Jorge Carrión

Este año el Pre­mio Anagra­ma de Ensa­yo ha esta­do total­men­te dedi­ca­do a la lite­ra­tu­ra. Luis Goy­ti­so­lo, gana­dor, pre­sen­ta­ba una obra (Natu­ra­le­za de la nove­la) que, en un pri­mer momen­to, pare­ció no ser bien inter­pre­ta­da, qui­zás por la tena­ci­dad con la que muchos perio­dis­tas bus­can el titu­lar fácil y no siem­pre cer­te­ro. La obra fina­lis­ta, Libre­rías, fir­ma­da por Jor­ge Carrión, pro­po­ne un apa­sio­nan­te via­je por las libre­rías del mun­do. Se tra­ta de un tex­to per­so­nal, basa­do en sus pro­pias expe­rien­cias y en las his­to­rias que más le han intere­sa­do sobre lo que, en tér­mi­nos de mar­ke­ting, se cono­ce con la fea deno­mi­na­ción de «pun­tos de ven­ta». Pre­ci­sa­men­te, el toque expe­rien­cial le otor­ga ele­men­tos úni­cos, con­vir­tién­do­lo en un tra­ba­jo ale­ja­do del ensa­yo his­tó­ri­co y de la guía tra­di­cio­nal, extre­mos que Carrión ha con­se­gui­do com­bi­nar de mane­ra equi­li­bra­da. Los lec­to­res acos­tum­bra­dos a sus tex­tos reco­no­ce­rán esa «per­so­na­li­za­ción» del ensa­yo, que tan buen resul­ta­do le dio en Teles­ha­kes­pea­re o, ya enmar­ca­da en otro géne­ro, en sus libros de viajes.

Habrá quien vea tu libro como una espe­cie de «can­to del cis­ne» de un mode­lo de nego­cio que, por lo que dicen algu­nos, está obsoleto.

Yo lo veo como un libro que inten­ta no ser ni fúne­bre ni tam­po­co inge­nuo con res­pec­to a las nue­vas for­mas de libre­ría. Es decir, no soy pesi­mis­ta res­pec­to a su futu­ro ni defien­do que el úni­co modo de que se sal­ve el nego­cio sea con­vir­tien­do las libre­rías en cafés, o en res­tau­ran­tes, o en tien­das de obje­tos de rega­lo. Me meto en muchos beren­je­na­les, pero el úni­co tema en el que no lo hago es en el de las carac­te­rís­ti­cas del nego­cio. No hago una cro­no­lo­gía eco­nó­mi­ca, no expli­co cómo se arti­cu­la la his­to­ria del depó­si­to de libros o de la com­pra en fir­me, no hablo de la dis­tri­bu­ción, que para mí era una sel­va que ya está más que docu­men­ta­da. Lo que no se había con­ta­do era la par­te más huma­nis­ta, más de his­to­rias y bio­gra­fías de libre­ros, de espa­cios emblemáticos.

Le has dado un tono muy román­ti­co al ensa­yo, por lo que escri­bes sobre los espa­cios don­de están ubi­ca­das las libre­rías, y por lo que narras de tus pro­pias expe­rien­cias a lo lar­go de varios años de via­je y de visi­tas bus­can­do his­to­rias y libros.

Sí, hay una mar­ca­da volun­tad román­ti­ca que tie­ne que ver con las leyen­das de las libre­rías y los libre­ros, y que rela­ciono con mi juven­tud. Comien­zo en Gua­te­ma­la, país en el que, por pri­me­ra vez, al entrar en una libre­ría enten­dí que ahí pasa­ba algo que me fas­ci­na­ba. Des­pués de Gua­te­ma­la me fui a París y pere­gri­né a Sha­kes­pea­re and Com­pany para ren­dir plei­te­sía al mito. Libre­rías par­te de ese lugar con la metá­fo­ra del pasa­por­te invi­si­ble que uno va fir­man­do y sellan­do cuan­do visi­ta cada una de ellas. Esa metá­fo­ra la des­mien­to, la des­mi­ti­fi­co, le qui­to el roman­ti­cis­mo. El libro acom­pa­ña al lec­tor en ese pro­ce­so de des­mi­ti­fi­ca­ción de las libre­rías y, al mis­mo tiem­po, de una des­mi­ti­fi­ca­ción per­so­nal. Yo mis­mo me fui dan­do cuen­ta de que tam­bién había mucha mise­ria, mucho nego­cio, explo­ta­ción labo­ral, cues­tio­nes de ego y de envi­dia, etc.

Si repa­sa­mos las citas que inclu­yes al ini­cio, ya vemos la idea. Ten­go la impre­sión de que todas estas refe­ren­cias las podrías hacer tuyas.

Hay una gran iden­ti­fi­ca­ción con esos auto­res y con esos tex­tos con­cre­tos. Sobre todo con Susan Son­tagOcta­vio Paz, cuyas citas tie­nen que ver con el ensa­yo en movi­mien­to, con ensa­yar via­jan­do. «El via­je como ensa­yo». En efec­to, doy unas pis­tas que tie­nen que ver con el para­dig­ma de ideas que van surgiendo.

En la intro­duc­ción escri­bes sobre lo meta­li­bres­co como herra­mien­ta de trans­mi­sión. Esto enla­za con la fun­ción que desem­pe­ña la libre­ría, la trans­mi­sión de conocimiento.

El libre­ro ha sido siem­pre un inter­me­dia­rio entre el escri­tor, el edi­tor, el dis­tri­bui­dor y el lec­tor. Es la pie­za fun­da­men­tal de trans­mi­sión de esa infor­ma­ción y de ese cono­ci­mien­to, evi­den­te­men­te con una volun­tad eco­nó­mi­ca, capi­ta­lis­ta, de extraer un bene­fi­cio mone­ta­rio de ese inter­cam­bio. Jus­ta­men­te por ser un sim­ple inter­me­dia­rio, casi nun­ca pen­sa­mos en él y en lo que sig­ni­fi­ca su tra­ba­jo. Por eso no había un libro, yo no lo he encon­tra­do, que hubie­ra ana­li­za­do el fenó­meno de con­jun­to de las libre­rías. Ese rol de inter­me­dia­rio en la esca­la escri­tor-edi­tor-lec­tor siem­pre había sido des­con­si­de­ra­do, deja­do en un segun­do plano. Hay mucha más biblio­gra­fía sobre edi­to­res que sobre libre­ros. Y la mayor par­te de los ensa­yos tra­tan sobre escri­to­res o sobre lectores.

Cuan­do te encuen­tras en 1998, como decías, en Gua­te­ma­la, y te vie­ne a la men­te esa idea del pasa­por­te ima­gi­na­rio, ¿pen­sas­te ya en la posi­bi­li­dad de escri­bir un libro dedi­ca­do a las librerías?

No, sur­gió en los dos años siguien­tes. En Gua­te­ma­la se puso en mar­cha un meca­nis­mo intui­ti­vo. Allí fui a dar cla­ses en el Cole­gio Espa­ñol. Al cabo de tres meses, en navi­da­des, via­jé a París solo y en Sha­kes­pea­re and Com­pany me com­pré unas pos­ta­les y unos pun­tos de libro. Al cabo de un año o dos ya tenía infor­ma­ción de libre­rías de Pra­ga, Esta­dos Uni­dos, Méxi­co… En algún momen­to de ese perio­do es cuan­do me di cuen­ta de que si esta­ba guar­dan­do todo ese mate­rial en una car­pe­ta era por algo. Si había adqui­ri­do la dis­ci­pli­na de entrar en libre­rías, tomar apun­tes, hacer fotos, colec­cio­nar pos­ta­les y tar­je­tas de visi­ta y, cuan­do lle­ga­ra a casa, ya sabía dón­de guar­dar­lo todo, era por algu­na razón. Lo que no sabía era si lo escri­bi­ría al cabo de diez años, o de vein­te, o de trein­ta. Si lo hice el año pasa­do fue por­que había un con­tex­to de escri­tu­ra posi­ble, tenía unos meses para dedi­car­me a ello, y tam­bién por­que en 2011 fui a Sudá­fri­ca y a Japón. Y con esos via­jes com­ple­té un mapa­mun­di, con una visión de con­jun­to glo­bal. Aun­que hay dos pun­tos geo­grá­fi­cos que no he podi­do incluir al no haber­los visi­ta­do toda­vía: Rusia y la India.

Ade­más de esa idea de mapa­mun­di, con capí­tu­los geo­grá­fi­cos, inclu­yes capí­tu­los dedi­ca­dos a temas con­cre­tos, como las libre­rías de via­jes y las libre­rías que han adqui­ri­do un fuer­te com­pro­mi­so polí­ti­co, dos aspec­tos que mar­can mucho la idea de libre­ría especializada.

Hay una espe­cia­li­za­ción de la libre­ría muy pode­ro­sa. Siem­pre pen­sa­mos en las gene­ra­lis­tas, pero hay dedi­ca­das a libro infan­til, a libros de via­jes, de aero­mo­de­lis­mo, de cine, cómic… de todo tipo. La espe­cia­li­za­ción fue una con­se­cuen­cia, como ocu­rre siem­pre, de la expan­sión y de la impor­tan­cia de la libre­ría. No obs­tan­te, para el ensa­yo tomé algu­nas deci­sio­nes: no escri­bo casi nada sobre libre­rías de vie­jo, ni de espe­cia­li­za­das. Hice una excep­ción con las de via­je por­que me per­mi­tían arran­car el meca­nis­mo del libro, y de algún modo ten­go que selec­cio­nar y renun­ciar a muchos tipos de librería.

Pero sí hablas de los mercadillos.

En el capí­tu­lo sobre Bar­ce­lo­na inten­to abar­car un pano­ra­ma lo más com­ple­to posi­ble que tie­ne que ver con mi con­su­mo. Soy clien­te de los Encants y del Mer­cat de Sant Anto­ni y, como tal, me intere­sa­ba mos­trar la peri­fe­ria del mun­do del libro en Bar­ce­lo­na. En cam­bio, cuan­do estoy en cual­quier otra ciu­dad no me intere­san los libros que hay en el «Mer­ca­do de Pulgas».

¿Y, real­men­te, siem­pre que lle­gas a una ciu­dad lo pri­me­ro que haces es bus­car una librería?

Sí. Recien­te­men­te, en mi vue­lo de Cos­ta Rica a Bar­ce­lo­na, hice esca­la en Mia­mi y Ame­ri­can Air­li­nes pidió volun­ta­rios para que­dar­se 24 horas allí, por­que había over­boo­king. Me ofre­cí, por­que así podía visi­tar las libre­rías de Mia­mi, que no las cono­cía. De hecho, en la par­te final del libro hablo de una de ellas, Books & Books, como una libre­ría que desea­ba poder visi­tar algún día. El azar ha que­ri­do que fue­ra ahora.

¿Encon­tras­te algu­na más en Miami?

Fui a tres. Books & Books es una cade­na. Visi­té las dos prin­ci­pa­les, en Mia­mi Beach y en Coral Gables. Y estu­ve en otra que me intere­sa­ba, por­que era una libre­ría Bor­ders y aho­ra es inde­pen­dien­te. Tenía curio­si­dad por ver ese movi­mien­to inver­so. Siem­pre se habla de cómo las libre­rías inde­pen­dien­tes son absor­bi­das o ase­si­na­das por las cade­nas. Este caso demues­tra que tam­bién ocu­rre a lo con­tra­rio. A veces lo inde­pen­dien­te se impo­ne a la gran superficie.

Como no podía ser de otro modo, el repa­so his­tó­ri­co está pre­sen­te en estas pági­nas. Escri­bes sobre el ini­cio del libro con­si­de­ra­do como obje­to comer­cial a par­tir del siglo XII y desa­rro­llas aspec­tos que hay que tener en cuen­ta para com­pren­der cómo se ha ido trans­for­man­do la libre­ría, den­tro de lo que tú mis­mo deno­mi­nas «cri­sis per­pe­tua», que es la que sufre des­de el principio.

Inten­to seguir la his­to­ria del espa­cio y del con­cep­to de libre­ría. Por ejem­plo, hablo mucho de la ven­ta ambu­lan­te, de la impor­tan­cia que tenía en la Edad Media. De pron­to el libre­ro se ins­ta­la­ba en una posa­da y se anun­cia­ba que ahí esta­ban los libros. En esa ruta que abar­ca ya nue­ve siglos, revi­so el papel de la libre­ría en el con­tex­to de la his­to­ria de la cul­tu­ra, de la his­to­ria de la lite­ra­tu­ra, de la his­to­ria de la polí­ti­ca y de la his­to­ria del obje­to-libro, de la pro­duc­ción en serie que, por cier­to, es otro de los sig­ni­fi­ca­dos de «libre­ría», no nos que­de­mos con la úni­ca idea de la tien­da. Podría haber amplia­do más el cam­po, pero ya me pare­cía exce­si­vo. Opté por dar pin­ce­la­das que per­mi­tan ver siem­pre la libre­ría en esos contextos.

Es cier­to lo del «otro» sig­ni­fi­ca­do de libre­ría, sin embar­go recuer­das que, como «pun­to de ven­ta», es el úni­co esla­bón de la cade­na que sur­ge al mar­gen de la pro­pia indus­tria. Las que no per­te­ne­cen a gru­pos edi­to­ria­les, en su mayo­ría, son empre­sas pri­va­das des­co­nec­ta­das, ori­gi­nal­men­te, del pro­pio sec­tor. Nacen de empre­sa­rios particulares.

Eso es muy intere­san­te. Una edi­to­rial pue­de mono­po­li­zar su pro­duc­ción, pue­de tener una dis­tri­bui­do­ra pro­pia, pero no pode­mos ima­gi­nar una libre­ría don­de sólo haya libros de un sello. Por muy gran­de que sea el gru­po y muchos sellos que ten­ga. De modo que, en el momen­to en que el libro lle­ga a la libre­ría entra en un con­tex­to plu­ral, múl­ti­ple, incon­tro­la­ble, que nin­gún gran gru­po pue­de regu­lar. En Méxi­co D. F. había una libre­ría que no pude visi­tar por­que duró muy poco, que sólo tenía libros de Alfa­gua­ra. Era la úni­ca libre­ría del mun­do don­de podías encon­trar todos los libros de Alfa­gua­ra, publi­ca­dos en cual­quie­ra de los paí­ses don­de tie­ne sede. Ima­gi­na una libre­ría Anagra­ma o Seix Barral, o de cual­quier sello que siga tra­ba­jan­do con su fon­do de catá­lo­go. Sería una mara­vi­lla dar­te cuen­ta de la impor­tan­cia de una edi­to­rial al poder tocar, hojear, leer todos sus libros.

Hable­mos de la iden­ti­dad de la libre­ría y la de la rele­van­cia que se le otor­ga al espa­cio, al edi­fi­cio. Escri­bes sobre la Ber­trand de Lis­boa, con­si­de­ra­da la libre­ría más anti­gua por­que ha man­te­ni­do la mar­ca y el entorno his­tó­ri­co en el que se ubi­ca. ¿Le das valor a la cone­xión entre el espa­cio físi­co y la marca?

Creo que, al con­tra­rio de la biblio­te­ca, que es monu­men­tal y que la vin­cu­la­mos con una sede, la libre­ría es bási­ca­men­te una idea que se encar­na tem­po­ral­men­te en un espa­cio y des­pués es capaz de divor­ciar­se de él y encar­nar­se en otro. Es una cues­tión fas­ci­nan­te, por­que a veces no hay nada que vin­cu­le una libre­ría con su ante­ce­den­te que se lla­ma­ba igual y que tie­ne el mis­mo logo­ti­po. Ni un edi­fi­cio, ni un tipo de plan­tea­mien­to o estra­te­gia de dise­ño, de mar­ke­ting, mobi­lia­rio…, ni un pro­pie­ta­rio, nada. El 90% de las libre­rías que cito han cam­bia­do de sede, de due­ño. O de nom­bre. No obs­tan­te, se man­tie­nen como el mis­mo proyecto.

Con res­pec­to a esto, hay dos cosas a des­ta­car: defi­nes la libre­ría como «por­tá­til y mutan­te» y, en otro pasa­je, leo: «la sin­gu­la­ri­dad no está en el comer­cio, sino en el edi­fi­cio don­de se instala».

Cla­ro. Por ejem­plo, esta­mos en Laie de Pau Cla­ris y el edi­fi­cio deter­mi­na la libre­ría por com­ple­to. Me encan­ta la remo­de­la­ción que hicie­ron el año pasa­do. Cam­bia­ron la puer­ta de entra­da. Antes te encon­tra­bas con dos espa­cios: el café-res­tau­ran­te y la libre­ría. Aho­ra entras a un úni­co espa­cio con dos nive­les. Han con­se­gui­do crear una siner­gia entre la res­tau­ra­ción y el libro. Ese, para mí, es el tipo de refle­xio­nes que hay que hacer sobre la libre­ría en el siglo XXI para ase­gu­rar su super­vi­ven­cia. Y sí, son por­tá­ti­les y mutan­tes. En algún momen­to escri­bo sobre el libro de Heming­way París era una fies­ta, que en su tra­duc­ción ori­gi­nal sería algo así como «La fies­ta por­tá­til» (A Movea­ble Feast). La libre­ría tie­ne algo que ver con eso, con la fies­ta y lo por­tá­til. Me da pena que en Bar­ce­lo­na se res­pi­ra poca ale­gría en las librerías.

Inclu­so cuan­do se hacen fiestas.

¡Inclu­so! En los vie­jos tiem­pos, en Sha­kes­pea­re and Com­pany, o en City Lights, en Got­ham Book Mart, era muy común que, al aca­bar el día, los escri­to­res que hubie­ran allí se toma­ran una copa y char­la­ran de libros. Esto se con­ti­núa hacien­do en algu­nas libre­rías, como en La Inter­na­cio­nal Argen­ti­na, en Bue­nos Aires, don­de Fran­cis­co Gara­mo­na debe seguir tenien­do una neve­ra lle­na de cer­ve­za y de vino.

Pero esto tam­bién for­ma par­te de nues­tra mane­ra de ser. La rela­ción que exis­te entre libre­ros y escri­to­res en otros paí­ses pare­ce mara­vi­llo­sa. Aquí, muchos escri­to­res, al entrar en una libre­ría no bus­can otra cosa más que su libro. Y ¡ay del libre­ro como no lo tenga!

Eso lo hacen los escri­to­res en todo el mun­do. No es una cues­tión nacio­nal ni geo­grá­fi­ca. Tie­ne que ver con si el libre­ro quie­re sepa­rar su vida pro­fe­sio­nal de la per­so­nal. En las libre­rías don­de se arti­cu­la un núcleo fami­liar, o ges­tio­na­das por per­so­nas sol­te­ras, es más habi­tual que no haya pro­ble­mas para com­bi­nar ambas vidas. Cono­cí hace unos meses a Rachel Muyal en Tán­ger, des­pués de aca­bar el libro. Me con­ta­ba que su mari­do esta­ba har­to de que ella, al fina­li­zar una pre­sen­ta­ción, lle­va­ra a todo el mun­do a casa a tomar una copa. Si la libre­ría es tu vida lo haces.

librerias¿Sha­kes­pea­re and Com­pany y City Lights cam­bia­ron la mane­ra de enten­der la librería?

Debe­rían haber­la cam­bia­do, pero no se fue muy recep­ti­vo a lo que pro­po­nían. La pro­pues­ta de Sha­kes­pea­re and Com­pany era ser una libre­ría muy fes­ti­va y muy acti­va. Reci­ta­les, fies­tas, etc. No todos los espa­cios libres­cos pue­den asu­mir ese tipo de dimen­sión. Y hablo has­ta de lega­li­dad, por­que algu­nas ciu­da­des son muy estric­tas con el tema del rui­do o los hora­rios. En Espa­ña las libre­rías cie­rran muy pron­to, en gene­ral. Lo que hay que apren­der de estos dos ejem­plos es la impor­tan­cia que tie­ne el turis­mo para la super­vi­ven­cia de una libre­ría en el siglo XXI. Mi libro debe­ría ser­vir para ver que el turis­mo cul­tu­ral es bueno y que si sabes ges­tio­nar esa ener­gía va a ir gen­te a tu libre­ría. Gen­te curio­sa, lec­to­res inter­na­cio­na­les…, intere­sa­dos en seguir ras­tros y en ver luga­res que les pare­cen emble­má­ti­cos. Yo hubie­ra crea­do algún tipo de señal para mar­car las libre­rías de Rober­to Bola­ño. Segu­ro que hay lec­to­res nor­te­ame­ri­ca­nos, chi­le­nos, argen­ti­nos, mexi­ca­nos…, que, si vie­nen a Bar­ce­lo­na y les dicen que hay equis libre­rías don­de Bola­ño com­pra­ba sus libros, van a venir a ver­las, a foto­gra­fiar­las, a conocerlas.

Nos fal­tan rutas de librerías.

Hay en muchas ciu­da­des del mun­do, pero cuan­do creas una ruta hay que saber man­te­ner­la, poten­ciar­la y ven­der­la. No se pue­de dejar olvi­da­da en un libro o una guía.

Recu­rres a obras lite­ra­rias y a pelí­cu­las que tie­nen muy pre­sen­te el espa­cio de las libre­rías y eso conec­ta con la idea de la trans­mi­sión de conocimiento.

Me intere­sa­ba estu­diar la his­to­ria de la libre­ría y la his­to­ria de la repre­sen­ta­ción de la libre­ría. Qué sig­ni­fi­ca la libre­ría en el ima­gi­na­rio colec­ti­vo, qué poder e impor­tan­cia le damos, con qué cues­tio­nes la rela­cio­na­mos. Creo que, sobre todo, la rela­cio­na­mos con el deseo, con la pasión, tan­to del lec­tor hacia el libro, como del libre­ro hacia su ofi­cio, como del amor en sí, por­que en muchas pelí­cu­las y nove­las la esce­na amo­ro­sa se da en la libre­ría. Aca­bo de leer Simo­ne, la nove­la que ganó el pre­mio Rómu­lo Galle­gos de este año, escri­ta por Eduar­do Lalo, y el encuen­tro amo­ro­so de los pro­ta­go­nis­tas trans­cu­rre en una librería.

El con­cep­to de «brú­ju­la» tam­bién me pare­ce intere­san­te como cone­xión físi­ca de la libre­ría con el lec­tor, el tran­seún­te o el visitante.

Cuan­do era peque­ño colec­cio­na­ba sellos. Des­pués empe­cé a colec­cio­nar pun­tos de libro. Ten­go cien­tos que con­ser­vo por su belle­za, no los aca­pa­ro de mane­ra indis­cri­mi­na­da. Lue­go colec­cio­né libre­rías y, segu­ra­men­te, mi últi­ma colec­ción es de brú­ju­las. Mi pri­mer libro de via­jes se titu­la La brú­ju­la. Siem­pre que via­jo foto­gra­fío fle­chas, vele­tas, pun­tos car­di­na­les, brú­ju­las dibu­ja­das o pin­ta­das. Ten­go dece­nas de fotos de fle­chas y brú­ju­las que indi­can nor­tes de todo el mun­do. Has­ta creé un pro­yec­to de libros auto­edi­ta­dos con el nom­bre de «La brú­ju­la». Tra­du­je unos poe­mas de Sebald para ese pro­yec­to. Es uno de mis sím­bo­los feti­che. Hay una libre­ría en Turín que se lla­ma La Bus­so­la y que apa­re­ce cita­da en el libro.

Escri­bes sobre la repu­tación y la con­sa­gra­ción de la libre­ría. Y lo haces antes de un frag­men­to en el que plan­teas dife­ren­tes pre­gun­tas sobre las res­pon­sa­bi­li­da­des de los libre­ros. Pen­sa­mos en la libre­ría como un comer­cio, como un lugar de encuen­tro para lec­to­res…, pero olvi­da­mos en dema­sia­das oca­sio­nes esos com­pro­mi­sos con la socie­dad, la tras­cen­den­cia que pue­de lle­gar a tener una libre­ría más allá de la ven­ta de libros.

Son luga­res muy polí­ti­cos. Tan­to de polí­ti­ca gene­ral como de polí­ti­ca lite­ra­ria. En Esta­dos Uni­dos las libre­rías luchan cons­tan­te­men­te por los dere­chos y la liber­tad de expre­sión. Están las de los peque­ños pue­blos del Sur de EE.UU. que se nie­gan a ven­der la Biblia, o a Dar­win, o las nove­las de Harry Pot­ter. O las que, por lo con­tra­rio, defien­den sus dere­chos para poder ven­der esos mis­mos libros. Están crean­do liti­gios y pre­ce­den­tes lega­les vin­cu­la­dos con la cir­cu­la­ción de la infor­ma­ción y con la liber­tad de acce­so a ella. Tene­mos el asun­to de Mein Kampf. Hay libre­rías que lo pue­den ven­der, con tra­duc­cio­nes loca­les, y otras que no. En Tur­quía pue­des com­prar­lo sin nin­gún pro­ble­ma. Y tene­mos la polí­ti­ca lite­ra­ria, la de con­sa­gra­ción y pres­ti­gio. Cuan­do en Laie esco­gen sus libros y los colo­can en un expo­si­tor, están deci­dien­do que esos son más impor­tan­tes que los que no están ahí. En cada deci­sión de visi­bi­li­dad, de reco­men­dar o no reco­men­dar un libro, hay poten­cial­men­te algo que pue­de cam­biar la his­to­ria de la lite­ra­tu­ra. Los libre­ros tie­nen una gran res­pon­sa­bi­li­dad en lo que res­pec­ta a la con­sa­gra­ción y a que alguien se haya leí­do o no un libro deter­mi­na­do. El autor que es mar­gi­na­do y que no encuen­tra lec­to­res, segu­ra­men­te es por­que los libre­ros o no lo han leí­do, o no les ha gus­ta­do y no lo han reco­men­da­do. Cuan­do varios libre­ros se enamo­ran de un libro, la obra ten­drá mucha más influen­cia que si ese hecho no se produce.

No hemos habla­do de otros pro­duc­tos que se lle­gan a ven­der en las libre­rías y que, en muchos casos, son los que per­mi­ten la subsistencia.

Cuan­do visi­té Mia­mi vi que en las libre­rías ven­den gafas gra­dua­das. Lo encuen­tro nor­mal, por­que las usa­mos para leer y, ade­más, el bene­fi­cio eco­nó­mi­co que les repor­ta es mayor que el de los libros. Es lo que te decía antes de las libre­rías que atraen al turis­mo. Si estás en otro país y visi­tas una libre­ría por­que tie­ne una his­to­ria o hay un mito detrás de ella, y no lees el idio­ma, ¿qué vas a com­prar allí? Una taza, una pos­tal… Lo que impor­ta es que has ido a una libre­ría que para ti tie­ne una impor­tan­cia cul­tu­ral y, com­pran­do un obje­to, cola­bo­ras a que siga abier­ta. Fíja­te en las libre­rías de los museos. El gran bene­fi­cio lo obtie­nen con los obje­tos de rega­lo y de diseño.

Dedi­cas dos capí­tu­los a una gira «cos­ta a cos­ta» por EEUU.

En EE. UU. hay una con­cien­cia de tour de libre­rías. Cuan­do un autor impor­tan­te pre­sen­ta una nue­va obra, no sé, Chuck Palah­niuk, u Oba­ma, cuan­do publi­có su libro, saben a qué libre­rías hay que ir por todo el país para lle­gar a los lec­to­res que impor­tan y a los crí­ti­cos que les intere­san. Ese tour está muy codi­fi­ca­do. Es un «cos­ta a cos­ta» muy sui gene­ris. En el caso de Amé­ri­ca lati­na eso no exis­te, y lo que he hecho ha sido seguir el hilo con­duc­tor de Rober­to Bola­ño des­de su fas­ci­na­ción por las libre­rías mexi­ca­nas que se ven en Los detec­ti­ves sal­va­jes has­ta las de Bue­nos Aires que apa­re­cen en varios de sus cuen­tos. Bola­ño es mi excu­sa para reco­rrer Amé­ri­ca lati­na de Nor­te a Sur y para reivin­di­car una tra­di­ción de libre­ros lati­noa­me­ri­ca­nos muy poten­tes. Fami­lias uru­gua­yas, argen­ti­nas, perua­nas, vene­zo­la­nas…, para crear una con­cien­cia de tra­di­ción que se pue­de reivin­di­car que es tan impor­tan­te como la de los Strand.

Citas al final del libro lo que ocu­rrió con Cata­lo­nia, en Bar­ce­lo­na, cerra­da hace unos meses. Nos esta­mos acos­tum­bran­do a los cie­rres de libre­rías his­tó­ri­cas. Es curio­so que el cen­tro de la ciu­dad se que­da sin sus refe­ren­tes, las libre­rías con his­to­ria e iden­ti­dad, (Laie o La Cen­tral man­tie­nen un mode­lo de nego­cio que no es el de las gran­des super­fi­cies, pero no dejan de ser cade­nas), mien­tras van sur­gien­do en otros barrios pro­pues­tas muy con­cre­tas, espe­cia­li­za­das, pero ale­ja­das del tumulto.

Creo que tie­ne que ver con la expan­sión que comen­ta­bas. Cuan­do una libre­ría se expan­de y se con­vier­te en cade­na empie­za a tener emplea­dos, depen­dien­tes, y ya no es tan reco­no­ci­ble la figu­ra del libre­ro. En el caso de Laie, por ejem­plo, conoz­co bien a Damià Gallar­do, de la tien­da del CCCB. Aun­que, por pro­xi­mi­dad, ven­go mucho a Laie de Pau Cla­ris, me gus­ta pasar­me por la del CCCB por­que reco­noz­co una cara, sé que encon­tra­ré a alguien que me va a reco­men­dar, a comen­tar, a dis­cu­tir. Lo que expo­nes con tu comen­ta­rio es un fenó­meno que tie­ne que ver con que en la peri­fe­ria del cen­tro, y esto lo men­ciono en el libro, se man­tie­nen las libre­rías cuyo libre­ro es el pro­pio due­ño, no hay emplea­dos. De modo que no hay dele­ga­ción de una res­pon­sa­bi­li­dad. Tie­nes a Paco Cama­ra­sa, de Negra y Cri­mi­nal; a Josep Batlló, que ya se ha jubi­la­do, tan iden­ti­fi­ca­do con la libre­ría Tai­fa; Pequod, con Con­sue­loPere; la +Ber­nat, con Mon­tse Serrano. Se ha crea­do un mapa muy atrac­ti­vo alre­de­dor de las libre­rías. Es intere­san­te lo que está pasan­do. Y el hecho de que no paren de abrir­se nue­vas: Nove­cen­to Lli­bres, La Impos­si­ble… Mira, es como el nego­cio edi­to­rial: con la cri­sis, ni se han cerra­do muchas libre­rías ni se han cerra­do edi­to­ria­les. Lo que se ha hecho es bajar la expec­ta­ti­va de ganan­cia, ser más humildes.

En Madrid está suce­dien­do lo mis­mo. Hay libre­rías que en poco tiem­po han crea­do mar­ca. Tipos Infa­mes, Cer­van­tes y Com­pa­ñía… Y están sur­gien­do nue­vas edi­to­ria­les en toda España.

Hay edi­to­res y libre­ros que se han hecho millo­na­rios y están acos­tum­bra­dos a man­te­ner un mar­gen de bene­fi­cio muy alto. Con la cri­sis ha baja­do ese mar­gen. Hablar de apo­ca­lip­sis cuan­do las libre­rías siguen abrien­do y las edi­to­ria­les publi­can­do no creo que sea correcto.

Hay que cam­biar la men­ta­li­dad, por­que el mode­lo de nego­cio, a todos los nive­les, está desfasado.

Hay que parar­se y refle­xio­nar sobre qué está pasan­do y tomar deci­sio­nes. Pero yo, a las libre­rías, les veo mucho futu­ro. Me cues­ta ver­las como algo cre­pus­cu­lar, por­que están muy vivas. Lo que es cier­to es que tie­nen que mutar y adap­tar­se. Por eso en el libro escri­bo sobre la ten­den­cia a la espec­ta­cu­la­ri­dad, a la fusión con el café, tan impor­tan­te… Hay que crear razo­nes emo­cio­na­les y físi­cas para que la gen­te ven­ga a la libre­ría. Por­que si se tra­ta de ir, coger el libro y vol­ver a casa, ya te lo envía Ama­zon, no tie­nes que mover­te. Con un plus emo­cio­nal, sen­ti­men­tal, sen­so­rial, que te da pla­cer, vas a venir. Y hay que rein­ven­tar las pre­sen­ta­cio­nes de libros.

Eso hay que hacer­lo ya, es todo muy aburrido.

Se deben pen­sar otras for­mas de crear even­tos alre­de­dor del mun­do del libro. Es tan fácil como que el autor se impli­que en la pre­sen­ta­ción, con la libre­ría, y entre todos le den al encuen­tro una dimen­sión per­so­nal y fes­ti­va. No deja de ser una cele­bra­ción por la sali­da de una obra. Tam­bién hay que con­quis­tar el fin de sema­na. Libre­rías se pre­sen­ta­rá en Laie Pau Cla­ris el jue­ves 3 de octu­bre y el sába­do 5 hare­mos un ape­ri­ti­vo en Pequod. Un domin­go por la tar­de, que es un tiem­po muer­to, pue­de ser un buen momen­to de cele­bra­ción, de cul­tu­ra y de inter­cam­bio… Hay loca­les en Madrid que ofre­cen pro­pues­tas los domin­gos por la tar­de. ¿Cuál es el pro­ble­ma? Hora­rios y emplea­dos. Pero cuan­do el nego­cio es tuyo y estás impli­ca­do en ese pro­yec­to cul­tu­ral, no te impor­ta dedi­car­le un sába­do o un domingo.

Ya sé que es difí­cil, pero ¿cuál es el cie­rre que te ha doli­do más?

Por supues­to el de Roba­fa­ves. Ha que­da­do en el lim­bo, en teo­ría está cerra­da pero están bus­can­do solu­cio­nes. Me afec­tó par­ti­cu­lar­men­te. Apar­te de eso, el libro ha sido tam­bién una expe­rien­cia dolo­ro­sa, vin­cu­la­da con el due­lo. Fui des­cu­brien­do que algu­nas de las libre­rías que visi­té ya no exis­ten. No hay nada menos esta­ble que una libre­ría. En cuan­to sur­ge algún pro­ble­ma eco­nó­mi­co gra­ve o falle­ce el pro­pie­ta­rio, si no se pue­de ges­tio­nar una solu­ción rápi­da, se cierra.

* Libre­rías. Jor­ge Carrión.
Edi­to­rial Anagra­ma (Bar­ce­lo­na, 2013).

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