Enrique Vila-Matas

Lle­ga Dubli­nes­ca (Seix Barral, 2010), una de las nove­las más espe­ra­das del año. Reen­cuen­tro con Enri­que Vila-Matas quien, en esta oca­sión, hace pro­ta­go­nis­ta a un edi­tor «de éli­te» aca­ba­do tras más de trein­ta años diri­gien­do su edi­to­rial. Frus­tra­do ante los cam­bios en el sec­tor de la edi­ción, ago­ta­do por rela­cio­nar­se con auto­res a los que des­pre­cia, abu­rri­do de men­tir a sus padres, que reci­ben su visi­ta sema­nal para que les expli­que via­jes que ya no hace y con la angus­tia de un sue­ño pre­mo­ni­to­rio que le lle­va a pre­pa­rar un fune­ral por la muer­te del libro tra­di­cio­nal al que invi­ta­rá a tres «ami­gos», emu­lan­do a Leo­pold Bloom y sus com­pa­ñe­ros, quie­nes asis­ten, en el capí­tu­lo VI del Uli­ses de Joy­ce, al fune­ral de Paddy Dignam.

Más allá de quie­nes se han limi­ta­do a bus­car refe­ren­cias a algu­nas per­so­nas reales, en espe­cial en la figu­ra del edi­tor Samuel Riba, pro­ta­go­nis­ta de la obra, hay que cele­brar esta fies­ta lite­ra­ria que, de nue­vo, nos trae a un Vila-Matas en esta­do de gracia.

¿No temes que la bús­que­da de iden­ti­da­des más o menos cono­ci­das den­tro del sec­tor edi­to­rial pue­da entor­pe­cer los hallaz­gos de Dubli­nes­ca?

Creo que no se da esto en el libro. Una cosa es la noti­cia perio­dís­ti­ca en la que se inten­ta dedu­cir que tal per­so­na­je pue­de corres­pon­der a alguien real, y otra cosa es el libro. Pien­sa que se ha ven­di­do ya a ocho paí­ses, entre ellos Fran­cia. Y no creo que allí me vayan a pre­gun­tar nada res­pec­to a eso. Cuan­do leo a un escri­tor nor­te­ame­ri­cano no sé la vida que ha lle­va­do ni lo que le pasa, me limi­to a leer la nove­la. Y esto es lo que ocu­rri­rá, al igual que con el res­to de mis obras. Siem­pre he hecho muchas entre­vis­tas y lo que ha que­da­do, siem­pre, ha sido el libro. Su tra­yec­to­ria, los recuer­dos, no están liga­dos a una noti­cia u otra.

Meta­li­te­ra­tu­ra. Encon­tra­mos esas recrea­cio­nes de la reali­dad en tus fic­cio­nes, jue­gos en los que pones al lec­tor en alerta.

La uti­li­zo casi como sin­ta­xis, como un atre­zo para cons­truir la his­to­ria. Dubli­nes­ca se pue­de leer sin nece­si­dad de cono­cer las obras que se citan, no es un ensa­yo ni una refle­xión pro­fun­da sobre el Uli­ses de James Joy­ce. Las refe­ren­cias son par­te del deco­ra­do para avan­zar en la historia.

Uno de los per­so­na­jes dice que Jai­me Gil de Bied­ma dijo aque­llo de «el autor es el fan­tas­ma del edi­tor». Samuel Riba, tu pro­ta­go­nis­ta, iba a ser en un prin­ci­pio escri­tor, pero al poco tiem­po de comen­zar te dis­te cuen­ta que debía ser edi­tor. ¿Cam­bio mucho el sen­ti­do de la nove­la al enfren­tar a Riba a sus fantasmas?

Sí, lo que ocu­rre con las nove­las en que hay muchos borra­do­res. Comien­zas, vas pro­ban­do, cam­bias la pri­me­ra per­so­na por la ter­ce­ra… En esta oca­sión, con esto que dices, hubo un cam­bio de pers­pec­ti­va. Si hubie­ra sido camio­ne­ro y dije­ra lo mis­mo que el escri­tor, tam­bién hubie­ra resul­ta­do lla­ma­ti­vo. Varia­ba el sen­ti­do y esto me resul­tó diver­ti­do y puso en mar­cha la nove­la en su ver­sión defi­ni­ti­va. Pero no fue un cam­bio de últi­ma hora, fue casi al prin­ci­pio de la escri­tu­ra. Se me ocu­rrió dar­le a Riba un ofi­cio dife­ren­te y encon­tré uno pare­ci­do, el de edi­tor, que no es que sea el rever­so, sino que está en otro lugar. Me diver­tí con eso, que es lo fun­da­men­tal cuan­do escri­bes. Me atraía mucho con­tar la his­to­ria des­de otro pun­to de vis­ta, ya que tal y como la había pre­vis­to al ini­cio, pare­cía que habla­ba de mi.

Los fan­tas­mas.

Fue­ron sur­gien­do y me intri­ga­ban, tan­to como al lec­tor el saber cómo ubi­car­los. Salen en la nove­la a medi­da que los iba encon­tran­do, por lo tan­to, quien se acer­que al libro lee­rá lo que sen­tí yo a medi­da que escribía.

En Dubli­nes­ca hay mucho fru­to de la casualidad…

No son casua­li­da­des, sino aso­cia­cio­nes. Las hago con­ti­nua­men­te. Mi men­te tra­ba­ja aso­cian­do dos imá­ge­nes apa­ren­te­men­te no conec­ta­das, por­que, como sabe­mos, todo se pue­de conec­tar. La estruc­tu­ra men­tal ha sido siem­pre así, con ten­den­cia a aso­ciar. Por ejemplo:

Sal­go aho­ra de la edi­to­rial y coin­ci­do en el ascen­sor con alguien que tra­ba­ja en la plan­ta de arri­ba. Como está nevan­do, coge­mos un taxi. La con­ver­sa­ción que tene­mos en el taxi me remi­te a otra con­ver­sa­ción que me con­tó una vez Mon­te­rro­so que había teni­do con Rul­fo en un taxi de Méxi­co. Y lo más curio­so es que lo ocu­rri­do en ese taxi el día de la nie­ve pasó, y era una his­to­ria para­le­la a lo que les ocu­rrió a Rul­fo y Mon­te­rro­so. Y es que el taxis­ta, cuan­do se bajó uno de los dos clien­tes, con­ti­nuó la con­ver­sa­ción como si fue­ra el via­je­ro que se había apeado.

Aso­cio cual­quier his­to­ria. Si la medi­to, me lle­va a otra que ya conoz­co. No es deli­be­ra­do. Es así. Lo hago, sal­van­do las dife­ren­cias, como lo hacía Sal­va­dor Dalí, que era un surrea­lis­ta en el sen­ti­do lite­ral. En el libro sobre «El Ánge­lus» de Millet aso­cia esa ima­gen con mil cosas. Des­cu­brió la posi­bi­li­dad de hacer una foto y esa foto aso­ciar­la con otras cosas dis­tin­tas. En defi­ni­ti­va, es la liber­tad de crea­ción sin fron­te­ras. Todo pue­de ser intere­san­te para ser narrado.

Es un jue­go con el que man­tie­nes en vilo al lec­tor. En cier­to pasa­je, Riba ve un frag­men­to de una pelí­cu­la de Drá­cu­la en el tele­vi­sor del hotel y lue­go va apa­re­cien­do Drá­cu­la en otros momentos…

Sí, y hay más que no salen en la nove­la. En un via­je pos­te­rior a Dublín, fui a ver la casa don­de vivió Bram Sto­ker. Esta­ba al lado de mi hotel. Sabía que había una pla­ca en la facha­da pero no esta­ba. Bus­qué en inter­net para con­fir­mar que era la direc­ción exac­ta y encon­tré una foto con la pla­ca. Vol­ví al día siguien­te, hice una foto y, efec­ti­va­men­te, era la casa pero sin la pla­ca. Enton­ces me ente­ro que, actual­men­te, es un peque­ño hos­pi­tal. Posi­ble­men­te hayan reti­ra­do la pla­ca para no asus­tar a la gen­te que va allí. Cla­ro, no pue­den dejar un avi­so de que allí nació el crea­dor de Drá­cu­la. Y esto no sale en el libro.

Por otra par­te, en mi pri­mer via­je a Dublín, me des­per­té a las cin­co de la maña­na, con la pri­me­ra luz del día, como en la nove­la, y la pelí­cu­la que daban en tele­vi­sión era Drá­cu­la. Des­pués me ente­ré de que Sto­ker había naci­do en Dublín. El cemen­te­rio cató­li­co de Glas­ne­vin, uno de los esce­na­rios del Uli­ses, pare­ce real­men­te un esce­na­rio de Drá­cu­la, con sus tum­bas góti­cas. Es impre­sio­nan­te. Per­te­ne­ce al siglo XIX y no fal­tan ni las torres des­de don­de vigi­la­ban a los ladro­nes de tum­bas. Por lo tan­to, la his­to­ria de Drá­cu­la está muy liga­da a Dublín y a la pelí­cu­la que vi aquel día. Ya ves que no bus­co aso­ciar, todo me va remi­tien­do a otras cosas. A veces, cuan­do se habla del azar, de la casua­li­dad, se pien­sa en el mun­do de Paul Aus­ter. Yo no fun­ciono así, la gen­te me cuen­ta tan­tas casua­li­da­des que ya no hago caso, estoy satu­ra­do del azar.

Duran­te más de la mitad de la nove­la esta­mos espe­ran­do que lle­gue el fune­ral orga­ni­za­do por Riba y sus acom­pa­ñan­tes para des­pe­dir a la Gala­xia Guten­berg, y, como el que cele­bran los ami­gos del direc­tor de cine ase­si­na­do en S.O.B., la pelí­cu­la de Bla­ke Edwards, al final resul­ta todo un desas­tre que invi­ta a la carcajada.

Tenía la opción de hacer un fune­ral muy dra­má­ti­co por el final de la era de la impren­ta, pero me habría sen­ti­do muy ridícu­lo tomán­do­me­lo en serio, sin más con­no­ta­cio­nes humo­rís­ti­cas. De hecho, no creo que haya una inte­rrup­ción entre la era de la impren­ta y la digi­tal, sino una con­ti­nui­dad. No hay una rup­tu­ra. Hace diez años que tra­ba­jo con orde­na­dor y he vivi­do la tran­si­ción con una sua­vi­dad y tran­qui­li­dad total, sin nin­gún trau­ma ni pro­ble­ma, vien­do las ven­ta­jas que me ofre­cía la Red.

No ves el futu­ro de la edi­ción sin editor.

Pue­de pasar de todo, pero es nece­sa­ria la figu­ra del edi­tor o de alguien que esté jun­to al escri­tor en ese aspec­to que tan­to nece­si­ta­mos, que es el estí­mu­lo de la crea­ción. Alguien que, moral­men­te, te ani­me, esté a tu lado… Es muy impor­tan­te inclu­so que pue­da orien­tar­te en lo que escri­bes. Se pue­de inter­pre­tar de mane­ra egoís­ta, por­que el de escri­bir es un tra­ba­jo muy soli­ta­rio y el edi­tor pue­de acom­pa­ñar­nos vien­do los pasos que vamos haciendo.

DublinescaEn algu­nos pasa­jes del libro, y entien­do que lo habrás hecho, en par­te, para sim­pli­fi­car y qui­tar paja, has recu­rri­do a dar­le a la narra­ción una for­ma esque­ma­ti­za­da, emu­lan­do a Nabo­kov con sus cla­ses de literatura.

Sí, cam­bia el rit­mo de lec­tu­ra y creo que se agra­de­ce. Es un recur­so sen­ci­llo pero hace que fun­cio­ne mejor la narra­ción. Qui­zás si la hubie­ra uti­li­za­do al prin­ci­pio, la hubie­ra agi­li­za­do dema­sia­do, pero en el momen­to en el que lo uso, va muy bien. Para­dó­ji­ca­men­te, está en la par­te más intras­cen­den­te, el fune­ral, que es como una fies­ta en Dublín.

Pero al prin­ci­pio de la ter­ce­ra par­te, que es qui­zás la más refle­xi­va, reen­con­tra­mos esa estruc­tu­ra de mane­ra más extendida.

Con­ti­núo con ella, por­que si la olvi­da­ra sería como en el cuen­to del cla­vo, que lue­go no te lo pue­des sacar. Repa­san­do, vi que no la podía aban­do­nar. Es como lo de las visi­tas que Riba hace a sus padres. Al ini­cio me iban muy bien, pero más ade­lan­te resul­ta­ba com­pli­ca­do para la acción que con­ti­nua­ra visi­tán­do­les, por­que el tiem­po se detie­ne. Sin embar­go, una vez colo­ca­dos, tenía que seguir con ellos, por eso los des­pla­zo a Lon­dres y man­ten­go las visi­tas con más inte­rés debi­do a esos fan­tas­mas que ven alre­de­dor de la casa.

Tres par­tes y las tres ter­mi­nan con la mis­ma fra­se: «Siem­pre apa­re­ce alguien que no te espe­ras para nada».

Está en el capí­tu­lo VI del Uli­ses de Joy­ce. Hace refe­ren­cia a ese per­so­na­je que apa­re­ce en el fune­ral y nadie sabe quién es, le lla­man Macin­tosh. Esta­ba cal­cu­la­do que apa­re­cie­ra en los fina­les de los tres capí­tu­los. De hecho, todo el libro esta­ba cal­cu­la­do para esa fra­se, jus­to cuan­do ha apa­re­ci­do el autor.

Te has cen­tra­do en el famo­so capí­tu­lo VI del Uli­ses

Si hubie­ra abar­ca­do todo el libro, sería un lío [se ríe].

Ya, cla­ro…

Esco­gí ese frag­men­to por­que es un trayecto.

Pero tam­bién hay muchas refe­ren­cias a otro libro fun­da­men­tal de Joy­ce, Dubli­ne­ses y, por supues­to al rela­to Los muer­tos.

Dubli­nes­ca abar­ca tres meses. Mayo sería Dubli­ne­ses, esta­mos muy cer­ca del narra­dor cos­tum­bris­ta, rea­lis­ta. Junio sería el Uli­ses. Y julio, Fin­ne­gans Wake, más Bec­ket­tiano. Los tres meses equi­va­len a los tres esti­los, los tres retos de Joy­ce. Es una mane­ra de ver­lo. Si esto lo digo en una entre­vis­ta de pren­sa tum­bo al lec­tor, por­que se podría pre­gun­tar «pero, ¿de qué nos está hablan­do?». Por lo tan­to, lo digo en otros luga­res, como en este.

El humor es inse­pa­ra­ble de tus his­to­rias. A nin­gún escri­tor pre­sun­ta­men­te serio que escri­ba hacien­do refe­ren­cias al Uli­ses se le ocu­rri­ría citar a «La fami­lia Uli­ses» del TBO.

La cito en una con­ver­sa­ción per­fec­ta­men­te fac­ti­ble. Lo que no se pue­de es abu­sar, si pusie­ra muchas bro­mas de estas sería horri­ble. Una de vez en cuan­do se permite.

A veces se quie­re dra­ma­ti­zar tan­to que se lle­ga a la paro­dia. Tú, sin dra­ma­ti­zar, ya le das ese tono paródico. 

Sí, te entien­do. Cuan­do ten­go ter­mi­na­do el tra­ba­jo y ya he resuel­to la esce­na, incor­po­ro algu­na fra­se para des­mi­ti­fi­car lo que narro. ¿Te refie­res a eso?

Exac­to.

En cier­ta mane­ra sería como si lo hubie­ra escri­to otro y me dije­ran «aca­ba esto». Aña­do una nota iró­ni­ca y sigo. Es muy sano res­pec­to a lo que hago yo mis­mo, sí. Lo he com­pro­ba­do tam­bién hablan­do en públi­co. Muchas veces estoy en una con­fe­ren­cia o char­lan­do en un colo­quio, empie­zo con unas fra­ses lar­guí­si­mas, poten­tes, refle­xi­vas… Y, de repen­te, sale el loco que hay den­tro y dice algo que tie­ne un éxi­to enor­me. Pero no es por lo que he dicho, sino por­que es una explo­sión de sor­pre­sa y se agra­de­ce lo espon­tá­neo y lo que sur­ge de mane­ra crea­ti­va e ines­pe­ra­da, dán­do­le la vuel­ta a lo que pare­cía tan trascendente.

Como lo de Macintosh.

Sí, era inevi­ta­ble. Tuve muchos pro­ble­mas para saber cómo se escri­bía. De hecho, lo escri­bí de tres mane­ras dis­tin­tas, como en el pro­pio Uli­ses. Siem­pre es el mode­lo de gabar­di­na, que con­fun­den con el ape­lli­do del fan­tas­ma del capí­tu­lo VI. Y lo mis­mo con el orde­na­dor Mac. Con­fie­so que estu­ve duran­te mucho tiem­po leyen­do en inter­net la bio­gra­fía del señor Mac­kin­tosh, el inven­tor de la gabar­di­na, me que­dé atrapado.

Te con­ver­tis­te tam­bién en un hiki­ko­mo­ri.

Sí, una cosa te lle­va a la otra, como las aso­cia­cio­nes que te comen­ta­ba antes. Lue­go, toda esta infor­ma­ción no sir­ve, pero te ayu­da a sobre­lle­var la vida. Apar­te de la nove­la, van sur­gien­do cosas que resul­tan intere­san­tes. Muchas de las que he des­cu­bier­to de Irlan­da y Dublín no están en el libro, por­que no se tra­ta­ba de hacer un repor­ta­je turís­ti­co. Hay luga­res apa­sio­nan­tes con mucha his­to­ria, como las que tie­nen de pro­ta­go­nis­ta al poe­ta Yeats, que no han cabi­do en la novela.

Las tres ciu­da­des de Dubli­nes­ca: Bar­ce­lo­na, Nue­va York, Dublín. Las iden­ti­fi­ca­mos con tres esta­dos aními­cos de Riba.

Y segu­ra­men­te son muy vero­sí­mi­les. Per­te­ne­cen a mis esta­dos de áni­mo. Es así, no ten­go nin­gu­na inse­gu­ri­dad sobre ello. En este sen­ti­do soy muy natu­ral, muy autén­ti­co escribiendo.

Y hay una angus­tia que con­ta­gias al lec­tor: la del sue­ño que, has con­fe­sa­do, tuvis­te hace tres años en el hos­pi­tal, en el que te vis­te vol­vien­do al alcohol en Dublín. Nos con­du­ces por la his­to­ria hacién­do­nos pen­sar que sí, que es el futu­ro que le espe­ra a Riba.

Fue algo de gran inten­si­dad emo­cio­nal, como vol­ver a la vida de una mane­ra trá­gi­ca, por todo lo que había ocu­rri­do. Vol­ver a la bebi­da en una ciu­dad que des­co­no­cía. Fue lo que inten­té tras­la­dar al libro. Un sue­ño pre­mo­ni­to­rio que me empu­ja­ba a ir a esa ciu­dad. La nove­la se pue­de leer, de hecho, de esa mane­ra, una pre­mo­ni­ción que se va cum­plien­do sal­vo en un par de deta­lles. Pero si no cuen­to así la his­to­ria, es para que la gen­te no crea que estoy expli­can­do un sue­ño. Eso moles­ta­ría a los lec­to­res. Una de las diez pri­me­ras lec­tu­ras posi­bles es la his­to­ria de cómo un sue­ño se va con­vir­tien­do en reali­dad, sal­vo por la par­te del via­je final a Cork.

El cine tam­bién está pre­sen­te en el libro. Ade­más de las refe­ren­cias cons­tan­tes a Spi­der, la pelí­cu­la de Cro­nen­berg, Riba se intro­du­jo en la lite­ra­tu­ra, dices, gra­cias a Cat­he­ri­ne Deneuve…

Lo de Spi­der fue el ori­gen de todo, en cier­ta mane­ra, por­que escri­bí un cuen­to sobre esa pelí­cu­la. Lo de la Deneu­ve, en serio que no ten­go nada que ver, me pare­ce algo incom­pren­si­ble. En las nove­las pue­des incluir estas cosas dis­pa­ra­ta­das, absurdas.

¿Y por dón­de entras­te tú a la literatura?

Cada día des­cu­bro cosas nue­vas sobre eso. Siem­pre he dicho lo de Mar­ce­llo Matroian­ni en La noche, pero el otro día vol­ví a ver, des­pués de cua­ren­ta años, Eva, de Joseph Losey, que tie­ne como pro­ta­go­nis­ta a otro escri­tor, inter­pre­ta­do por Stan­ley Baker, y que me impre­sio­nó mucho. Aho­ra sos­pe­cho que Eva tam­bién for­ma par­te de mis orí­ge­nes en la escri­tu­ra, por­que rein­ci­de en la pasión del escri­tor como per­so­na­je, pre­via­men­te a saber que antes de ser escri­tor había que escri­bir, por­que yo que­ría tener un esta­tus ense­gui­da, con libros ya hechos, éxi­to, una mujer…

Otra aso­cia­ción.

Sí, has­ta aho­ra siem­pre decía que era por La noche, en la que Mas­troian­ni inter­pre­ta a un escri­tor que tie­ne que pre­sen­tar su libro en Milán y le comen­ta a su mujer que le pare­ce un abu­rri­mien­to eso de la pre­sen­ta­ción. Un día fui a Milán y tenía que pre­sen­tar uno de mis libros. Esta­ba allí y cuan­do fui a con­tar la his­to­ria, me di cuen­ta de que esta­ba en el mis­mo lugar que el per­so­na­je de la pelí­cu­la y que tam­bién me resul­ta­ba un fas­ti­dio tener que hacer ese acto. Ade­más el per­so­na­je de Mas­troian­ni se lla­ma­ba Pon­tano y no me di cuen­ta del pare­ci­do con Mon­tano has­ta que Juan Cue­to lo citó en un artículo.

¿Revi­si­tas mucho el Uli­ses?

Últi­ma­men­te más que antes, por­que es infi­ni­to. Entro en cosas que no conoz­co y voy estu­dian­do, repa­so lo que se ha escri­to sobre él… Un ejem­plo: La pala­bra «rotun­da» que apa­re­ce en el libro en inglés, me obli­gó a bus­car en inter­net su sig­ni­fi­ca­do, has­ta que final­men­te des­cu­brí que era la casa de mater­ni­dad. Pero, has­ta que no fui a Dublín, inter­net me sir­vió de poco, la infor­ma­ción no era fia­ble. Y total, para poder incluir la pala­bra en el libro. Es un tra­ba­jo de cam­po que te pue­de ser­vir o no, como le suce­de a tan­tos escri­to­res. Inves­ti­gar me divier­te, es lo que más me gusta.

¿Y lo lees en inglés?

Tra­ba­jé con las tres tra­duc­cio­nes al espa­ñol, por­que no hablo inglés, que es una de las cosas más diver­ti­das del libro, por­que lo he escri­to tam­bién para apren­der­lo. En dos años he ido cin­co veces a Dublín y me sir­vo de otros para que tra­duz­can lo que digo. Por eso me resul­ta tan aven­tu­re­ro aden­trar­me en un mun­do que no conoz­co y, a la vez, me sir­ve para per­der el temor, a pesar del hán­di­cap del inglés.

Es otra cosa que te une a Riba.

Sí, hice que no supie­ra inglés para que se enten­die­ra que era un edi­tor cul­to pero es su secre­ta­rio quien resuel­ve la par­te ingle­sa en los viajes.

En pocos días te vas a reen­con­trar con Paul Aus­ter en el Salón del Libro de París. ¿Hace tiem­po que no le ves?

Comí con él en su últi­ma visi­ta a Bar­ce­lo­na. Yo aca­ba­ba de publi­car No soy Aus­ter. Fui sin el libro por­que no sabía de qué mane­ra reac­cio­na­ría, tam­po­co le dije nada. Pero ya le habían comen­ta­do lo del libri­to y, al ver­me, me dijo «Oye, me han dicho que has escri­to un libro que se titu­la No quie­ro ser Aus­ter de nin­gu­na for­ma ni lo seré nun­ca aun­que me obli­guen». Le res­pon­dí: «Yo no le he pues­to ese títu­lo, por favor». En París le daré la edi­ción fran­ce­sa, por­que habla en fran­cés. Como apa­rez­co en una pági­na de Invi­si­ble, su últi­ma nove­la, pode­mos con­si­de­rar­lo un inter­cam­bio invo­lun­ta­rio. Algu­nas cosas de las que cuen­to en Dubli­nes­ca son reales, los bos­te­zos en su casa…

¿Sí? ¿Lo que dice en el libro de «dejar algo en depó­si­to» también?

No, es una fra­se que ha gus­ta­do mucho pero no la dijo. Lo cier­to es que me encan­tó estar en su casa, que­ría demos­trar­le que esta­ba muy a gus­to y, sin embar­go, no deja­ba de bos­te­zar [se ríe]. La con­tra­dic­ción esa de que el alma va por un lado y el cuer­po por otro. Supon­go que la fra­se a la que has hecho refe­ren­cia le hará pen­sar, por­que com­pren­de­rá que su casa me gus­ta. A veces me pasan estas cosas. Fui a visi­tar a Eduar­do Lago, muy ami­go mío, direc­tor del Ins­ti­tu­to Cer­van­tes de Nue­va York, y al entrar en su des­pa­cho, le dije: «Me gus­ta mucho tu silla». Cla­ro, enten­dió que que­ría qui­tar­le el sitio, y lo que me gus­ta­ba era su silla, pero me gus­ta­ba para mí, que nece­si­ta­ba una silla nue­va. Él sí que sabe de Joy­ce… Apa­re­ce en Dubli­nes­ca, es Nievsky, aun­que el per­so­na­je se tor­ció mucho. Ya le he avi­sa­do, por­que la idea era que se tra­ta­ra de un joven genio a quien Riba des­cu­bre en Nue­va York y lue­go me ha sali­do un per­so­na­je muy diferente.

Los cua­tro tipos que hacen el via­je en Dublín… Lo pri­me­ro que pen­sé fue «Pero, ¿cómo van a via­jar jun­tos, si se lle­van fatal y Riba les odia?».

Riba los reclu­ta, sí. Bueno, en la Orden de Fin­ne­gans, a la que per­te­nez­co, nos reuni­mos 6 per­so­nas muy dis­pa­res Eduar­do Lago, Anto­nio Soler, Jor­di Soler, Mal­colm Ote­ro, José Anto­nio Garri­ga Vela y el pro­pio Vila-Matas, resul­ta un via­je extra­ño, pero el inte­rés del mis­mo está en su pro­pia extrañeza.

Foto­gra­fía de Enri­que Vila-Matas: AKristina/wikimedia

* Dubli­nes­ca. Enri­que Vila-Matas.
Edi­to­rial Seix Barral (Bar­ce­lo­na, 2010).

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