Juan Francisco Ferrándiz

Con La lla­ma de la sabi­du­ría, ter­ce­ra nove­la de Juan Fran­cis­co Ferrán­diz (Cocen­tai­na, 1971), vol­ve­mos a con­fir­mar la bue­na salud de la nove­la his­tó­ri­ca en Espa­ña, géne­ro en el que aún hay mucho terri­to­rio por explo­rar. En esta nue­va obra de Ferrán­diz la acción se sitúa en la Valen­cia de fina­les del siglo XV, tiem­po glo­rio­so de las letras valen­cia­nas, de tras­cen­den­ta­les corrien­tes huma­nís­ti­cas, de influen­cia polí­ti­ca y comer­cial, aun con la Inqui­si­ción fas­ti­dian­do. Tam­bién es épo­ca de cam­bios a los que no debe­rían ser aje­nos las muje­res. Sin embar­go, como vere­mos al aden­trar­nos en las pági­nas del libro, no lo ten­drán nada fácil. El Reino sigue sien­do, cómo no, un patriar­ca­do. Ire­ne Bell­vent, quien al morir su padre inten­ta­rá man­te­ner­se al fren­te del hos­pi­tal here­da­do, se las verá con el peso de una socie­dad que aún no pare­ce estar pre­pa­ra­da para per­mi­tir que una mujer pue­da actuar libre­men­te sin cum­plir cier­tas con­di­cio­nes lega­les, rele­ga­da a per­ma­ne­cer un esca­lón por deba­jo de los hom­bres. Pero este es tan solo el pun­to de par­ti­da de una his­to­ria en la que se ocul­tan muchas otras que se van des­cu­brien­do, al tiem­po que se nos ilus­tra sobre una reivin­di­ca­ción del géne­ro feme­nino ya pre­sen­te des­de tiem­pos ancestrales.

Com­pa­gi­nas tu labor como abo­ga­do con la de escri­tor. ¿Como sur­gió tu inte­rés por la escri­tu­ra y, en par­ti­cu­lar, por la nove­la histórica?

En este caso está rela­cio­na­do. Si te digo la ver­dad empe­cé a escri­bir la mis­ma sema­na en que comen­cé a tra­ba­jar. Soy lec­tor de todo tipo de nove­las, no espe­cial­men­te his­tó­ri­ca, y no sé si fue una mane­ra de com­pen­sar la ari­dez que impli­ca un tra­ba­jo como el de juris­ta, con el mane­jo del len­gua­je, los razo­na­mien­tos, las argu­men­ta­cio­nes lega­les, con el mun­do evo­ca­dor e ima­gi­na­rio que con­lle­va una escri­tu­ra de fic­ción. Fue una nece­si­dad men­tal de com­pen­sar. En cuan­to al géne­ro, me ha lla­ma­do siem­pre la aten­ción pero fue casua­li­dad que me decan­ta­ra por este. Bus­ca­ba ideas y la que sur­gió venía del pasa­do his­tó­ri­co. De ahí nacen las his­to­rias que he hecho. Qui­zás si la pri­me­ra hubie­ra sido negra, sobre un asun­to biza­rro, me hubie­ra decan­ta­do por el géne­ro policiaco.

¿Y cómo selec­cio­nas las his­to­rias, de dón­de salen?

Mi pro­ce­so es el de selec­ción natu­ral. Yo voy pen­san­do. Aho­ra cojo el tren a Valen­cia y se me pue­de ocu­rrir algo con cual­quier deta­lli­to. Lo que pasa es que la mayo­ría de las ideas que sur­gen mue­ren rápi­da­men­te por el camino. Sé que la his­to­ria que me lle­ga es para mí cuan­do esa noche no pue­do dor­mir dán­do­le vuel­tas. Siem­pre me ha pasa­do igual, con las tres nove­las. Y cuan­do ocu­rre soy cons­cien­te de que ten­go algo que explo­rar. Es posi­ble que no lle­gue a nada, pero esa noche en vela me moti­va a indagar.

Deduz­co que una de tus pasio­nes es la mito­lo­gía. En tu ante­rior nove­la, Las horas oscu­ras, recu­rris­te a la cel­ta, y en La lla­ma de la sabi­du­ría tie­ne espe­cial impor­tan­cia la greco-romana.

Se habla de mito­lo­gía como si se tra­ta­ra de cuen­tos del pasa­do para inter­pre­tar fenó­me­nos inex­pli­ca­bles, cuan­do real­men­te lo que se creó con ella fue­ron arque­ti­pos, inser­tán­do­los en gene­ra­cio­nes veni­de­ras y regu­lan­do la for­ma de pen­sar. La poten­cia de los mitos toda­vía mue­ve el mun­do. Por ejem­plo, hay gran­des pla­ta­for­mas de comu­ni­ca­ción que saben uti­li­zar­los median­te pelí­cu­las o series. Las niñas de once años quie­ren ser pops­tars. ¿Cómo se con­si­gue? Inser­tan­do mitos. Todo el mun­do tie­ne anhe­los de tras­cen­den­cia, de supera­ción, de hacer cosas para las que nos vemos inca­pa­ces, y los mitos nos ense­ñan esas posi­bi­li­da­des. La mito­lo­gía es lo que tene­mos más den­tro de nues­tra psi­que y lo que nos hace ser lo que somos. Como escri­tor me intere­sa tra­tar­la des­de dife­ren­tes pun­to de vista.

En La lla­ma de la sabi­du­ría nos aden­tra­mos en la Valen­cia del siglo XV, enton­ces puer­ta del Medi­te­rrá­neo debi­do a que Bar­ce­lo­na se encon­tra­ba en ple­na posguerra.

Veo Valen­cia como un esce­na­rio lite­ra­rio impre­sio­nan­te. Es cier­to que a nivel gene­ral pare­ce que las ciu­da­des don­de más se pue­den repre­sen­tar his­to­rias de todo tipo sean Madrid, Bar­ce­lo­na o Sevi­lla en el Siglo de Oro, pero Valen­cia es fas­ci­nan­te, sobre todo en esa épo­ca de esplen­dor a varios nive­les: el comer­cial; el de la lite­ra­tu­ra, con auto­res como Ausiàs March Joa­not Mar­to­rell, que han que­da­do como gran­des auto­res de nues­tra len­gua. Pero al mis­mo tiem­po encon­tra­mos una ciu­dad con oscu­ri­da­des, con el Par­tit, con­si­de­ra­do el pros­tí­bu­lo más gran­de de Euro­pa, con casos de corrup­ción escan­da­lo­sos que nos trans­por­tan a la épo­ca actual. Es decir, es una ciu­dad inten­sa, viva, con un mon­tón de mati­ces, de aris­tas, de per­so­na­jes his­tó­ri­cos que han que­da­do para la pos­te­ri­dad. Y era un buen sitio para esta novela.

Y es una nove­la de muje­res, no solo de la gene­ra­ción de la pro­ta­go­nis­ta, tam­bién de las de su gene­ra­ción ante­rior. Este aspec­to te ha debi­do resul­tar apasionante.

Tener una pro­ta­go­nis­ta feme­ni­na repre­sen­ta, de algu­na mane­ra, un esfuer­zo adi­cio­nal. Pode­mos hacer­nos una idea de la situa­ción de las muje­res en el siglo XV, a nivel social, jurí­di­co… Pero hay mucho más escon­di­do. Ape­nas ras­cas un poco en la his­to­ria, te vas encon­tran­do a las que con­si­de­ro autén­ti­cas heroí­nas, muje­res que se salie­ron de las nor­mas esta­ble­ci­das, de lo que se espe­ra­ba de ellas, e hicie­ron aque­llo que desea­ban en ese momen­to, su voca­ción. Y que­ría con­tar sobre ellas. Ire­ne Bell­vent, la pro­ta­go­nis­ta, repre­sen­ta a todas esas muje­res admi­ra­bles con las que me he ido encon­tran­do. El libro lo dedi­co a Anas­ta­sia Spa­ta­fo­ra, una spi­ta­le­ra cata­la­na que reco­gía niños expó­si­tos, los lle­va­ba al Hos­pi­tal de la San­ta Creu, se hacía car­go de ellos, los cui­da­ba, y sien­do adul­tos les bus­ca­ba empleos en talle­res de apren­di­ces, que era lo que se podía hacer en esa épo­ca. Spa­ta­fo­ra dio un paso ade­lan­te, no se que­dó en casa a cui­dar de sus hijos. Y así hubo muchas otras. Ire­ne es de ese tipo de muje­res que des­ta­ca en un perio­do his­tó­ri­co en el que pare­cía que no exis­tie­ran. La cita del ini­cio de la nove­la es de Chris­ti­ne de Pizán, una mujer que vivía en París y escri­bió un libro en 1405, La Ciu­dad de las Damas, en el que reivin­di­có que la cues­tión de géne­ro no limi­ta, ni mucho menos. En él reco­ge un mon­tón de tes­ti­mo­nios, des­de la mito­lo­gía grie­ga a san­tas, heroí­nas, y de todas extrae el valor del géne­ro feme­nino. Son esas refe­ren­cias las que me han intere­sa­do y he pre­fe­ri­do explo­rar­las en lugar de tras­la­dar a la mujer actual, libre y empren­de­do­ra, a otros tiempos.

Es pre­ci­sa­men­te en los preám­bu­los de cada capí­tu­lo, las sie­te lec­cio­nes, don­de adop­tas esa for­mu­la­ción mani­fies­ta en La Ciu­dad de las Damas, dejan­do cons­tan­cia de muje­res y mitos del pasa­do que mar­ca­rán el reco­rri­do vital de Irene.

Cla­ro. Lo que pre­ten­do con esta nove­la, ante todo, es que la gen­te se entre­ten­ga, pero al mis­mo tiem­po trans­mi­tir un men­sa­je, lo que con­si­de­ro uno de los enig­mas más gran­des y pro­fun­dos del pen­sa­mien­to occi­den­tal: qué les ha pasa­do a las muje­res. Empie­zo el libro con una cues­tión, ¿tie­nen alma las muje­res?—. Mi obje­ti­vo no es res­pon­der a esa pre­gun­ta, sino hacer refle­xio­nar sobre cómo hemos lle­ga­do a esta situa­ción. Es difí­cil con­tes­tar a algo en lo que inter­vie­nen con­cep­tos mito­ló­gi­cos o filo­só­fi­cos. Por eso hago avan­zar la tra­ma siguien­do una estruc­tu­ra a modo de lec­cio­nes. La pro­ta­go­nis­ta y de algu­na mane­ra el lec­tor va a vivir una aven­tu­ra, va a estar meti­da en mis­te­rios, en situa­cio­nes peli­gro­sas, en intri­gas… A medi­da que avan­ce en las sie­te lec­cio­nes tam­bién obten­drá un cre­ci­mien­to espi­ri­tual. Ire­ne lo hace y pro­cu­ro que el lec­tor crez­ca con ella, por­que ambos van des­cu­brien­do que la cues­tión de géne­ro no impli­ca una limi­ta­ción. No hay nada en el mun­do natu­ral, en la filo­so­fía o en la reli­gión que limi­te a las muje­res sal­vo aque­llo que de mane­ra arti­fi­cial, entre todos, hemos hecho y tras­la­da­do de gene­ra­ción en gene­ra­ción. Y es absur­do hablar de eso aho­ra, pero en el siglo XV, cuan­do real­men­te esta­ban tan limi­ta­das, la posi­bi­li­dad de des­cu­brir que las muje­res podían hacer cual­quier cosa, que eran igua­les tan­to en vir­tud como en nece­si­da­des, podía ser una reve­la­ción. Y ahí tie­nes a Chris­ti­ne de Pizán y a muchas otras que lo fun­da­men­tan de tal manera.

Lee­mos cómo se desen­vol­vían estas muje­res, a veces enfren­tán­do­se al poder. Pien­so en Cate­ri­na, la hija del abo­ga­do Nico­lau Coblliu­re, su ambi­ción por ser abo­ga­da y seguir los pasos de su padre, vién­do­se des­pla­za­da por el hecho de ser mujer.

Se sen­tían frus­tra­das. Esa obli­ga­ción de casar­se por el inte­rés de los padres en colo­car a sus hijas don­de fue­ra, por intere­ses entre fami­lias, se vivía casi como un ofi­cio, era un des­tino inexo­ra­ble al que la mujer se veía abo­ca­da. Para hablar de ello y enten­der qué sen­tían hay que poner­se en su situa­ción. Me ha resul­ta­do todo un des­cu­bri­mien­to, y escri­bir este libro, un camino ini­ciá­ti­co. Todos lo son de algu­na mane­ra, pero con este mi per­cep­ción del géne­ro feme­nino ha cam­bia­do radicalmente.

Siem­pre que leo nove­la his­tó­ri­ca me preo­cu­pa la mane­ra en que el autor se desen­vuel­ve en el jue­go de mez­clar ele­men­tos his­tó­ri­cos con ficción.

La His­to­ria es un esce­na­rio en sí. Valen­cia sufre epi­de­mias, ria­das… Suce­dió en esos años. No se debe olvi­dar que recu­rri­mos a per­so­na­jes «ofi­cia­les». Ade­más hay ins­ti­tu­cio­nes y edi­fi­cios. El hos­pi­tal de En Sorell exis­tió. No se con­ser­va el edi­fi­cio pero sí la pla­za, en la que aún se man­tie­ne una torre ára­be cir­cu­lar. Hay que bus­car un equi­li­brio entre la tra­ma y la His­to­ria para no des­com­pen­sar y evi­tar que que­de una nove­la dema­sia­do den­sa a nivel his­tó­ri­co, o dema­sia­do lige­ra. La His­to­ria no deja de ser un per­so­na­je más que nos acom­pa­ña y es lo que pla­nea por enci­ma de la tra­ma. Eso me resul­ta intere­san­te y com­pli­ca­do a la vez. Cuan­do me pre­gun­tan si me he docu­men­ta­do res­pon­do que sí, he tra­ba­ja­do duran­te tres años para des­car­tar el 99’9% de lo que he hecho. La mayo­ría de la infor­ma­ción reco­pi­la­da no está inclui­da por­que el libro hubie­ra resul­ta­do el doble de den­so. Me preo­cu­pa que la lec­tu­ra sea lige­ra y que ten­ga su con­di­men­to his­tó­ri­co sin sobre­car­gar­la. Aún así el que se acer­que a ella verá que hay datos más que de sobra.

Habla­bas antes de la intra­his­to­ria, una de las cosas más valio­sas que pode­mos encon­trar en el géne­ro. Per­so­nal­men­te, me gus­ta des­cu­brir peque­ños deta­lles que no sabía o hechos que habían que­da­do difu­sos, ensom­bre­ci­dos por otros de mayor enjun­dia, como lo que expli­cas de la impren­ta y los pri­me­ros libros encuadernados.

Cla­ro, ahí tene­mos Les Tro­bes en lahors de la Ver­ge Maria, que fue el pri­mer libro impre­so en valen­ciano. Con­tem­plar un ejem­plar en aque­lla épo­ca sería el equi­va­len­te a ver un orde­na­dor hace trein­ta años. Un libro encua­der­na­do era un ade­lan­to cien­tí­fi­co de pri­mer nivel, ima­gi­na la sen­sa­ción que cau­sa­ría. Ese tipo de intra­his­to­ria es la que me gus­ta y creo que los lec­to­res dis­fru­tan encon­trán­do­se­las, le apor­tan sal y pimien­ta a la nove­la, un toque espe­cial. He tra­ta­do que el con­tex­to his­tó­ri­co esté sal­pi­ca­do de men­cio­nes, aquí y allá…

la-llama-de-la-sabiduriaTam­bién apa­re­cen los deba­tes inte­lec­tua­les y haces refe­ren­cia a la «Que­re­lla de las Muje­res» que fue uno de los más apa­sio­nan­tes en ese momento .

Fue un deba­te inte­lec­tual que duró mucho tiem­po y, en Valen­cia, una peque­ña par­te lo pro­ta­go­ni­zó Jau­me Roig con el Espill, un libro sobre el que se ha estu­dia­do mucho y que for­ma par­te del Siglo de Oro de las Letras Valen­cia­nas. En él se inclu­yen poe­mas que retra­tan muy bien la Valen­cia de enton­ces pero con la pecu­lia­ri­dad de su hiper­mi­so­gi­nia. Jau­me Roig era médi­co del Con­ven­to de la Tri­ni­tat, del que lle­gó a ser aba­de­sa Sor Isa­bel de Ville­na, hija bas­tar­da del Mar­qués de Ville­na y pro­ba­ble­men­te la mujer más cul­ta que ha teni­do Valen­cia. Tam­bién la más noble, por­que esta­ba empa­ren­ta­da tan­to con el Rey Fer­nan­do como con Isa­bel de Cas­ti­lla. Sor Isa­bel repli­có a Jau­me Roig con el libro Vita Chris­ti, don­de expli­ca la vida de Jesu­cris­to. Este tipo de tex­to era muy común en la épo­ca por­que no se podía leer la Biblia, sal­vo que se fue­ra sacer­do­te. Lo ori­gi­nal de Vita Chris­ti es que está narra­do des­de el pun­to de vis­ta de las muje­res que inter­vi­nie­ron en la vida de Jesús. En mi opi­nión supera a la obra de Jau­me Roig, por ese enfo­que en el que apa­re­ce como figu­ra cen­tral María, la madre de Dios, pero tam­bién otras seño­ras nobles como María Mag­da­le­na. En toda esta con­fron­ta­ción de ideas inter­vino tam­bién Chris­ti­ne de Pizás y otras auto­ras de todo tipo, inclu­so hom­bres que defen­dían a las muje­res. Fue el pri­mer gran deba­te inte­lec­tual sobre la cues­tión de géne­ro, es decir, sobre si la mujer era menos que el hom­bre, un ser infe­rior que, como se lle­ga­ba a afir­mar, solo se movía por impul­sos, por ins­tin­tos pri­ma­rios, o que eran inca­pa­ces de desa­rro­llar una acti­vi­dad inte­lec­tual. Los que inter­vi­nie­ron se lo plan­tea­ban seria­men­te y con fun­da­men­tos. Aho­ra nos pare­ce sor­pren­den­te pero en ese momen­to esta­ba en boga.

Uno de los con­flic­tos de Ire­ne Bell­vent es el amo­ro­so, en un perio­do his­tó­ri­co en el que, como veni­mos dicien­do, no se les per­mi­tía a las muje­res dema­sia­das liber­ta­des, ya no hable­mos de pasio­nes desatadas.

Es un fac­tor esen­cial. Leí algu­nos tex­tos por­que el tema me sor­pren­día. El asun­to del matri­mo­nio en aque­lla épo­ca era una obli­ga­ción y la mayo­ría lo tenían asu­mi­do, pese a que el adul­te­rio no solo era un peca­do, tam­bién esta­ba con­si­de­ra­do un deli­to. Muchas muje­res que han deja­do cosas escri­tas, en espe­cial poe­mas de amor, no pare­ce que tuvie­ran nin­gún repa­ro en admi­tir para sí mis­mas el hecho de tener­se que casar con quien sus padres le impu­sie­ran y amar con locu­ra a otro hom­bre. Divi­dían la men­te en dos, dedi­can­do una par­te a la fun­ción social que como muje­res tenían que ocu­par, y la otra a los sen­ti­mien­tos total­men­te des­bo­ca­dos. Hay poe­mas muy subidos de tono, has­ta de deseo sexual, sin nin­gún tipo de remor­di­mien­to, aun­que supie­ran que nun­ca podrían estar con ese hom­bre. Es muy curio­so todo ese mun­do de las rela­cio­nes, los sen­ti­mien­tos y los con­flic­tos socia­les. La pro­ta­go­nis­ta se ve inmer­sa en eso, sabe que se tie­ne que casar y lo acep­ta. Más anacró­ni­co sería decir que se casa­ba por amor. He encon­tra­do ras­tros y me lo he pasa­do muy bien docu­men­tán­do­me sobre este aspec­to del personaje.

Entre los refe­ren­tes que for­man par­te de la tra­ma, encon­tra­mos a Pere­gri­na, basa­do en una mujer ade­lan­ta­da a su tiem­po en cues­tio­nes de medicina.

Pere­gri­na Nava­rro, sí. Me sor­pren­dí des­cu­brien­do su ras­tro en una tesis doc­to­ral per­di­da en la Facul­tad de His­to­ria de Valen­cia. No exis­te la tesis impre­sa pero se con­ser­va un sobre con unas micro­fi­chas a las que pude acce­der gra­cias al biblio­te­ca­rio. Ahí me encon­tré a Pere­gri­na, que posi­ble­men­te fue la pri­me­ra y úni­ca mujer de la épo­ca que tenía Licen­cia Real para ejer­cer la medi­ci­na. En miles de libros y nove­las hemos sabi­do de par­te­ras, sana­do­ras, pero una médi­co titu­la­da es insó­li­to y mere­ce­ría pro­ta­go­ni­zar una nove­la. Se sabe poco de ella, todo lo que cuen­to es fic­cio­na­do, pero la cues­tión de la higie­ne, una obse­sión del per­so­na­je, tenía muy poca impor­tan­cia en ese momen­to. No sé si está rela­cio­na­do con esa con­cep­ción divi­na del mal en el mun­do. De hecho en los libros médi­cos que he leí­do y en la for­ma en que tra­ta­ban a los enfer­mos en los hos­pi­ta­les tam­po­co se dis­tin­guía mucho entre enfer­me­dad y mise­ria, todo era un cas­ti­go divino a ti te ha toca­do; has hecho algo, tú, tu fami­lia o tus ances­tros; has desata­do la cóle­ra de Dios y eres cas­ti­ga­do con la enfer­me­dad, con la mise­ria, pero en el fon­do todo tenía la mis­ma cau­sa. Tuvo que pasar mucho tiem­po para que se empe­za­ra a pen­sar en las cau­sas que pro­vo­ca­ban la enfer­me­da­des. Y en ese momen­to, dos de las habi­tua­les eran por un lado la fal­ta de higie­ne, y por el otro un hecho muy común: a los que pade­cían de fie­bres en días de frío los acos­ta­ban jun­tos en una mis­ma cama para que se die­ran calor. Aque­llo era una fuen­te de con­ta­gios terrible.

¿En Sorell podría ser un ejem­plo de una espe­cie de Segu­ri­dad Social de la época?

No tan­to, más bien de una Fun­da­ción pri­va­da. El Con­sell de Valen­cia, como los de la mayo­ría de ciu­da­des, regen­ta­ba hos­pi­ta­les, los finan­cia­ba y los ges­to­res eran car­gos públi­cos. Cada año nom­bra­ban al mayor­do­mo de mane­ra rota­ti­va. Había otro tipo de hos­pi­ta­les ges­tio­na­dos por reli­gio­sos o por algún gre­mio, o por fun­da­cio­nes pri­va­das. En este caso, En Sorell fue fun­da­do por Tomás Sorell, un rico mer­ca­der, finan­cie­ro. Hay una leyen­da, que cuen­to en la nove­la, sobre cómo con­si­guió su for­tu­na, y que se inclu­yó en un un libro del siglo XVII sobre fami­lias nobles. En aque­llos tiem­pos podías ser más malo que un dolor pero si cum­plías cier­tas nor­mas para apla­car la mala con­cien­cia, se te abri­rían las puer­tas del cie­lo. Una de esas nor­mas, muy fre­cuen­te, era par­ti­ci­par en obras de cari­dad. Los ricos des­ti­na­ban una par­te de sus bene­fi­cios a dona­ti­vos, ora­cio­nes por su alma cuan­do falle­cían, y tam­bién a hos­pi­ta­les. Bus­qué uno del que no se tuvie­ra mucha infor­ma­ción para fic­cio­nar­lo con más liber­tad. Sabía­mos don­de esta­ba En Sorell, que su fun­ción ori­gi­nal era reco­ger men­di­gos, aun­que uno de los pin­to­res de la bóve­da de la cate­dral de Valen­cia murió allí, por lo que debe­mos inter­pre­tar que no solo asis­tían a los menes­te­ro­sos. Ape­nas hay más datos pero es mate­rial sufi­cien­te para que la ima­gi­na­ción vue­le y se des­plie­gue. Y ya que has men­cio­na­do la Segu­ri­dad Social, lo que sí tenían estas ciu­da­des medie­va­les, o ya casi entran­do en la edad moder­na, era un sis­te­ma social de pro­cu­ra­do­res de pobres, y una figu­ra que, dicen, es genui­na de Valen­cia, el afer­ma­mos­sos, un ofi­cial del Con­sell que se dedi­ca­ba a reco­ger a jóve­nes de las calles para evi­tar que delin­quie­ran o men­di­ga­ran, y les bus­ca­ban tra­ba­jos de apren­diz de arte­sa­nos en los que duran­te cin­co años apren­dían el ofi­cio ejer­cién­do­lo a cam­bio de manu­ten­ción y ropa. Por lo tan­to, no se resol­vía todo a espa­da­zos. Eran ya socie­da­des com­ple­jas y jerar­qui­za­das, tenían un sis­te­ma jurí­di­co com­ple­jo, y con­flic­tos de intere­ses y luchas por la inde­pen­den­cia de la ciu­dad fren­te al con­trol del monarca.

Pre­ci­sa­men­te, sos­pe­cho que el sis­te­ma jurí­di­co es uno de los temas que más te han interesado.

Sí, y no lo cono­cía dema­sia­do. Si quie­res hablar de dere­cho en el siglo XV tie­nes que con­sul­tar las trans­crip­cio­nes de los fue­ros. Hay que irse a los archi­vos para ver y uti­li­zar con cohe­ren­cia las leyes de enton­ces. Los per­so­na­jes uti­li­zan algún que otro recur­so jurí­di­co y todo eso está docu­men­ta­do en los fue­ros y tam­bién en algu­na tesis sobre el dere­cho foral valen­ciano que me ha ser­vi­do mucho.

Se te valo­ra la habi­li­dad para crear un rit­mo en la fic­ción muy tre­pi­dan­te. Al fin y al cabo, La lla­ma de la sabi­du­ría no deja de ser una nove­la de aven­tu­ras con villa­nos, mis­te­rios, búsquedas…

Cuan­do le hice lle­gar el tex­to, mi edi­to­ra no sabía real­men­te lo que había esta­do hacien­do duran­te todo el perio­do de escri­tu­ra, que fue bas­tan­te tiem­po como te comen­té antes. Su res­pues­ta, a las dos o tres sema­nas fue: «Juan­fra, en esta his­to­ria pasan muchas cosas». Me hace gra­cia por­que cap­tó lo que yo pre­ten­día. Como lec­tor me gus­tan las nove­las con mucha rique­za argu­men­tal. Apre­cio el esfuer­zo ima­gi­na­ti­vo del escri­tor tra­tan­do de remo­ver bien la situa­ción, de mover a sus per­so­na­jes, de some­ter­los a infi­ni­dad de peri­pe­cias rodeán­do­los del con­tex­to his­tó­ri­co si se tra­ta de una nove­la de géne­ro. Y como escri­tor pro­cu­ro que el lec­tor se lo pase bien, que dis­fru­te. Si ade­más apren­de­mos algo, yo docu­men­tán­do­me y quien me lee des­cu­brien­do estas pin­ce­la­das, pues mejor.

Entien­do que es posi­ble hacer una ruta siguien­do los esce­na­rios de La lla­ma de la sabi­du­ría.

Vaya que lo es. Ya he teni­do opor­tu­ni­dad de hacer­la, muy sen­ci­lla, pero exis­te. Hemos ido a ver la Plaça Beney­to y Coll, don­de esta­ba el hos­pi­tal; a la pla­za de En Sorell, don­de Tomás Sorell tuvo el pala­cio más boni­to de Valen­cia y que, por des­gra­cia, des­apa­re­ció a prin­ci­pios del siglo XX. Pode­mos acer­car­nos a la Cate­dral, a la igle­sia de San­ta Cata­li­na, cuyo inte­rior se man­tie­ne como en el siglo XV; la Casa de la Vila ya no exis­te pero tene­mos la de la Dipu­tació que está jus­to al lado de don­de se ubi­ca­ba y es prác­ti­ca­men­te idén­ti­ca. Y si tene­mos ganas de cami­nar, pode­mos lle­gar al puen­te que se derrum­bó en un momen­to de la his­to­ria. Valen­cia, como todas las ciu­da­des, ha per­di­do mucha de esa esen­cia góti­ca, de aque­lla épo­ca de esplen­dor, pero aún con­ser­va res­tos. Por ejem­plo, el barrio del Car­men, don­de está ubi­ca­do el hos­pi­tal. Pue­des pasear por sus calles estre­chas y silen­cio­sas, y se pue­de crear una atmós­fe­ra curio­sa para acer­car­se a estos temas. Aun­que la mayo­ría de los edi­fi­cios son más moder­nos, el tra­za­do de las calles nos evo­ca esa Valen­cia aún retor­ci­da que está superan­do la arqui­tec­tu­ra y la dis­po­si­ción urba­nís­ti­ca ára­be, ya está implan­tan­do la cris­tia­na, con calles más anchas, más cua­dri­cu­la­da. Quien visi­te Valen­cia no se pue­de per­der pasear por allí. Ade­más hoy en día hay bue­nas tas­cas por la zona. Está bien acer­car­se a la His­to­ria, pero tam­bién a la mesa.

Foto­gra­fía del autor: Edi­to­rial Grijalbo.

* La lla­ma de la sabi­du­ría. Juan Fran­cis­co Ferrándiz.
Edi­to­rial Gri­jal­bo (Bar­ce­lo­na, 2015).

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