Juan Francisco Ferrándiz

Con La llama de la sabiduría, tercera novela de Juan Francisco Ferrándiz (Cocentaina, 1971), volvemos a confirmar la buena salud de la novela histórica en España, género en el que aún hay mucho territorio por explorar. En esta nueva obra de Ferrándiz la acción se sitúa en la Valencia de finales del siglo XV, tiempo glorioso de las letras valencianas, de trascendentales corrientes humanísticas, de influencia política y comercial, aun con la Inquisición fastidiando. También es época de cambios a los que no deberían ser ajenos las mujeres. Sin embargo, como veremos al adentrarnos en las páginas del libro, no lo tendrán nada fácil. El Reino sigue siendo, cómo no, un patriarcado. Irene Bellvent, quien al morir su padre intentará mantenerse al frente del hospital heredado, se las verá con el peso de una sociedad que aún no parece estar preparada para permitir que una mujer pueda actuar libremente sin cumplir ciertas condiciones legales, relegada a permanecer un escalón por debajo de los hombres. Pero este es tan solo el punto de partida de una historia en la que se ocultan muchas otras que se van descubriendo, al tiempo que se nos ilustra sobre una reivindicación del género femenino ya presente desde tiempos ancestrales.

Compaginas tu labor como abogado con la de escritor. ¿Como surgió tu interés por la escritura y, en particular, por la novela histórica?

En este caso está relacionado. Si te digo la verdad empecé a escribir la misma semana en que comencé a trabajar. Soy lector de todo tipo de novelas, no especialmente histórica, y no sé si fue una manera de compensar la aridez que implica un trabajo como el de jurista, con el manejo del lenguaje, los razonamientos, las argumentaciones legales, con el mundo evocador e imaginario que conlleva una escritura de ficción. Fue una necesidad mental de compensar. En cuanto al género, me ha llamado siempre la atención pero fue casualidad que me decantara por este. Buscaba ideas y la que surgió venía del pasado histórico. De ahí nacen las historias que he hecho. Quizás si la primera hubiera sido negra, sobre un asunto bizarro, me hubiera decantado por el género policiaco.

¿Y cómo seleccionas las historias, de dónde salen?

Mi proceso es el de selección natural. Yo voy pensando. Ahora cojo el tren a Valencia y se me puede ocurrir algo con cualquier detallito. Lo que pasa es que la mayoría de las ideas que surgen mueren rápidamente por el camino. Sé que la historia que me llega es para mí cuando esa noche no puedo dormir dándole vueltas. Siempre me ha pasado igual, con las tres novelas. Y cuando ocurre soy consciente de que tengo algo que explorar. Es posible que no llegue a nada, pero esa noche en vela me motiva a indagar.

Deduzco que una de tus pasiones es la mitología. En tu anterior novela, Las horas oscuras, recurriste a la celta, y en La llama de la sabiduría tiene especial importancia la greco-romana.

Se habla de mitología como si se tratara de cuentos del pasado para interpretar fenómenos inexplicables, cuando realmente lo que se creó con ella fueron arquetipos, insertándolos en generaciones venideras y regulando la forma de pensar. La potencia de los mitos todavía mueve el mundo. Por ejemplo, hay grandes plataformas de comunicación que saben utilizarlos mediante películas o series. Las niñas de once años quieren ser popstars. ¿Cómo se consigue? Insertando mitos. Todo el mundo tiene anhelos de trascendencia, de superación, de hacer cosas para las que nos vemos incapaces, y los mitos nos enseñan esas posibilidades. La mitología es lo que tenemos más dentro de nuestra psique y lo que nos hace ser lo que somos. Como escritor me interesa tratarla desde diferentes punto de vista.

En La llama de la sabiduría nos adentramos en la Valencia del siglo XV, entonces puerta del Mediterráneo debido a que Barcelona se encontraba en plena posguerra.

Veo Valencia como un escenario literario impresionante. Es cierto que a nivel general parece que las ciudades donde más se pueden representar historias de todo tipo sean Madrid, Barcelona o Sevilla en el Siglo de Oro, pero Valencia es fascinante, sobre todo en esa época de esplendor a varios niveles: el comercial; el de la literatura, con autores como Ausiàs March y Joanot Martorell, que han quedado como grandes autores de nuestra lengua. Pero al mismo tiempo encontramos una ciudad con oscuridades, con el Partit, considerado el prostíbulo más grande de Europa, con casos de corrupción escandalosos que nos transportan a la época actual. Es decir, es una ciudad intensa, viva, con un montón de matices, de aristas, de personajes históricos que han quedado para la posteridad. Y era un buen sitio para esta novela.

Y es una novela de mujeres, no solo de la generación de la protagonista, también de las de su generación anterior. Este aspecto te ha debido resultar apasionante.

Tener una protagonista femenina representa, de alguna manera, un esfuerzo adicional. Podemos hacernos una idea de la situación de las mujeres en el siglo XV, a nivel social, jurídico… Pero hay mucho más escondido. Apenas rascas un poco en la historia, te vas encontrando a las que considero auténticas heroínas, mujeres que se salieron de las normas establecidas, de lo que se esperaba de ellas, e hicieron aquello que deseaban en ese momento, su vocación. Y quería contar sobre ellas. Irene Bellvent, la protagonista, representa a todas esas mujeres admirables con las que me he ido encontrando. El libro lo dedico a Anastasia Spatafora, una spitalera catalana que recogía niños expósitos, los llevaba al Hospital de la Santa Creu, se hacía cargo de ellos, los cuidaba, y siendo adultos les buscaba empleos en talleres de aprendices, que era lo que se podía hacer en esa época. Spatafora dio un paso adelante, no se quedó en casa a cuidar de sus hijos. Y así hubo muchas otras. Irene es de ese tipo de mujeres que destaca en un periodo histórico en el que parecía que no existieran. La cita del inicio de la novela es de Christine de Pizán, una mujer que vivía en París y escribió un libro en 1405, La Ciudad de las Damas, en el que reivindicó que la cuestión de género no limita, ni mucho menos. En él recoge un montón de testimonios, desde la mitología griega a santas, heroínas, y de todas extrae el valor del género femenino. Son esas referencias las que me han interesado y he preferido explorarlas en lugar de trasladar a la mujer actual, libre y emprendedora, a otros tiempos.

Es precisamente en los preámbulos de cada capítulo, las siete lecciones, donde adoptas esa formulación manifiesta en La Ciudad de las Damas, dejando constancia de mujeres y mitos del pasado que marcarán el recorrido vital de Irene.

Claro. Lo que pretendo con esta novela, ante todo, es que la gente se entretenga, pero al mismo tiempo transmitir un mensaje, lo que considero uno de los enigmas más grandes y profundos del pensamiento occidental: qué les ha pasado a las mujeres. Empiezo el libro con una cuestión, ¿tienen alma las mujeres?—. Mi objetivo no es responder a esa pregunta, sino hacer reflexionar sobre cómo hemos llegado a esta situación. Es difícil contestar a algo en lo que intervienen conceptos mitológicos o filosóficos. Por eso hago avanzar la trama siguiendo una estructura a modo de lecciones. La protagonista y de alguna manera el lector va a vivir una aventura, va a estar metida en misterios, en situaciones peligrosas, en intrigas… A medida que avance en las siete lecciones también obtendrá un crecimiento espiritual. Irene lo hace y procuro que el lector crezca con ella, porque ambos van descubriendo que la cuestión de género no implica una limitación. No hay nada en el mundo natural, en la filosofía o en la religión que limite a las mujeres salvo aquello que de manera artificial, entre todos, hemos hecho y trasladado de generación en generación. Y es absurdo hablar de eso ahora, pero en el siglo XV, cuando realmente estaban tan limitadas, la posibilidad de descubrir que las mujeres podían hacer cualquier cosa, que eran iguales tanto en virtud como en necesidades, podía ser una revelación. Y ahí tienes a Christine de Pizán y a muchas otras que lo fundamentan de tal manera.

Leemos cómo se desenvolvían estas mujeres, a veces enfrentándose al poder. Pienso en Caterina, la hija del abogado Nicolau Coblliure, su ambición por ser abogada y seguir los pasos de su padre, viéndose desplazada por el hecho de ser mujer.

Se sentían frustradas. Esa obligación de casarse por el interés de los padres en colocar a sus hijas donde fuera, por intereses entre familias, se vivía casi como un oficio, era un destino inexorable al que la mujer se veía abocada. Para hablar de ello y entender qué sentían hay que ponerse en su situación. Me ha resultado todo un descubrimiento, y escribir este libro, un camino iniciático. Todos lo son de alguna manera, pero con este mi percepción del género femenino ha cambiado radicalmente.

Siempre que leo novela histórica me preocupa la manera en que el autor se desenvuelve en el juego de mezclar elementos históricos con ficción.

La Historia es un escenario en sí. Valencia sufre epidemias, riadas… Sucedió en esos años. No se debe olvidar que recurrimos a personajes «oficiales». Además hay instituciones y edificios. El hospital de En Sorell existió. No se conserva el edificio pero sí la plaza, en la que aún se mantiene una torre árabe circular. Hay que buscar un equilibrio entre la trama y la Historia para no descompensar y evitar que quede una novela demasiado densa a nivel histórico, o demasiado ligera. La Historia no deja de ser un personaje más que nos acompaña y es lo que planea por encima de la trama. Eso me resulta interesante y complicado a la vez. Cuando me preguntan si me he documentado respondo que sí, he trabajado durante tres años para descartar el 99’9% de lo que he hecho. La mayoría de la información recopilada no está incluida porque el libro hubiera resultado el doble de denso. Me preocupa que la lectura sea ligera y que tenga su condimento histórico sin sobrecargarla. Aún así el que se acerque a ella verá que hay datos más que de sobra.

Hablabas antes de la intrahistoria, una de las cosas más valiosas que podemos encontrar en el género. Personalmente, me gusta descubrir pequeños detalles que no sabía o hechos que habían quedado difusos, ensombrecidos por otros de mayor enjundia, como lo que explicas de la imprenta y los primeros libros encuadernados.

Claro, ahí tenemos Les Trobes en lahors de la Verge Maria, que fue el primer libro impreso en valenciano. Contemplar un ejemplar en aquella época sería el equivalente a ver un ordenador hace treinta años. Un libro encuadernado era un adelanto científico de primer nivel, imagina la sensación que causaría. Ese tipo de intrahistoria es la que me gusta y creo que los lectores disfrutan encontrándoselas, le aportan sal y pimienta a la novela, un toque especial. He tratado que el contexto histórico esté salpicado de menciones, aquí y allá…

la-llama-de-la-sabiduriaTambién aparecen los debates intelectuales y haces referencia a la «Querella de las Mujeres» que fue uno de los más apasionantes en ese momento .

Fue un debate intelectual que duró mucho tiempo y, en Valencia, una pequeña parte lo protagonizó Jaume Roig con el Espill, un libro sobre el que se ha estudiado mucho y que forma parte del Siglo de Oro de las Letras Valencianas. En él se incluyen poemas que retratan muy bien la Valencia de entonces pero con la peculiaridad de su hipermisoginia. Jaume Roig era médico del Convento de la Trinitat, del que llegó a ser abadesa Sor Isabel de Villena, hija bastarda del Marqués de Villena y probablemente la mujer más culta que ha tenido Valencia. También la más noble, porque estaba emparentada tanto con el Rey Fernando como con Isabel de Castilla. Sor Isabel replicó a Jaume Roig con el libro Vita Christi, donde explica la vida de Jesucristo. Este tipo de texto era muy común en la época porque no se podía leer la Biblia, salvo que se fuera sacerdote. Lo original de Vita Christi es que está narrado desde el punto de vista de las mujeres que intervinieron en la vida de Jesús. En mi opinión supera a la obra de Jaume Roig, por ese enfoque en el que aparece como figura central María, la madre de Dios, pero también otras señoras nobles como María Magdalena. En toda esta confrontación de ideas intervino también Christine de Pizás y otras autoras de todo tipo, incluso hombres que defendían a las mujeres. Fue el primer gran debate intelectual sobre la cuestión de género, es decir, sobre si la mujer era menos que el hombre, un ser inferior que, como se llegaba a afirmar, solo se movía por impulsos, por instintos primarios, o que eran incapaces de desarrollar una actividad intelectual. Los que intervinieron se lo planteaban seriamente y con fundamentos. Ahora nos parece sorprendente pero en ese momento estaba en boga.

Uno de los conflictos de Irene Bellvent es el amoroso, en un periodo histórico en el que, como venimos diciendo, no se les permitía a las mujeres demasiadas libertades, ya no hablemos de pasiones desatadas.

Es un factor esencial. Leí algunos textos porque el tema me sorprendía. El asunto del matrimonio en aquella época era una obligación y la mayoría lo tenían asumido, pese a que el adulterio no solo era un pecado, también estaba considerado un delito. Muchas mujeres que han dejado cosas escritas, en especial poemas de amor, no parece que tuvieran ningún reparo en admitir para sí mismas el hecho de tenerse que casar con quien sus padres le impusieran y amar con locura a otro hombre. Dividían la mente en dos, dedicando una parte a la función social que como mujeres tenían que ocupar, y la otra a los sentimientos totalmente desbocados. Hay poemas muy subidos de tono, hasta de deseo sexual, sin ningún tipo de remordimiento, aunque supieran que nunca podrían estar con ese hombre. Es muy curioso todo ese mundo de las relaciones, los sentimientos y los conflictos sociales. La protagonista se ve inmersa en eso, sabe que se tiene que casar y lo acepta. Más anacrónico sería decir que se casaba por amor. He encontrado rastros y me lo he pasado muy bien documentándome sobre este aspecto del personaje.

Entre los referentes que forman parte de la trama, encontramos a Peregrina, basado en una mujer adelantada a su tiempo en cuestiones de medicina.

Peregrina Navarro, sí. Me sorprendí descubriendo su rastro en una tesis doctoral perdida en la Facultad de Historia de Valencia. No existe la tesis impresa pero se conserva un sobre con unas microfichas a las que pude acceder gracias al bibliotecario. Ahí me encontré a Peregrina, que posiblemente fue la primera y única mujer de la época que tenía Licencia Real para ejercer la medicina. En miles de libros y novelas hemos sabido de parteras, sanadoras, pero una médico titulada es insólito y merecería protagonizar una novela. Se sabe poco de ella, todo lo que cuento es ficcionado, pero la cuestión de la higiene, una obsesión del personaje, tenía muy poca importancia en ese momento. No sé si está relacionado con esa concepción divina del mal en el mundo. De hecho en los libros médicos que he leído y en la forma en que trataban a los enfermos en los hospitales tampoco se distinguía mucho entre enfermedad y miseria, todo era un castigo divino a ti te ha tocado; has hecho algo, tú, tu familia o tus ancestros; has desatado la cólera de Dios y eres castigado con la enfermedad, con la miseria, pero en el fondo todo tenía la misma causa. Tuvo que pasar mucho tiempo para que se empezara a pensar en las causas que provocaban la enfermedades. Y en ese momento, dos de las habituales eran por un lado la falta de higiene, y por el otro un hecho muy común: a los que padecían de fiebres en días de frío los acostaban juntos en una misma cama para que se dieran calor. Aquello era una fuente de contagios terrible.

¿En Sorell podría ser un ejemplo de una especie de Seguridad Social de la época?

No tanto, más bien de una Fundación privada. El Consell de Valencia, como los de la mayoría de ciudades, regentaba hospitales, los financiaba y los gestores eran cargos públicos. Cada año nombraban al mayordomo de manera rotativa. Había otro tipo de hospitales gestionados por religiosos o por algún gremio, o por fundaciones privadas. En este caso, En Sorell fue fundado por Tomás Sorell, un rico mercader, financiero. Hay una leyenda, que cuento en la novela, sobre cómo consiguió su fortuna, y que se incluyó en un un libro del siglo XVII sobre familias nobles. En aquellos tiempos podías ser más malo que un dolor pero si cumplías ciertas normas para aplacar la mala conciencia, se te abrirían las puertas del cielo. Una de esas normas, muy frecuente, era participar en obras de caridad. Los ricos destinaban una parte de sus beneficios a donativos, oraciones por su alma cuando fallecían, y también a hospitales. Busqué uno del que no se tuviera mucha información para ficcionarlo con más libertad. Sabíamos donde estaba En Sorell, que su función original era recoger mendigos, aunque uno de los pintores de la bóveda de la catedral de Valencia murió allí, por lo que debemos interpretar que no solo asistían a los menesterosos. Apenas hay más datos pero es material suficiente para que la imaginación vuele y se despliegue. Y ya que has mencionado la Seguridad Social, lo que sí tenían estas ciudades medievales, o ya casi entrando en la edad moderna, era un sistema social de procuradores de pobres, y una figura que, dicen, es genuina de Valencia, el afermamossos, un oficial del Consell que se dedicaba a recoger a jóvenes de las calles para evitar que delinquieran o mendigaran, y les buscaban trabajos de aprendiz de artesanos en los que durante cinco años aprendían el oficio ejerciéndolo a cambio de manutención y ropa. Por lo tanto, no se resolvía todo a espadazos. Eran ya sociedades complejas y jerarquizadas, tenían un sistema jurídico complejo, y conflictos de intereses y luchas por la independencia de la ciudad frente al control del monarca.

Precisamente, sospecho que el sistema jurídico es uno de los temas que más te han interesado.

Sí, y no lo conocía demasiado. Si quieres hablar de derecho en el siglo XV tienes que consultar las transcripciones de los fueros. Hay que irse a los archivos para ver y utilizar con coherencia las leyes de entonces. Los personajes utilizan algún que otro recurso jurídico y todo eso está documentado en los fueros y también en alguna tesis sobre el derecho foral valenciano que me ha servido mucho.

Se te valora la habilidad para crear un ritmo en la ficción muy trepidante. Al fin y al cabo, La llama de la sabiduría no deja de ser una novela de aventuras con villanos, misterios, búsquedas…

Cuando le hice llegar el texto, mi editora no sabía realmente lo que había estado haciendo durante todo el periodo de escritura, que fue bastante tiempo como te comenté antes. Su respuesta, a las dos o tres semanas fue: «Juanfra, en esta historia pasan muchas cosas». Me hace gracia porque captó lo que yo pretendía. Como lector me gustan las novelas con mucha riqueza argumental. Aprecio el esfuerzo imaginativo del escritor tratando de remover bien la situación, de mover a sus personajes, de someterlos a infinidad de peripecias rodeándolos del contexto histórico si se trata de una novela de género. Y como escritor procuro que el lector se lo pase bien, que disfrute. Si además aprendemos algo, yo documentándome y quien me lee descubriendo estas pinceladas, pues mejor.

Entiendo que es posible hacer una ruta siguiendo los escenarios de La llama de la sabiduría.

Vaya que lo es. Ya he tenido oportunidad de hacerla, muy sencilla, pero existe. Hemos ido a ver la Plaça Beneyto y Coll, donde estaba el hospital; a la plaza de En Sorell, donde Tomás Sorell tuvo el palacio más bonito de Valencia y que, por desgracia, desapareció a principios del siglo XX. Podemos acercarnos a la Catedral, a la iglesia de Santa Catalina, cuyo interior se mantiene como en el siglo XV; la Casa de la Vila ya no existe pero tenemos la de la Diputació que está justo al lado de donde se ubicaba y es prácticamente idéntica. Y si tenemos ganas de caminar, podemos llegar al puente que se derrumbó en un momento de la historia. Valencia, como todas las ciudades, ha perdido mucha de esa esencia gótica, de aquella época de esplendor, pero aún conserva restos. Por ejemplo, el barrio del Carmen, donde está ubicado el hospital. Puedes pasear por sus calles estrechas y silenciosas, y se puede crear una atmósfera curiosa para acercarse a estos temas. Aunque la mayoría de los edificios son más modernos, el trazado de las calles nos evoca esa Valencia aún retorcida que está superando la arquitectura y la disposición urbanística árabe, ya está implantando la cristiana, con calles más anchas, más cuadriculada. Quien visite Valencia no se puede perder pasear por allí. Además hoy en día hay buenas tascas por la zona. Está bien acercarse a la Historia, pero también a la mesa.

Fotografía del autor: Editorial Grijalbo.

* La llama de la sabiduría. Juan Francisco Ferrándiz.
Editorial Grijalbo (Barcelona, 2015).

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