¿Qué hay en tu biblio­te­ca?

Al prin­ci­pio había un esfuer­zo tre­men­do. Leía de todo. Guar­da­ba dine­ro, muchas veces evi­ta­ba salir para aho­rrar y com­prar libros. Caía un libro en mis manos y era un teso­ro mági­co. Había afán, el mis­mo afán de cono­ci­mien­to que tie­nes cuan­do eres joven, de acu­mu­la­ción. Aho­ra es al con­tra­rio. Mi casa tam­bién es más redu­ci­da. No es una cues­tión prác­ti­ca, sino men­tal, de pos­tu­ra ante la vida, y quie­ro que mi biblio­te­ca con­ten­ga mis vie­jos libros que­ri­dos que están rotos, des­ho­ja­dos y que, segu­ra­men­te, si los abro se esquir­len. Estos los quie­ro expues­tos como si fue­ra una foto. Repre­sen­tan mi tiem­po de lec­tu­ra, mi tiem­po impor­tan­te. Tam­bién con­ser­vo los volú­me­nes que voy a poder usar de nue­vo. Y todo lo demás lo voy rega­lan­do, se lo doy a mis ami­gos, a per­so­nas que son bue­nos lec­to­res, no quie­ro ni un solo libro en mi biblio­te­ca que vaya a pasar vein­te años sin que nadie lo saque de allí. Todos los que pue­do los rega­lo. Por mi pro­fe­sión ten­go que com­prar muchos libros y no pue­do ni quie­ro que­dar­me con todos. Menos aún sabien­do que hay gen­te que no pue­de com­prar­los. Un ejem­plar debe tener más de un lec­tor.

Los libros que no se leen son libros muer­tos.

Total­men­te. Aho­ra, con la rece­sión eco­nó­mi­ca, ha aumen­ta­do el núme­ro de usua­rios de las biblio­te­cas. Com­pren­do que las per­so­nas que no tie­nen tra­ba­jo, o los jóve­nes que ape­nas cobran 600 euros no pue­dan per­mi­tir­se gas­tar 20 euros en un libro. Yo repar­to mis lec­tu­ras por don­de pue­do. Así es mi biblio­te­ca aho­ra. Públi­ca [se ríe].

¿Sue­les ron­dar por libre­rías de vie­jo?

No mucho, por­que casi todo lo que quie­ro está reedi­ta­do. No soy biblió­fi­la. Si tie­nes una pri­me­ra edi­ción de Baro­ja la guar­das como un teso­ro en un atril. Lo mis­mo que suce­de con un libro dedi­ca­do. Pero eso va en con­tra de lo que pien­so. No quie­ro libros que estén guar­da­dos. Me gus­ta que estén en fun­cio­na­mien­to, dan­do vuel­tas.

En 1999 publi­cas­te un volu­men de cuen­tos. ¿Has vuel­to al géne­ro, sigues escri­bien­do his­to­rias bre­ves?

Me han gus­ta­do los cuen­tos des­de siem­pre. No sé qué pasa en Espa­ña con el géne­ro, que per­ma­ne­ce en un segun­do plano, es una situa­ción que habrá que rever­tir en algún momen­to por­que me pare­ce injus­ta. En Espa­ña pare­ce que sólo se cele­bra la nove­la. El cuen­to es un géne­ro fan­tás­ti­co. Soy una entu­sias­ta. Aca­bo de leer un libro de Mar­ga­ret Atwood y me rati­fi­co en que los anglo­sa­jo­nes, en esto, son más sabios que noso­tros. Siem­pre he esta­do muy orgu­llo­sa de mis cuen­tos. La pro­pia reali­dad te va apar­tan­do de lo que quie­res hacer. Antes siem­pre escri­bía una nove­la jun­to con un libro de cuen­tos. Lue­go te encuen­tras con que con­se­guir publi­car libros de cuen­tos es diez veces más difí­cil. Todo eso hace que sigas la ruta de lo que los demás espe­ran de ti, es como cuan­do te vis­tes de deter­mi­na­da mane­ra y alguien te dice que vas muy gua­po, sien­tes que con esa ropa vas mejor y te la pones más a menu­do. Es inevi­ta­ble que la rela­ción con los demás te mar­que, así que si los lec­to­res piden nove­las se aca­ban escri­bien­do nove­las.

Aho­ra que hablas de las rela­cio­nes, La vida cuan­do era nues­tra, más allá de su lec­tu­ra, inci­ta a que los lec­to­res se rela­cio­nen y com­par­tan su expe­rien­cia.

Da mucho jue­go. En los encuen­tros y pre­sen­ta­cio­nes que hemos hecho has­ta aho­ra la gen­te me cuen­ta cosas muy boni­tas. Des­de la iden­ti­fi­ca­ción con alguno de los pro­ta­go­nis­tas, el aná­li­sis de situa­cio­nes con­cre­tas… Hay quien habla de los per­so­na­jes como si fue­ran reales. La inter­ac­ción con los lec­to­res es muy rica y te per­mi­te che­quear por dón­de ha ido la cosa. Todo lo que pasa con una nove­la cuan­do sale a la calle, lo que se reci­be a tra­vés de las impre­sio­nes de los lec­to­res sir­ve para la siguien­te nove­la, por­que ves el nivel de corrien­te que ha habi­do entre tú y ellos y se per­ci­be si la tie­nes que cui­dar con más esme­ro.

El títu­lo de la nove­la, si te que­das en él, pue­de repre­sen­tar el momen­to actual.

Hay quien me pre­gun­ta sobre esa posi­ble cone­xión. Pues sí, está tan conec­ta­da como que sale del aho­ra hacia atrás, se ha expor­ta­do de la cri­sis sal­va­je que esta­mos vivien­do al momen­to de la pos­gue­rra. Es una fra­se que me escri­bió una ami­ga en un chat y que podría salir por la boca de muchas per­so­nas de nues­tro país y de esta Euro­pa nues­tra.

* La vida cuan­do era nues­tra. Marian Iza­gui­rre.
Edi­to­rial Lumen (Bar­ce­lo­na, 2013).

SI TE GUSTÓ, ¡COMPÁRTELO!
Share on Facebook0Tweet about this on TwitterShare on Google+0Pin on Pinterest0Share on LinkedIn0Email this to someone