Javier Sádaba

Javier Sádaba - Viaje a Ítaca

En estos tiem­pos de esca­sez filo­só­fi­ca, de una seve­ra deva­lua­ción del pen­sa­mien­to, es de agra­de­cer un dis­cur­so como el que exhi­be Javier Sáda­ba. Un dis­cur­so que se carac­te­ri­za, entre otras cosas, por su hon­ra­dez inte­lec­tual, por no hacer con­ce­sio­nes a las solu­cio­nes fáci­les ni a las modas pasa­je­ras, por su envi­dia­ble cla­ri­dad expo­si­ti­va y por su fuer­te com­pro­mi­so social.

Con la publi­ca­ción de su últi­mo libro, Memo­rias des­ver­gon­za­das, Javier Sáda­ba pare­ce haber cerra­do el ciclo que ini­ció hace más de vein­te años con Memo­rias comi­llen­sesDios y sus más­ca­ras, dos libros auto­bio­grá­fi­cos que abar­ca­ban las pri­me­ras eta­pas de su vida.

A estas altu­ras de su tra­yec­to­ria per­so­nal y aca­dé­mi­ca, tras su jubi­la­ción como docen­te en la uni­ver­si­dad, con una sóli­da obra a sus espal­das como ensa­yis­ta y divul­ga­dor de filo­so­fía, vuel­ve al pano­ra­ma edi­to­rial con Memo­rias des­ver­gon­za­das para refle­xio­nar sobre las cosas que le impor­tan.

Nun­ca ha temi­do mos­trar sus opi­nio­nes en públi­co sin dema­sia­dos tapu­jos —lo cual le ha vali­do el cali­fi­ca­ti­vo de «polí­ti­ca­men­te inco­rrec­to» en no pocas oca­sio­nes — , pero es que aho­ra lo hace aún más des­in­hi­bi­do que de cos­tum­bre, dan­do rien­da suel­ta a su pen­sa­mien­to, lla­man­do a las cosas por su nom­bre, citan­do a quie­nes tie­ne que men­cio­nar en el con­tex­to opor­tuno y por los moti­vos que esti­ma con­ve­nien­tes.

Pue­de que por estos moti­vos haya ele­gi­do el adje­ti­vo «des­ver­gon­za­das» para ilus­trar el tono que ha uti­li­za­do en el que, has­ta el momen­to, es su últi­mo tomo de memo­rias. Y con­vie­ne hacer hin­ca­pié en lo de «has­ta el momen­to», por­que a pesar de reco­no­cer­se un poco más can­sa­do a estas altu­ras de la vida, con su apre­ta­da agen­da de char­las y de cola­bo­ra­cio­nes en dife­ren­tes medios de comu­ni­ca­ción, Javier Sáda­ba con­ti­núa exhi­bien­do, ade­más de espí­ri­tu com­ba­ti­vo, una volun­tad inque­bran­ta­ble y una capa­ci­dad de tra­ba­jo de la que da fe su exten­sa tra­yec­to­ria como autor.

De todas estas cues­tio­nes, de su acti­tud rebel­de ante la vida, de su lúci­do incon­for­mis­mo, de las iniqui­da­des del pano­ra­ma polí­ti­co que con­si­guen pro­lon­gar­se duran­te déca­das, de cier­tos des­ma­nes de la socie­dad actual, tuvi­mos la opor­tu­ni­dad de hablar con él a lo lar­go de esta entre­vis­ta.

Des­pués de escu­char a Javier Sáda­ba diser­tar sobre todas estas cues­tio­nes, y de otras muchas que se cola­ron en medio de nues­tra con­ver­sa­ción, no nos pare­ce arries­ga­do afir­mar que qui­zás no esta­mos tan huér­fa­nos de refe­ren­tes cul­tu­ra­les como ten­de­mos a creer. Y que el perí­me­tro de actua­ción de cada indi­vi­duo para cam­biar las cosas pue­de ser mucho más impor­tan­te de lo que sole­mos con­si­de­rar.

Lucho por el ideal de una socie­dad recon­ci­lia­da con ella mis­ma

Este nue­vo libro auto­bio­grá­fi­co, Memo­rias des­ver­gon­za­das, se suma a la labor de expli­car­se a sí mis­mo que ini­ció hace ya algún tiem­po con otros libros…

He escri­to tres libros de memo­rias a lo lar­go de mi vida. En el pri­me­ro de ellos, Dios y sus más­ca­ras, no tenía tan­to la inten­ción de hablar de mí, sino la de com­par­tir mi visión del mun­do, por­que siem­pre he con­si­de­ra­do que lo que me pasa a mí tam­bién le pasa a los demás, y vice­ver­sa. Se tra­ta­ba de dejar cons­tan­cia de los años del fran­quis­mo, des­de mi infan­cia has­ta lle­gar a la uni­ver­si­dad, que fue­ron los años de la pos­gue­rra y de la dic­ta­du­ra. Hay un cier­to humor, pero tam­bién se cuen­ta en él la par­te más dura del nacio­nal-cato­li­cis­mo: la ausen­cia de liber­tad de una dic­ta­du­ra que salía, ade­más, de una cruen­ta gue­rra civil.

El segun­do [Memo­rias comi­llen­ses], narra con cier­ta ter­nu­ra y cari­ño mi paso por los jesui­tas de Comi­llas, que duró cua­tro años. Y digo esto de «cier­ta ter­nu­ra y cari­ño» por­que en el libro inclu­yo algu­nas fra­ses que decían los pro­fe­so­res: algu­nas eran para par­tir­se de risa, otras eran tre­men­das, pero entre todas for­man una espe­cie de mosai­co que refle­ja el ambien­te en el que está­ba­mos meti­dos duran­te esos años de prin­ci­pios de los sesen­ta. Este es un tes­ti­mo­nio más per­so­nal, qui­zás con algo más de humor que los otros, y que ven­dría a ser una mez­cla entre la denun­cia de una situa­ción per­ver­sa y la des­crip­ción nos­tál­gi­ca de algu­nos per­so­na­jes pin­to­res­cos.

¿Por qué sumar otro libro de memo­rias a los otros, jus­to en este momen­to de su vida?

Por­que a estas altu­ras me sien­to, si no más libre, qui­zás sí más desen­vuel­to, para decir esas cosas que sole­mos decir en voz baja, para un públi­co más peque­ño. Y eso que yo sue­lo decir las cosas abier­ta­men­te y siem­pre he pasa­do por ser una per­so­na muy crí­ti­ca, polí­ti­ca­men­te inco­rrec­ta.

En este nue­vo libro, hablo de los últi­mos tiem­pos, de mi estan­cia en Ale­ma­nia, de la Tran­si­ción, has­ta lle­gar a nues­tros días. Diría que el tono de este nue­vo libro es bas­tan­te reivin­di­ca­ti­vo —no lle­ga­ría a decir que es pesi­mis­ta — , por­que tra­to de seguir luchan­do por el ideal de una socie­dad recon­ci­lia­da con ella mis­ma.

¿Le llue­ven las crí­ti­cas por man­te­ner ese ideal reivin­di­ca­ti­vo?

Pue­de resul­tar des­pro­por­cio­na­do si se com­pa­ra con la media de este país, que yo con­si­de­ro que tie­ne una enor­me cobar­día para salir­se del guion prees­ta­ble­ci­do. En este libro hablo de cosas a veces incó­mo­das, como el dere­cho a la auto­de­ter­mi­na­ción, de mis posi­cio­nes repu­bli­ca­nas, etc. Y si ten­go que dar nom­bres, no sufro mucho por hacer­lo, al mis­mo tiem­po que mani­fies­to un pro­fun­do res­pe­to hacia esas per­so­nas que men­ciono. Me pare­ce que la hones­ti­dad inte­lec­tual es fun­da­men­tal, uno de los preám­bu­los para tener una vida moral dig­na, y eso impli­ca tener que lla­mar a las cosas por su nom­bre.

¿Cuá­les son las reac­cio­nes más habi­tua­les que sue­le encon­trar­se por par­te de los lec­to­res?

Me temo que hay reac­cio­nes para todos los gus­tos. En oca­sio­nes me he encon­tra­do con per­so­nas que han dis­fru­ta­do del libro a pesar de situar­se en las antí­po­das de mi pen­sa­mien­to. Y, en otras oca­sio­nes, con per­so­nas que espe­ran que diga cosas que ellas mis­mas no se atre­ven a decir.

Da la impre­sión de ser un libro escri­to por alguien «más allá del bien y del mal», como diría el filó­so­fo…

Yo no diría tan­to «más allá del bien y del mal», sino de una per­so­na que habla des­de la expe­rien­cia vivi­da, que es lar­ga, que ya vis­lum­bra el final cer­ca, y que tra­ta de ser fiel a lo que pien­sa.

¿Hay en la actua­li­dad un cier­to boom de la lite­ra­tu­ra del «yo»?

Yo diría que habría que hacer algu­nas dis­tin­cio­nes. Por un lado, tene­mos las memo­rias per­so­na­les, que aca­ban sien­do un tipo de auto­jus­ti­fi­ca­ción: este en abso­lu­to es mi caso, por­que no he pre­ten­di­do en nin­gún momen­to jus­ti­fi­car­me ante nadie. Ade­más, en esto sue­lo apli­car aque­lla máxi­ma de Scho­pen­hauer, cuan­do afir­ma que los ami­gos se dicen sin­ce­ros, pero los enemi­gos real­men­te lo son.

Por otro lado, este auge de la lite­ra­tu­ra del «yo», como tú has men­cio­na­do, tam­bién tie­ne que ver con esta socie­dad del espec­tácu­lo en la que vivi­mos: todo tie­ne que que­dar­se en la super­fi­cie, no hay tiem­po para asi­mi­lar los cam­bios ni sedi­men­tar el pen­sa­mien­to.

Pero esta for­ma de pen­sar pare­ce que va en con­tra de la hege­mo­nía cul­tu­ral…

A mí me pare­ce que el pro­yec­to de unir filo­so­fía y vida no está nada mal. En pri­mer lugar, por­que pro­por­cio­na cla­ves para la inter­pre­ta­ción: se tra­ta de ofre­cer razo­nes y lue­go com­pro­bar si se está de acuer­do o no con ellas.

¿Cómo se pue­de lle­var a cabo una reva­lo­ri­za­ción de la pala­bra en esta épo­ca, en la que pare­ce que se habla mucho pero se dice muy poco?

Es un pro­ble­ma tre­men­do: lo que Wal­ter Ben­ja­min lla­ma­ba «el nom­brar puro», y que se podría tra­du­cir sim­ple­men­te como «lla­mar a las cosas por su nom­bre». Con­se­guir esto es muy difí­cil por­que vivi­mos con­tra un muro inmen­so, en medio de men­ti­ras muy gra­ves. La mane­ra de luchar con­tra esta ten­den­cia es a tra­vés de una resis­ten­cia acti­va y bus­can­do aque­llos hue­cos de la socie­dad en los que uno pue­da dejar algu­na semi­lla.

En muchas oca­sio­nes se pue­de hacer más de lo que pare­ce. Por ejem­plo, en mis char­las encuen­tro a gen­te excep­cio­nal, con ganas de hacer cosas. Es cier­to que las estruc­tu­ras son tan rígi­das que a veces resul­ta muy difí­cil hacer­lo. Pero tam­bién creo que cada uno debe encon­trar los espa­cios más ade­cua­dos para poder hacer­lo. Yo sue­lo repe­tir aque­llo que decía el poe­ta Gabriel Cela­ya: nos que­da la pala­bra.

Usted ha apos­ta­do por el pre­do­mi­nio de la éti­ca en todos los ámbi­tos de la socie­dad…

Me intere­sa mucho la éti­ca o la moral (aquí uti­li­zo los tér­mi­nos indis­tin­ta­men­te), lo cual no quie­re decir que vaya por la vida per­do­nán­do­le la vida a nadie. Hablo de las accio­nes res­pon­sa­bles, aque­llas que pue­den con­du­cir­nos a una bue­na vida que sea común a todos los seres huma­nos. Lo he repe­ti­do muchas veces: hay que pro­cu­rar vivir lo mejor posi­ble. Creo que este es el man­da­to fun­da­men­tal del homo sapiens. En este sen­ti­do, pue­do decir que con­se­guí con­ci­liar mi voca­ción con mi pro­fe­sión, al menos has­ta que me jubi­lé.

Vol­vien­do a las carac­te­rís­ti­cas de la socie­dad actual, ¿cómo pode­mos con­ci­liar el uti­li­ta­ris­mo impe­ran­te con los sen­ti­mien­tos mora­les?

Pri­me­ro habría que decir que el uti­li­ta­ris­mo no me pare­ce una opción des­pre­cia­ble. Hay que reco­no­cer que, en el fon­do, todos somos un poco o, inclu­so, bas­tan­te uti­li­ta­ris­tas. Las accio­nes tie­nen con­se­cuen­cias, y cada uno de noso­tros debe valo­rar cons­tan­te­men­te las con­se­cuen­cias de lo que hace. El uti­li­ta­ris­mo sir­ve para recor­dar­nos que las accio­nes que hace­mos no se que­dan en uno mis­mo, sino que tam­bién afec­tan a los demás.

Aho­ra bien, un uti­li­ta­ris­mo extre­mo pue­de lle­gar a ser pér­fi­do, por­que pue­de apa­ren­tar unas con­se­cuen­cias estu­pen­das que en reali­dad no lo son. Hay que tener en cuen­ta que exis­te una serie de semá­fo­ros, que son las tres gene­ra­cio­nes de Dere­chos Huma­nos (civi­les, polí­ti­cos y eco­ló­gi­cos), y que están por enci­ma de la uti­li­dad de cual­quier acción. Esto no quie­re decir que sea­mos inge­nuos, sino que tra­te­mos de bus­car un equi­li­brio entre los dos polos. La cues­tión es que sepa­mos com­bi­nar­los.

¿A qué se refe­ría cuan­do ha afir­ma­do que «la éti­ca pre­pa­ra un rui­do mayor que el rui­do cir­cun­dan­te»?

Es que sumar aún más rui­do cuan­do ya exis­te un rui­do exce­si­vo, no pare­ce la mejor de las solu­cio­nes. Alguien pue­de pen­sar que con esta afir­ma­ción estoy tiran­do pie­dras con­tra mi pro­pio teja­do, por­que soy de los que sue­lo opi­nar sobre las cosas que pasan. Creo que el lími­te del rui­do cir­cun­dan­te debe­ría ser el hecho de que nos poda­mos escu­char. Pre­ci­sa­men­te, lo que cri­ti­co es ese défi­cit en nues­tra capa­ci­dad para escu­char, que pare­ce con­gé­ni­ta a una socie­dad como la nues­tra. Para com­pro­bar lo que estoy dicien­do, bas­ta con ver una de esas ter­tu­lias que apa­re­cen en la tele­vi­sión.

Ya no diga­mos si pen­sa­mos en lo que ocu­rre coti­dia­na­men­te en el Par­la­men­to. Por ejem­plo, nadie se atre­ve a cam­biar de opi­nión por­que las razo­nes del otro le han con­ven­ci­do. Esto sería impen­sa­ble en una socie­dad como la nues­tra. Detrás de todo esto lo que hay es el man­da­to de la escu­cha: si escu­chá­ra­mos mucho más de lo que lo hace­mos, sería­mos mucho más feli­ces de lo que somos.

Memorias desvergonzadas - Viaje a Ítaca¿Por qué no le gus­ta el tér­mino «heroi­ci­dad» cuan­do se apli­ca a la vida coti­dia­na?

Me baso en una fra­se de Orte­ga, que a su vez repi­te una vie­ja idea de Aris­tó­te­les, y que dice algo así como «a nadie se le pide ser un héroe, pero a todos se les pide ser no cobar­des». A mí me pare­ce que esta fra­se refle­ja lo que he que­ri­do decir, por­que, en la éti­ca, los héroes y los san­tos sue­len hacer cosas que son muy dis­tin­tas a las que son real­men­te obli­ga­to­rias para el res­to de los mor­ta­les: accio­nes como no matar o ayu­dar a los demás. Pero lo que hacen los héroes sue­le que­dar muy por enci­ma de nues­tras poten­cias: son actos poco acce­si­bles a la mayo­ría de las per­so­nas que tie­nen una vida nor­mal. Lo con­tra­rio —es decir, un mun­do de héroes — , sería estu­pen­do, pero no es exi­gi­ble.

Sin embar­go, ¿no le pare­ce que la vida coti­dia­na casi se ha vuel­to una cues­tión de heroi­ci­dad?

En lugar de heroi­ci­dad, yo diría que se ha con­ver­ti­do en una cues­tión de super­vi­ven­cia. En algu­na oca­sión, cuan­do me han pre­gun­ta­do por un héroe, yo les he men­cio­na­do la figu­ra de mi padre, que era maes­tro repre­sa­lia­do en la pos­gue­rra y tuvo que sacar ade­lan­te a sie­te hijos. Lo cito casi como una metá­fo­ra o como un ejem­plo de la figu­ra del héroe.

A aque­llas per­so­nas que están cobran­do en la actua­li­dad un suel­do de sete­cien­tos u ocho­cien­tos euros, que son millo­nes en Espa­ña, tam­bién las con­si­de­ro casi unos héroes. Para evi­tar la reso­nan­cia mito­ló­gi­ca del con­cep­to —que hemos here­da­do de la Gre­cia clá­si­ca — , yo pre­fe­ri­ría deno­mi­nar a estos indi­vi­duos «resis­ten­tes»: per­so­nas ago­bia­das por las cir­cuns­tan­cias, que se esfuer­zan cada día de una mane­ra admi­ra­ble para sacar su vida ade­lan­te.

Pode­mos ayu­dar mucho más de lo que pen­sa­mos

Con este pano­ra­ma que pin­ta tan gris, ¿cómo se pue­de fomen­tar la espe­ran­za?

Es una pre­gun­ta cru­cial. Aquí habría que hacer algu­nas dis­tin­cio­nes. La res­pues­ta teó­ri­ca es rela­ti­va­men­te fácil, el pro­ble­ma es lle­var­la a la prác­ti­ca. Sabe­mos cómo pode­mos vivir mejor —con el repar­to más equi­ta­ti­vo de los bie­nes, con una jus­ti­cia impar­cial, con una edu­ca­ción y una sani­dad de cali­dad, con una ciu­da­da­nía más res­pon­sa­ble, etc. — , sin embar­go, nun­ca lle­ga­mos a hacer­lo.

Creo que lo que hay detrás es una sim­ple cues­tión de volun­tad: hay muchas per­so­nas que no están dis­pues­tas a ceder lo que tie­ne. La úni­ca solu­ción que se me ocu­rre es no tirar nun­ca la toa­lla, seguir pelean­do, ente­rar­se de las cosas que ocu­rren, saber gozar con aque­llas cosas que te hacen dis­fru­tar y abrir­se al mun­do de la curio­si­dad. Todo esto irá uni­do a la espe­ran­za, no de ser inmor­tal, sino de vivir mejor y poder salir de la situa­ción en la que esta­mos.

¿Es a esto a lo que se refe­ría en su ante­rior libro, Éti­ca eró­ti­ca, como lo «obvio», algo que pare­ce que hemos olvi­da­do?

En par­te, sí. Como diría un cas­ti­zo, creo que nos come­mos el coco en exce­so. En este sen­ti­do, creo que somos exce­si­va­men­te vul­ne­ra­bles e hiper­sen­si­bles ante lo que nos rodea. Es bueno que sea­mos sen­si­bles, pero a la injus­ti­cia o a la into­le­ran­cia. El pro­ble­ma es que a menu­do le con­ce­de­mos mucha más impor­tan­cia a cier­tas cosas de la que real­men­te tie­nen y esto nos pro­vo­ca un sufri­mien­to aña­di­do, apar­te del sufri­mien­to inevi­ta­ble que ya te da la pro­pia vida.

Ade­más de este sufri­mien­to inevi­ta­ble, pare­ce que esta­mos empe­ña­dos en con­tri­buir con una car­ga de sufri­mien­to adi­cio­nal en nues­tra for­ma actual de vivir. Pues bien, para evi­tar esto, me pare­ce a mí que pri­me­ro ten­dría­mos que evi­tar esa defor­ma­ción nues­tra. En segun­do lugar, ten­dría­mos que sepa­rar lo que es sus­tan­cial de lo mera­men­te acci­den­tal. En ter­cer lugar, des­de la guar­de­ría, debe­ría­mos fijar­nos más en algu­nos mode­los ejem­pla­res de la vida polí­ti­ca y social.

¿Se tra­ta­ría de fomen­tar lo que en éti­ca se deno­mi­na el «cui­da­do de uno mis­mo»?

En efec­to, el cui­da­do de uno mis­mo es pri­mor­dial. Esto no tie­ne nada que ver con el egoís­mo, sino con la posi­bi­li­dad de des­ple­gar tus poten­cias. Ten­go una acti­tud muy escép­ti­ca con el hecho de que pue­da ayu­dar­nos en algo nues­tra «cla­se polí­ti­ca», que en los últi­mos tiem­pos se ha situa­do al ser­vi­cio del dine­ro y muy por enci­ma de los ciu­da­da­nos.

Sin embar­go, pien­so que el ciu­da­dano de a pie pue­de actuar mucho den­tro de esta socie­dad, cada uno des­de su pro­pio ámbi­to, cul­ti­van­do la amis­tad, dis­cu­tien­do cuan­do haya que hacer­lo, acla­ran­do las ideas. En mi caso, en su momen­to lo hice a tra­vés de mi labor en la uni­ver­si­dad, y aho­ra lo sigo hacien­do gra­cias a las con­fe­ren­cias que impar­to.

Sin embar­go, ¿no pare­ce haber­se impues­to la idea de que el domi­nio y el con­trol son vir­tu­des a explo­tar?

Pri­me­ro hay que com­ba­tir esta heren­cia en el plano teó­ri­co, como hacía mi gran maes­tro Ernst Tugend­hah, al que he segui­do en sus ideas duran­te muchos años. Su plan­tea­mien­to es que, a dife­ren­cia de lo que afir­ma­ba Nietz­sche, el poder no es sobre los otros, sino con los otros. El poder tie­ne que ser com­par­ti­do por todos, inclu­so si habla­mos en tér­mi­nos polí­ti­cos, y nadie pue­de situar­se por enci­ma del otro.

Todo nos iría mucho mejor si apren­dié­se­mos a con­ci­liar el poder de uno mis­mo con el poder de los demás. Es fun­da­men­tal saber estar con los demás, abrir­se a los otros, sin que se encuen­tre por medio de esa rela­ción este indi­vi­dua­lis­mo pose­si­vo. Esta­mos hablan­do de que todos esta­mos en el mis­mo bar­co y de que com­par­ti­mos el mis­mo des­tino. Esta es, sin duda, una de nues­tras asig­na­tu­ras pen­dien­tes.

¿Por qué afir­ma en su libro que a la Tran­si­ción habría que deno­mi­nar­la «Con­ti­nua­ción», cuan­do no direc­ta­men­te «Trai­ción»?

Es muy pro­ba­ble que a mucha gen­te esto le sue­ne raro, pero me sumo a los que pien­san que la Tran­si­ción tuvo mucho de frau­de y que es el ori­gen de muchos males actua­les. Como dice el refrán, aque­llos vien­tos traen estas tem­pes­ta­des. En pri­mer lugar, lo que me pasa con la Tran­si­ción es que viví aquel perío­do, no hablo de oídas, como muchos otros que se pro­nun­cian sobre este tema sin haber­lo vivi­do. Fue un perío­do en el que yo apren­dí lo que es la repre­sión: me expul­sa­ron de la uni­ver­si­dad —repe­ti­das veces, ade­más, igual que a Sava­ter — , a uno de mis her­ma­nos lo encar­ce­lan…

Lo que afir­mo en mi libro es que la Tran­si­ción se ha miti­fi­ca­do en exce­so y se ha con­ver­ti­do en un mode­lo, cuan­do no es un mode­lo de nada. En otros paí­ses se ha hecho una Tran­si­ción mejor y más rápi­da. La nues­tra la hicie­ron los ame­ri­ca­nos y los ale­ma­nes, colo­can­do y poten­cian­do en pues­tos cla­ve a los fran­quis­tas —tene­mos el ejem­plo de Manuel Fra­ga, sin ir más lejos — , se desin­te­gró la izquier­da que había en aquel momen­to y se acep­tó todo lo que se podía acep­tar, que fue mucho.

¿Por ejem­plo?

Me estoy refi­rien­do a ins­ti­tu­cio­nes impues­tas al con­jun­to de la pobla­ción, como la monar­quía, sin ir más lejos. Yo estoy pro­fun­da­men­te en con­tra de la idea de que alguien sea el Jefe de Esta­do en vir­tud de sus genes. Y, de repen­te, todos los repu­bli­ca­nos de izquier­das se con­vir­tie­ron en monár­qui­cos con­ven­ci­dos de la noche a la maña­na.

Ade­más, si hizo una Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te, ela­bo­ra­ba por mili­ta­res, para hacer un refe­rén­dum, lo cual desem­bo­ca en un chan­ta­je elec­to­ral: si me hacen votar con mie­do, el resul­ta­do es que esos votos tie­nen más rela­ción con el chan­ta­je que con la liber­tad. Y, por últi­mo, muchas de las pie­zas del Régi­men fue­ron colo­ca­das en la demo­cra­cia a tra­vés de esló­ga­nes que eran meras fala­cias, como, por ejem­plo, «es que no había otra alter­na­ti­va». Toda­vía yo me sigo pre­gun­tan­do en la actua­li­dad por qué no había otra alter­na­ti­va.

¿En qué hubie­se con­sis­ti­do esa «otra» alter­na­ti­va?

Pien­so que no había por qué hacer todo de la noche a la maña­na. Se podría haber hecho con más pacien­cia: que cada uno se hubie­se que­da­do pro­vi­sio­nal­men­te en su sitio, y que le hubie­sen dado más voz al pue­blo en la toma de deci­sio­nes. Otro eslo­gan que nos ven­die­ron fue el del «mal menor», cuan­do de lo que se tra­ta es de aspi­rar al «bien mayor». O el eslo­gan de «es que fue nece­sa­rio», cuan­do uno ya está can­sa­do de que se hable de nece­si­dad para refe­rir­se a cosas que en reali­dad no lo son. Todos estos esló­ga­nes pro­li­fe­ra­ron de tal mane­ra que la Tran­si­ción se con­vir­tió en muchos aspec­tos en una mera con­ti­nua­ción de lo ante­rior.

Muchas per­so­nas se que­jan aho­ra de que lo que hay es una con­ti­nua­ción del fran­quis­mo. El ori­gen de esa que­ja se encuen­tra pre­ci­sa­men­te en la Tran­si­ción, que con­ti­nuó con muchas cosas que per­ma­ne­cie­ron igual que en la eta­pa ante­rior y no pro­pi­ció los cam­bios pro­fun­dos que hubie­sen sido desea­bles en la socie­dad. Por ejem­plo, en la actua­li­dad esta­mos asis­tien­do a una reduc­ción de la liber­tad de expre­sión, que podría­mos inter­pre­tar como una «trai­ción» a lo que ten­dría que haber sido el espí­ri­tu de la Tran­si­ción.

¿No teme que tachen esta reivin­di­ca­ción de «polí­ti­ca­men­te inco­rrec­ta»?

Es que yo exi­jo mucho más a unas per­so­nas que se auto­de­no­mi­nan «demó­cra­tas» que a los que man­da­ban duran­te la dic­ta­du­ra, que ya sabía­mos cómo pen­sa­ban y cómo se com­por­ta­ban. En cam­bio, al que se auto­de­no­mi­na «demó­cra­ta» hay que exi­gir­le que se com­por­te como tal. Y si el demó­cra­ta falla, enton­ces hay que recor­dar­le lo que en latín se dice corrup­tio opti­mi pes­si­ma est, es decir, «la corrup­ción del mejor es lo peor».

¿Cuá­les serían las con­se­cuen­cias en la actua­li­dad de toda esta heren­cia?

Por ejem­plo, tene­mos una tele­vi­sión en la que úni­ca­men­te se gri­ta, que fun­cio­na a tra­vés de lemas, en la que no se pue­de hablar con liber­tad, etc. Todas estas cosas me pare­cen los detri­tus de esa Tran­si­ción que se hizo de aque­lla mane­ra tan defec­tuo­sa.

Cam­bia­mos al tema de la edu­ca­ción. Algu­na vez le he escu­cha­do decir que esta­mos for­man­do «suje­tos de papel». ¿A qué se refe­ría?

He uti­li­za­do esta expre­sión como una crí­ti­ca a los defen­so­res de la «post­mo­der­ni­dad». Como he dicho antes, los «suje­tos de papel» son suje­tos exce­si­va­men­te débi­les, con­su­mi­do­res de gran­des estí­mu­los, que muy pron­to han sido absor­bi­dos por un sis­te­ma exce­si­va­men­te super­fi­cial, inca­pa­ces de una cier­ta resis­ten­cia al sufri­mien­to. En nues­tra socie­dad pare­ce haber­se ins­ta­la­do un mie­do des­me­su­ra­do ante cual­quier difi­cul­tad. Cuan­do es racio­nal, el mie­do cum­ple una fun­ción; pero hay que luchar con­tra él cuan­do se tra­ta de un mie­do irra­cio­nal.

¿Cómo cree que ha con­tri­bui­do la edu­ca­ción a fomen­tar este tipo se suje­tos?

Des­de mi expe­rien­cia en la uni­ver­si­dad, la impre­sión que he teni­do es que los alum­nos cada vez sabían menos. A mí me lla­ma­ba la aten­ción que no tuvie­sen ni idea de cier­tos nom­bres o de algu­nos temas que men­cio­na­ba en cla­se. Y no esta­mos hablan­do de los pro­ble­mas entre Corea del Nor­te y Corea del Sur, por poner un ejem­plo, sino de cosas mucho más bási­cas, como leer un perió­di­co de vez en cuan­do y tra­tar de ente­rar­se de lo que está pasan­do.

En este aspec­to, creo que ha falla­do la uni­ver­si­dad con lo que podría lla­mar­se una exce­si­va tole­ran­cia ante la igno­ran­cia y la fal­ta de rigor. Tam­bién habría que hacer hin­ca­pié en el asun­to de dar­le más finan­cia­ción a la uni­ver­si­dad, más impor­tan­cia a la inves­ti­ga­ción y más cui­da­do a la hora de selec­cio­nar al pro­fe­so­ra­do.

Des­pués de una vida dedi­ca­da a la docen­cia, a la inves­ti­ga­ción, a la escri­tu­ra, al fomen­to de la cul­tu­ra, etc., ¿qué es lo que pien­sa Javier Sáda­ba cuan­do echa la vis­ta atrás?

Des­pués de más de cua­ren­ta libros y de nume­ro­sos artícu­los, lo pri­me­ro que uno podría pen­sar es que son muy malos [risas]. Pero hay cosas en las que uno no pue­de evi­tar fijar­se posi­ti­va­men­te, con cier­to cari­ño, como el pri­mer libro que escri­bí, El len­gua­je reli­gio­so y filo­so­fía ana­lí­ti­ca, que fue el pri­mer libro que se escri­bió en cas­te­llano den­tro de su mate­ria y fue muy ala­ba­do en Lati­noa­mé­ri­ca, don­de a veces ten­go más lec­tu­ras que en Espa­ña. Tam­bién está el Dic­cio­na­rio de éti­ca, al que le ten­go un espe­cial cari­ño.

¿Cuál es su «fór­mu­la» para abar­car tan­tos fren­tes y para hacer­lo con tan­ta fecun­di­dad?

Sien­to decep­cio­nar­te, pero «fór­mu­la» no ten­go nin­gu­na, más allá de una cier­ta capa­ci­dad de estu­dio: siem­pre he apro­ve­cha­do cual­quier oca­sión para leer. Cuan­do me levan­to por la maña­na, lo pri­me­ro que hago es poner­me a estu­diar un rato. Ayu­da mucho haber teni­do una mujer extra­or­di­na­ria, y no sólo por­que sabía filo­so­fía, sino por poder hacer­me una crí­ti­ca de lo que esta­ba hacien­do en cual­quier momen­to.

Tam­bién ayu­da tener ami­gos en el mun­do inte­lec­tual con los que inter­cam­biar opi­nio­nes y tener con­ver­sa­cio­nes pro­ve­cho­sas. Y, por últi­mo, man­te­ner el deseo de des­do­blar­te, de com­par­tir con los demás, de hacer públi­co lo que uno hace, aun­que lue­go lo cri­ti­quen. Es una espe­cie de ampliar la pro­pia indi­vi­dua­li­dad en la de los demás. La nece­si­dad de escri­bir para lle­gar a alguien.

. Memo­rias des­ver­gon­za­das. Javier Sáda­ba
Edi­to­rial Almu­za­ra (Cór­do­ba, 2018).

PIENSO, LUEGO EXISTO

JAVIER SÁDABA (RTVE, DICIEMBRE 2011)