José Luis Ibáñez Ridao

José Luis Ibáñez Ridao recuerda que su abuelo materno regresó a casa de la batalla de Teruel con un reloj. Por aquel entonces, él todavía era un niño que se preguntaba por el significado de aquel reloj, si es que tenía alguno, y por qué su abuelo se lo había traído del frente en el que había luchado una vez acabada la Guerra Civil.

La incertidumbre se mantuvo intacta hasta que un día descubrió, por un amigo de su abuelo, que muy cerca del lugar en el que ellos se encontraban, les había estallado una bomba que mató a varios de sus compañeros de batallón.

Sin saber muy bien cómo ocurrió, aquel reloj le cayó encima a su abuelo tras el estallido del artefacto. A diferencia de sus compañeros, él pudo salvar la vida. Quizás por eso, como recuerdo por haber sobrevivido o como una señal de la providencia, decidió llevarse aquel reloj consigo «para poder despertarse a una hora concreta en medio de la guerra».

Historias como esta, que permanecieron latentes durante muchos años en la cabeza de aquel niño, ahora son las que alimentan la imaginación de un escritor que pretende explicarse a sí mismo y a los demás una época tan convulsa y desgarradora como aquella en la vivió su abuelo.

Su intención es escribir una tetralogía sobre la Guerra Civil española, de la que ya lleva dos novelas publicadas, Nadie debería matar en otoño (2007) y También mueren ángeles en primavera (2009), y terminarla en el preciso momento en el que el personaje inventado por él para ayudarle a entender aquella época, el detective Toni Ferrer, conoce a un señor bajito de Almería en el campo de concentración de Argelès.

Aquel señor bajito no es otro que su abuelo, Juan Ridao. El que regresó a casa con un reloj de la batalla de Teruel una vez acabada la guerra.

Está tan abierta la herida, que vemos
la Guerra Civil desde las trincheras

Su novela Nadie debería matar en otoño describe una trama detectivesca en la Barcelona de la Guerra Civil. ¿Qué le atrajo de esta etapa histórica tan convulsa?

Me atrajo lo desconocida que era y el miedo que había a hablar de ella fuera del marco histórico. Los alemanes, los americanos y los ingleses han utilizado la Segunda Guerra Mundial para elaborar todo tipo de historias: de amor, policíacas, de terror y hasta de superhéroes. Sin embargo, la Guerra Civil española era como un islote que nadie se atrevía a tocar por miedo a que la gente se irritara.

También me atrajo porque tenía una deuda con mis abuelos, que jamás hablaron de la Guerra Civil: uno de ellos fue republicano y el otro pertenecía al bando de los nacionales. Cuando ellos murieron, yo fui reconstruyendo sus vidas a partir de cosas que iba encontrando en casa.

tambien-mueren-angelesCon También mueren ángeles en primavera repite personaje y contexto histórico. ¿Hasta qué punto diría que sus novelas participan de los hechos históricos que relata?

Los hechos históricos son fundamentales. De hecho, estas dos novelas forman parte de lo que será una tetralogía. En la actualidad estoy trabajando en la tercera. En Cataluña, curiosamente, los cuatro hechos fundamentales de la Guerra pasan en las cuatro estaciones del año: el otoño de los anarquistas ocurre en el 36; en la primavera del 37, los hechos de mayo que relata Orwell en su libro; en el verano del 38, la batalla del Ebro; y en el invierno del 39, la caída de Barcelona y de la República. A partir de ahí, decidí situar cada una de las novelas en estas estaciones.

Además, la situación política forma parte intrínseca de las novelas: en la primera, es un anarquista el que encarga el caso a Ferrer, que es un detective normal y corriente, un empresario de su época. En la segunda, Ferrer está implicado en los servicios secretos de la Generalitat. En la tercera, el primer capítulo comienza en la batalla del Ebro. Y de la cuarta solo sé cómo acaba: en el penúltimo capítulo Ferrer se encontrará en el campo de concentración de Argelès con un señor bajito de Almería, que es mi abuelo, Juan Ridao.

Algunos detalles de su proceso de documentación para sus novelas figuran en su blog titulado «Detective Ferrer». ¿Cómo es ese proceso antes de sentarse a escribir?

Soy muy maniático de la documentación. Si yo viviese en Estados Unidos quizás sería documentalista de escritores o de guionistas, que allí es un trabajo bastante cotizado —por ejemplo, me hubiese encantado trabajar para James Ellroy—. Mi proceso empieza con la etapa histórica en la que quiero situar la novela. Luego leo la prensa de la época para decidir qué acontecimientos son los que me llaman la atención y en los que puedo ubicar la historia. Por ejemplo, en Nadie debería matar en otoño escogí dos hechos que me parecieron especialmente simbólicos: comienza el día en el que se vuelven a abrir los cabarets del Paralelo, y el día fundamental de la trama es el que matan a Durruti en Madrid. También mueren ángeles en primavera arranca con el asalto al edificio de Telefónica, que estaba en manos de los anarquistas.

Una vez que tengo ubicadas las fechas de la trama, entonces me lanzo a fondo a leer prensa, diarios personales —de los que están en bibliotecas o en museos—, pregunto a gente de la época y voy apuntando lo que pasa cada día. La documentación tiene que ser la punta del iceberg, lo que está debajo para sustentar la trama. Y ahí es cuando comienza lo difícil, porque empieza el duelo entre lo que incluyo en la novela y lo que no. Siempre teniendo en cuenta que no es historia novelada sino una novela situada en un marco histórico.

En sus novelas abundan los diálogos que ayudan a avanzar la trama. ¿Considera que su técnica como guionista le ha ayudado a la hora de escribir sus novelas?

Sin duda. Yo trabajo las novelas como un guionista. Primero las concibo visualmente, aunque luego la escritura no sea cinematográfica: de muchos diálogos y frases muy cortas. Cuando me siento a escribir ya tengo la novela absolutamente estructurada y trabajada con fichas. Soy muy meticuloso en ese proceso de escritura, tengo que saber en todo momento qué voy a escribir a continuación, entre otras cosas, por motivos profesionales que me obligan a interrumpir la escritura constantemente. Con esos inconvenientes, no puedes sentarte a esperar las musas. Por eso, el tener la novela estructurada escena por escena, como si fuese una película, te permite escribir continuamente sin tener miedo a la página en blanco.

¿Cuáles fueron sus referencias literarias en la construcción de su personaje?

Tuve muchas porque soy un devorador enfermizo de novela negra. Lo único que tenía claro es que no quería al típico detective de la novela negra norteamericana, sino un detective real, un pequeño empresario. Soy un apasionado de Dashiell Hammett, pero tenía claro que no quería hacer un Sam Spade; o si tomamos el caso de Raymond Chandler, no quería hacer un Philip Marlowe. Quería que no se notara esa influencia.

Por eso mi obsesión era crear un personaje realista que rompiera con el tópico de detective borrachín y amargado. Quería un detective que fuese perfectamente feliz, inteligente, universitario, perteneciente a una familia pudiente, con un negocio próspero pero que, al estallar la guerra, se le desmorona todo su mundo. En este sentido, él es una víctima más de la guerra e intenta sobrevivir como puede.

¿Diría que tiene una relación amor-odio con Toni Ferrer, como la que tenía Conan Doyle con Sherlock Holmes, o se lleva bien con él?

Me llevo muy bien con él. Creo que sin darme cuenta le he puesto las virtudes que a mí me gustaría tener y, al mismo tiempo, intentar que no tenga ninguno de mis defectos. Yo le agradezco el hecho de haberme permitido descubrir con sus ojos una época como la Guerra Civil, porque la Barcelona de antes de la Guerra era espectacular y me quedé prendado de ella.

¿Cuánto hay de José Luis Ibáñez Ridao en su personaje, el detective Toni Ferrer?

Mucho. Sobre todo, la forma un poco descreída de ver la vida. Como periodista ves tantas cosas que al final te vuelves bastante descreído. Así que destacaría, por un lado, ese escepticismo y, por otro una curiosidad insaciable y unas ganas tremendas de vivir. Ferrer se enrola en los servicios secretos de la Generalitat porque cree que puede ayudar en la guerra. Él cree en la causa republicana, se involucra de lleno en ella, y es capaz de ver todos los defectos de su bando al mismo tiempo que entiende por qué estalla la guerra. Tiene ese punto de periodista que soy yo, pero convertido en el detective que es él.

Mi personaje tiene ese punto de periodista que soy yo, pero convertido en el detective que es él

José Luis Ibáñez Ridao

José Luis Ibáñez Ridao.

¿Cree que el contexto actual de crisis ha contribuido al auge de la novela negra?

Aunque ayuda mucho el contexto actual de crisis, creo que ya venía con bastante impulso. La novela negra europea, sobre todo la escandinava, ha vuelto a las raíces del género, que es explicar la cara B de la sociedad. Creo en los finales buenos, es decir, que pague el malo. Es una catarsis, ya que no sucede en la realidad. En eso consiste buena parte de su éxito. Pero ha llegado a un punto en el que ha dejado de ser una moda para convertirse en un género literario consolidado, sin fluctuaciones como las que ha tenido, por ejemplo, la novela histórica.

¿Se ha planteado o le han planteado ceder los derechos de alguna de sus novelas para llevarlas al cine?

Todavía no. Un director de cine me escribió una vez para decirme que le encantaban mis novelas, pero no pasó de ahí. El problema es que las películas de época bien ambientadas son caras y es muy difícil encontrar un productor. He trabajado un guión paralelo sobre el personaje de Fantomas, que fue una persona real, en colaboración con su biznieto, que es realizador.

Sus dos novelas están ambientadas en la parte republicana de la Guerra. ¿Considera que este período de la historia ha sido suficientemente explorado literariamente, o existe un vacío que llenar?

Hay novelas muy buenas, pero aún hay espacio para muchísimo más. El problema de la Guerra Civil española es la polaridad: tienes que estar a favor o en contra de uno de los dos bandos. Habitualmente se ha tratado desde el punto de vista del bando nacional o desde el republicano, pero por ejemplo hay pocas cosas sobre los enfrentamientos dentro de una misma familia que tenía a varios de sus miembros en bandos opuestos. Se ha tocado mucho el tema histórico, pero no la parte moral. Está tan abierta la herida, que vemos la Guerra Civil desde las trincheras. Me gustaría que hubiese más literatura hablando de las elecciones, de las separaciones familiares, de los sentimientos de la gente.

¿Qué cree que puede aportar la ficción literaria a la comprensión de los hechos históricos?

La capacidad de llevar a la gente al escenario y crearle al lector la sensación de realidad. Por eso es más fácil que se pueda transportar a aquella época. No es lo mismo leer un manual de historia que verla a través de unos personajes que se mueven. La literatura puede hacer que la gente se interese por la historia.

La literatura puede hacer que la gente
se interese por la historia

¿Alimentan o limitan los hechos históricos la imaginación del novelista?

La alimentan. Hay historias que no puedes explicar en una novela porque la realidad va más allá de la ficción. Además, es un reto personal, porque ceñirte a un período histórico te supone una dificultad añadida para integrar los hechos a la trama. Es la vieja discusión entre lo real y lo verosímil: hay hechos reales que son inverosímiles, y viceversa. Tienes que limitar la realidad porque a menudo esta no sería creíble, sobre todo, a los lectores actuales. Tenemos una visión muy limitada de aquella sociedad de los años 30.

Usted ha trabajado en diversos programas de televisión y radio. ¿Qué le han aportado a nivel humano y profesional esas colaboraciones?

La gente que he conocido. Cuando miro hacia atrás me siento muy contento y orgulloso de la gente que he conocido, como Patricia Highsmith, José Saramago, Severo Ochoa, Philip Kerr, James Ellroy. Y también la forma de trabajar en la radio, porque allí el boletín de las ocho no tiene nada que ver con el de las ocho y un minuto. Todas mis colaboraciones en la radio me han creado una disciplina que yo agradezco mucho a la hora de escribir.

¿Guarda algún recuerdo especial de esas colaboraciones?

Recuerdo con mucho cariño un espacio cultural que hacía una vez a la semana en la radio, en un programa que se llamaba «La Nit», conducido por Enric Sopena. Dos horas antes a la emisión del programa íbamos a cenar y hablábamos de temas diversos. Aquella fue una etapa muy feliz de mi vida profesional. Y en cuanto a políticos, recuerdo que Fernández Ordóñez, cuando era ministro de Exteriores, me señaló dos puntos que iban a ser muy conflictivos en los años venideros: uno, los Balcanes y otro, Afganistán, cuando aún nadie imaginaba lo que iba a ocurrir en estos dos lugares.

En la actualidad tiene un espacio llamado «Territorio Comanche» en el programa de Julia Otero. ¿Cómo surgió la idea de llevar a cabo esta colaboración en la radio?

Me incorporé al programa de Julia Otero a instancia de su realizador, Juan Quintanilla, para comentar libros, primero como espacio independiente, y ahora en este «Territorio Comanche» con Santiago Segurola y con Agustín Alcalá, que es corresponsal de Onda Cero en Nueva York, en el que yo aporto temas relacionados con la literatura. Puede ser la recomendación de un libro, una tendencia, la fusión entre dos editoriales.

La lectura de Sherlock Holmes
me salvó la vida cuando era niño

nadie-deberia-matar-en-otonoComo periodista cultural, ¿cómo ve el panorama editorial en la actualidad?

Me siento como debía hacerlo un artesano de la lana al principio de la Revolución Industrial. Sé que hay un mundo y una forma de trabajar que se están acabando, hay un fin de etapa, o mejor, una etapa de indeterminación, pero no sé hacia adónde vamos. Por ejemplo, todo el mundo está matando a las librerías, sin embargo, dos grandes plataformas de autoedición como Amazon y Bubok están planeando abrir nuevas librerías en varias capitales europeas y americanas. Tampoco creo que estemos preparados culturalmente para el cambio. Lo que está claro es que estamos ante un cambio de paradigma, del libro físico al virtual, de algo tangible a algo intangible, que no sabemos cuántos años tardaremos en asumir.

Como creador que se mueve en distintos ámbitos culturales, ¿en qué faceta se siente más cómodo: como periodista, como guionista o como novelista?

Básicamente me considero un periodista, porque veo la vida como ellos y no como un escritor. Y de todo lo que he hecho como periodista me quedo con la radio. La inmediatez que tiene la radio no hay ningún otro medio que te la proporcione, ni siquiera la televisión, porque hasta que llegas a antena tienes un sinfín de trámites.

No me considero escritor por pudor. Porque creo que hasta que no tenga siete u ocho novelas no me podré considerar como tal. De momento, tengo dos libros ambientados en la Guerra Civil, estoy escribiendo el tercero y un ensayo. Un escritor debe dar respuestas en sus libros y yo todavía estoy en la fase de hacerme muchas preguntas, que es la labor de un periodista. Cuando tenga los cuatro terminados quizás ya me considere un escritor.

Siendo profesional del medio, ¿cómo cree que debe reinventarse el periodismo para salir de la crisis?

Creo que fue Miguel Ángel Aguilar el que expresó la situación del periodismo como aquel que se muere de sed en medio de una inundación porque le cuesta encontrar agua potable. Los encargados de encontrar esa agua potable somos los periodistas. Si no hay independencia, tampoco hay información libre ni periodismo. Otro problema actual es que hemos confundido la objetividad con el hecho de no trabajar para un medio. Y hay que sumar que en España los medios de comunicación están demasiado ligados a los partidos políticos. Lo cierto es que no soy muy optimista, porque compruebo que la independencia se está perdiendo y porque hay muchos intereses oscuros detrás de los medios.

¿Qué es lo que mueve a José Luis Ibáñez Ridao a escribir?

La necesidad de explicar historias. Y también el hecho de que sea un reto. Cada artículo, cada libro, es un desafío que me planteo: necesito explicar una historia y además lograr que se entienda. No soy de esos escritores que sufren. Disfruto imaginando y construyendo esos mundos ficticios. Es mi refugio: cuando estoy deprimido me pongo a escribir.

Debido a problemas de salud cuando era un niño, que me obligaron a permanecer en cama, mi mundo durante muchos años fue el de los libros. El personaje de Sherlock Holmes me salvó la vida. Para mí es tan real esa vida literaria como la vida real. La primera vez que visité Londres era como si ya la conociera: me sonaban todas las calles, los ambientes… Y eso gracias a las lecturas de Sherlock Holmes.

Cuando se sienta a escribir, ¿tiene algún hábito de trabajo o improvisa sus narraciones?

Soy muy maniático. Siempre escribo en libretas del mismo color para cada libro. Además, utilizo estilográficas que deben tener alguna historia. También soy muy madrugador desde la época en la que trabajaba en la radio.

¿Y qué busca en la lectura?

Vivir otras vidas. Y no porque la mía me disguste, sino porque me encanta trasladarme, por ejemplo, a la Inglaterra victoriana, a los Estados Unidos de la Gran Depresión, al Caribe de los piratas. Eso lo puedes conseguir viendo una película o leyendo una novela.

Las lecturas escogidas dependen del momento. A veces busco pura evasión, quiero divertirme como si estuviese viendo una película o una serie de televisión. Hay otros momentos en los que busco respuestas a ciertos temas concretos como el fanatismo religioso, la ciencia, la superpoblación. Me gusta disfrutar y conocer esas otras realidades que habitan en los libros. Y quisiera que la gente que lea mis libros se sienta transportada a la época que describo.

LAS CLAVES DE JOSÉ LUIS IBÁÑEZ RIDAO

. Apasionado de Sherlock Holmes. Al hablar de su pasión devoradora por la novela negra y de intriga, José Luis Ibáñez Ridao hace un alto en la descripción de su personaje, el detective Ferrer y nos muestra sin pudor, orgulloso, un pin que lleva en su chaqueta del «Círculo Holmes» de Barcelona. Afirma que la lectura de Sherlock Holmes le salvó cuando era un niño porque, debido a problemas de salud, tuvo que pasar grandes temporadas en cama.

. Obsesión por los detalles. Su meticulosidad a la hora de enfrentarse a la documentación raya lo obsesivo. Para satisfacer su curiosidad insaciable, dedica mucho tiempo a rastrear con la persistencia de un sabueso cualquier documento que pueda ayudarle a contextualizar la trama de sus novelas: prensa de la época, diarios personales, informes jurídicos.

. Disciplina. Afirma que los años que trabajó en la radio le ayudaron a conseguir una disciplina de trabajo que envidian muchos de sus amigos escritores. Tenía que levantarse muy temprano y organizar concienzudamente el día para provechar cada resquicio de tiempo que le dejaba el trabajo.

. Perfeccionismo. Organiza la trama en multitud de fichas de trabajo que le ayudan a seguir el orden establecido a la hora de ponerse a escribir. En sus novelas no hay nada dejado en manos del azar, hasta tal punto de asegurar que si en una de ellas aparece un día soleado en Barcelona, es porque ese día en efecto amaneció soleado en Barcelona.

Fotos de José Luis Ibáñez Ridao: Elízabeth Hernández Alvarado.

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