Lorenzo Silva

Loren­zo Sil­va (Madrid, 1966) ha logra­do man­te­ner la aten­ción de muchos segui­do­res a tra­vés de sus nove­las y rela­tos. Cono­ci­do por su serie poli­cía­ca pro­ta­go­ni­za­da por los Guar­dias Civi­les Bevi­lac­qua y Cha­mo­rro, Sil­va ha com­pa­gi­na­do el géne­ro que le lan­zó a la popu­la­ri­dad con otras obras, como la juve­nil Tri­lo­gía Geta­fe o la dedi­ca­da a Marrue­cos, en la que amplía su mira­da hacia el lado amar­go de la His­to­ria polí­ti­ca y mili­tar de nues­tro país.

En la fic­ción Niños fero­ces (Edi­cio­nes Des­tino, 2011) cono­ce­re­mos la his­to­ria de Jor­ge Gar­cía Valle­jo, mili­tar que for­mó par­te de la Divi­sión Azul y, pos­te­rior­men­te, se alis­tó en las SS. Lo hare­mos a tra­vés de dos «Láza­ros»: Un pro­fe­sor que impar­te talle­res de escri­tu­ra y su alumno, a quien ani­ma a sumer­gir­se en la vida del sol­da­do. El joven se enfren­ta­rá a la misión inves­ti­gan­do el pasa­do y su pro­pio pre­sen­te, man­te­nien­do un tour de for­ce con el pro­ce­so de escritura.

Ha sido una feliz coin­ci­den­cia la sali­da de tu libro con la de HHhH, de Lau­rent Binet. Ambas nove­las com­par­ten la inquie­tud del escri­tor ante el mane­jo de la his­to­ria y de la infor­ma­ción con la que han de tra­ba­jar. Inclu­so es curio­so que los dos os lla­méis igual.

Pues no había caí­do. Me lo envia­ron en fran­cés y lo hojeé por­que me intere­sa­ba el tema de Hey­drich, pero pre­ci­sa­men­te, mien­tras escri­bía Niños fero­ces, he pro­cu­ra­do no leer nove­las de nazis, me he cen­tra­do en la lec­tu­ra de docu­men­ta­ción. Es uno de los libros que ten­go pen­dien­tes. La téc­ni­ca de Binet no me sor­pren­de nada por­que, a ver, ¿cómo haces una nove­la de nazis, «en direc­to»? ¿Con qué vas a com­pe­tir, con El hun­di­mien­to? ¿Con Sven Has­sel? ¿Con los libros de Haza­ñas Béli­cas? ¿Con La cruz de hie­rro de Pec­kin­pah? ¿Con las pelí­cu­las de los rusos? Es muy difí­cil hacer, lite­ral­men­te, una his­to­ria sobre nazis. Está todo dicho, muy con­ta­do. Tie­nes que bus­car la mane­ra de dar­le una vuel­ta que per­mi­ta ver­la con los ojos lim­pios. El arti­fi­cio de Láza­ro en mi nove­la vie­ne bien para eso: «Yo ya no ten­go los ojos lim­pios. Me pon­go en la piel de alguien que los ten­ga, un chi­co de vein­ti­po­cos años, sin un espe­cial inte­rés por la his­to­ria mili­tar ni por el nazis­mo. Alguien para quien un sol­da­do de la Divi­sión Azul sea un mar­ciano». Este joven ten­drá que des­cu­brir e inten­tar expli­car­se. Hay un capí­tu­lo del libro, que con­si­de­ro muy impor­tan­te, en el que se expli­ca lo que eran las SS. La gen­te no sabe lo que son, la can­ti­dad de cosas que entra­ban ahí. Y den­tro de las SS me intere­sa­ba iden­ti­fi­car muy bien en qué nego­cia­do esta­ban meti­das, por­que era un Esta­do para­le­lo que se mon­tó en Ale­ma­nia. El per­so­na­je que lo tie­ne que des­cu­brir me per­mi­te sol­ven­tar la cues­tión. Si te fijas, las nove­las de nazis se hacen para enten­di­dos. De repen­te te hablan del «Ober­grup­pen­füh­rer nose­cuan­tos». Bueno, pues la gen­te tie­ne que saber que «Ober­grup­pen­füh­rer» es Gene­ral de Divi­sión y no un gru­po de letras que se mon­tan unas enci­ma de otras. Que­ría repre­sen­tar esa sen­si­bi­li­dad, acer­car la his­to­ria des­de fuera.

Láza­ro repre­sen­ta al autor pero tam­bién al lector.

Sí, tam­bién al lec­tor. Una cosa que está muy pre­sen­te en la nove­la es el pro­ce­so, no tan­to de docu­men­ta­ción, que tam­bién, sino de la infor­ma­ción late­ral para enten­der. La docu­men­ta­ción es cla­ra. Si se tra­ta de Ruma­nía y la bata­lla de los Cár­pa­tos, el per­so­na­je empie­za a mirar lo que hay. Pero me ape­te­cía más el inte­rés hacia, por ejem­plo, cómo se movía el tipo des­de Port­bou a Ver­sa­lles, lue­go a Pru­sia, Vie­na, Ruma­nía… ¡Es un porrón de kiló­me­tros! Hay que expli­car qué tra­mos hace en tren, andan­do, en un carro de caba­llos… O las citas que hay de Haff­ner, de Ben­ja­min, de Grass, gen­te que te cuen­ta cuál era el esta­do de con­cien­cia en Euro­pa y, par­ti­cu­lar­men­te, en Ale­ma­nia en el momen­to en el que ocu­rren todas estas cosas. El esta­do de con­cien­cia en el que se mue­ve esta gen­te. Y ade­más como extran­je­ros, per­ci­bien­do reta­zos, por­que no sabían ale­mán y obe­de­cían órde­nes que ni enten­dían. Me intere­sa­ban más estos aspec­tos que hacer la nove­la gue­rre­ra, con bata­llas, que las hay, pero las justas.

Jor­ge Gar­cía Valle­jo es un per­so­na­je que pro­vo­ca la refle­xión sobre lo que debe­mos enten­der por un héroe de gue­rra y los obje­ti­vos del indi­vi­duo como pie­za de un esta­men­to como el ejercito.

Tie­ne un idea­rio muy com­pli­ca­do y diver­so. Jor­ge empie­za sien­do un borre­go, un ton­to útil. Es uno de los muchos espa­ño­les jóve­nes que tie­nen una cuen­ta fami­liar pen­dien­te que les gene­ra un resen­ti­mien­to. Y alguien que uti­li­za ese resen­ti­mien­to dán­do­le una for­ma ideo­ló­gi­ca y lo con­vier­te en un ele­men­to tác­ti­co. A Fran­co no le intere­só entrar en la II Gue­rra Mun­dial pero sí poner­le a Hitler cua­ren­ta mil espa­ño­les en Rusia para decir­le «igual que tú me pusis­te los avio­nes en el ’36 para que yo pasa­ra de Áfri­ca a Sevi­lla, aho­ra te colo­co cua­ren­ta mil sol­da­dos, te ayu­do y nos lle­va­mos bien». Y Jor­ge, este pobre cha­val, es un peón usa­do, por su ofus­ca­ción, para par­ti­ci­par en esto. Tres años des­pués es todo lo con­tra­rio de un borre­go. Se con­vier­te en rebel­de. Cuan­do le dicen que Espa­ña se reti­ra y los ale­ma­nes ya no intere­san, se pasa al ban­do ale­mán. Y lo hace solo, cru­zan­do la fron­te­ra. Per­ma­nen­te­men­te irá vivien­do cosas que, por una par­te, se obli­ga a asu­mir y a sopor­tar por­que su fer­vor anti­co­mu­nis­ta le exi­ge un sacri­fi­cio pero, a par­tir de cier­to momen­to, empie­za a ver cosas que no pue­de acep­tar. No pue­de acep­tar un país en el que ahor­can a la gen­te en las faro­las y don­de los niños están defen­dien­do las calles de los tan­ques. Está en medio de todo eso, solo, lejos de su país, y debe tomar una deci­sión que, al final, casi deja en manos de otros por­que es inca­paz de tomar la ini­cia­ti­va de mar­char­se. Y entre medias, valor y mie­do en per­ma­nen­te conflicto.

Hay otro aspec­to que me intere­sa mucho que es el de la lar­ga memo­ria. No lle­gué a cono­cer­los pero hubo varios miem­bros espa­ño­les de las SS que sobre­vi­vie­ron. ¡Y lle­ga­ron a nona­ge­na­rios! Ima­gi­na a alguien que vive cin­cuen­ta años des­pués del ’45 con toda la infor­ma­ción que hay sobre el Holo­caus­to, sobre Núrem­berg… Hay algo que me pare­ce estre­me­ce­dor: Vie­ron caer el muro. Esos hom­bres que tra­ta­ron de defen­der Ber­lín de los rusos infruc­tuo­sa­men­te, vivie­ron lo sufi­cien­te para ver caer el muro y cómo expul­sa­ban a los rusos. ¡Menu­do via­je tan exten­so, tan inten­so y tan para­dó­ji­co! Recuer­do que cuan­do cayó el muro esta­ba en Madrid y en mi ofi­ci­na había un ale­mán muy joven. Y la per­cep­ción del acon­te­ci­mien­to que tenía este cha­val era muy dife­ren­te de la nues­tra. Me dijo: «Hoy a ter­mi­na­do la II Gue­rra Mun­dial». O sea que los ale­ma­nes la habían man­te­ni­do abier­ta, al menos men­tal­men­te, por­que no solo les habían derro­ta­do, tam­bién sufrie­ron la humi­lla­ción con­ti­nua con la capi­tal raja­da por la mitad. Pen­sé en esto al tra­ba­jar con el per­so­na­je: Ven­ci­do, humi­lla­do, demo­ni­za­do… y de repen­te, el enemi­go al que com­ba­te pasa a ser el enemi­go de todos, se derrum­ba el muro… Hay una serie de cosas que no eran fáci­les de argu­men­tar y que tenía que nove­lar para encar­nar­las en un per­so­na­je y dejar al lec­tor que com­par­tie­ra esa incer­ti­dum­bre. Por supues­to, no sim­pa­ti­za­rás con el nazis­mo ni enten­de­rás a estos espa­ño­les que lucha­ron con las SS. Pero una vez lo tie­nes cla­ro, no estás ante mer­ce­na­rios, juga­do­res de ven­ta­ja o gen­te que se bene­fi­cia­ra de la situa­ción. La mayo­ría pagó un pre­cio altí­si­mo. De todos, vol­vie­ron cin­co o seis.

Lo de la lar­ga memo­ria es muy intere­san­te tra­tán­do­se de sen­ti­mien­tos encon­tra­dos. Como decías, la caí­da del muro de Ber­lín per­mi­te que nos sitúes en ese momen­to de 1989 con el pri­mer encuen­tro entre Jor­ge y el pro­fe­sor para com­pren­der la expe­rien­cia del vete­rano de guerra.

Cla­ro, es que Jor­ge, a pesar de su edad, aún pue­de plan­tar cara y habla a Láza­ro con cier­to brío, sin achi­car­se. Cuan­do le dice que ha sido ofi­cial de las SS lo hace sin aver­gon­zar­se y asu­mien­do su cul­pa. Que­ría resal­tar que la gen­te que se reman­ga y se man­cha las manos es mucho más dig­na en la abso­lu­ción de la cul­pa que quie­nes orde­nan que otros se reman­guen por ellos. Hay unos ejem­plos al final del libro que pue­den pare­cer un poco lace­ran­tes, pero si lees a Speer y a Tony Blair ves al mis­mo tipo de hom­bre bri­llan­te, pre­pa­ra­do, con alter­na­ti­vas, con posi­bi­li­da­des, que aca­ba sir­vien­do a una empre­sa dis­pa­ra­ta­da que cues­ta la vida a un mon­tón de per­so­nas y que en su momen­to final, en lugar de tener la gallar­día de acep­tar el error, de pedir per­dón y asu­mir la cul­pa, dice que cual­quie­ra hubie­ra hecho lo mis­mo. Sober­bia has­ta el final.

ninosferoces«Lo que nos per­mi­te una his­to­ria es obser­var ana­lo­gías y seña­lar con­tras­tes». Esta fra­se del final del libro defi­ne muy bien el tra­ba­jo de Láza­ro duran­te todo su pro­ce­so de aná­li­sis de la información.

Sí, inclu­so con los pasa­dos para­le­los. En esos años de con­flic­to béli­co podías pen­sar que la His­to­ria te arras­tra­ba. Bueno, o no. Todo el rela­to deta­lla­do de los impli­ca­dos en la con­ju­ra del gol­pe con­tra Hitler en julio de 1944 ejem­pli­fi­ca que la His­to­ria se esta­ba arras­tran­do igual pero ellos deci­die­ron plan­tar­se en medio y sacri­fi­car­se. ¿Cómo que­da esta­ble­ci­do el valor moral de ese sacri­fi­cio com­pa­ra­do con el de los ale­ma­nes que no asu­mie­ron nin­guno? El con­tras­te lo deja cla­rí­si­mo. Si com­pa­ra­mos con toda la ayu­da que reci­bió la Resis­ten­cia en Fran­cia, que me pare­ce una lucha dig­ní­si­ma, es mucho más heroi­co estar solo en mitad de Ale­ma­nia y tener que ir con­tra tu pro­pia gen­te en mino­ría abso­lu­ta y con una posi­bi­li­dad entre mil de triunfar.

¿La situa­ción por la que pasa­ron los com­ba­tien­tes de la Divi­sión Azul cuan­do regre­sa­ron a Espa­ña en el ’43, con un país des­co­nec­ta­do de lo que esta­ba suce­dien­do y que pro­vo­có que vol­vie­ran a mar­char, afec­tó a muchos soldados?

A unos pocos cien­tos, nun­ca sabre­mos la cifra. Empe­za­ron a ir a la emba­ja­da ale­ma­na y les dije­ron que no podían hacer nada por­que tenían que man­te­ner las rela­cio­nes y que si pasa­ban la fron­te­ra habría gen­te espe­rán­do­les. Segu­ro que habría afec­ta­do a más gen­te si no se hubie­ra teni­do que cru­zar la fron­te­ra como se hizo. Pero es una situa­ción que se repi­te una y otra vez. Cuan­do regre­sa­ron los de la Divi­sión Azul no tenían ni médi­co. El que era mili­tar antes de mar­char regre­só como tal, le aten­dían en los hos­pi­ta­les mili­ta­res y se rein­cor­po­ra­ba a su vida nor­mal. Pero a los que eran civi­les antes de alis­tar­se, al lle­gar a Madrid les dije­ron «Bueno, ya está. Has esta­do quin­ce meses en Rusia, te licen­cias, vuel­ves a ser civil y el bala­zo que traes en la barri­ga te lo curas tú». Y en los años 40 en Espa­ña no había sani­dad públi­ca. Cuan­do mar­cha­ron les des­pi­die­ron con fan­fa­rrias y al regre­sar no les die­ron ni médi­co. Nadie quie­re a los sol­da­dos que vuel­ven de una gue­rra que ha sali­do mal. Nadie qui­so a los de Cuba. Ni a los de Viet­nam. Con los de Irak hubo un man­to de silen­cio abso­lu­to. Había gen­te con el pecho lleno de meda­llas por haber lle­ga­do tem­prano todos los días y otros con diez, quin­ce, trein­ta accio­nes de gue­rra, arries­gan­do su vida y sin nin­gún reconocimiento.

Niños fero­ces es tam­bién un home­na­je a la literatura.

Y a una con­cep­ción de la lite­ra­tu­ra. Y al difí­cil magis­te­rio de la lite­ra­tu­ra. Como escri­tor soy total­men­te auto­di­dac­ta y creo mucho en ese camino, lo que no quie­re decir que quie­nes lo toma­mos no ten­ga­mos maes­tros. Qui­zás no se reci­be el cono­ci­mien­to en un pupi­tre o en el aula, pero se adquie­re. Ade­más creo que un escri­tor se defi­ne a tra­vés de sus maes­tros. En el libro están muchos de los auto­res a los que con­si­de­ro como tales. A otros les con­si­de­ro el méri­to obje­ti­vo aun­que no for­man par­te de mi «pro­fe­so­ra­do». Es lo que me suce­de con Bor­ges, uno de los más gran­des escri­to­res en len­gua cas­te­lla­na pero que no repre­sen­ta al lado del mun­do en el que estoy. Kaf­ka sí. A él sí le reco­noz­co como maestro.

Vol­vien­do a ese Láza­ro joven que, como decías al prin­ci­pio, se enfren­ta a los hechos con la mira­da lim­pia y sin fil­tros, ¿has recu­pe­ra­do con él ese «yo» de los ini­cios, tus pri­me­ras expe­rien­cias como escritor?

Un poco sí. En esta nove­la había muchas cues­tio­nes cru­cia­les y que­ría escri­bir­la sacu­dién­do­me la mayor can­ti­dad posi­ble de con­chas y de resa­bios que pue­da haber ido acu­mu­lan­do por el camino. El per­so­na­je ha sido pro­vi­den­cial para eso. Lo hice hones­to con el lec­tor y tam­bién con­si­go mis­mo en sus limi­ta­cio­nes. Y mos­tran­do el con­flic­to fun­da­men­tal del crea­dor, del que se habla poco por­que pare­ce que no luce: El tener fe en sí mis­mo. Es rela­ti­va­men­te fácil tener fe en cual­quier cosa que esté fue­ra, ya sea Buda, Alá o el can­tan­te de Nir­va­na. Y tie­nes fe por­que no le cono­ces, te ofre­ce más lagu­nas que cer­te­zas. Pero de ti mis­mo lo sabes todo. No es que sepas de qué pie cojeas, sino que sabes cuán­to cojeas de cada pie. Y el crea­dor tie­ne que creer en sí mis­mo a pesar de sus fla­que­zas, de sus insu­fi­cien­cias, de sus lagu­nas y de sus caren­cias. Así es como toma con­cien­cia abso­lu­ta de lo que le fal­ta, de lo que tie­ne… Láza­ro mues­tra un reper­to­rio de todas las razo­nes por las que no debe­ría escri­bir la nove­la por­que no está capa­ci­ta­do. De ahí es des­de don­de con­si­gue encon­trar la fe en su tra­ba­jo para hacerlo.

Muchos escri­to­res se sen­ti­rán iden­ti­fi­ca­dos con él.

Estos días estoy hablan­do sobre el libro con gen­te muy joven que está empe­zan­do a bus­car su voz lite­ra­ria. Ese era uno de los desafíos. Con­fie­so que para esta nove­la, y no es nin­gún secre­to que quie­ra man­te­ner, he teni­do un ase­sor per­ma­nen­te que es un «Láza­ro», un cha­val de vein­ti­trés años con quien hablé lar­ga­men­te antes de empe­zar a escri­bir, ha ido leyén­do­la al tiem­po que yo avan­za­ba con ella y era casi mi ase­sor prin­ci­pal. Tuve un inte­rés espe­cial en que, en la medi­da limi­ta­da en que un per­so­na­je pue­da hacer­lo, repre­sen­ta­ra a su generación.

La nove­la aca­ba el 11 de julio de este año, vís­pe­ra del levan­ta­mien­to de la acam­pa­da de la Puer­ta del Sol de Madrid. No pudo ser algo pre­me­di­ta­do, por­que comen­zas­te a escri­bir­la antes de la pri­me­ra mani­fes­ta­ción del 15M, pero ¿tenías cla­ro que que­rías refle­jar la situa­ción actual en España?

Sí, que­ría narrar el momen­to por el que esta­mos pasan­do, con una inten­si­dad que no cono­cía a prio­ri. Lo que pre­ten­día mos­trar es que, cuan­do una per­so­na está escri­bien­do, pasan cosas a su alre­de­dor que influ­yen en lo que está crean­do. Pero en pleno pro­ce­so comen­za­ron a suce­der un mon­tón de cosas que eran abso­lu­ta­men­te per­ti­nen­tes para el libro. Pri­me­ro se mue­re Ernes­to Saba­to, al día siguien­te matan a Bin Laden, el hom­bre deto­nan­te de la gue­rra del siglo XXI (en defi­ni­ti­va esta es una nove­la sobre cómo el siglo XX ha veni­do mar­ca­do por la gue­rra. Y esta­mos en el XXI, arras­tran­do esa mar­ca. Lle­va­mos diez años en gue­rra, des­de el 11 de sep­tiem­bre de 2001). Lue­go murió Jor­ge Sem­prún, que fue un niño feroz del otro ban­do. De cuan­do fue a Buchen­wald, Sem­prún cuen­ta una ima­gen que es casi répli­ca de otra que hay en el libro, la del niño con el lan­za­gra­na­das. Y final­men­te lle­ga el 15M, momen­to en el que esta­ba ter­mi­nan­do la nove­la. Escri­bía sobre la juven­tud mani­pu­la­da que se rebe­la, de Wal­ter Ben­ja­min rom­pien­do con su maes­tro cuan­do éste se con­vier­te en un pro­pa­gan­dis­ta mili­ta­ris­ta lla­man­do a los jóve­nes ale­ma­nes para que empu­ñen las armas y me encuen­tro con este movi­mien­to inter­ge­ne­ra­cio­nal pero con un peso impor­tan­te de juven­tud, una espe­cie de cana­li­za­ción del des­con­ten­to juve­nil. Y enci­ma me voy a Sol un día y tro­pie­zo con una ima­gen de Himm­ler cari­ca­tu­ri­za­do con unas ore­jas de Mic­key Mou­se y el sím­bo­lo del euro en lugar de la cala­ve­ra. Todo esto debía entrar en la nove­la. Y tenía que hacer que el narra­dor, que ha sido capaz de lo que le pare­cía impo­si­ble, que era con­tar la his­to­ria de un miem­bro de las SS sin estar dicien­do todo el rato «qué malo es este tío», toma­ra cier­to dis­tan­cia­mien­to de su pro­pia gene­ra­ción. Esto lo comen­té con mi ase­sor vein­tea­ñe­ro, quien tam­bién sen­tía esta zozo­bra al pen­sar que sí, habían cosas que esta­ban bien en el movi­mien­to, pero no fal­ta­ban muchas ton­te­rías. Qui­sie­ra entu­sias­mar­me más con todo esto pero de repen­te apa­re­ce alguien dicién­do­me que hay que hacer­se vege­ta­riano y no entien­do la rela­ción con lo que se está demandando.

Como en otras de tus obras remi­tes a otras que com­ple­men­tan la lec­tu­ra, invi­tas a ese enri­que­ci­mien­to cul­tu­ral que no deli­mi­ta la his­to­ria a un úni­co volumen.

Es el gus­to de com­par­tir lo que me ha resul­ta­do enri­que­ce­dor y en el caso de las nove­las his­tó­ri­cas hay algo con lo que me estoy vol­vien­do maniá­ti­co: Quie­ro que el lec­tor ten­ga cla­ro qué es lo que me he inven­ta­do y qué obe­de­ce a una reali­dad his­tó­ri­ca. Ha lle­ga­do a poner­me ner­vio­so leer libros don­de el autor empie­za a meter en la coc­te­le­ra reali­dad y fic­ción sin dis­tin­guir nada, jugan­do a que el lec­tor crea lo que no es. Me pare­ce des­leal. Deta­llo las fuen­tes docu­men­ta­les y reco­mien­do lec­tu­ras por­que entien­do que qui­zás haya gen­te a la que no le intere­se todo lo que expli­co pero sí algu­nos deta­lles o personajes.

Has sido de los pri­me­ros auto­res en Espa­ña en hacer inter­ac­ción con los lec­to­res a tra­vés de inter­net. Ima­gino que ya habrás comen­za­do a reci­bir inputs.

Uno de los pro­ble­mas de estos tiem­pos terri­bles, como decía Sil­vio Rodrí­guez, es el siguien­te (me ense­ña su iPho­ne). Por ejem­plo, este fin de sema­na (entra en su per­fil de face­book y comen­za­mos a leer men­sa­jes de lec­to­res que le ofre­cen infor­ma­ción sobre fami­lia­res o his­to­rias rela­cio­na­das con per­so­nas vete­ra­nas de gue­rra). Lle­gan estos men­sa­jes con una inme­dia­tez tre­men­da, a los pocos días de salir el libro a la ven­ta. Lo valo­ro mucho. No me sumo al depor­te nacio­nal de decir que todos los crí­ti­cos son unos ven­di­dos. Los crí­ti­cos son como los bom­be­ros, los psi­co­te­ra­peu­tas o los repos­te­ros. En gene­ral me he encon­tra­do a gen­te que lee bas­tan­te bien y me ha sido muy útil a lo lar­go de mi carre­ra. Te podría dar una lis­ta de media doce­na de crí­ti­cos que no siem­pre me han deja­do en buen lugar, no pen­se­mos que esto es un pas­te­leo. Pero, con todos los res­pe­tos, a lo que leo en cual­quier crí­ti­ca le con­ce­do un valor, a veces, rela­ti­vo. Encuen­tras que lo que no aprue­ba un crí­ti­co es jus­ta­men­te lo que diez per­so­nas anó­ni­mas te dicen que les ha gus­ta­do. En esta nove­la han sur­gi­do algu­nas reser­vas sobre si el joven es dema­sia­do cul­to, dema­sia­do libres­co para ser creí­ble por­que, por ejem­plo, uti­li­za en una fra­se sobre Torren­te Balles­ter las pala­bras «plu­mí­fe­ro» y «tri­buno». Creo yo que si alguien ha leí­do tres mil libros, como mi per­so­na­je, por supues­to que cono­ce­rá el sig­ni­fi­ca­do de esas pala­bras. Bueno, conoz­co a cha­va­les así. No son los que hacen cola en Kapi­tal todos los sába­dos, pero exis­ten. Y curio­sa­men­te lo que más me ha lle­ga­do han sido men­sa­jes de jóve­nes iden­ti­fi­cán­do­se con Láza­ro. Una vez me cri­ti­ca­ron una nove­la de Bevi­lac­qua por­que sabía inglés y el crí­ti­co afir­ma­ba que era poco creí­ble que un Guar­dia Civil enten­die­ra el inglés. Ricar­do Sena­bre, a quien res­pe­to muchí­si­mo por lo que repre­sen­ta como pro­fe­sio­nal de la crí­ti­ca y por defen­der a gen­te des­co­no­ci­da, algo difí­cil de encon­trar en este país, me puso por las nubes La fla­que­za del bol­che­vi­que, pero escri­bió que no era creí­ble que un eje­cu­ti­vo de un ban­co de inver­sio­nes hubie­ra esta­do pre­pa­ran­do un doc­to­ra­do de filo­so­fía. ¡Esa nove­la es una fan­ta­sía calen­tu­rien­ta en un 95% y, pre­ci­sa­men­te, lo que cita­ba Sena­bre era una de las cosas que per­te­ne­cían al 5% real! El con­tac­to direc­to con los lec­to­res hace ver en pers­pec­ti­va que, en reali­dad, no pasa nada si no conec­tas con la crí­ti­ca. Me encan­ta­ría que mis obras lle­ga­rán a todo el mun­do inte­lec­tual, pero entien­do que es total­men­te impo­si­ble por­que cada libro tie­ne su lector.

Foto­gra­fía de Loren­zo Sil­va: Joan Tomás.

* Niños fero­ces. Loren­zo Silva.
Edi­cio­nes Des­tino (Bar­ce­lo­na, 2011).

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