José Luis Ibáñez Ridao

José Luis Ibá­ñez Ridao recuer­da que su abue­lo materno regre­só a casa de la bata­lla de Teruel con un reloj. Por aquel enton­ces, él toda­vía era un niño que se pre­gun­ta­ba por el sig­ni­fi­ca­do de aquel reloj, si es que tenía alguno, y por qué su abue­lo se lo había traí­do del fren­te en el que había lucha­do una vez aca­ba­da la Gue­rra Civil.

La incer­ti­dum­bre se man­tu­vo intac­ta has­ta que un día des­cu­brió, por un ami­go de su abue­lo, que muy cer­ca del lugar en el que ellos se encon­tra­ban, les había esta­lla­do una bom­ba que mató a varios de sus com­pa­ñe­ros de bata­llón.

Sin saber muy bien cómo ocu­rrió, aquel reloj le cayó enci­ma a su abue­lo tras el esta­lli­do del arte­fac­to. A dife­ren­cia de sus com­pa­ñe­ros, él pudo sal­var la vida. Qui­zás por eso, como recuer­do por haber sobre­vi­vi­do o como una señal de la pro­vi­den­cia, deci­dió lle­var­se aquel reloj con­si­go «para poder des­per­tar­se a una hora con­cre­ta en medio de la gue­rra».

His­to­rias como esta, que per­ma­ne­cie­ron laten­tes duran­te muchos años en la cabe­za de aquel niño, aho­ra son las que ali­men­tan la ima­gi­na­ción de un escri­tor que pre­ten­de expli­car­se a sí mis­mo y a los demás una épo­ca tan con­vul­sa y des­ga­rra­do­ra como aque­lla en la vivió su abue­lo.

Su inten­ción es escri­bir una tetra­lo­gía sobre la Gue­rra Civil espa­ño­la, de la que ya lle­va dos nove­las publi­ca­das, Nadie debe­ría matar en oto­ño (2007) y Tam­bién mue­ren ánge­les en pri­ma­ve­ra (2009), y ter­mi­nar­la en el pre­ci­so momen­to en el que el per­so­na­je inven­ta­do por él para ayu­dar­le a enten­der aque­lla épo­ca, el detec­ti­ve Toni Ferrer, cono­ce a un señor baji­to de Alme­ría en el cam­po de con­cen­tra­ción de Arge­lès.

Aquel señor baji­to no es otro que su abue­lo, Juan Ridao. El que regre­só a casa con un reloj de la bata­lla de Teruel una vez aca­ba­da la gue­rra.

Está tan abier­ta la heri­da, que vemos
la Gue­rra Civil des­de las trin­che­ras

Su nove­la Nadie debe­ría matar en oto­ño des­cri­be una tra­ma detec­ti­ves­ca en la Bar­ce­lo­na de la Gue­rra Civil. ¿Qué le atra­jo de esta eta­pa his­tó­ri­ca tan con­vul­sa?

Me atra­jo lo des­co­no­ci­da que era y el mie­do que había a hablar de ella fue­ra del mar­co his­tó­ri­co. Los ale­ma­nes, los ame­ri­ca­nos y los ingle­ses han uti­li­za­do la Segun­da Gue­rra Mun­dial para ela­bo­rar todo tipo de his­to­rias: de amor, poli­cía­cas, de terror y has­ta de super­hé­roes. Sin embar­go, la Gue­rra Civil espa­ño­la era como un islo­te que nadie se atre­vía a tocar por mie­do a que la gen­te se irri­ta­ra.

Tam­bién me atra­jo por­que tenía una deu­da con mis abue­los, que jamás habla­ron de la Gue­rra Civil: uno de ellos fue repu­bli­cano y el otro per­te­ne­cía al ban­do de los nacio­na­les. Cuan­do ellos murie­ron, yo fui recons­tru­yen­do sus vidas a par­tir de cosas que iba encon­tran­do en casa.

tambien-mueren-angelesCon Tam­bién mue­ren ánge­les en pri­ma­ve­ra repi­te per­so­na­je y con­tex­to his­tó­ri­co. ¿Has­ta qué pun­to diría que sus nove­las par­ti­ci­pan de los hechos his­tó­ri­cos que rela­ta?

Los hechos his­tó­ri­cos son fun­da­men­ta­les. De hecho, estas dos nove­las for­man par­te de lo que será una tetra­lo­gía. En la actua­li­dad estoy tra­ba­jan­do en la ter­ce­ra. En Cata­lu­ña, curio­sa­men­te, los cua­tro hechos fun­da­men­ta­les de la Gue­rra pasan en las cua­tro esta­cio­nes del año: el oto­ño de los anar­quis­tas ocu­rre en el 36; en la pri­ma­ve­ra del 37, los hechos de mayo que rela­ta Orwell en su libro; en el verano del 38, la bata­lla del Ebro; y en el invierno del 39, la caí­da de Bar­ce­lo­na y de la Repú­bli­ca. A par­tir de ahí, deci­dí situar cada una de las nove­las en estas esta­cio­nes.

Ade­más, la situa­ción polí­ti­ca for­ma par­te intrín­se­ca de las nove­las: en la pri­me­ra, es un anar­quis­ta el que encar­ga el caso a Ferrer, que es un detec­ti­ve nor­mal y corrien­te, un empre­sa­rio de su épo­ca. En la segun­da, Ferrer está impli­ca­do en los ser­vi­cios secre­tos de la Gene­ra­li­tat. En la ter­ce­ra, el pri­mer capí­tu­lo comien­za en la bata­lla del Ebro. Y de la cuar­ta solo sé cómo aca­ba: en el penúl­ti­mo capí­tu­lo Ferrer se encon­tra­rá en el cam­po de con­cen­tra­ción de Arge­lès con un señor baji­to de Alme­ría, que es mi abue­lo, Juan Ridao.

Algu­nos deta­lles de su pro­ce­so de docu­men­ta­ción para sus nove­las figu­ran en su blog titu­la­do «Detec­ti­ve Ferrer». ¿Cómo es ese pro­ce­so antes de sen­tar­se a escri­bir?

Soy muy maniá­ti­co de la docu­men­ta­ción. Si yo vivie­se en Esta­dos Uni­dos qui­zás sería docu­men­ta­lis­ta de escri­to­res o de guio­nis­tas, que allí es un tra­ba­jo bas­tan­te coti­za­do —por ejem­plo, me hubie­se encan­ta­do tra­ba­jar para James Ell­roy—. Mi pro­ce­so empie­za con la eta­pa his­tó­ri­ca en la que quie­ro situar la nove­la. Lue­go leo la pren­sa de la épo­ca para deci­dir qué acon­te­ci­mien­tos son los que me lla­man la aten­ción y en los que pue­do ubi­car la his­to­ria. Por ejem­plo, en Nadie debe­ría matar en oto­ño esco­gí dos hechos que me pare­cie­ron espe­cial­men­te sim­bó­li­cos: comien­za el día en el que se vuel­ven a abrir los caba­rets del Para­le­lo, y el día fun­da­men­tal de la tra­ma es el que matan a Durru­ti en Madrid. Tam­bién mue­ren ánge­les en pri­ma­ve­ra arran­ca con el asal­to al edi­fi­cio de Tele­fó­ni­ca, que esta­ba en manos de los anar­quis­tas.

Una vez que ten­go ubi­ca­das las fechas de la tra­ma, enton­ces me lan­zo a fon­do a leer pren­sa, dia­rios per­so­na­les —de los que están en biblio­te­cas o en museos — , pre­gun­to a gen­te de la épo­ca y voy apun­tan­do lo que pasa cada día. La docu­men­ta­ción tie­ne que ser la pun­ta del ice­berg, lo que está deba­jo para sus­ten­tar la tra­ma. Y ahí es cuan­do comien­za lo difí­cil, por­que empie­za el due­lo entre lo que inclu­yo en la nove­la y lo que no. Siem­pre tenien­do en cuen­ta que no es his­to­ria nove­la­da sino una nove­la situa­da en un mar­co his­tó­ri­co.

En sus nove­las abun­dan los diá­lo­gos que ayu­dan a avan­zar la tra­ma. ¿Con­si­de­ra que su téc­ni­ca como guio­nis­ta le ha ayu­da­do a la hora de escri­bir sus nove­las?

Sin duda. Yo tra­ba­jo las nove­las como un guio­nis­ta. Pri­me­ro las con­ci­bo visual­men­te, aun­que lue­go la escri­tu­ra no sea cine­ma­to­grá­fi­ca: de muchos diá­lo­gos y fra­ses muy cor­tas. Cuan­do me sien­to a escri­bir ya ten­go la nove­la abso­lu­ta­men­te estruc­tu­ra­da y tra­ba­ja­da con fichas. Soy muy meticu­loso en ese pro­ce­so de escri­tu­ra, ten­go que saber en todo momen­to qué voy a escri­bir a con­ti­nua­ción, entre otras cosas, por moti­vos pro­fe­sio­na­les que me obli­gan a inte­rrum­pir la escri­tu­ra cons­tan­te­men­te. Con esos incon­ve­nien­tes, no pue­des sen­tar­te a espe­rar las musas. Por eso, el tener la nove­la estruc­tu­ra­da esce­na por esce­na, como si fue­se una pelí­cu­la, te per­mi­te escri­bir con­ti­nua­men­te sin tener mie­do a la pági­na en blan­co.

¿Cuá­les fue­ron sus refe­ren­cias lite­ra­rias en la cons­truc­ción de su per­so­na­je?

Tuve muchas por­que soy un devo­ra­dor enfer­mi­zo de nove­la negra. Lo úni­co que tenía cla­ro es que no que­ría al típi­co detec­ti­ve de la nove­la negra nor­te­ame­ri­ca­na, sino un detec­ti­ve real, un peque­ño empre­sa­rio. Soy un apa­sio­na­do de Das­hiell Ham­mett, pero tenía cla­ro que no que­ría hacer un Sam Spa­de; o si toma­mos el caso de Ray­mond Chand­ler, no que­ría hacer un Phi­lip Mar­lo­we. Que­ría que no se nota­ra esa influen­cia.

Por eso mi obse­sión era crear un per­so­na­je rea­lis­ta que rom­pie­ra con el tópi­co de detec­ti­ve borra­chín y amar­ga­do. Que­ría un detec­ti­ve que fue­se per­fec­ta­men­te feliz, inte­li­gen­te, uni­ver­si­ta­rio, per­te­ne­cien­te a una fami­lia pudien­te, con un nego­cio prós­pe­ro pero que, al esta­llar la gue­rra, se le des­mo­ro­na todo su mun­do. En este sen­ti­do, él es una víc­ti­ma más de la gue­rra e inten­ta sobre­vi­vir como pue­de.

¿Diría que tie­ne una rela­ción amor-odio con Toni Ferrer, como la que tenía Conan Doy­le con Sher­lock Hol­mes, o se lle­va bien con él?

Me lle­vo muy bien con él. Creo que sin dar­me cuen­ta le he pues­to las vir­tu­des que a mí me gus­ta­ría tener y, al mis­mo tiem­po, inten­tar que no ten­ga nin­guno de mis defec­tos. Yo le agra­dez­co el hecho de haber­me per­mi­ti­do des­cu­brir con sus ojos una épo­ca como la Gue­rra Civil, por­que la Bar­ce­lo­na de antes de la Gue­rra era espec­ta­cu­lar y me que­dé pren­da­do de ella.

¿Cuán­to hay de José Luis Ibá­ñez Ridao en su per­so­na­je, el detec­ti­ve Toni Ferrer?

Mucho. Sobre todo, la for­ma un poco des­creí­da de ver la vida. Como perio­dis­ta ves tan­tas cosas que al final te vuel­ves bas­tan­te des­creí­do. Así que des­ta­ca­ría, por un lado, ese escep­ti­cis­mo y, por otro una curio­si­dad insa­cia­ble y unas ganas tre­men­das de vivir. Ferrer se enro­la en los ser­vi­cios secre­tos de la Gene­ra­li­tat por­que cree que pue­de ayu­dar en la gue­rra. Él cree en la cau­sa repu­bli­ca­na, se invo­lu­cra de lleno en ella, y es capaz de ver todos los defec­tos de su ban­do al mis­mo tiem­po que entien­de por qué esta­lla la gue­rra. Tie­ne ese pun­to de perio­dis­ta que soy yo, pero con­ver­ti­do en el detec­ti­ve que es él.

Mi per­so­na­je tie­ne ese pun­to de perio­dis­ta que soy yo, pero con­ver­ti­do en el detec­ti­ve que es él

José Luis Ibáñez Ridao

José Luis Ibá­ñez Ridao.

¿Cree que el con­tex­to actual de cri­sis ha con­tri­bui­do al auge de la nove­la negra?

Aun­que ayu­da mucho el con­tex­to actual de cri­sis, creo que ya venía con bas­tan­te impul­so. La nove­la negra euro­pea, sobre todo la escan­di­na­va, ha vuel­to a las raí­ces del géne­ro, que es expli­car la cara B de la socie­dad. Creo en los fina­les bue­nos, es decir, que pague el malo. Es una catar­sis, ya que no suce­de en la reali­dad. En eso con­sis­te bue­na par­te de su éxi­to. Pero ha lle­ga­do a un pun­to en el que ha deja­do de ser una moda para con­ver­tir­se en un géne­ro lite­ra­rio con­so­li­da­do, sin fluc­tua­cio­nes como las que ha teni­do, por ejem­plo, la nove­la his­tó­ri­ca.

¿Se ha plan­tea­do o le han plan­tea­do ceder los dere­chos de algu­na de sus nove­las para lle­var­las al cine?

Toda­vía no. Un direc­tor de cine me escri­bió una vez para decir­me que le encan­ta­ban mis nove­las, pero no pasó de ahí. El pro­ble­ma es que las pelí­cu­las de épo­ca bien ambien­ta­das son caras y es muy difí­cil encon­trar un pro­duc­tor. He tra­ba­ja­do un guión para­le­lo sobre el per­so­na­je de Fan­to­mas, que fue una per­so­na real, en cola­bo­ra­ción con su biz­nie­to, que es rea­li­za­dor.

Sus dos nove­las están ambien­ta­das en la par­te repu­bli­ca­na de la Gue­rra. ¿Con­si­de­ra que este perío­do de la his­to­ria ha sido sufi­cien­te­men­te explo­ra­do lite­ra­ria­men­te, o exis­te un vacío que lle­nar?

Hay nove­las muy bue­nas, pero aún hay espa­cio para muchí­si­mo más. El pro­ble­ma de la Gue­rra Civil espa­ño­la es la pola­ri­dad: tie­nes que estar a favor o en con­tra de uno de los dos ban­dos. Habi­tual­men­te se ha tra­ta­do des­de el pun­to de vis­ta del ban­do nacio­nal o des­de el repu­bli­cano, pero por ejem­plo hay pocas cosas sobre los enfren­ta­mien­tos den­tro de una mis­ma fami­lia que tenía a varios de sus miem­bros en ban­dos opues­tos. Se ha toca­do mucho el tema his­tó­ri­co, pero no la par­te moral. Está tan abier­ta la heri­da, que vemos la Gue­rra Civil des­de las trin­che­ras. Me gus­ta­ría que hubie­se más lite­ra­tu­ra hablan­do de las elec­cio­nes, de las sepa­ra­cio­nes fami­lia­res, de los sen­ti­mien­tos de la gen­te.

¿Qué cree que pue­de apor­tar la fic­ción lite­ra­ria a la com­pren­sión de los hechos his­tó­ri­cos?

La capa­ci­dad de lle­var a la gen­te al esce­na­rio y crear­le al lec­tor la sen­sa­ción de reali­dad. Por eso es más fácil que se pue­da trans­por­tar a aque­lla épo­ca. No es lo mis­mo leer un manual de his­to­ria que ver­la a tra­vés de unos per­so­na­jes que se mue­ven. La lite­ra­tu­ra pue­de hacer que la gen­te se intere­se por la his­to­ria.

La lite­ra­tu­ra pue­de hacer que la gen­te
se intere­se por la his­to­ria

¿Ali­men­tan o limi­tan los hechos his­tó­ri­cos la ima­gi­na­ción del nove­lis­ta?

La ali­men­tan. Hay his­to­rias que no pue­des expli­car en una nove­la por­que la reali­dad va más allá de la fic­ción. Ade­más, es un reto per­so­nal, por­que ceñir­te a un perío­do his­tó­ri­co te supo­ne una difi­cul­tad aña­di­da para inte­grar los hechos a la tra­ma. Es la vie­ja dis­cu­sión entre lo real y lo vero­sí­mil: hay hechos reales que son inve­ro­sí­mi­les, y vice­ver­sa. Tie­nes que limi­tar la reali­dad por­que a menu­do esta no sería creí­ble, sobre todo, a los lec­to­res actua­les. Tene­mos una visión muy limi­ta­da de aque­lla socie­dad de los años 30.

Usted ha tra­ba­ja­do en diver­sos pro­gra­mas de tele­vi­sión y radio. ¿Qué le han apor­ta­do a nivel humano y pro­fe­sio­nal esas cola­bo­ra­cio­nes?

La gen­te que he cono­ci­do. Cuan­do miro hacia atrás me sien­to muy con­ten­to y orgu­llo­so de la gen­te que he cono­ci­do, como Patri­cia Highs­mith, José Sara­ma­go, Seve­ro Ochoa, Phi­lip Kerr, James Ell­roy. Y tam­bién la for­ma de tra­ba­jar en la radio, por­que allí el bole­tín de las ocho no tie­ne nada que ver con el de las ocho y un minu­to. Todas mis cola­bo­ra­cio­nes en la radio me han crea­do una dis­ci­pli­na que yo agra­dez­co mucho a la hora de escri­bir.

¿Guar­da algún recuer­do espe­cial de esas cola­bo­ra­cio­nes?

Recuer­do con mucho cari­ño un espa­cio cul­tu­ral que hacía una vez a la sema­na en la radio, en un pro­gra­ma que se lla­ma­ba «La Nit», con­du­ci­do por Enric Sope­na. Dos horas antes a la emi­sión del pro­gra­ma íba­mos a cenar y hablá­ba­mos de temas diver­sos. Aque­lla fue una eta­pa muy feliz de mi vida pro­fe­sio­nal. Y en cuan­to a polí­ti­cos, recuer­do que Fer­nán­dez Ordó­ñez, cuan­do era minis­tro de Exte­rio­res, me seña­ló dos pun­tos que iban a ser muy con­flic­ti­vos en los años veni­de­ros: uno, los Bal­ca­nes y otro, Afga­nis­tán, cuan­do aún nadie ima­gi­na­ba lo que iba a ocu­rrir en estos dos luga­res.

En la actua­li­dad tie­ne un espa­cio lla­ma­do «Terri­to­rio Coman­che» en el pro­gra­ma de Julia Ote­ro. ¿Cómo sur­gió la idea de lle­var a cabo esta cola­bo­ra­ción en la radio?

Me incor­po­ré al pro­gra­ma de Julia Ote­ro a ins­tan­cia de su rea­li­za­dor, Juan Quin­ta­ni­lla, para comen­tar libros, pri­me­ro como espa­cio inde­pen­dien­te, y aho­ra en este «Terri­to­rio Coman­che» con San­tia­go Segu­ro­la y con Agus­tín Alca­lá, que es corres­pon­sal de Onda Cero en Nue­va York, en el que yo apor­to temas rela­cio­na­dos con la lite­ra­tu­ra. Pue­de ser la reco­men­da­ción de un libro, una ten­den­cia, la fusión entre dos edi­to­ria­les.

La lec­tu­ra de Sher­lock Hol­mes
me sal­vó la vida cuan­do era niño

nadie-deberia-matar-en-otonoComo perio­dis­ta cul­tu­ral, ¿cómo ve el pano­ra­ma edi­to­rial en la actua­li­dad?

Me sien­to como debía hacer­lo un arte­sano de la lana al prin­ci­pio de la Revo­lu­ción Indus­trial. Sé que hay un mun­do y una for­ma de tra­ba­jar que se están aca­ban­do, hay un fin de eta­pa, o mejor, una eta­pa de inde­ter­mi­na­ción, pero no sé hacia adón­de vamos. Por ejem­plo, todo el mun­do está matan­do a las libre­rías, sin embar­go, dos gran­des pla­ta­for­mas de auto­edi­ción como Ama­zon y Bubok están pla­nean­do abrir nue­vas libre­rías en varias capi­ta­les euro­peas y ame­ri­ca­nas. Tam­po­co creo que este­mos pre­pa­ra­dos cul­tu­ral­men­te para el cam­bio. Lo que está cla­ro es que esta­mos ante un cam­bio de para­dig­ma, del libro físi­co al vir­tual, de algo tan­gi­ble a algo intan­gi­ble, que no sabe­mos cuán­tos años tar­da­re­mos en asu­mir.

Como crea­dor que se mue­ve en dis­tin­tos ámbi­tos cul­tu­ra­les, ¿en qué face­ta se sien­te más cómo­do: como perio­dis­ta, como guio­nis­ta o como nove­lis­ta?

Bási­ca­men­te me con­si­de­ro un perio­dis­ta, por­que veo la vida como ellos y no como un escri­tor. Y de todo lo que he hecho como perio­dis­ta me que­do con la radio. La inme­dia­tez que tie­ne la radio no hay nin­gún otro medio que te la pro­por­cio­ne, ni siquie­ra la tele­vi­sión, por­que has­ta que lle­gas a ante­na tie­nes un sin­fín de trá­mi­tes.

No me con­si­de­ro escri­tor por pudor. Por­que creo que has­ta que no ten­ga sie­te u ocho nove­las no me podré con­si­de­rar como tal. De momen­to, ten­go dos libros ambien­ta­dos en la Gue­rra Civil, estoy escri­bien­do el ter­ce­ro y un ensa­yo. Un escri­tor debe dar res­pues­tas en sus libros y yo toda­vía estoy en la fase de hacer­me muchas pre­gun­tas, que es la labor de un perio­dis­ta. Cuan­do ten­ga los cua­tro ter­mi­na­dos qui­zás ya me con­si­de­re un escri­tor.

Sien­do pro­fe­sio­nal del medio, ¿cómo cree que debe rein­ven­tar­se el perio­dis­mo para salir de la cri­sis?

Creo que fue Miguel Ángel Agui­lar el que expre­só la situa­ción del perio­dis­mo como aquel que se mue­re de sed en medio de una inun­da­ción por­que le cues­ta encon­trar agua pota­ble. Los encar­ga­dos de encon­trar esa agua pota­ble somos los perio­dis­tas. Si no hay inde­pen­den­cia, tam­po­co hay infor­ma­ción libre ni perio­dis­mo. Otro pro­ble­ma actual es que hemos con­fun­di­do la obje­ti­vi­dad con el hecho de no tra­ba­jar para un medio. Y hay que sumar que en Espa­ña los medios de comu­ni­ca­ción están dema­sia­do liga­dos a los par­ti­dos polí­ti­cos. Lo cier­to es que no soy muy opti­mis­ta, por­que com­prue­bo que la inde­pen­den­cia se está per­dien­do y por­que hay muchos intere­ses oscu­ros detrás de los medios.

¿Qué es lo que mue­ve a José Luis Ibá­ñez Ridao a escri­bir?

La nece­si­dad de expli­car his­to­rias. Y tam­bién el hecho de que sea un reto. Cada artícu­lo, cada libro, es un desafío que me plan­teo: nece­si­to expli­car una his­to­ria y ade­más lograr que se entien­da. No soy de esos escri­to­res que sufren. Dis­fru­to ima­gi­nan­do y cons­tru­yen­do esos mun­dos fic­ti­cios. Es mi refu­gio: cuan­do estoy depri­mi­do me pon­go a escri­bir.

Debi­do a pro­ble­mas de salud cuan­do era un niño, que me obli­ga­ron a per­ma­ne­cer en cama, mi mun­do duran­te muchos años fue el de los libros. El per­so­na­je de Sher­lock Hol­mes me sal­vó la vida. Para mí es tan real esa vida lite­ra­ria como la vida real. La pri­me­ra vez que visi­té Lon­dres era como si ya la cono­cie­ra: me sona­ban todas las calles, los ambien­tes… Y eso gra­cias a las lec­tu­ras de Sher­lock Hol­mes.

Cuan­do se sien­ta a escri­bir, ¿tie­ne algún hábi­to de tra­ba­jo o impro­vi­sa sus narra­cio­nes?

Soy muy maniá­ti­co. Siem­pre escri­bo en libre­tas del mis­mo color para cada libro. Ade­más, uti­li­zo esti­lo­grá­fi­cas que deben tener algu­na his­to­ria. Tam­bién soy muy madru­ga­dor des­de la épo­ca en la que tra­ba­ja­ba en la radio.

¿Y qué bus­ca en la lec­tu­ra?

Vivir otras vidas. Y no por­que la mía me dis­gus­te, sino por­que me encan­ta tras­la­dar­me, por ejem­plo, a la Ingla­te­rra vic­to­ria­na, a los Esta­dos Uni­dos de la Gran Depre­sión, al Cari­be de los pira­tas. Eso lo pue­des con­se­guir vien­do una pelí­cu­la o leyen­do una nove­la.

Las lec­tu­ras esco­gi­das depen­den del momen­to. A veces bus­co pura eva­sión, quie­ro diver­tir­me como si estu­vie­se vien­do una pelí­cu­la o una serie de tele­vi­sión. Hay otros momen­tos en los que bus­co res­pues­tas a cier­tos temas con­cre­tos como el fana­tis­mo reli­gio­so, la cien­cia, la super­po­bla­ción. Me gus­ta dis­fru­tar y cono­cer esas otras reali­da­des que habi­tan en los libros. Y qui­sie­ra que la gen­te que lea mis libros se sien­ta trans­por­ta­da a la épo­ca que des­cri­bo.

LAS CLAVES DE JOSÉ LUIS IBÁÑEZ RIDAO

. Apa­sio­na­do de Sher­lock Hol­mes. Al hablar de su pasión devo­ra­do­ra por la nove­la negra y de intri­ga, José Luis Ibá­ñez Ridao hace un alto en la des­crip­ción de su per­so­na­je, el detec­ti­ve Ferrer y nos mues­tra sin pudor, orgu­llo­so, un pin que lle­va en su cha­que­ta del «Círcu­lo Hol­mes» de Bar­ce­lo­na. Afir­ma que la lec­tu­ra de Sher­lock Hol­mes le sal­vó cuan­do era un niño por­que, debi­do a pro­ble­mas de salud, tuvo que pasar gran­des tem­po­ra­das en cama.

. Obse­sión por los deta­lles. Su meticu­losi­dad a la hora de enfren­tar­se a la docu­men­ta­ción raya lo obse­si­vo. Para satis­fa­cer su curio­si­dad insa­cia­ble, dedi­ca mucho tiem­po a ras­trear con la per­sis­ten­cia de un sabue­so cual­quier docu­men­to que pue­da ayu­dar­le a con­tex­tua­li­zar la tra­ma de sus nove­las: pren­sa de la épo­ca, dia­rios per­so­na­les, infor­mes jurí­di­cos.

. Dis­ci­pli­na. Afir­ma que los años que tra­ba­jó en la radio le ayu­da­ron a con­se­guir una dis­ci­pli­na de tra­ba­jo que envi­dian muchos de sus ami­gos escri­to­res. Tenía que levan­tar­se muy tem­prano y orga­ni­zar con­cien­zu­da­men­te el día para pro­ve­char cada res­qui­cio de tiem­po que le deja­ba el tra­ba­jo.

. Per­fec­cio­nis­mo. Orga­ni­za la tra­ma en mul­ti­tud de fichas de tra­ba­jo que le ayu­dan a seguir el orden esta­ble­ci­do a la hora de poner­se a escri­bir. En sus nove­las no hay nada deja­do en manos del azar, has­ta tal pun­to de ase­gu­rar que si en una de ellas apa­re­ce un día solea­do en Bar­ce­lo­na, es por­que ese día en efec­to ama­ne­ció solea­do en Bar­ce­lo­na.

Fotos de José Luis Ibá­ñez Ridao: Elí­za­beth Her­nán­dez Alva­ra­do.

SI TE GUSTÓ, ¡COMPÁRTELO!
Share on Facebook0Tweet about this on TwitterShare on Google+0Pin on Pinterest0Share on LinkedIn0Email this to someone