Jenn Díaz

Con Jenn Díaz no caí­mos en la ten­ta­ción de hablar sobre gene­ra­cio­nes lite­ra­rias, pero ini­cia­mos nues­tro encuen­tro hacien­do refe­ren­cia a una de las cues­tio­nes (¿inevi­ta­bles?) que siem­pre sur­gen cuan­do se la cita: la edad. El caso es que con Es un decir (Edi­to­rial Lumen, 2014), su cuar­ta nove­la publi­ca­da, rein­ci­de en el rura­lis­mo, ambien­ta­do en la épo­ca de pos­gue­rra, y con una pro­ta­go­nis­ta infan­til reple­ta de dudas al falle­cer su padre en extra­ñas cir­cuns­tan­cias, y que va resol­vien­do a medi­da que nos aden­tra­mos en las his­to­rias de la familia.

Aun­que sue­ne extra­ño, con Jenn Díaz nos ha resul­ta­do muy fácil rom­per lo que en el tea­tro se cono­ce como «la cuar­ta pared», esa barre­ra entre el per­so­na­je y quien lo inter­pre­ta o lo escri­be, en este caso. Su fami­lia y, espe­cial­men­te, el entorno rural de Pue­bla de la Cal­za­da (Bada­joz), en el que pasa­ba los vera­nos de infan­cia, han deja­do poso en su queha­cer narrativo.

Lo de la edad, a veces me perjudica
y otras me abre camino

Hace un rato me encon­tré con un com­pa­ñe­ro perio­dis­ta y al decir­le que iba a hablar con­ti­go me ha res­pon­di­do «Ah, sí, Jenn Díaz, esa escri­to­ra tan joven». ¿No estás har­ta de que se insis­ta aún con lo de tu juven­tud, como si fue­ra algo atí­pi­co publi­car y empe­zar a des­pun­tar como escri­to­ra a tu edad? Por citar un refe­ren­te, a la Matu­te le hicie­ron su pri­mer con­tra­to a los die­ci­sie­te años…

… ¡y lo tuvo que fir­mar su padre! Se pre­sen­tó en la edi­to­rial a lo grou­pie. No solo eso, con mi edad algu­nos ya esta­ban en edi­to­ria­les gran­des. La Matu­te comen­zó en Des­tino. Cla­ri­ce Lis­pec­tor publi­có a los die­ci­nue­ve. Cuan­do saqué Bel­fon­do me fal­ta­ba un mes para cum­plir los vein­ti­trés y tam­po­co me pare­ció raro. Muchas escri­to­ras han empe­za­do con mi edad. Y poe­tas, aún más jóve­nes. Es algo que me moles­ta y no. Hay veces que me sir­ve para abrir puer­tas, por­que lo pre­ma­tu­ro pare­ce que se ve mejor, por el hecho de que poder publi­car sien­do joven me augu­ra un futu­ro, es como que esto aca­ba de empe­zar y vamos hacia arri­ba. Pero qui­zás al lec­tor final le pue­da moles­tar. Me encuen­tro con las dos cosas, a veces me per­ju­di­ca y otras me abre camino. Sobre todo com­bi­na­do con his­to­rias que refle­jan una épo­ca que no es la mía. Se des­ta­ca que escri­ba sobre otro tiem­po habien­do «vivi­do en demo­cra­cia», algo que tam­po­co me aca­ba de sonar muy bien. La com­bi­na­ción es algo exó­ti­ca y sir­ve como recla­mo para algu­nos sectores.

Lo que sí es cier­to es que con Bel­fon­do nos pillas­te con el paso cam­bia­do. Cuan­do se publi­có la gen­te de tu edad pare­cía que esta­ba más preo­cu­pa­da por expe­ri­men­tar con la narra­ti­va ale­ján­do­se de lo tra­di­cio­nal. Y de repen­te apa­re­ces con una nove­la que en cier­to modo reivin­di­ca, ya me dirás si inten­cio­na­da­men­te, una mane­ra de con­tar his­to­rias con refe­ren­tes muy cla­ros que has ido absor­bien­do a tra­vés de tus lecturas.

La ver­dad es que no se tra­ta­ba de reivin­di­car por­que la escri­bí dos o tres años antes de que se publi­ca­ra y lo hice sin saber que iba a salir. Ni siquie­ra tenía la sen­sa­ción de que esta­ba escri­bien­do un libro. Tenía mi blog, subía los cuen­te­ci­tos y me esta­ba divir­tien­do con ello. Como todo lo que leía era sobre esa épo­ca era lo que me lla­ma­ba a escri­bir. Si lees poe­sía te pones a escri­bir poe­mas. Todo lo que se me ocu­rría enton­ces esta­ba ambien­ta­do en la épo­ca sobre la que esta­ba leyendo.

Te impreg­nas de lo que lees.

Total­men­te, ade­más tenía el pue­blo de mis abue­los, Pue­bla de la Cal­za­da, al que iba cuan­do era peque­ña, pero que no está ni mucho menos estan­ca­do en la pos­gue­rra ni hay tan­tí­si­mo atra­so como se mues­tra en las nove­las. Hay móvi­les, inter­net. No encuen­tras edi­fi­cios pero sí casas un poco más altas. El piso que tie­nen mis abue­los está en un edi­fi­cio de tres plan­tas, ya no es tan rural como pue­da ser Bel­fon­do o el pue­blo de Es un decir. Pero me aga­rré a mis lec­tu­ras. Cogí Nubo­si­dad varia­ble y los siguien­tes libros que leí fue­ron todos los de Car­men Mar­tín Gai­te. En medio no leía nada más. Todo un verano leyen­do a Gai­te. Cuan­do se me aca­bó me dije ¿y aho­ra qué leo? Tam­po­co tenía gen­te que me dije­ra por dón­de tirar. Como la com­pa­ra­ban con la Matu­te comen­cé a leer­la. Des­pués, en El cuen­to de nun­ca aca­bar, un ensa­yo de Mar­tín Gai­te, escri­bió sobre el pla­gio citan­do a Nata­lia Ginz­burg, así que me fui a por ella. Ade­más, des­cu­brí que Que­ri­do Miguel esta­ba tra­du­ci­do por Gai­te y empe­cé con ese. Y así fui des­cu­brien­do a más auto­ras, pero siem­pre en la línea de Gai­te, cons­tru­yén­do­me una red. Deli­bes tam­bién, pero era un autor que leí en el ins­ti­tu­to y en ese momen­to no esta­ba por la labor. Más tar­de me com­pré un libro de José Luís Pei­xo­to que me fas­ci­nó, El cemen­te­rio de pia­nos. En la faja hacían refe­ren­cia a Juan Rul­fo, a José Sara­ma­go y a José Dono­so. No cono­cía a Dono­so. Enton­ces tiré por ahí, en plan psi­có­pa­ta, bus­can­do en libre­rías de segun­da mano. O sea que a veces las fajas ayu­dan. En la de Es un decir citan a Rul­fo, Gai­te y Matu­te. Den­tro de unos años alguien a quien le gus­te la Matu­te qui­zás lle­gue a mis libros gra­cias a esa infor­ma­ción y des­cu­bra que hay una afinidad.

O vice­ver­sa.

Sí, cla­ro, ¿por qué no? En mi caso siem­pre acer­ta­ba, iba sobre segu­ro, todos esta­ban rela­cio­na­dos entre sí, en su rura­li­dad, en la épo­ca, en el tono de voz. Tan­to la Matu­te como Mar­tín Gai­te inci­dían en el paso infan­cia-ado­les­cen­cia y a mí sólo se me ocu­rrían ese tipo de his­to­rias. Cuan­do leía suple­men­tos o blogs no enten­día cómo la gen­te podía ser tan tor­pe, por­que yo libro que leía libro que me mara­vi­lla­ba. Aho­ra ya no es así por­que estoy pen­dien­te de las nove­da­des y no sigo una línea lógica.

Con Mar­tín Gai­te, Ginz­burg y la Matute
fui cons­tru­yén­do­me una red de autoras

Bel­fon­do era una obra muy coral y en Es un decir encon­tra­mos un micro­cos­mos aún más redu­ci­do que el de aquel pue­blo, prác­ti­ca­men­te una fami­lia y algún per­so­na­je que inter­vie­ne en la his­to­ria. ¿Tenías la nece­si­dad de desen­ten­der­te de esa cora­li­dad para cen­trar­te en unos per­so­na­jes prin­ci­pa­les y pro­fun­di­zar en ellos?

Sí, sólo es eso. Era mi obse­sión. Antes de Bel­fon­do había escri­to los cuen­tos de Ber­gai, que remi­te de nue­vo a Gai­te, y era un libro muy exten­so, podía haber segui­do escri­bién­do­lo por­que no se aca­ba­ba. Al ubi­car­lo en un pue­blo cada día inven­ta­ba un per­so­na­je, lo rela­cio­na­ba con otro… Des­pués de hacer esto en dos nove­las Es un decir fue lo que escri­bí des­pués de Bel­fon­do, por eso aún es tan rural tuve que parar, por­que sen­tía que no eran nove­las, sino un con­jun­to de cuen­tos entre­la­za­dos y esto no me hacía escri­to­ra de nove­las. Mi obse­sión era redu­cir el núme­ro de per­so­na­jes y pro­fun­di­zar en ellos. Acom­pa­ñar­los duran­te toda la nove­la y no sol­tar­los, por­que me lle­gó a ocu­rrir en Bel­fon­do que has­ta se me olvi­da­ban los nom­bres de los per­so­na­jes. Para Es un decir empe­cé con Marie­la y que­ría seguir con la abue­la y qui­zás con la madre, hacer las tres gene­ra­cio­nes, pero Marie­la adqui­rió mucha fuer­za y saqué de la ecua­ción la voz de la madre. No era un per­so­na­je irre­le­van­te pero deci­dí expo­ner­la a tra­vés de la abue­la y de la niña.

Es un decirMe gus­ta la estruc­tu­ra de las tres par­tes. La pri­me­ra en la que Marie­la nos expre­sa sus preo­cu­pa­cio­nes ante cosas que no entien­de, que no sabe, que no cono­ce, muy lle­na de dudas; la segun­da par­te con la abue­la que, supon­go que ya te habrán comen­ta­do, recuer­da a Deli­bes y a su Cin­co horas con Mario; y la ter­ce­ra par­te en la que Marie­la ya sabe cosas y nos las expli­ca. Estas tres patas de la mesa hacen que la nove­la ten­ga una uni­dad muy con­sis­ten­te. ¿Cómo las trabajaste?

La ter­ce­ra está rees­cri­ta total­men­te. Al recu­pe­rar del cajón «El papel de la noche», su títu­lo en la pri­me­ra ver­sión, había hecho la pri­me­ra par­te, la segun­da, que prác­ti­ca­men­te que­dó igual que como la escri­bí, y la ter­ce­ra que fun­cio­na­ba como reso­lu­ción, reco­gien­do todas las pre­gun­tas y dán­do­les res­pues­ta. Pues no, lo había resuel­to todo fatal. Me di cuen­ta al releer­lo tres años des­pués. Ya había leí­do más libros ale­ja­dos del ambien­te rural, explo­ré lite­ra­tu­ra fue­ra de esta linea. Y me pare­ció que había sido muy inge­nua en muchas cosas. La pri­me­ra par­te la lim­pié muchí­si­mo. El libro tenía 250 pági­nas, más o menos. La ter­ce­ra par­te era horri­ble, la escri­bí de nue­vo con los ingre­dien­tes que que­da­ron de las otras dos, inten­tan­do que no se nota­ra que habían trans­cu­rri­do tres años des­de la pri­me­ra ver­sión, y que me había dedi­ca­do a otras cosas en ese tiem­po. Para dar­le esa uni­dad que decías, tuve que cam­biar­le el final, tenía otro del que ni me acuer­do. Ese cam­bio me per­mi­tió ser más sutil en las dos pri­me­ras par­tes, ya que en nin­gún momen­to lo anti­ci­po. Y está ocul­to sin que­rer, sen­ci­lla­men­te por­que la reso­lu­ción pasó a ser otra que en el momen­to de escri­bir­la no cono­cía. Todo lo que fui incor­po­ran­do en esta ter­ce­ra par­te lo agre­gué a modo de insi­nua­ción en las otras dos. Era un puz­le. La difi­cul­tad esta­ba en que no la empe­cé de nue­vo des­de cero, si lo hubie­ra hecho así todo hubie­ra flui­do de otra mane­ra, pero como la había roto tuve que recom­po­ner­la. Me resul­tó caó­ti­co por­que siem­pre he escri­to de mane­ra lineal, de la pri­me­ra a la últi­ma página.

Mi úni­ca ambi­ción es que
el pro­ce­so
crea­ti­vo sea más lento

Dices que, ade­más, escri­bes muy rápi­do. ¿Nece­si­tas que el tex­to repo­se esos dos o tres años para lue­go reto­mar­lo en frío?

Con El due­lo y la fies­taMujer sin hijo no suce­dió así, por­que las publi­qué ense­gui­da. Aho­ra escri­bo a mano para ir más des­pa­cio, con el orde­na­dor me ace­le­ro, tecleo como una his­té­ri­ca. A mano me cal­mo, soy más len­ta y hago revi­sio­nes más minu­cio­sas, tan­to al vol­car lo escri­to, que me obli­ga a leer­me mecá­ni­ca­men­te, como lue­go corri­gien­do. Mi úni­ca ambi­ción en este sen­ti­do es que el pro­ce­so sea más len­to. La pri­me­ra par­te del pro­ce­so me tie­ne que salir rápi­do por­que si me paro no soy capaz de seguir, pero la revi­sión nece­si­to que sea len­ta, es lo que bus­co. Estoy escri­bien­do cuen­tos y mar­co esa dis­tan­cia de tiem­po entre lo que escri­bo y la revi­sión para lim­piar­me del tex­to. De todo esto me di cuen­ta con Es un decir. Había cosas que hace tres años era inca­paz de borrar, me sen­tía muy inti­ma con este libro. Frag­men­tos que, aun­que no fue­ran bue­nos, eran muy míos. Al tomar dis­tan­cia y con otros pro­yec­tos en medio, fui capaz de eli­mi­nar cosas que no fun­cio­na­ban. Así que con­ti­núo con este méto­do, a ver si fun­cio­na, por­que si no, no sé cómo lo voy a hacer…

Bueno, está fun­cio­nan­do, ¿no?

Sí, pero por ejem­plo Mujer sin hijo, que la he escri­to a mano, tie­ne otro tono, me per­mi­te ser más poé­ti­ca. Tam­bién es ver­dad que la pri­me­ra per­so­na se dis­pa­ra, es muy dife­ren­te. Con la ter­ce­ra per­so­na te pue­des recrear, entrar y salir del per­so­na­je. Es una cosa muy ins­tin­ti­va. Y más con una voz de niña, que yo, habien­do leí­do tan­to ese tipo de lite­ra­tu­ra, la tenía como muy dentro.

Es uno de los aspec­tos en los que me fijo siem­pre, el tra­ba­jar con la voz narra­ti­va en pri­me­ra per­so­na, dar­le natu­ra­li­dad, que no se lea como muy lite­ra­rio, pero cui­dan­do la mane­ra en que se expresa.

Es un equi­li­brio com­pli­ca­do. No me esfuer­zo en bus­car voca­bu­la­rio, lo que me intere­sa es hacer algo que ten­ga cier­ta ora­li­dad, así que para qué voy a bus­car sinó­ni­mos raros.

En la par­te de la abue­la se nota espe­cial­men­te, cui­das el len­gua­je para que se note descuidado.

La maes­tra en esto es Nata­lia Ginz­burg. Me sale bas­tan­te natu­ral por­que mi abue­la habla como la de la nove­la. Cuan­do voy al pue­blo las her­ma­nas de mi abue­la tam­bién hablan así. Pen­sé que tenía que ser Cin­co horas con Mario, o Retahí­las de Mar­tín Gai­te, pero tam­bién debía sonar­me a lo que yo sé, por­que Deli­bes y Gai­te habla­ban sobre su hoy y no les cos­ta­ba uti­li­zar un voca­bu­la­rio que ya tenían. Yo no ten­go voca­bu­la­rio rural ni ese toque de mi abue­la. Adap­té la for­ma pero uti­li­zan­do los recur­sos que conoz­co a tra­vés de mi abue­la para que se note natural.

En los diá­lo­gos entre la madre y la abue­la de Marie­la se per­ci­be esa mane­ra de decir.

Por suer­te en mi casa se habla así. Si hubie­ra naci­do en una fami­lia de inte­lec­tua­les sería inca­paz. Me sal­go de esos pre­jui­cios, por­que nun­ca he inten­ta­do ser inte­lec­tual ni he vivi­do en un ambien­te que lo pro­pi­cia­ra, y a estas altu­ras tam­po­co lo voy a bus­car, he encon­tra­do una mane­ra de cana­li­zar la cul­tu­ra que pue­da tener. Leo a Vir­gi­nia Woolf y pien­so que soy inca­paz de escri­bir como ella, pero leo a la Matu­te, me gus­ta, y aun­que me veo inca­paz de lle­gar a su nivel me pue­do acercar.

Hay asun­tos con mucha pre­sen­cia en la narra­ción que me han hecho refle­xio­nar sobre el per­so­na­je de Marie­la. Cues­tio­nes como el fac­tor de la lige­re­za y el peso. Ella se des­cri­be con­ti­nua­men­te cono una chi­ca fla­ca, frá­gil, pero sin embar­go car­ga con un peso emo­cio­nal tre­men­do por la muer­te de su padre, el com­por­ta­mien­to de la abue­la o la des­co­ne­xión de su madre.

Por eso la expre­sión de «nie­ta moja­da», «hija moja­da», «pelo moja­do»… Supon­go que eso es lo que le da peso a su cuer­po fla­co. Es ver­dad que car­ga con muchí­si­mas cosas que en reali­dad no le tocan, nadie le car­ga con eso. Marie­la se sien­te res­pon­sa­ble de todas las cosas que no sabe. Cual­quier niño, ante el dolor, se refu­gia en otro tipo de cosas y no pasa por ese pro­ce­so de bús­que­da. Pero creo que yo era un poco así. Tenía un pun­to infi­ni­ta­men­te menos lúci­do que Marie­la, pero en mi casa había cosas que yo no sabía. Y tam­po­co pre­gun­ta­ba. Ten­go una her­ma­na diez años mayor a la que podría haber­le pre­gun­ta­do cosas, pero no lo hacía y me que­da­ba con la ante­na pues­ta. Es un recur­so que he uti­li­za­do al escri­bir, lo de que algo se me está esca­pan­do, hay una par­te que yo no sé con la que todos cuen­tan. ¿Sabes cuan­do están hablan­do de algo, tú lo estás enten­dien­do en su con­tex­to, pero sabes que hay algo que no con­tro­las? Esa sen­sa­ción que te crea el estar en la super­fi­cie de todo y que no estás pro­fun­di­zan­do en nada es algo que yo vivía. Por ejem­plo, mis her­ma­nos son de otro padre. Yo a mi padre le lla­ma­ba «papa» y ellos Ramón. Y no pre­gun­ta­ba el por­qué pasa­ba eso. Des­de peque­ña había sido así, una niña de cin­co años no se lo plan­tea, con seis tam­po­co, pero con nue­ve dice «qué raro sue­na esto». Cuan­do empe­cé a tener la mos­ca detrás de la ore­ja mi her­ma­na me suel­ta «es que yo ten­go otros her­ma­nos», y le dije «¿cómo? ¿Me tomas el pelo?». Y no era un secre­to, mi madre tenía la cus­to­dia y duran­te la sema­na mis her­ma­nos esta­ban con noso­tros, lo vivía de for­ma natu­ral. Y enci­ma los fines de sema­na me iba con mi abue­la, así que cuan­do se iban con su padre yo no lo veía. Esta­ba orga­ni­za­do per­fec­ta­men­te para que no me ente­ra­ra. Pero no lo hacían expre­sa­men­te para ocul­tár­me­lo, lo daban por hecho por­que todos lo sabían. Cuan­do pre­gun­ta­ba según qué cosas me decían «Ya lo sabrás cuan­do seas mayor». Cla­ro, a mí lue­go se me olvi­da­ba si no salía el tema. Sin ser un libro auto­bio­grá­fi­co, estas sen­sa­cio­nes que tie­ne Marie­la sí las he reuti­li­za­do par­tien­do de mi expe­rien­cia personal.

En algu­nas fami­lias el hom­bre es la excusa
que tie­ne la mujer para ser madre

Conec­tas mucho con la gen­te que se ha rodea­do de una fami­lia que ha vivi­do en la pos­gue­rra. Me has hecho recor­dar aspec­tos de mi pro­pia fami­lia, como la figu­ra pater­na, cuan­do expli­cas que los hom­bres se com­por­tan de mane­ra dife­ren­te depen­dien­do de si están den­tro o fue­ra de casa, o ese pasa­je en el que Marie­la cuen­ta que su padre tenía un rin­cón en casa don­de se sen­ta­ba y prác­ti­ca­men­te per­ma­ne­cía inmóvil.

Gene­ra­cio­nes más tar­de, inclu­so en algu­nas fami­lias depen­de de la edu­ca­ción que hayan reci­bi­do, el hom­bre es la excu­sa que tie­ne la mujer para ser madre, para lo demás es irre­le­van­te. El padre toma una pos­tu­ra de lo más cómo­da, pero es algo que a la mujer ya le va bien. Mi her­ma­na, sin ir más lejos, peca­ba de eso, su pri­mer mari­do era tor­pe con los hijos. Ella se había orga­ni­za­do de tal mane­ra que dejó al mar­gen al mari­do. Y a él ya le iba bien. Y eso pasa­ba mucho. Mi abue­lo no sabe coci­nar. Y aho­ra nos pue­de pare­cer raro pero sigue pasan­do. Cada uno asu­me tan­to su rol que no se mete en el papel del otro. Mi bisa­bue­la vivía con el hijo que se había que­da­do sol­te­ro. Se iba por la maña­na al cam­po y cuan­do vol­vía se sen­ta­ba en su sillón, se ponía los toros y ya está. A veces se que­da­ba dor­mi­do y ni te dabas cuen­ta. Era una figu­ra que mi bisa­bue­la tenía ahí, y ya le iba bien con­tar con un hom­bre en casa.

Te habrás dado cuen­ta de que me estás con­tan­do asun­tos de fami­lia, pero en el fon­do hablas de Marie­la y del libro…

Sí, sí, es que está ahí refle­ja­do de una u otra mane­ra. Todo eso no lo he vivi­do tan en pri­me­ra per­so­na, pero iba al pue­blo en verano y pasa­ba allí un mes. Era peque­ña, y cuan­do lle­ga­ba a la casa pre­gun­ta­ba si podía ver dibu­jos ani­ma­dos y me decían «no, que el tío José está vien­do los toros». Y ahí no se veía otra cosa. Y así nos que­dá­ba­mos, vien­do los toros que nos impor­ta­ban un pimien­to. Y hablan­do baji­to, para no moles­tar­le. Y nadie se cues­tio­na­ba que se pudie­ra hacer otra cosa. Cuan­do por la maña­na se iba al cam­po a tra­ba­jar, yo me sen­ta­ba en su sillón a ver dibu­jos. Al regre­sar, le devol­vía el sitio. A veces me dicen que los hom­bres en esta nove­la están ausen­tes y son como los malos, pero eso es lo que he vis­to. Aho­ra no, pero es que la nove­la está ambien­ta­da en otra épo­ca. Y los hom­bres, en luga­res como Pue­bla de la Cal­za­da, son todos así.

Para ter­mi­nar, cuén­ta­me lo de la revis­ta Matri­ces que aca­bas de crear.

Ha sur­gi­do de la nece­si­dad y por un impul­so. Jus­to ese vier­nes tenía la inten­ción de pasar­me el día leyen­do a Car­son McCu­llers. Pero cuan­do abro el orde­na­dor se me fas­ti­dia el plan. Ade­más, si sigues a la gen­te ade­cua­da en las redes socia­les te tocan la fibra, por­que siem­pre van a poner algo que te va a inte­re­sar. Vi tres o cua­tro cosas muy heavys, como que el ter­cer pre­mio de un con­cur­so de poe­sía feme­ni­na era un tra­ta­mien­to de belle­za, cosas tre­men­das. Qui­se hacer algo con toda esta infor­ma­ción pero en Jot­Down no me voy a poner a hablar de esto, en mi blog no hago denun­cia por­que ten­go muy pocas visi­tas y en el blog Muje­res de El País tar­dan un tiem­po en publi­car mis tex­tos por­que allí escri­bo sobre cul­tu­ra, no sobre actua­li­dad. Tenía la sen­sa­ción de que debía denun­ciar de algu­na mane­ra todo eso y como no tenía el medio me puse a crear­lo. Al lle­var varios años escri­bien­do sobre estos temas, vin­cu­la­dos a la cul­tu­ra, sobre escri­to­ras, poe­tas, per­so­na­jes feme­ni­nos, con­ser­vo mucho mate­rial, así que deci­dí reuti­li­zar­lo aña­dien­do algu­na entre­vis­ta a alguien que sé que me va a con­tes­tar inme­dia­ta­men­te, cogien­do un poe­ma de Sara Herre­ra, que sé que no pon­drá nin­gún pro­ble­ma a que le publi­que un iné­di­to, reto­man­do unas cosas y otras, escri­bien­do tex­tos sobre esta injus­ti­cia que quie­ro denun­ciar y lan­zar­la. Y estoy tan psi­có­pa­ta que ya ten­go como sie­te por­ta­das para otros tan­tos núme­ros. Ya estoy escri­bien­do el segun­do. Y esta vez lo pre­pa­ra­ré con más calma.

* Foto de Jenn Díaz: © Dani Pérez

* Es un decir. Jenn Díaz.
Edi­to­rial Lumen (Bar­ce­lo­na, 2014).

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