Josep Mengual

Apenas dedicó veinticinco años de su corta vida al oficio de editor. Pero en ese tiempo, Josep Janés (l’Hospitalet de Llobregat, 1913 – Els Monjos, Alt Penedès, 1959) logró convertirse en uno de los grandes históricos del sector editorial. Poeta y periodista, su amor por la literatura provocó que dejara cualquier otra faceta creativa para entregarse por completo a la producción de libros. Del fundador de la efímera revista Rosa dels Vents, de Quaderns Literaris, Ediciones de la Gacela, Ánfora, Lauro, o del sello José Janes Editor, se conmemoran ahora los cien años del nacimiento, motivo por el que se ha creado una exposición itinerante que, en el momento en que se publica este Encuentro, puede visitarse en la Biblioteca que lleva su nombre, ubicada también en la ciudad que le vio nacer, l’Hospitalet de Llobregat.

Para conocer algunos aspectos de la obra de Janés nos encontramos con Josep Mengual, licenciado en Filología Hispánica en la UAB y profesional vinculado al mundo de la edición desde hace más de veinte años. Se trata del autor de A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor (Editorial Debate, 2013), una completa biografía donde deja constancia de la laboriosa tarea de Janés. Mengual es también autor del blog de referencia Negritas y cursivas, dedicado a la historia de la edición.

A dos tintasTe ha venido muy bien, como inspiración –o quizás fue algo premeditado–, la cita de Mauricio Wiesenthal que incluyes al comienzo del libro: «Hay que escribir cien vidas para iluminar un fragmento de otra».

No acabarías nunca, cuando empiezas a ver las relaciones. Era inevitable analizar el contexto de la edición y de los escritores que había en aquellas épocas. No nos damos cuenta de hasta qué punto se puede ofrecer una imagen muy equivocada cuando se piensa en términos puramente ideológicos, en editoriales de derechas, de izquierdas. En el caso de Josep Janés no funciona porque no hay una línea ideológica muy marcada. En cambio, comprobar cómo se relaciona con gentes de todo tipo ya es bastante descriptivo.

¿Janés podría ser el pionero de lo que entenderíamos como la industria editorial en España, antes incluso de José Manuel Lara?

No. Es el primero, y quizás de los pocos en el siglo XX, en el que encuentras un equilibrio entre el editor empresario y el editor cultural. José Manuel Lara es un editor empresario y Carlos Barral sería un ejemplo de editor cultural. Janés consigue un equilibrio extraño, manteniéndose en el filo de la navaja, siempre con un pie en el banco y el otro en la editorial. Y con muchas dificultades económicas. De hecho, a partir de su muerte se habló de la gran casa que tenía, de los coches. La casa estaba hipotecada y bastantes de las cosas de las que disfrutaba habían caído en manos de los bancos. No era oro todo lo que relucía.

Explicas en el libro que lo que hizo Janés fue traspasar su experiencia como poeta a su faceta como editor., transmitiendo sensibilidad a este oficio.

Janés consideraba el libro objeto como una obra artística. Pone, por un lado, toda la experiencia que tiene, porque ha pasado por el mundo de la impresión, ha adquirido conocimientos de maquetación, tiene muchas tablas en el trabajo a pie de imprenta. Sabe qué se puede hacer y qué no y eso le permite crear, imaginar maneras nuevas y bonitas de fabricar libros. Esa intención de hacer las cosas bien y con unos criterios estéticos exigentes es muy de poeta. Cuidaba el tipo de papel, mimaba las portadas. Procuraba, en casi todos los libros que publica en los años 40, que tuvieran algún tipo de decoración, numeraba las páginas con un color diferente, añadía pequeños motivos, eran libros muy trabajados.

Contrasta, este cuidado por el objeto, haciendo ediciones consideradas de bibliófilo, con una época en la que era muy arriesgado comercialmente debido a las dificultades económicas por las que estaba pasando el país.

Tuvo una idea muy buena, que fue la de hacer libros bien hechos en la inmediata posguerra, porque en este campo no tenía competencia. Muchos de los libros publicados en los años 30, con tapa dura, más cuidados, habían desaparecido. O se destruyeron o eran difíciles de conseguir en las librerías porque los textos que contenían eran inaceptables para el Régimen, por lo que no había nadie que estuviera haciendo libros así. En cambio se encontró con una gran demanda de la gente acomodada a medida que avanzaron los años 40, personas y familias que querían tener en su salón libros bonitos, encuadernados en tela o en piel, muy bien hechos. Son estos los clientes de Janés. Algunas ediciones se le agotaban en apenas quince días. No sé si eran tiradas muy altas, pero sin duda eran volúmenes que tenían gran atractivo para mucho público, lo que le permitió pasar de lanzar un libro al mes a producir muchísimo.

Josep Janés, hacia 1930.

Josep Janés, hacia 1930.

¿Podrías señalar algún aspecto que enmarcara su manera de trabajar?

Janés trabajaba siempre con equipos formados por los mejores profesionales, ya desde los años 30, con gente muy joven a la que en algunos casos no pagaba. Durante la posguerra mantuvo su filosofía de trabajo en equipo. Esta voluntad de ofrecer la máxima calidad sería una de las principales normas que se impuso, procurando hacer el mejor libro posible con el menor coste. Si nos atenemos a las obras publicadas, podría desorientarnos la elección de títulos y de autores si no nos atenemos a la línea cronológica, a la evolución de su trabajo. Su interés por la literatura de humor, por ejemplo, ya es de antes de la guerra, pero en la posguerra se encuentra con el grupo de La Codorniz, cuyos textos no ha de traducir, por lo que los costes son inferiores, y que es un humor que funciona muy bien, tiene buena aceptación. La publicación de estos libros permitía que sus autores fueran reconocidos allí donde la revista no llegaba por problemas de distribución.

No se conoce mucho sobre su poesía, debido a que apenas publicó, lo dejó casi nada más comenzar para dedicarse a la edición, pero menos sabemos de su obra periodística.

Hay algunos artículos al respecto. Jacqueline Hurtley, en su libro Josep Janés: el combat per la cultura, escribe de su etapa de periodista, que transcurre en la segunda mitad de la década de los 30. Sí, se habla poco. Es muy curioso que siendo muy joven, con veinte años, ya estaba dirigiendo un diario. Esto ahora sería poco menos que imposible. Se explica fácilmente cuando pensamos en su precocidad en el mundo de las letras y la sagacidad que demuestra para crear equipos de trabajo. Lo vemos en el caso del diario Avui, cuando monta el equipo de redacción con gente muy joven, pero de gran talento. Allí estarán Avel.lí Artís-Gener, Pere Calders, firmas muy valiosas, a la larga. Luego reafirmó sus habilidades con una de sus obras de cabecera, la revista Rosa dels Vents, para la que consigue reunir a la generación de los grandes Carles Riba, Agustí Esclasans, Josep Maria López Picó con los más jóvenes Martí de Riquer, Ignacio Agustí, él mismo como autor, y reseñando la literatura europea más puntera y novedosa del momento. Incorporó a Josep Sol, que fue el primero que se interesó muy seriamente por James Joyce. Era un equipo de colaboradores impresionante. ¿Qué salió mal? Empezó a publicarla en 1936 y una vez comenzó la Guerra Civil la revista dejó de hacerse con solo tres números en la calle. También es cierto lo de su olvidada carrera como poeta, pero es que, al igual que su faceta periodística, fue muy corta. Aparecieron dos poemarios y cuando ya se pudo volver a publicar en catalán descartó la posibilidad de retomarlo. Hay un tercer libro, en los años 50, pero en realidad lo que hizo fue ilustrar con texto unos grabados de Emili Grau i Sala. Era otro planteamiento estético.

Guardas de «Una hija de las nieves», de Jack London, traducido por L. I. Bertrán (seudónimo de Lluis Palazón) y decorado por Ricard Giralt Miracle. La Vuelta al Mundo en Ochenta Libros. Alaska, 1949.

Uno de los aspectos más apasionantes del trabajo de Janés es el de las traducciones, cómo se enfrenta a ellas y a la censura. Escribes con detalle sobre ello. Y sobre su preocupación por sacar buenas traducciones a pesar de los inconvenientes de la época. Víctor Alba explica cómo le hacía traducciones desde la cárcel. Y en muchos casos no siempre eran fieles.

El mundo de la traducción desde los años 30 hasta bien avanzados los 60 es, en general, de una calidad más que discutible. Se recortaban los libros en función de la extensión que tenían que dar. Muchas eran abreviaciones de los textos originales. Hay algunas, sobre todo de obras clásicas, en las que eran más cuidadosos y las encargaban a buenos traductores. Los libros que traducía Carles Riba, por ejemplo. Riba trabajó con Janés en los años 40, desde su exilio en Montpellier, y podía consultar con los autores a los que traducía. Los textos iban y venían, cruzando la frontera. Si eso no es tener cuidado por conseguir una buena traducción que venga Dios y lo vea. Pero, como te decía, eran casos muy particulares. Siempre había que tener presente la censura. Algunas cosas ya las modificaba directamente el traductor, luego intervenía el editor recortando o cambiando lo que pudiera resultar conflictivo por censura eclesiástica o política. Si a eso le sumas lo que, finalmente, tocaba el censor, del original a la edición española la diferencia podía ser abismal. También es cierto que se trabajaba muy rápido y a veces con una calidad de origen muy dudosa. Conociendo las condiciones de la época tampoco podemos hacer crítica de ellas, pero sí, en general, el libro de consumo no tenía unas traducciones muy correctas.

Precisamente, muchas de esas traducciones se siguen utilizando. Quizás sea el legado que menos se debería considerar.

Que todavía estén disponibles y sigamos leyendo traducciones censuradas es caro de resolver porque significa volver a traducir, pero es un problema cultural bastante penoso. Cualquier cultura que ha estado sometida a censura ha de superar este problema, como mínimo con los grandes textos. Comencemos por ahí. Ya toca. No se puede estar corrigiendo esas traducciones ni hacerlo con los originales al lado, porque no se trata de detectar qué falta o qué palabras ha tachado el censor, sino de devolverle el tono a la obra. La traducción podía ser aceptable en su sentido, pero la violencia expresiva que pueda tener el traductor la atenuaba. Con ellas no se puede hacer otra cosa más que volverlas a hacer.

Cubierta de «La dona dels meus somnis i altres aventures modernes», de Massimo Bontempelli, traducido por Daniel Mª Brusés. Quaderns Literaris nº 70 (1935).

Hay un año muy importante, 1937, el primer año completo de la guerra, y dedicas un buen número de páginas a explicar lo que se publicó con ocasión de la Fiesta del Libro. Es un momento clave.

El periodo de la Guerra Civil lo es, aunque no se ha abordado de manera detallada qué sucedió con el mundo de la edición. Hasta cierto punto ese momento explica que Barcelona siga siendo desde la posguerra y, probablemente hasta hoy, capital de la edición. Piensa que durante la guerra, en Madrid, que es el otro foco de la edición española, prácticamente deja de funcionar la industria editorial, en parte porque momentáneamente desaparece el gobierno. En Barcelona se siguen haciendo libros tanto en castellano como en catalán durante toda la Guerra Civil y hay años en los que se publica muchísimo. Y no sólo se publican textos de propaganda o discursos políticos. Aparecen obras de Mercè Rodoreda. O Los Buddenbrook, de Thomas Mann, con la complejidad añadida de tratarse de una obra voluminosa publicada en plena escasez de papel. Se hicieron ediciones extraordinarias, si tenemos en cuenta el contexto. Incluso en 1938, el año de los bombardeos aéreos, se siguen publicando libros. Es una etapa de la edición poco conocida, en especial fuera de Cataluña. Por lo tanto sí, tenía interés en dedicarle más atención al contexto de Janés en esa época.

Frontis de la sobrecubierta de «Retrato en un espejo», de Charles Morgan, traducido por Alfonso Nadal. Los Novelistas de Nuestro Tiempo (1957).

A partir de los 40, Janés se convierte en un editor independiente y con cierta potencia dentro del sector.

Su primer proyecto es con Félix Ros, pero sí, en 1941 rompió con él y montó sus proyectos. Creo que no le interesaba figurar como editor, dar su nombre a una editorial. Se presentaba como director de colecciones en editoriales que no publicaban otra cosa más que la colección que él hacía. Así fue hasta 1945, una vez acabada la segunda Guerra Mundial. Tuvo la idea inicial de hacer un libro al mes. Y tenía que ser un libro caro que le permitiera vivir hasta lanzar el siguiente título. Pronto se encontró con una buena recepción del público que le permitió hacer cada vez más y más libros.

En determinados momentos es incluso el editor de mesa, se involucra mucho en sus proyectos.

Era muy frecuente en la década de los 30. Lo de que ejerciera de traductor ya es más dudoso. Sospecho, incluso hay algún testimonio de ello, que lo que hacía en algunos casos era coger traducciones ya hechas antes de la reforma lingüística de Fabra, las adaptaba al catalán post-Fabra y eso ya le daba autoría, porque el cambio era muy grande. Según Luis Caralt, en los años 40 prácticamente trabajaban solos, o con muy poca ayuda. A medida en que la empresa crecía, Janés se desentendió del trabajo de mesa y se dedicó a decidir quién hacía qué y cómo sería cada libro.

Para sacar adelante sus proyectos recurre a nombres que hoy son referentes.

Se rodea de gente muy buena, como Luis Miracle o Antonio Rabinad, por citar a algunos. En esa época, cuando les da trabajo, son buenos en el oficio pero pasará un tiempo hasta que se les considere autores representativos de la cultura. Janés no contrató a gente que tuviera un gran caché, porque tampoco les hubiera podido pagar. Recurrió, sin embargo, a gente de talento, como los artistas gráficos de La Llotja. Y siempre tenía en cuenta a quienes pasaban dificultades, ya estuvieran en el exilio o en la cárcel.

Eso era algo característico en él, durante la guerra y también en la posguerra.

Está el ejemplo de Luys Santa Marina, durante la Guerra Civil. Gente de derechas que durante la República permaneció en la cárcel y que Janés procuró que saliera adelante. Tenía la sensación de que las gentes de letras estaban en un mundo aparte y que debían ayudarse unos a otros por encima de las diferencias ideológicas. Mantuvo firme esa idea durante la guerra y, al acabar, comprobó que no era tan fácil y que debía marcarse un límite. Aún así, no abandonó a Ferran Canyameres quien, después de su exilio en París, regresó a España, montó una editorial y acabó en la cárcel. Janés le encargaba traducciones y otros trabajos hasta bien entrados los años 50. Esta voluntad de ayudar es una de las virtudes que mejor definen a Janés.

Portada del primer número de «Rosa dels Vents» (abril de 1936).

El no poder retomar la publicación de la revista Rosa dels Vents, ¿fue su gran frustración?

Por supuesto. Tanto la revista como las ediciones de Quaderns Literaris, que tras el estallido de la Guerra Civil fueron sometidos a cambios que no le hicieron ninguna gracia. Quaderns Literaris se incorporó a Rosa dels Vents manteniendo la continuidad de numeración, por lo que los volúmenes tenían dos referencias numéricas. Lamentó mucho el dejar de publicar a autores en catalán. Paradójicamente, cuando se pudo retomar la edición en lengua catalana, a partir de 1946, no tuvo suerte. Pensó que los lectores irían detrás de los libros pero no fue así, no hubo una gran respuesta. Mitificó Quaderns Literaris como referente. Editar en catalán resultó ser un pozo sin fondo en un momento en el que, además, se encontraba con muchas dificultades debido a la censura. Uno de sus proyectos fue involucrar a Joan Sales, creador de Club Editor, para publicar en castellano sus éxitos en catalán. Entre ellos estaba Incerta glòria, del propio Sales, o las obras de Llorenç Villalonga.

Si repasamos los tipos de géneros que publicaba Janés, podemos apreciar un reflejo de lo que realmente se vende aún hoy en día. Mucha narrativa, luego ensayo, poesía muy poco y por último teatro.

No ha cambiado mucho, no. Lo que es extraordinario es que Janés, visto así, juega a todos los palos. Hay editoriales especializadas en un solo género. Janés es generalista, tanto hace libros de medicina, como ensayo histórico, memorias, novela… La proporción que eso tiene en su catálogo es similar a la que podemos encontrar ahora en el mercado, con la coincidencia de algunos nombres a los que publicó y que permanecen en las librerías.

Cubierta de «Historia de una escalera», de Antonio Buero Vallejo, con prólogo de Alfredo Marqueríe, diseño de Ricard Giralt Miracle. Manantial que no Cesa, nº 138 (1950).

La lista que ofreces bajo el título «El entramado Janés» es tremenda. Un laberinto de sellos y colecciones, con títulos muy curiosos, como «Manantial que no Cesa».

Ahí publicó Historia de una escalera, la única pieza de Antonio Buero Vallejo que llegó a incluir en la colección. Si repasas lo que sacó en «Manantial que no Cesa», todas eran obras que pensaba que podrían tener éxito, bien porque la representación teatral había funcionado, bien porque hubo una adaptación cinematográfica.

Otras colecciones: «La Botella Errante»; «El Monigote de Papel», dedicada al humor, género que ya has comentado que era fundamental en su catálogo.

Si nos situamos en los años 30, en el momento en que se forma el grupo de Sabadell, con Janés como director y con los trabajos de Pere Quart, Pere Calders o Artís-Gener, la redacción debía ser una olla de grillos, un cachondeo. Se lo pasaban muy bien, difícilmente podía funcionar como negocio, pero era una tertulia insólita. El hecho de disfrutar del sentido del humor y de las relaciones personales también era algo muy de Janés. Los libros de humor los comenzó a incluir en su catálogo en los años 30. Fue quien introdujo a Massimo Bontempelli en España. Es el primer editor de Pere Calders, a quien le publica los dos primeros libros. Calders era una año mayor que Janés y el editor, en un prólogo, escribe: «Calders es un joven talento, muy precoz».

«Las Quintaesencias» era una colección muy particular.

Son libros muy bonitos, muy bien decorados. «Las Quintaesencias» fue la primera colección de un género poco habitual en España: el aforismo. No se trataba siempre de aforismos, a veces publicaba pequeños fragmentos de obras o de autores importantes Pero la selección de títulos aparecidos y previstos era excepcional, incluyendo a españoles como Unamuno, Ortega y Gasset a quien no pudo publicar, Eugeni d’Ors, y a otros que ya formaban parte de su catálogo como Bernard Shaw, Rabindranath Tagore… Eran pequeños breviarios representativos de grandes nombres.

Arriesgó con literaturas no muy publicadas entonces, como las nórdicas, incluso remarcas la presencia habitual de voces húngaras en sus catálogos.

En el caso de la literatura nórdica hay una explicación, te diré que un poco intuitiva. Cuando se comienza a dar el premio Nobel la inmensa mayoría de los autores que lo obtienen son suecos. O noruegos, o polacos. Estos escritores avalados por el Nobel Knut Hamsun, Selma Lagerlöf, Alfred von Hedenstierna, a quien traduce Gabriel Miró no son especialmente conocidos hasta que lo ganan y se les comienza a publicar en España. El asunto de los húngaros tiene que ver con el hecho de que teníamos en España a Oliver Brachfeld y a Andrés Revesz, que eran capaces de traducir, tanto en castellano como en catalán, partiendo del húngaro. Tenían mucho interés en dar a conocer a estos escritores, en parte por interés cultural, y en parte porque eran los gestores de los derechos de autor . Pero sí, es la época en que comenzamos a leer los cuentos de Sándor Márai en las páginas de Destino, y a otros narradores a los que hemos redescubierto posteriormente.

Además de esas traducciones de las que hablábamos antes y que deberían dejar de publicarse, ¿qué consideras lo más destacable que ha dejado Janés para el mundo del libro?

Su filosofía de trabajo y el buscar el equilibrio entre el libro que se venda pero del que te puedas sentir orgulloso; dignificarlo como objeto. Creo que es una cosa que continúa siendo válida. No todo el mundo sigue estando de acuerdo. Los que vinieron inmediatamente detrás suyo se interesaron mucho por lo que publicaban y por cómo hacerlo. No tenían un interés muy marcado en cuanto a ver el libro como objeto. Me explico. La generación que vino después, los jóvenes editores con quienes apenas coincidió Carlos Barral, Jorge Herralde, Beatriz de Moura, Esther Tusquets, ¿qué procuraban hacer? Publicar aquella literatura que hasta entonces no había llegado. Por lo tanto tienen mucho interés en los autores, en los temas, les interesa el contenido, y menos el continente. El equilibrio que buscaba Janés ellos lo inclinan hacia un lado. Y en esto, quizás Esther Tusquets sería una excepción. En Lumen incluyó alguna colección «Palabra e Imagen» en la que sí se preocupó mucho del objeto. También sus libros infantiles o los de fotografía eran buenos ejemplos de su preocupación por la estética, combinando textos de Cela o de Delibes con material gráfico. Esta búsqueda del equilibrio creo que sí es un legado aprovechable y que muchos editores han seguido. Y un libro digno no necesariamente ha de ser en tapa dura. Me refiero al cuidado en la presentación, en la legibilidad, en que el cuerpo tipográfico sea adecuado, que tenga unos márgenes correctos.

Aunque hemos destacado sus ediciones cuidadas, casi de bibliófilo, Janés tuvo interés en sacar libros más asequibles cuando se juntó con Germán Plaza.

Con Plaza, lo interesante fue la creación del Club de Lectores. Se trataba de fidelizar, algo que ya hizo Janés con Quaderns Literaris. Es decir, que el lector se convirtiera en suscriptor. De esta manera se aseguraban unas ventas previas y podían calcular la tirada en base a esa previsión. De su colaboración lo que le interesaba a Janés era crecer en Latinoamérica. Y eso lo podía lograr a través de Germán Plaza, que tenía un planteamiento muy inteligente, muy meditado y muy bien estructurado. Es curioso que tenga libros con pies editoriales de José Janés Americana. Los hacía en Barcelona, era su manera de esquivar la censura, pura y simplemente. Nunca consiguió tener una implantación lo suficientemente buena o en consonancia con la obra que estaba haciendo en Barcelona hacia América. En cambio Plaza era muy bueno en esto, de la combinación podía haber salido algo interesante.

Sobrecubierta de «Hay una juventud que aguarda», de Francisco Candel, con prólogo de Tomás Salvador e ilustración de Joan Genovés. Doy Fe (1956).

La muerte de Josep Janés fue muy temprana, a los 45 años.

Como editor llevaba desde 1934, su carrera también fue muy corta.

Nos quedamos sin saber hasta dónde podía haber llegado.

Eso es hacer ficción. Si nos entretenemos en ver los proyectos que tenía en marcha y las ideas que quedaron pendientes de desarrollar, podemos ver claramente que era muy inquieto. Habló de crear una colección de las grandes obras del pensamiento universal. Reunir en volúmenes las textos de cabecera. Eso incluía a Joyce, pero también la Biblia, el Corán, Las mil y una noches

Algo parecido a lo que hizo Círculo de Lectores, con sus colecciones «Opera Mundi».

Sí, ahí se trabajaron varias colecciones con grandes autores. Otro de sus proyectos era seleccionar las grandes novelas americanas y publicarlas con fotografías de los paisajes, los escenarios de las obras. Era muy aficionado al cine, sabía que la imagen adquiriría importancia como objeto estético, como arte. Vio que de la conjunción entre la imagen y la palabra podían salir libros interesantes. Y, como te explicaba antes, quería dar a conocer lo bueno y mejor de la literatura catalana junto a Joan Salas, para abrir a los autores en catalán un mercado mucho más amplio, que quizás no les permitiría profesionalizarse, pero al ser traducidos al castellano obtendrían más público y tendrían más posibilidades de dar el salto a Europa mediante las traducciones, más allá de lo que el propio Salas estaba consiguiendo en Francia con algunos de los libros de Club Editor. Es lo mismo que sucede ahora. Tenemos el caso de Albert Sánchez Piñol. Le fue más fácil llegar a otros países a partir de la edición en castellano. Y hay un motivo evidente: la posibilidad de que las editoriales interesadas tengan a un lector de originales en castellano antes que uno en catalán… Salas, en un principio, era reticente a esa colaboración pero en las cartas que se remitieron ya quedó claro que estaban de acuerdo en poner en marcha su asociación.

Josep Janés en su despacho en los años cincuenta.

Josep Janés en su despacho en los años cincuenta.

Nos queda claro que en España hay dos maneras opuestas y muy marcadas de hacer libros: la que representa Lara y la que representa Janés.

En esta dicotomía, quien vendría a reemplazar con más éxito a Janés cuando sale de escena es Jorge Herralde. Hay ciertos paralelismos con Anagrama. En la importancia que desde sus inicios le dio y por el sustento que encontró en la literatura de humor y en Wodehouse en particular. También en cuanto a que, si uno piensa en el arquetipo de la edición comercial, no lo hace tanto en Planeta como en José Manuel Lara, quien ve, enfoca y encara la edición como negocio, mientras que Janés lo ve como una misión cultural, un compromiso adquirido y que ha de ver cómo financia. Es lógico que Janés y Lara fueran grandes enemigos. Sólo hay que tener en cuenta dónde estaba cada uno de ellos en 1939: Uno, exiliado en Francia con el Conseller de Cultura. El otro, legionario entrando en la Diagonal con las fuerzas de Yagüe. Y por supuesto, tenían visiones completamente diferentes de la edición. En el momento en que Janés compra la editorial Lara, acción que impidió al fundador de Planeta ponerle su nombre a otra empresa, en una época en la que las editoriales se llamaban Afrodisio Aguado o Luis de Caralt, remarcando el nombre del editor, no le debió hacer mucha gracia. Muerto Janés, la primera oferta por la compra de su negocio la hace Lara, básicamente para recuperar su sello. La viuda de Janés, que parecía no tener una opinión formada sobre qué hacer, se dejó convencer por los empleados para que no accediera a la oferta. Finalmente Germán Plaza, con quien Janés tenía buena sintonía, se quedó con el negocio, aun sabiendo que compraba una empresa con muchos problemas económicos, pero siendo consciente de que también adquiría un fondo editorial de gran recorrido. Plaza & Janés mantiene vivo parte del catálogo. Maurois, Wodehouse, Hamsun, Zilahi, Fallada… Hay muchos autores de Janés que siguen presentes, a veces recuperados por pequeñas editoriales declaradamente culturales y con exigencia estética. No lo estaría haciendo tan mal.

* A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor. Josep Mengual.
Editorial Debate (Barcelona, 2013).

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