«Los turistas»

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Rui Díaz y Ana Sender han logrado dar forma a un relato ilustrado para mentes inquietas. Sin fisuras, con todas las virtudes aplicables a la perfección.

La capacidad de asombrar es una de las virtudes que más deberían valorarse al adentrarnos en los entresijos de cualquier obra literaria. El «asombro» como elemento narrativo mediante fórmulas conocidas —la evolución de los personajes y de las tramas, la identificación del lector con el narrador, incluso la metáfora aplicada como reflexión de la realidad, tan propia del cuento— no debe confundirse con «sorpresa», artificio este no siempre acertado que solemos relacionar, cuando hablamos de narrativa fallida, con trampa, o con falta de previsión por parte del autor al planificar el recorrido de la historia y de sus personajes.

En lo que respecta a eso que llamamos «asombro», Los turistas (El Verano del Cohete, 2013) es una pieza de orfebrería sin desperdicio. Un artefacto literario perfecto que no debería pasar desapercibido. Rui Díaz demuestra una capacidad poco común para conducir al lector por los pasillos de un orfanato en el que las figuras adultas —el director, el jardinero, la cocinera— han desaparecido de manera misteriosa —borradas, literalmente— quedando al cuidado de los niños huérfanos un personaje, «el Monstruo», que trastocará la rutina impuesta provocando que, como respuesta a su totalitarismo encubierto, germine la revolución.

Los turistas. CubiertaLas tres bisagras que permiten el encaje modélico de las piezas están bien engrasadas, y Rui Díaz ha debido utilizar un buen aceite, esparcido con paciencia para que el relato no chirríe por ningún sitio:

La primera corresponde a la ubicación: un espacio cerrado, incomunicado por la nieve, que posibilita mover a los personajes en un microcosmos particular, disciplinar y repleto de espacios compartidos en los que la individualidad brilla por su ausencia —el comedor comunitario, el dormitorio comunitario, los baños comunitarios, el patio comunitario—. Son escenarios de control utilizados por el Monstruo para manejar a su antojo a los niños mediante…

… la segunda bisagra, los cuentos que narra a viva voz con el fin de atrapar la atención e, incluso, bloquear sus mentes. El recurso de los cuentos clásicos es una vía para que el autor reflexione sobre la naturaleza e interpretación de las historias («los cuentos son seres vivos»), o su utilización como subterfugio para evadirse de la realidad («mucha gente es turista de su propia vida»), o el sello indeleble que dejan algunos al remarcar el sentimiento de pérdida —y al respecto, Díaz se permite realizar una proeza creativa—, sin olvidar los efectos que producen si se utilizan con intención de manipular —el cuento del tigre y el pájaro, con el posterior efecto en los niños, es un buen ejemplo de este argumento—. Lo que nos lleva al…

Los «niños lobo», ilustración de Ana Sender.

Los «niños lobo», ilustración de Ana Sender.

… tercer engarce, que sería consecuencia del segundo: desde la ficción en la que se pretende que vivan los niños del orfanato, sometidos a las nuevas obligaciones impuestas por el Monstruo —orden, limpieza desmedida, control y ausencia de influencias exteriores—, nos acercamos a la huida que ocasiona el despertar de las conciencias: «¿Era mejor ser infeliz en la verdad que ser feliz en una mentira?», se pregunta el narrador, reflexionando sobre la despreocupación de sus compañeros por el bien común. El lector choca ante una realidad en la que la metáfora reina por encima de cualquier otro recurso: ¿no es un reflejo de nuestro tiempo que el Monstruo elimine partes anatómicas de los personajes? Pies, barrigas, orejas, genitales, ojos. Impedir el movimiento, el sexo, causar hambre, sordera, ceguera… No hay que rascar mucho para equiparar estas ausencias vitales y sensoriales a las que buscan los poderes totalitarios -y especialmente, también, los fácticos- para ejercer el control de la población. La dependencia resultante nos hace vivir en una falsa libertad, manifestada y resuelta en la parte final del libro cuando, al fin, las conciencias se rebelan, aullando. Brutal y maravilloso despertar que concluye en una vuelta de tuerca impecable, quizás ya intuida previamente entre las páginas del libro pero muy bien ocultada en los pasillos del orfanato, que no dejan de ser los de la mente del narrador.

Acompañan al texto de Rui Díaz las preciosas e inquietantes ilustraciones a lápiz de Ana Sender, un refuerzo visual que, como debe ser, remarca la narración y hace de la experiencia una suma indivisible.

* Los turistas. Rui Díaz.
Ilustraciones de Ana Sender.
El Verano del Cohete (Badajoz, 2013).

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