Gustavo Faverón Patriau

[…] pron­to nos dimos cuen­ta de que ambos pade­cía­mos la com­pul­sión de los rela­tos, y col­má­ba­mos el tiem­po con­tán­do­nos his­to­rias que fabri­cá­ba­mos sobre la mar­cha, sabien­do los dos que su valor no resi­día ni en sus refe­ren­cias ni en su pre­ci­sión, sino en su capa­ci­dad para­bó­li­ca, en el núme­ro de nudos que hubie­ra que desatar­le a cada una para vol­ver­la una cin­ta con­ti­nua y lineal, con un men­sa­je com­pren­si­ble.

Gus­ta­vo Fave­rón Patriau, El anti­cua­rio.

Apa­re­ce en Espa­ña, al fin, El anti­cua­rio (Edi­to­rial Can­da­ya, 2015), pri­me­ra nove­la del lime­ño Gus­ta­vo Fave­rón Patriau. La edi­ción espa­ño­la, pre­ce­di­da de los elo­gios hacia el autor des­pués de ver­la publi­ca­da en Perú y tra­du­ci­da al inglés para el mer­ca­do nor­te­ame­ri­cano, nos per­mi­te cono­cer la alam­bi­ca­da cons­truc­ción narra­ti­va de Fave­rón, con una his­to­ria en la que con­vi­ven per­so­na­jes que depen­den de la pala­bra para exis­tir y dar for­ma y nom­bre al cuer­po, en la que la geo­me­tría cobra vida físi­ca y men­tal y los hechos se expo­nen median­te rela­tos y sos­pe­chas que ponen a estos en duda. Con aca­ba­do de thri­ller, El anti­cua­rio explo­ra, des­de su curio­so plan­tea­mien­to ini­cial y entre otras cosas, los com­ple­jos veri­cue­tos de la crea­ción mis­ma, las posi­bi­li­da­des de la pala­bra para crear y recrear epi­so­dios reales o no, la leal­tad en con­tra­po­si­ción con la devo­ción, o la impo­si­bi­li­dad de com­pren­sión cuan­do no hay comu­ni­ca­ción posi­ble.

Siem­pre que me encuen­tro con un autor que se ve envuel­to en esa curio­sa y envi­dia­ble situa­ción de vol­ver a hablar de un libro publi­ca­do hace tiem­po debi­do a una nue­va edi­ción, pien­so en lo que debe repre­sen­tar regre­sar a él.

Pare­ce men­ti­ra, con tan­tos años trans­cu­rri­dos des­de que ter­mi­né de escri­bir­la. Des­pués de aca­bar­la me demo­ré dos años en enviar­la a una edi­to­rial de Perú, lue­go vinie­ron las tra­duc­cio­nes y aho­ra la edi­ción de Can­da­ya. La nove­la está ahí pre­sen­te todo el tiem­po mien­tras voy escri­bien­do otras cosas.

Se da la cir­cuns­tan­cia de que, en un caso como el tuyo, que te dedi­cas tam­bién a la crí­ti­ca y a la difu­sión lite­ra­ria, hay veces en que cues­ta más dar por cerra­da una nove­la y deci­dir­se a publi­car­la por aque­llo del qué dirán.

A mí me pasó eso. Había sido crí­ti­co en Perú en una posi­ción muy públi­ca, en la pági­na de lite­ra­tu­ra de Somos, la revis­ta de los sába­dos de El Comer­cio el perió­di­co peruano con más lec­to­res. Y por muchos años tuve un blog, Puen­te Aéreo, muy leí­do tam­bién. En las dos posi­cio­nes me había crea­do con­flic­tos con prác­ti­ca­men­te todos los crí­ti­cos del Perú, así que al ter­mi­nar mi nove­la sen­tí que les echa­ba un peda­zo de car­ne cru­da. Esto demo­ró la publi­ca­ción del libro mien­tras pen­sa­ba en si sacar­lo o no.

Como siem­pre, cuan­do nos encon­tra­mos ante una nove­la en la que se mane­jan dife­ren­tes géne­ros, hay un empe­ño en poner­le eti­que­tas, en cla­si­fi­car El anti­cua­rio de algu­na mane­ra.

Una cosa bien curio­sa que he nota­do más cla­ra­men­te cuan­do salió la tra­duc­ción al inglés es que en ver­dad cada mer­ca­do y socie­dad encuen­tra su mane­ra de eti­que­tar un libro. Para los ame­ri­ca­nos es muy fácil, tie­ne que ver con cómo es pre­sen­ta­do. Si se publi­ci­ta como poli­cial es un poli­cial y no hay vuel­ta de hoja. Si es lan­za­do como nove­la de horror no bus­can otra opción. Suce­de a pesar de que en la tra­di­ción ame­ri­ca­na hay gran­des escri­to­res de poli­cial que han pasa­do a ser vis­tos como gran­des escri­to­res, más allá del géne­ro, pero con el tiem­po el mer­ca­do se ha vuel­to muy domi­nan­te. Lo que mar­ca es la libre­ría y en qué mesa pon­gan el libro. El lado nega­ti­vo de eso para la lite­ra­tu­ra nor­te­ame­ri­ca­na, no para mí, que ni siquie­ra pen­sé en ello, es que los lec­to­res e inclu­so los crí­ti­cos comien­zan a no bus­car­le nin­gu­na tras­cen­den­cia a los libros de géne­ro. Ya nadie lee un poli­cial si dice algo más sobre algu­na otra cosa que no sea quién mató a fulano. Por suer­te aún no es lo habi­tual en Ibe­ro­amé­ri­ca, noso­tros sabe­mos que un poli­cial pue­de tener otro con­te­ni­do intere­san­te más allá del mis­te­rio obvio.

En Espa­ña esta­mos más pró­xi­mos a la tra­di­ción nor­te­ame­ri­ca­na. El gus­to por el esti­lis­mo, por bus­car­le la inde­fi­ni­ción, es muy pro­pio de auto­res como Ricar­do Piglia, Jor­ge Luis Bor­ges o Rober­to Bola­ño.

Son auto­res impor­tan­tes para mí. Creo que la nove­la poli­cial en Amé­ri­ca Lati­na entró direc­ta­men­te en la segun­da o ter­ce­ra gene­ra­ción. Cuan­do se empe­zó a escri­bir nove­la negra en Esta­dos Uni­dos y en Euro­pa, en nues­tros paí­ses aún no exis­tía. Y al empe­zar a pro­du­cir lo hici­mos crean­do nove­las un poco incré­du­las fren­te a lo que era el poli­cial en su ori­gen, con esa idea de res­ta­ble­cer el orden racio­nal en la socie­dad. Se tra­ta­ba de un ins­tru­men­to para mos­trar lo irra­cio­nal en el mun­do, con cuen­tos fun­da­do­res como «La muer­te y la brú­ju­la» de Bor­ges, que ter­mi­nan con una solu­ción del cri­men que resul­ta ser otro cri­men, matan al detec­ti­ve por­que des­cu­brió el mis­te­rio y no algo más impor­tan­te que había detrás. O aca­bó por des­cu­brir­lo sien­do con­de­na­do a muer­te por ello. «La muer­te y la brú­ju­la» fina­li­za con ese diá­lo­go tan típi­ca­men­te bor­giano en el que el cri­mi­nal va a matar al detec­ti­ve y este le dice que la pró­xi­ma vez que le mate sea en un labe­rin­to lineal. En Lati­noa­mé­ri­ca el poli­cial era tra­di­cio­nal­men­te enten­di­do como un géne­ro pro­ble­má­ti­co y con más dimen­sio­nes. Si uno pien­sa en bue­nos poli­cia­les lati­nos Cró­ni­ca de una muer­te anun­cia­da, ¿Quién mató a Palo­mino Mole­ro?, o en el uso del poli­cía en Estre­lla dis­tan­teRes­pi­ra­ción arti­fi­cial, la mayor par­te son poli­cia­les des­creí­dos de las armas tra­di­cio­na­les del géne­ro.

Me intere­sa mucho el papel cor­po­ral de la tra­ma en las dife­ren­tes his­to­rias y cómo se entre­mez­cla la narra­ti­va con el cuer­po. Pen­sa­ba en ello y a mitad de la nove­la tro­pie­zo con un ase­si­na­to que me refuer­za ese argu­men­to por las carac­te­rís­ti­cas del cri­men que, por supues­to, no vamos a des­ve­lar.

Cla­ro. Para enton­ces la escri­tu­ra ya se había vuel­to trans­pa­ren­te para mí. Este era uno de los temas, el cho­que entre lo inte­lec­tual y lo físi­co, entre el libro y la anato­mía huma­na, que al mis­mo tiem­po es entre lo bello y lo mons­truo­so y entre lo civi­li­za­do y lo bár­ba­ro. Es el momen­to de la nove­la en el que el libro se con­vier­te en el arma homi­ci­da. Era algo que tenía en men­te des­de las pri­me­ras veces que leí los cuen­tos de Bor­ges rela­cio­na­dos con el Holo­caus­to, inclu­yen­do alguno que escri­bió antes de que se comen­za­ra a hablar de los hechos. Me refie­ro a «El mila­gro secre­to» y «Deu­ts­ches Requiem», sobre todo al segun­do. Son esos cuen­tos en que Bor­ges se pre­gun­ta más bien se repre­gun­ta, por­que los argen­ti­nos se pre­gun­tan esto des­de Sar­mien­to sobre la civi­li­za­ción y la bar­ba­rie. Bor­ges asu­me una posi­ción bien pecu­liar, des­car­tó la idea más super­fi­cial de todas, la de que la civi­li­za­ción sea un esta­do más ele­va­do pos­te­rior a la bar­ba­rie, que esta sea una pre­his­to­ria de la civi­li­za­ción, pero tam­bién eli­mi­na la idea de que lo civi­li­za­do y lo bár­ba­ro sean sim­ple­men­te cosas que con­vi­ven. Lo que Bor­ges te deja ver entre líneas en esos cuen­tos es que el gran horror del siglo XX es que la civi­li­za­ción pro­duz­ca bar­ba­rie. Hay un momen­to cru­cial en «Deu­ts­ches Requiem» en el que el narra­dor, que había sido sub­di­rec­tor de un cam­po de con­cen­tra­ción, le habla direc­ta­men­te al lec­tor y le dice que si ha goza­do escu­chan­do a Brahms, o leyen­do a Goet­he, o vien­do una ópe­ra de Wag­ner, la pró­xi­ma vez que lo haga recuer­de que él, el abo­mi­na­ble, tam­bién lo ha dis­fru­ta­do. Final­men­te, el Holo­caus­to, en cier­ta for­ma, es uno de los pro­duc­tos cul­tu­ra­les de una civi­li­za­ción hiper­so­fis­ti­ca­da que ter­mi­nó cons­tru­yen­do una maqui­na­ria de muer­te igual­men­te sofis­ti­ca­da en otras pro­duc­cio­nes cul­tu­ra­les. Es algo sobre lo que he refle­xio­na­do des­de que comen­cé a dar cur­sos de Bor­ges en la Uni­ver­si­dad. Curio­sa­men­te, El anti­cua­rio la escri­bí más o menos has­ta la mitad, cuan­do me invi­ta­ron a Stan­ford para dar un cur­so sobre Bor­ges y que­dó inaca­ba­da. Era la ter­ce­ra vez que deja­ba una nove­la a medias. Las dos ante­rio­res, al releer­las, no sabía cómo con­ti­nuar­las, eran como libros escri­tos por otra per­so­na. Tuve mie­do de vol­ver a revi­sar­lo y des­cu­brir que nun­ca iba a con­cluir este libro, por­que ¿cuán­tas nove­las pue­des dejar por ter­mi­nar antes de que se aca­be tu carre­ra de escri­tor? Pero esta vez, tres años des­pués de guar­dar­la, pude con­ti­nuar.

Fue Bor­ges quién te hizo reto­mar­la.

Él y que uno de los temas que abor­dá­ba­mos en el cur­so for­ma­ba par­te de El anti­cua­rio: lo civi­li­za­do, lo bár­ba­ro, la lite­ra­tu­ra fren­te a la muer­te.

el-anticuarioEn la nove­la está el cuer­po y tam­bién el ver­bo. Gus­ta­vo es psi­co­lin­güis­ta, y debe hacer la inves­ti­ga­ción a tra­vés de su cone­xión ver­bal con los men­sa­je­ros de Daniel. ¿Te preo­cu­pa­ba mucho la for­ma de apli­car la pala­bra en el tex­to?

Sí, por varios moti­vos, y hay dos muy pre­sen­tes. Uno de mis intere­ses era res­pon­der a la pre­gun­ta acer­ca de cómo se recons­tru­ye la his­to­ria y la memo­ria a tra­vés del len­gua­je y qué tan posi­ble es hacer­lo. Me preo­cu­pa­ba el tras­fon­do polí­ti­co de la nove­la, algo muy reco­no­ci­ble para los lec­to­res perua­nos. Cuan­to más te ale­jas de Perú menos se per­ci­be. Para los nor­te­ame­ri­ca­nos ha sido invi­si­ble, nadie ha habla­do de eso al menos direc­ta­men­te, no le han dado impor­tan­cia. Qui­se refle­jar la épo­ca de Sen­de­ro Lumi­no­so, la gue­rra, el con­flic­to polí­ti­co en Perú. Y cómo se recons­tru­ye, cómo se cuen­tan his­to­rias sobre eso, cómo se pue­de vol­ver a hablar de ello, si exis­te una memo­ria colec­ti­va, la mane­ra en que se acer­can los sobre­vi­vien­tes al pasa­do a tra­vés del len­gua­je para salir de los trau­mas de esa épo­ca. El otro moti­vo, que plan­teé casi como un jue­go for­mal, era una hipér­bo­le del con­se­jo que daba Mario Var­gas Llo­sa en su pri­mer perio­do, cuan­do habla­ba de la nove­la total y decía que una gran nove­la debía ser eró­ti­ca y al mis­mo tiem­po polí­ti­ca y psi­co­ló­gi­ca. Qui­se hacer una con todos los sub­gé­ne­ros, que fue­ra de horror, poli­cial, de mis­te­rio, de fan­tas­mas, que tuvie­ra ele­men­tos de todas estas cosas sin olvi­dar dar­le una cier­ta con­sis­ten­cia en el fon­do a tra­vés de un ambien­te góti­co, y que el len­gua­je y la for­ma fue­ran trans­for­mán­do­se de acuer­do a las cir­cuns­tan­cias de la his­to­ria. Cuan­do la narra­ción se apro­xi­ma al mis­te­rio inclu­yo los tópi­cos del géne­ro. Cuan­do se acer­ca al horror comien­zan a apa­re­cer mons­truos. Cuan­do pasa al poli­cial inter­vie­ne un capi­tán que inves­ti­ga. El esti­lo va empu­jan­do a la his­to­ria y vice­ver­sa. Era bien impor­tan­te pen­sar en la for­ma de cada capí­tu­lo, como plan, inclu­so antes de comen­zar a escri­bir cada uno, y ver si podían fun­cio­nar con más de un nivel.

Habla­bas del aspec­to polí­ti­co, que es evi­den­te, pero intro­du­ci­do de tal mane­ra que muchos lec­to­res pue­den pres­cin­dir de esa capa, no la haces direc­ta­men­te reco­no­ci­ble. Ape­nas das refe­ren­cias.

En ver­sio­nes ante­rio­res esta­ban más en la super­fi­cie pero las fui borran­do todas casi por com­ple­to. El lec­tor peruano pue­de reco­no­cer las que que­dan, pero no son tan­tas. Hacia el final hay el rela­to de una masa­cre que ocu­rrió en el Perú en 1983, es una de las his­to­rias que cuen­ta el anti­cua­rio sobre la muer­te de ocho perio­dis­tas, que se cono­ce como la masa­cre de Uchu­rac­cay, y cuya comi­sión inves­ti­ga­do­ra fue pre­si­di­da por Var­gas Llo­sa. Tam­bién se encuen­tran peque­ños deta­lles, como el nom­bre Yanaú­ma, que es que­chua, o el de Huk, que en que­chua es el núme­ro «Uno». Podría ver­se como un jue­go para ver cómo fun­cio­nan estas refe­ren­cias en el lec­tor de otro país, cómo las iden­ti­fi­ca o rela­cio­na con su pro­pia his­to­ria o con la vio­len­cia social en gene­ral.

Como escri­tor, la pers­pec­ti­va es mucha más amplia y ofre­ces a los lec­to­res dife­ren­tes expe­rien­cias depen­dien­do de los cono­ci­mien­tos, su cul­tu­ra y ori­gen.

De su pro­pio con­tex­to, sí. Por eso me intere­sa­ba la edi­ción en Espa­ña, para com­pro­bar qué ven en la nove­la los lec­to­res de acá en rela­ción con la his­to­ria de vio­len­cia en otro pasa­do his­tó­ri­co. Lec­to­res argen­ti­nos la han rela­cio­na­do con los des­apa­re­ci­dos, con la dic­ta­du­ra de los 70. Es intere­san­te el jue­go, que el libro ten­ga su pro­pia for­ma de fil­trar­se en un mon­tón de reali­da­des socia­les o con­tex­tos de lec­tu­ra dife­ren­tes.

El anti­cua­rio es tam­bién un libro de dua­li­da­des las dos Julia­nas, los dos Daniel, de ahí que el per­so­na­je de Huk ten­ga una tras­cen­den­cia espe­cial, más allá del nom­bre uni­ta­rio que se le da.

Yo lo veía como el per­so­na­je impe­ne­tra­ble fren­te a los demás. Sabe­mos cómo mue­re Huk, pero nada más, ni siquie­ra cono­ce­mos su nom­bre real. Era par­te de la cues­tión acer­ca de los lími­tes del len­gua­je en rela­ción con qué cosa pue­de ser dicha o no a tra­vés de él. Pero no que­ría ver­lo en tér­mi­nos de narra­ción pro­pia­men­te dicha, sino para com­pren­der qué pasa en el con­tex­to peruano en par­ti­cu­lar, qué his­to­rias y qué gen­tes han sido recu­pe­ra­das en la escri­tu­ra y cuá­les no. Con las víc­ti­mas del libro, hay una lime­ña, Julia­na, que tra­ba­ja en un perió­di­co; otra, Ade­la, la «otra» Julia­na, que es una pro­vin­cia­na migran­te, que vie­ne de un lugar vio­len­to y se ha entre­ga­do a la ciu­dad. Y tene­mos a una ter­ce­ra, Huk, que apa­ren­te­men­te debe venir de un terri­to­rio vio­len­to pero no está inte­gra­da en la socie­dad, ha pasa­do de la zona de vio­len­cia al mani­co­mio, a la muer­te. Huk repre­sen­ta ese otro lado de la socie­dad perua­na que nun­ca fue expli­ca­do, ni por his­to­ria­do­res ni por soció­lo­gos. Son los que se que­da­ron al mar­gen, los que no hablan espa­ñol, los que están fue­ra del cir­cui­to de la escri­tu­ra, que en su mayo­ría no leen ni escri­ben pero que fue­ron las víc­ti­mas prin­ci­pa­les de Sen­de­ro Lumi­no­so y del Esta­do. En cier­ta for­ma, el nom­brar­la como «Uno» es cues­tión de inte­gri­dad, el res­to de per­so­na­jes se des­mo­ro­nan, se divi­den, se des­ar­man.

Libros y fue­go, mal asun­to. Entras ahí en lo góti­co con uno de los auto­res impres­cin­di­bles, Edgar Allan Poe.

Yanaú­ma le rega­la a Sofía un libro de Poe.

Una edi­ción ilus­tra­da de La caí­da de la Casa Usher. Pero tam­bién está el mie­do a ser ente­rra­do vivo…

… Repre­sen­ta­do en los hote­les ale­ma­nes para muer­tos. El señor Val­de­mar. Poe es un per­so­na­je muy extra­ño en la lite­ra­tu­ra lati­noa­me­ri­ca­na. Como lec­tor me gus­ta, pero no soy faná­ti­co. Lo que más me ha lla­ma­do la aten­ción es su influen­cia en Amé­ri­ca Lati­na. Y ha sido cons­tan­te des­de fina­les del XIX has­ta hoy. A mis estu­dian­tes les pare­ce raro cuan­do habla­mos de cual­quier escri­tor y comen­to que está influen­cia­do por Poe. Me dicen «obvio, qué cuen­tis­ta lati­noa­me­ri­cano no tie­ne una cier­ta influen­cia de Poe». Cuan­do se tra­ba­jó en la edi­ción en inglés de El anti­cua­rio, Joseph Mulli­gan, el tra­duc­tor, des­pués de la pri­me­ra ver­sión, pre­pa­ró la segun­da cui­dan­do más al deta­lle la par­te esti­lís­ti­ca del tex­to, y me hizo varias pre­gun­tas para deli­mi­tar el esti­lo, una de ella era: «Si te ima­gi­na­ras esta nove­la escri­ta en inglés por algún escri­tor anglo­par­lan­te, cómo des­cri­bi­rías al escri­tor, cuál sería el refe­ren­te». Res­pon­dí: «Ima­gi­na a Poe en el siglo XXI, ese podría ser». La ver­sión en inglés es más Poe que la ori­gi­nal , por­que Joseph hizo la tra­duc­ción con esa espe­cie de pre­jui­cio que le puse. Poe está pre­sen­te temá­ti­ca y esti­lís­ti­ca­men­te. Hay algo que me gus­ta mucho en sus cuen­tos, que es cuan­do el horror no está encar­na­do en un ser vivo y vie­ne del lugar, del ambien­te. Tam­bién lo encon­tra­mos en el cine expre­sio­nis­ta ale­mán, no debe­ría estar ocu­rrien­do nada raro pero de repen­te te fijas y la ven­ta­na no es per­fec­ta­men­te rec­tan­gu­lar o el techo no está nive­la­do. Y el lugar mis­mo te dice que hay algo omi­no­so aun­que no se mani­fies­te a tra­vés de una ame­na­za huma­na o ani­mal. De ahí que la ciu­dad de la nove­la ten­ga for­ma de espi­ral, como enlo­que­ci­da.

En tu libro hay una ame­na­za que no pro­vie­ne del espa­cio pero sí de lo físi­co, vol­ve­mos a lo anató­mi­co. La des­fi­gu­ra­ción, el des­or­den cor­po­ral de alguno de los per­so­na­jes, inclu­so se hace refe­ren­cia a figu­ras his­tó­ri­cas.

Sí, y hay un per­so­na­je, Daniel, en el que se vin­cu­lan las dos cosas de mane­ra más visi­ble, esa idea de la dis­tor­sión del mun­do, de las ideas. Lo vemos cuan­do men­cio­na el sín­dro­me de Ehlers-Dan­los y habla del caso de Paga­ni­ni. Lo hace como una metá­fo­ra para des­cri­bir­se a él como ser en el mun­do. Es su monó­lo­go más arro­gan­te. Se ve como alguien que quie­re estar en todas par­tes al mis­mo tiem­po. Pero lo que tie­ne en la cabe­za es el mal de su her­ma­na, el sín­dro­me que toma dos direc­cio­nes dis­tin­tas, por un lado la defor­mi­dad físi­ca y por el otro la locu­ra. Nun­ca que­da cla­ro cuál de las dos ori­gi­na la otra, si enlo­que­ció como con­se­cuen­cia de la enfer­me­dad y la defor­mi­dad o si es al revés. Físi­ca­men­te, el perio­do crí­ti­co de su cuer­po comien­za con el incen­dio que ha pro­vo­ca­do ella mis­ma. Enton­ces la enfer­me­dad men­tal pare­ce ser el pre­ce­den­te, es una espe­cie de bucle. Lo mons­truo­so está liga­do con todo lo que esta­mos hablan­do.

Todos estos temas me lle­ga­ron pues­tos sobre la mesa por­que el ori­gen, que está muy borra­do en la nove­la, es una expe­rien­cia per­so­nal. Un ami­go mío come­tió un cri­men, es el úni­co homi­ci­da que he cono­ci­do. Era un gran biblió­fi­lo, muy cul­to. Su biblio­te­ca era tan impre­sio­nan­te que no la puse en la nove­la por­que hubie­ra sona­do dema­sia­do hiper­bó­li­co. El per­so­na­je real, mi ami­go, tenía pri­me­ras edi­cio­nes de tra­ge­dias de Sha­kes­pea­re y poseía, has­ta don­de sé, el úni­co ejem­plar de la pri­me­ra edi­ción de la segun­da par­te del Qui­jo­te fue­ra de biblio­te­ca. De hecho lo tenía en su mesi­ta de noche. La per­so­na más libres­ca y cul­ta que he cono­ci­do era al mis­mo tiem­po la que come­tió el hecho más vio­len­to. Todos los asun­tos que abor­do en El anti­cua­rio salen de esta figu­ra. La rela­ción de los libros con la muer­te, inclu­so la rela­ción entre la vio­len­cia pri­va­da y la públi­ca tam­bién me lle­gó ser­vi­da en esta his­to­ria. El caso es que mató a su novia a bala­zos. Tuvo una espe­cie de arran­que psi­có­ti­co, nun­ca que­dó cla­ro el moti­vo, era una per­so­na muy pací­fi­ca, antes y des­pués. ¿Qué hace una per­so­na pací­fi­ca con una pis­to­la? Tenía una fami­lia con mucho dine­ro y a su her­ma­na, que cons­truía edi­fi­cios de papel y a veces los que­ma­ba con él, la habían tra­ta­do de secues­trar, por lo que su padre les había pues­to guar­daes­pal­das. Era la épo­ca en que Sen­de­ro Lumi­no­so y el MRTA (Movi­mien­to Revo­lu­cio­na­rio Túpac Ama­ru) secues­tra­ban a gen­te para pedir dine­ro. Mi ami­go, que era el her­mano mayor, se rebe­ló y se negó a seguir con guar­daes­pal­das. Su padre le obli­gó enton­ces a car­gar con una pis­to­la. Así fue como aca­bó arma­do, pro­duc­to de la vio­len­cia de la socie­dad. Des­gra­cia­da­men­te el día que tuvo un arran­que psi­có­ti­co de celos tam­bién tenía una pis­to­la en la guan­te­ra del coche. Es algo que siem­pre me ha inquie­ta­do, el momen­to en que la vio­len­cia de la socie­dad se con­vier­te en vio­len­cia pri­va­da. Hay gen­te que podría haber vivi­do fue­ra de ese círcu­lo.

Tam­bién afec­ta a las rela­cio­nes y a la amis­tad, otro de los temas de la nove­la.

Cla­ro, aque­llo aca­bó con un con­flic­to con­mi­go que ya te pue­des ima­gi­nar. Tener un ami­go a quien quie­res mucho pero ha mata­do a alguien. Y no solo eso, movien­do influen­cias se libró de la cár­cel e ingre­só en una clí­ni­ca psi­quiá­tri­ca, que es la otra iro­nía en la que pen­sé años más tar­de, tal vez hubie­ra sido mejor ir a la cár­cel. No me atre­ví a visi­tar­le en mucho tiem­po has­ta que me lla­mó, igual que narro al comien­zo de la nove­la, aun­que en su caso no fue para inves­ti­gar un caso, lo hizo por­que fui el úni­co ami­go cer­cano que no le había ido a ver nun­ca des­de que come­tió el cri­men.

He leí­do que la his­to­ria del trá­fi­co de miem­bros huma­nos es cier­ta, y que tu espo­sa inves­ti­gó el caso.

Es increí­ble, pare­ce algo total­men­te lite­ra­rio, pero era ver­dad. Cono­cí a mi espo­sa cuan­do tra­ba­ja­ba en El Comer­cio, ella era muy joven. Carolyn había sido pasan­te en la revis­ta Care­tas y estan­do allí les lle­gó una infor­ma­ción sobre estu­dian­tes de medi­ci­na de la Uni­ver­si­dad de Lima que com­pra­ban par­tes de cuer­pos huma­nos. Apa­ren­te­men­te lo hacían a tra­vés de gen­te que ven­día otras cosas en el cen­tro. Con ape­nas vein­te años hizo toda esta inves­ti­ga­ción y des­cu­brió que en la Ave­ni­da Grau, que es la que apa­re­ce en la nove­la, había ven­de­do­res de libros usa­dos que man­te­nían con­tac­to con la gen­te de la mor­gue. Estos libre­ros tenían unos sig­nos de papel pare­ci­dos a los de El anti­cua­rio, no cala­ve­ras, pero muy simi­la­res. Los ponían a la vis­ta y cuan­do un uni­ver­si­ta­rio se pre­sen­ta­ba, le decían «tú no quie­res com­prar libros», a lo que res­pon­día «no». Y esa era la cla­ve. A par­tir de ahí le daban una direc­ción para hacer el tra­to. Mi espo­sa era muy apli­ca­da y los perio­dis­tas cuan­do comien­zan están dis­pues­tos a todo. Hizo el trá­mi­te y com­pró lo que le dije­ron que había ese día, que era media cabe­za huma­na. Regre­só a la casa, metió la media cabe­za en la refri­ge­ra­do­ra y se fue a bus­car un telé­fono para lla­mar al fotó­gra­fo. En el rato en que ella salió de la coci­na para lla­mar lle­gó la seño­ra que coci­na­ba en la casa, que era su nana, abrió la neve­ra y se des­ma­yó. El artícu­lo no lle­gó a salir por­que las foto­gra­fías eran muy gro­tes­cas, aun­que lla­ma­ron a la poli­cía para denun­ciar toda la tra­ma. Cuan­do escri­bí la nove­la incluí este rela­to sin con­tár­se­lo, de hecho leyó una ver­sión en la que ese epi­so­dio no apa­re­cía. Fue mi peque­ño home­na­je a su aven­tu­ra perio­dís­ti­ca.

No me atre­vo a pre­gun­tar­te de dón­de sacas­te la his­to­ria de los libros hechos con piel huma­na.

Para eso pen­sé en esas foto­gra­fías atro­ces de Nurem­berg, aun­que lue­go dije­ron que no eran reales, ¿no?

Es una leyen­da no muy fia­ble. Defien­des que una de las labo­res del escri­tor sea saber uti­li­zar his­to­rias reales y fic­ti­cias para crear esa póci­ma a la que lla­ma­mos «nove­la».

Es bien extra­ño. Sien­to como si hubie­ra pasa­do todo ese tiem­po des­de el pri­mer momen­to del cri­men has­ta que la escri­bí aso­cian­do muchas cosas que me pasa­ban en mi vida con este suce­so en par­ti­cu­lar que te he expli­ca­do. Cuan­do me sen­té a escri­bir apa­re­cie­ron todas esas his­to­rias y tenía tan­ta nece­si­dad de con­tar que a su vez los per­so­na­jes aca­ba­ron narran­do todo el tiem­po. Como que no lo podía hacer yo solo. Así que Daniel cuen­ta his­to­rias, Yanaú­ma cuen­ta his­to­rias, apa­re­cen his­to­rias que nadie sabe de dón­de salen…

Sien­do divul­ga­dor, crí­ti­co, perio­dis­ta, ¿cómo ves la situa­ción del perio­dis­mo cul­tu­ral?

El mío en par­ti­cu­lar, des­de un poco antes del lan­za­mien­to del libro en Esta­dos Uni­dos comen­cé a escri­bir en inglés, nun­ca había que­ri­do hacer­lo fue­ra de lo aca­dé­mi­co, pero los edi­to­res ame­ri­ca­nos me iban for­zan­do a cola­bo­rar en revis­tas cul­tu­ra­les por­que tu nom­bre tie­ne que ser un poco cono­ci­do antes de que sal­ga el libro. El mer­ca­do ame­ri­cano se retro­ali­men­ta. El 90% de lo que leen los ame­ri­ca­nos es local. Has­ta lo inglés pare­ce que lo ten­gan que tra­du­cir. Así como no ven cine extran­je­ro con sub­tí­tu­los, pre­fie­ren hacer sus rema­kes, es algo cul­tu­ral. Cola­bo­ro even­tual­men­te allí, ten­go una colum­na en el perió­di­co La Repú­bli­ca y cuan­do me invi­tan, si el tema es intere­san­te, en Eti­que­ta Negra, en Gato­par­do o en Buen Sal­va­je. En el Perú el perio­dis­mo cul­tu­ral está a pun­to de des­apa­re­cer. Estas revis­tas que te men­ciono apa­re­cen como res­pues­ta al hecho de que den­tro de los dia­rios las sec­cio­nes cul­tu­ra­les están sien­do eli­mi­na­das por com­ple­to, a un nivel que no te pue­des ni ima­gi­nar. Si está comen­zan­do a pasar lo mis­mo en Espa­ña, den­tro de vein­te años lle­ga­rán a la situa­ción en la que esta­mos noso­tros aho­ra. Por­que noso­tros lo esta­mos notan­do des­de la entra­da de Alber­to Fuji­mo­ri, hace vein­ti­cua­tro años. Aho­ra, si alguien lan­za un perió­di­co, no sien­te la nece­si­dad de incluir una sec­ción cul­tu­ral. Hay un pro­yec­to de relan­zar el domi­ni­cal de El Comer­cio, que tra­di­cio­nal­men­te fue el suple­men­to cul­tu­ral de refe­ren­cia has­ta con­ver­tir­se en algo abso­lu­ta­men­te tri­vial, pero en el res­to de dia­rios ya ni siquie­ra exis­ten. Estas publi­ca­cio­nes que están apa­re­cien­do son como perió­di­cos cul­tu­ra­les, pero no per­te­ne­cen a gran­des empre­sas y sub­sis­ten difí­cil­men­te. A veces alguien tie­ne una idea que fun­cio­na, como la de mi ami­go Dan­te Tru­ji­llo que lan­zó Buen Sal­va­je. Impri­me vein­te mil ejem­pla­res de cada edi­ción y no los ven­de, sino que los pone en las libre­rías a un pre­cio suge­ri­do. La hace posi­ble con sus­crip­to­res, con dona­ti­vos, tam­bién pue­des ir y pagar cin­cuen­ta núme­ros por ade­lan­ta­do para que ten­gan pla­ta en la caja. Todos pen­sa­ron que se iba a hun­dir de inme­dia­to y aho­ra de pron­to hay una edi­ción colom­bia­na, otra cos­ta­rri­cen­se y recien­te­men­te ha sali­do la edi­ción espa­ño­la, todas con sus pro­pios equi­pos y con­te­ni­dos.

La opción que muchos han vis­to es lo digi­tal, pero no es ren­ta­ble eco­nó­mi­ca­men­te. Y muchos perio­dis­tas uti­li­zan sus blogs para publi­car cosas que no tie­nen cabi­da en los medios.

Eso cubre una par­te de lo que fal­ta. Uno extra­ña que los perió­di­cos asu­mie­ran su rol com­ple­to, no solo ven­der ejem­pla­res, sino ofre­cer tam­bién las pági­nas no tan popu­la­res pero nece­sa­rias en cual­quier publi­ca­ción seria. Es una lás­ti­ma por­que el momen­to en que las sec­cio­nes cul­tu­ra­les han comen­za­do a des­apa­re­cer es el mis­mo en que han sur­gi­do varios de los escri­to­res más visi­bles e intere­san­tes que mere­ce­rían publi­car en ellas. Y son cro­nis­tas, pre­ci­sa­men­te. Gen­te que escri­be cró­ni­ca inclu­so como lo cen­tral de su tra­ba­jo, como Julio Villa­nue­vaGaby Wie­ner, no tie­nen don­de publi­car sus tra­ba­jos en Perú. Julio aca­bó hacien­do su pro­pia revis­ta, Eti­que­ta Negra, para dar­les un espa­cio. Esta situa­ción te hace ver que el mer­ca­do y el impul­so inte­lec­tual van por cami­nos dife­ren­tes.

No pue­den ejer­cer el ofi­cio en su medio natu­ral.

Sí, son perio­dis­tas que van direc­to a libro. Es una cosa bien rara, como que el mer­ca­do edi­to­rial se hubie­ra dado cuen­ta de que hay una veta cul­tu­ral, pero la pren­sa no. Hay un auge de cro­nis­tas lati­noa­me­ri­ca­nos que son bien reci­bi­dos en Espa­ña, pero en Perú los con­tra­tan para otras cosas, Gaby Wie­ner, por ejem­plo, tie­ne un espa­cio sema­nal de entre­vis­tas en el mis­mo dia­rio don­de ten­go mi colum­na, y sí, tie­ne su pla­ni­lla pero no le encar­gan cró­ni­cas. Las que lees en sus libros no han sido publi­ca­das en la pren­sa de Perú.

Foto­gra­fía de Gus­ta­vo Fave­rón Patriau ©Javier Zapata/Candaya.

* El anti­cua­rio. Gus­ta­vo Fave­rón Patriau.
Edi­to­rial Can­da­ya (Avin­yo­net del Pene­dès, 2015).

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