Jorge Carrión

Este año el Premio Anagrama de Ensayo ha estado totalmente dedicado a la literatura. Luis Goytisolo, ganador, presentaba una obra (Naturaleza de la novela) que, en un primer momento, pareció no ser bien interpretada, quizás por la tenacidad con la que muchos periodistas buscan el titular fácil y no siempre certero. La obra finalista, Librerías, firmada por Jorge Carrión, propone un apasionante viaje por las librerías del mundo. Se trata de un texto personal, basado en sus propias experiencias y en las historias que más le han interesado sobre lo que, en términos de marketing, se conoce con la fea denominación de «puntos de venta». Precisamente, el toque experiencial le otorga elementos únicos, convirtiéndolo en un trabajo alejado del ensayo histórico y de la guía tradicional, extremos que Carrión ha conseguido combinar de manera equilibrada. Los lectores acostumbrados a sus textos reconocerán esa «personalización» del ensayo, que tan buen resultado le dio en Teleshakespeare o, ya enmarcada en otro género, en sus libros de viajes.

Habrá quien vea tu libro como una especie de «canto del cisne» de un modelo de negocio que, por lo que dicen algunos, está obsoleto.

Yo lo veo como un libro que intenta no ser ni fúnebre ni tampoco ingenuo con respecto a las nuevas formas de librería. Es decir, no soy pesimista respecto a su futuro ni defiendo que el único modo de que se salve el negocio sea convirtiendo las librerías en cafés, o en restaurantes, o en tiendas de objetos de regalo. Me meto en muchos berenjenales, pero el único tema en el que no lo hago es en el de las características del negocio. No hago una cronología económica, no explico cómo se articula la historia del depósito de libros o de la compra en firme, no hablo de la distribución, que para mí era una selva que ya está más que documentada. Lo que no se había contado era la parte más humanista, más de historias y biografías de libreros, de espacios emblemáticos.

Le has dado un tono muy romántico al ensayo, por lo que escribes sobre los espacios donde están ubicadas las librerías, y por lo que narras de tus propias experiencias a lo largo de varios años de viaje y de visitas buscando historias y libros.

Sí, hay una marcada voluntad romántica que tiene que ver con las leyendas de las librerías y los libreros, y que relaciono con mi juventud. Comienzo en Guatemala, país en el que, por primera vez, al entrar en una librería entendí que ahí pasaba algo que me fascinaba. Después de Guatemala me fui a París y peregriné a Shakespeare and Company para rendir pleitesía al mito. Librerías parte de ese lugar con la metáfora del pasaporte invisible que uno va firmando y sellando cuando visita cada una de ellas. Esa metáfora la desmiento, la desmitifico, le quito el romanticismo. El libro acompaña al lector en ese proceso de desmitificación de las librerías y, al mismo tiempo, de una desmitificación personal. Yo mismo me fui dando cuenta de que también había mucha miseria, mucho negocio, explotación laboral, cuestiones de ego y de envidia, etc.

Si repasamos las citas que incluyes al inicio, ya vemos la idea. Tengo la impresión de que todas estas referencias las podrías hacer tuyas.

Hay una gran identificación con esos autores y con esos textos concretos. Sobre todo con Susan Sontag y Octavio Paz, cuyas citas tienen que ver con el ensayo en movimiento, con ensayar viajando. «El viaje como ensayo». En efecto, doy unas pistas que tienen que ver con el paradigma de ideas que van surgiendo.

En la introducción escribes sobre lo metalibresco como herramienta de transmisión. Esto enlaza con la función que desempeña la librería, la transmisión de conocimiento.

El librero ha sido siempre un intermediario entre el escritor, el editor, el distribuidor y el lector. Es la pieza fundamental de transmisión de esa información y de ese conocimiento, evidentemente con una voluntad económica, capitalista, de extraer un beneficio monetario de ese intercambio. Justamente por ser un simple intermediario, casi nunca pensamos en él y en lo que significa su trabajo. Por eso no había un libro, yo no lo he encontrado, que hubiera analizado el fenómeno de conjunto de las librerías. Ese rol de intermediario en la escala escritor-editor-lector siempre había sido desconsiderado, dejado en un segundo plano. Hay mucha más bibliografía sobre editores que sobre libreros. Y la mayor parte de los ensayos tratan sobre escritores o sobre lectores.

Cuando te encuentras en 1998, como decías, en Guatemala, y te viene a la mente esa idea del pasaporte imaginario, ¿pensaste ya en la posibilidad de escribir un libro dedicado a las librerías?

No, surgió en los dos años siguientes. En Guatemala se puso en marcha un mecanismo intuitivo. Allí fui a dar clases en el Colegio Español. Al cabo de tres meses, en navidades, viajé a París solo y en Shakespeare and Company me compré unas postales y unos puntos de libro. Al cabo de un año o dos ya tenía información de librerías de Praga, Estados Unidos, México… En algún momento de ese periodo es cuando me di cuenta de que si estaba guardando todo ese material en una carpeta era por algo. Si había adquirido la disciplina de entrar en librerías, tomar apuntes, hacer fotos, coleccionar postales y tarjetas de visita y, cuando llegara a casa, ya sabía dónde guardarlo todo, era por alguna razón. Lo que no sabía era si lo escribiría al cabo de diez años, o de veinte, o de treinta. Si lo hice el año pasado fue porque había un contexto de escritura posible, tenía unos meses para dedicarme a ello, y también porque en 2011 fui a Sudáfrica y a Japón. Y con esos viajes completé un mapamundi, con una visión de conjunto global. Aunque hay dos puntos geográficos que no he podido incluir al no haberlos visitado todavía: Rusia y la India.

Además de esa idea de mapamundi, con capítulos geográficos, incluyes capítulos dedicados a temas concretos, como las librerías de viajes y las librerías que han adquirido un fuerte compromiso político, dos aspectos que marcan mucho la idea de librería especializada.

Hay una especialización de la librería muy poderosa. Siempre pensamos en las generalistas, pero hay dedicadas a libro infantil, a libros de viajes, de aeromodelismo, de cine, cómic… de todo tipo. La especialización fue una consecuencia, como ocurre siempre, de la expansión y de la importancia de la librería. No obstante, para el ensayo tomé algunas decisiones: no escribo casi nada sobre librerías de viejo, ni de especializadas. Hice una excepción con las de viaje porque me permitían arrancar el mecanismo del libro, y de algún modo tengo que seleccionar y renunciar a muchos tipos de librería.

Pero sí hablas de los mercadillos.

En el capítulo sobre Barcelona intento abarcar un panorama lo más completo posible que tiene que ver con mi consumo. Soy cliente de los Encants y del Mercat de Sant Antoni y, como tal, me interesaba mostrar la periferia del mundo del libro en Barcelona. En cambio, cuando estoy en cualquier otra ciudad no me interesan los libros que hay en el «Mercado de Pulgas».

¿Y, realmente, siempre que llegas a una ciudad lo primero que haces es buscar una librería?

Sí. Recientemente, en mi vuelo de Costa Rica a Barcelona, hice escala en Miami y American Airlines pidió voluntarios para quedarse 24 horas allí, porque había overbooking. Me ofrecí, porque así podía visitar las librerías de Miami, que no las conocía. De hecho, en la parte final del libro hablo de una de ellas, Books & Books, como una librería que deseaba poder visitar algún día. El azar ha querido que fuera ahora.

¿Encontraste alguna más en Miami?

Fui a tres. Books & Books es una cadena. Visité las dos principales, en Miami Beach y en Coral Gables. Y estuve en otra que me interesaba, porque era una librería Borders y ahora es independiente. Tenía curiosidad por ver ese movimiento inverso. Siempre se habla de cómo las librerías independientes son absorbidas o asesinadas por las cadenas. Este caso demuestra que también ocurre a lo contrario. A veces lo independiente se impone a la gran superficie.

Como no podía ser de otro modo, el repaso histórico está presente en estas páginas. Escribes sobre el inicio del libro considerado como objeto comercial a partir del siglo XII y desarrollas aspectos que hay que tener en cuenta para comprender cómo se ha ido transformando la librería, dentro de lo que tú mismo denominas «crisis perpetua», que es la que sufre desde el principio.

Intento seguir la historia del espacio y del concepto de librería. Por ejemplo, hablo mucho de la venta ambulante, de la importancia que tenía en la Edad Media. De pronto el librero se instalaba en una posada y se anunciaba que ahí estaban los libros. En esa ruta que abarca ya nueve siglos, reviso el papel de la librería en el contexto de la historia de la cultura, de la historia de la literatura, de la historia de la política y de la historia del objeto-libro, de la producción en serie que, por cierto, es otro de los significados de «librería», no nos quedemos con la única idea de la tienda. Podría haber ampliado más el campo, pero ya me parecía excesivo. Opté por dar pinceladas que permitan ver siempre la librería en esos contextos.

Es cierto lo del «otro» significado de librería, sin embargo recuerdas que, como «punto de venta», es el único eslabón de la cadena que surge al margen de la propia industria. Las que no pertenecen a grupos editoriales, en su mayoría, son empresas privadas desconectadas, originalmente, del propio sector. Nacen de empresarios particulares.

Eso es muy interesante. Una editorial puede monopolizar su producción, puede tener una distribuidora propia, pero no podemos imaginar una librería donde sólo haya libros de un sello. Por muy grande que sea el grupo y muchos sellos que tenga. De modo que, en el momento en que el libro llega a la librería entra en un contexto plural, múltiple, incontrolable, que ningún gran grupo puede regular. En México D. F. había una librería que no pude visitar porque duró muy poco, que sólo tenía libros de Alfaguara. Era la única librería del mundo donde podías encontrar todos los libros de Alfaguara, publicados en cualquiera de los países donde tiene sede. Imagina una librería Anagrama o Seix Barral, o de cualquier sello que siga trabajando con su fondo de catálogo. Sería una maravilla darte cuenta de la importancia de una editorial al poder tocar, hojear, leer todos sus libros.

Hablemos de la identidad de la librería y la de la relevancia que se le otorga al espacio, al edificio. Escribes sobre la Bertrand de Lisboa, considerada la librería más antigua porque ha mantenido la marca y el entorno histórico en el que se ubica. ¿Le das valor a la conexión entre el espacio físico y la marca?

Creo que, al contrario de la biblioteca, que es monumental y que la vinculamos con una sede, la librería es básicamente una idea que se encarna temporalmente en un espacio y después es capaz de divorciarse de él y encarnarse en otro. Es una cuestión fascinante, porque a veces no hay nada que vincule una librería con su antecedente que se llamaba igual y que tiene el mismo logotipo. Ni un edificio, ni un tipo de planteamiento o estrategia de diseño, de marketing, mobiliario…, ni un propietario, nada. El 90% de las librerías que cito han cambiado de sede, de dueño. O de nombre. No obstante, se mantienen como el mismo proyecto.

Con respecto a esto, hay dos cosas a destacar: defines la librería como «portátil y mutante» y, en otro pasaje, leo: «la singularidad no está en el comercio, sino en el edificio donde se instala».

Claro. Por ejemplo, estamos en Laie de Pau Claris y el edificio determina la librería por completo. Me encanta la remodelación que hicieron el año pasado. Cambiaron la puerta de entrada. Antes te encontrabas con dos espacios: el café-restaurante y la librería. Ahora entras a un único espacio con dos niveles. Han conseguido crear una sinergia entre la restauración y el libro. Ese, para mí, es el tipo de reflexiones que hay que hacer sobre la librería en el siglo XXI para asegurar su supervivencia. Y sí, son portátiles y mutantes. En algún momento escribo sobre el libro de Hemingway París era una fiesta, que en su traducción original sería algo así como «La fiesta portátil» (A Moveable Feast). La librería tiene algo que ver con eso, con la fiesta y lo portátil. Me da pena que en Barcelona se respira poca alegría en las librerías.

Incluso cuando se hacen fiestas.

¡Incluso! En los viejos tiempos, en Shakespeare and Company, o en City Lights, en Gotham Book Mart, era muy común que, al acabar el día, los escritores que hubieran allí se tomaran una copa y charlaran de libros. Esto se continúa haciendo en algunas librerías, como en La Internacional Argentina, en Buenos Aires, donde Francisco Garamona debe seguir teniendo una nevera llena de cerveza y de vino.

Pero esto también forma parte de nuestra manera de ser. La relación que existe entre libreros y escritores en otros países parece maravillosa. Aquí, muchos escritores, al entrar en una librería no buscan otra cosa más que su libro. Y ¡ay del librero como no lo tenga!

Eso lo hacen los escritores en todo el mundo. No es una cuestión nacional ni geográfica. Tiene que ver con si el librero quiere separar su vida profesional de la personal. En las librerías donde se articula un núcleo familiar, o gestionadas por personas solteras, es más habitual que no haya problemas para combinar ambas vidas. Conocí hace unos meses a Rachel Muyal en Tánger, después de acabar el libro. Me contaba que su marido estaba harto de que ella, al finalizar una presentación, llevara a todo el mundo a casa a tomar una copa. Si la librería es tu vida lo haces.

librerias¿Shakespeare and Company y City Lights cambiaron la manera de entender la librería?

Deberían haberla cambiado, pero no se fue muy receptivo a lo que proponían. La propuesta de Shakespeare and Company era ser una librería muy festiva y muy activa. Recitales, fiestas, etc. No todos los espacios librescos pueden asumir ese tipo de dimensión. Y hablo hasta de legalidad, porque algunas ciudades son muy estrictas con el tema del ruido o los horarios. En España las librerías cierran muy pronto, en general. Lo que hay que aprender de estos dos ejemplos es la importancia que tiene el turismo para la supervivencia de una librería en el siglo XXI. Mi libro debería servir para ver que el turismo cultural es bueno y que si sabes gestionar esa energía va a ir gente a tu librería. Gente curiosa, lectores internacionales…, interesados en seguir rastros y en ver lugares que les parecen emblemáticos. Yo hubiera creado algún tipo de señal para marcar las librerías de Roberto Bolaño. Seguro que hay lectores norteamericanos, chilenos, argentinos, mexicanos…, que, si vienen a Barcelona y les dicen que hay equis librerías donde Bolaño compraba sus libros, van a venir a verlas, a fotografiarlas, a conocerlas.

Nos faltan rutas de librerías.

Hay en muchas ciudades del mundo, pero cuando creas una ruta hay que saber mantenerla, potenciarla y venderla. No se puede dejar olvidada en un libro o una guía.

Recurres a obras literarias y a películas que tienen muy presente el espacio de las librerías y eso conecta con la idea de la transmisión de conocimiento.

Me interesaba estudiar la historia de la librería y la historia de la representación de la librería. Qué significa la librería en el imaginario colectivo, qué poder e importancia le damos, con qué cuestiones la relacionamos. Creo que, sobre todo, la relacionamos con el deseo, con la pasión, tanto del lector hacia el libro, como del librero hacia su oficio, como del amor en sí, porque en muchas películas y novelas la escena amorosa se da en la librería. Acabo de leer Simone, la novela que ganó el premio Rómulo Gallegos de este año, escrita por Eduardo Lalo, y el encuentro amoroso de los protagonistas transcurre en una librería.

El concepto de «brújula» también me parece interesante como conexión física de la librería con el lector, el transeúnte o el visitante.

Cuando era pequeño coleccionaba sellos. Después empecé a coleccionar puntos de libro. Tengo cientos que conservo por su belleza, no los acaparo de manera indiscriminada. Luego coleccioné librerías y, seguramente, mi última colección es de brújulas. Mi primer libro de viajes se titula La brújula. Siempre que viajo fotografío flechas, veletas, puntos cardinales, brújulas dibujadas o pintadas. Tengo decenas de fotos de flechas y brújulas que indican nortes de todo el mundo. Hasta creé un proyecto de libros autoeditados con el nombre de «La brújula». Traduje unos poemas de Sebald para ese proyecto. Es uno de mis símbolos fetiche. Hay una librería en Turín que se llama La Bussola y que aparece citada en el libro.

Escribes sobre la reputación y la consagración de la librería. Y lo haces antes de un fragmento en el que planteas diferentes preguntas sobre las responsabilidades de los libreros. Pensamos en la librería como un comercio, como un lugar de encuentro para lectores…, pero olvidamos en demasiadas ocasiones esos compromisos con la sociedad, la trascendencia que puede llegar a tener una librería más allá de la venta de libros.

Son lugares muy políticos. Tanto de política general como de política literaria. En Estados Unidos las librerías luchan constantemente por los derechos y la libertad de expresión. Están las de los pequeños pueblos del Sur de EE.UU. que se niegan a vender la Biblia, o a Darwin, o las novelas de Harry Potter. O las que, por lo contrario, defienden sus derechos para poder vender esos mismos libros. Están creando litigios y precedentes legales vinculados con la circulación de la información y con la libertad de acceso a ella. Tenemos el asunto de Mein Kampf. Hay librerías que lo pueden vender, con traducciones locales, y otras que no. En Turquía puedes comprarlo sin ningún problema. Y tenemos la política literaria, la de consagración y prestigio. Cuando en Laie escogen sus libros y los colocan en un expositor, están decidiendo que esos son más importantes que los que no están ahí. En cada decisión de visibilidad, de recomendar o no recomendar un libro, hay potencialmente algo que puede cambiar la historia de la literatura. Los libreros tienen una gran responsabilidad en lo que respecta a la consagración y a que alguien se haya leído o no un libro determinado. El autor que es marginado y que no encuentra lectores, seguramente es porque los libreros o no lo han leído, o no les ha gustado y no lo han recomendado. Cuando varios libreros se enamoran de un libro, la obra tendrá mucha más influencia que si ese hecho no se produce.

No hemos hablado de otros productos que se llegan a vender en las librerías y que, en muchos casos, son los que permiten la subsistencia.

Cuando visité Miami vi que en las librerías venden gafas graduadas. Lo encuentro normal, porque las usamos para leer y, además, el beneficio económico que les reporta es mayor que el de los libros. Es lo que te decía antes de las librerías que atraen al turismo. Si estás en otro país y visitas una librería porque tiene una historia o hay un mito detrás de ella, y no lees el idioma, ¿qué vas a comprar allí? Una taza, una postal… Lo que importa es que has ido a una librería que para ti tiene una importancia cultural y, comprando un objeto, colaboras a que siga abierta. Fíjate en las librerías de los museos. El gran beneficio lo obtienen con los objetos de regalo y de diseño.

Dedicas dos capítulos a una gira «costa a costa» por EE. UU.

En EE. UU. hay una conciencia de tour de librerías. Cuando un autor importante presenta una nueva obra, no sé, Chuck Palahniuk, u Obama, cuando publicó su libro, saben a qué librerías hay que ir por todo el país para llegar a los lectores que importan y a los críticos que les interesan. Ese tour está muy codificado. Es un «costa a costa» muy sui generis. En el caso de América latina eso no existe, y lo que he hecho ha sido seguir el hilo conductor de Roberto Bolaño desde su fascinación por las librerías mexicanas que se ven en Los detectives salvajes hasta las de Buenos Aires que aparecen en varios de sus cuentos. Bolaño es mi excusa para recorrer América latina de Norte a Sur y para reivindicar una tradición de libreros latinoamericanos muy potentes. Familias uruguayas, argentinas, peruanas, venezolanas…, para crear una conciencia de tradición que se puede reivindicar que es tan importante como la de los Strand.

Citas al final del libro lo que ocurrió con Catalonia, en Barcelona, cerrada hace unos meses. Nos estamos acostumbrando a los cierres de librerías históricas. Es curioso que el centro de la ciudad se queda sin sus referentes, las librerías con historia e identidad, (Laie o La Central mantienen un modelo de negocio que no es el de las grandes superficies, pero no dejan de ser cadenas), mientras van surgiendo en otros barrios propuestas muy concretas, especializadas, pero alejadas del tumulto.

Creo que tiene que ver con la expansión que comentabas. Cuando una librería se expande y se convierte en cadena empieza a tener empleados, dependientes, y ya no es tan reconocible la figura del librero. En el caso de Laie, por ejemplo, conozco bien a Damià Gallardo, de la tienda del CCCB. Aunque, por proximidad, vengo mucho a Laie de Pau Claris, me gusta pasarme por la del CCCB porque reconozco una cara, sé que encontraré a alguien que me va a recomendar, a comentar, a discutir. Lo que expones con tu comentario es un fenómeno que tiene que ver con que en la periferia del centro, y esto lo menciono en el libro, se mantienen las librerías cuyo librero es el propio dueño, no hay empleados. De modo que no hay delegación de una responsabilidad. Tienes a Paco Camarasa, de Negra y Criminal; a Josep Batlló, que ya se ha jubilado, tan identificado con la librería Taifa; Pequod, con Consuelo y Pere; la +Bernat, con Montse Serrano. Se ha creado un mapa muy atractivo alrededor de las librerías. Es interesante lo que está pasando. Y el hecho de que no paren de abrirse nuevas: Novecento Llibres, La Impossible… Mira, es como el negocio editorial: con la crisis, ni se han cerrado muchas librerías ni se han cerrado editoriales. Lo que se ha hecho es bajar la expectativa de ganancia, ser más humildes.

En Madrid está sucediendo lo mismo. Hay librerías que en poco tiempo han creado marca. Tipos Infames, Cervantes y Compañía… Y están surgiendo nuevas editoriales en toda España.

Hay editores y libreros que se han hecho millonarios y están acostumbrados a mantener un margen de beneficio muy alto. Con la crisis ha bajado ese margen. Hablar de apocalipsis cuando las librerías siguen abriendo y las editoriales publicando no creo que sea correcto.

Hay que cambiar la mentalidad, porque el modelo de negocio, a todos los niveles, está desfasado.

Hay que pararse y reflexionar sobre qué está pasando y tomar decisiones. Pero yo, a las librerías, les veo mucho futuro. Me cuesta verlas como algo crepuscular, porque están muy vivas. Lo que es cierto es que tienen que mutar y adaptarse. Por eso en el libro escribo sobre la tendencia a la espectacularidad, a la fusión con el café, tan importante… Hay que crear razones emocionales y físicas para que la gente venga a la librería. Porque si se trata de ir, coger el libro y volver a casa, ya te lo envía Amazon, no tienes que moverte. Con un plus emocional, sentimental, sensorial, que te da placer, vas a venir. Y hay que reinventar las presentaciones de libros.

Eso hay que hacerlo ya, es todo muy aburrido.

Se deben pensar otras formas de crear eventos alrededor del mundo del libro. Es tan fácil como que el autor se implique en la presentación, con la librería, y entre todos le den al encuentro una dimensión personal y festiva. No deja de ser una celebración por la salida de una obra. También hay que conquistar el fin de semana. Librerías se presentará en Laie Pau Claris el jueves 3 de octubre y el sábado 5 haremos un aperitivo en Pequod. Un domingo por la tarde, que es un tiempo muerto, puede ser un buen momento de celebración, de cultura y de intercambio… Hay locales en Madrid que ofrecen propuestas los domingos por la tarde. ¿Cuál es el problema? Horarios y empleados. Pero cuando el negocio es tuyo y estás implicado en ese proyecto cultural, no te importa dedicarle un sábado o un domingo.

Ya sé que es difícil, pero ¿cuál es el cierre que te ha dolido más?

Por supuesto el de Robafaves. Ha quedado en el limbo, en teoría está cerrada pero están buscando soluciones. Me afectó particularmente. Aparte de eso, el libro ha sido también una experiencia dolorosa, vinculada con el duelo. Fui descubriendo que algunas de las librerías que visité ya no existen. No hay nada menos estable que una librería. En cuanto surge algún problema económico grave o fallece el propietario, si no se puede gestionar una solución rápida, se cierra.

* Librerías. Jorge Carrión.
Editorial Anagrama (Barcelona, 2013).

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