«El tren delantero»

«Conciliar esa vida teatral fingida y la que de verdad nos complace requiere un gran esfuerzo».

Emilio González Déniz, El tren delantero.

 

No existen lectores inocentes, ni lectura que no implique una cierta forma de contemplar el mundo. Cada lector tiene sus propias gafas de ver, unas lentes de las que no puede desembarazarse, influidas en buena medida tanto por las experiencias que ha vivido como por las lecturas que ha conseguido culminar. De ahí que un mismo libro pueda suscitar múltiples interpretaciones alternativas que se superponen entre sí como los diferentes estratos geológicos de una montaña.

A simple vista, El tren delantero de Emilio González Déniz (Mercurio Editorial en edición impresa; ATTK Editores en versión electrónica) contiene todos los ingredientes habituales del género negro: un muerto que parece haber fallecido en extrañas circunstancias; una femme fatale a la que el deceso de su marido deja en una posición económica privilegiada; y un detective privado que pretende esclarecer lo sucedido al mismo tiempo que no puede evitar sentirse atraído por la viuda fría y calculadora.

Sin embargo, el texto también ofrece al lector indicios evidentes de una novela erótica. Y es que desde las primeras páginas de la novela, su protagonista, Vesta Laserre, presume de tener una vida sexual muy alejada de los convencionalismos sociales.

Sin negar una cosa ni la otra —pues existen elementos suficientes para defender ambas interpretaciones—, también se podría afirmar sin riesgo a equivocarnos que uno se encuentra ante un indisimulado homenaje al cine, a la literatura y a las concomitancias entre ambas disciplinas, que tan buenos momentos han proporcionado tanto a los cinéfilos como a los lectores.

De manera más o menos explícita, a lo largo de sus páginas se va definiendo una suculenta lista de actores y de actrices del cine clásico norteamericano —sobre todo, el cine en blanco y negro de los años 40 y 50—, con nombres como Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Greta Garbo, Robert Mitchum, Cary Grant, Robert Taylor, así como de películas tan emblemáticas como Cayo Largo, Tener y no tener, El cartero siempre llama dos veces, Lolita o El crepúsculo de los dioses, por citar solamente algunos ejemplos.

Tampoco se queda a la zaga la lista de referencias literarias, con alusiones al Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle o al Frankenstein de Mary Shelley. Eso por no mencionar que el detective encargado de esclarecer los hechos guarda ciertas similitudes con el Philip Marlowe de Raymond Chandler o con el Sam Spade de Dashiell Hammett.

Lo dicho, todo un festín de referencias «biblio-cinemato-gráficas», algunas de ellas trastocadas por la magia de la ficción, para los lectores que también se consideran cinéfilos o para los cinéfilos que también se consideran lectores, que probablemente disfrutarían a partes iguales tanto El cartero siempre llama dos veces escrito por James M. Cain como el dirigido por Tay Garnett, o la novela firmada por Nabokov como la película realizada por Kubrick.

A los lectores que solemos frecuentar la obra de Emilio González Déniz no nos sorprende esta tendencia suya por trufar sus textos con numerosas referencias cinéfilas y literarias. No hay más que recordar que el epicentro de su novela Hotel Madrid es el rodaje durante el invierno de 1955 del Moby Dick de John Huston en Las Palmas de Gran Canaria. O que en sus Crónicas del salitre se hiciera eco de algunas jugosas anécdotas protagonizadas por Silvana Pampanini, también durante el rodaje de la película Tirma en el año 1953. O que en su blog «Bardinia» sean constantes las menciones tanto a sus libros de cabecera como a sus iconos del celuloide.

Además de estos homenajes, de El tren delantero llama la atención la estructura binaria de sus capítulos —algo que lo emparenta con La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa—, pues cada uno de ellos incorpora una pequeña historia de ficción literaria —esas en las que González Déniz muestra sus querencias cinematográficas—, casi siempre de temática erótica, firmados por la protagonista, en su doble papel de escritora en ciernes y de traductora.

En cualquier caso, se trate de relatos originales de Vesta Laserre, o bien de las traducciones que realiza para una autora apócrifa llamada Madame Paluorde, lo cierto es que estos relatos de ficción podrían interpretarse como una especie de simbiosis entre la literatura y la vida, entre una vida que se nutre de la literatura o una literatura que sirve para reflejar la vida.

Pero no se queda ahí el juego de espejos de las interpretaciones hermenéuticas. Como enfoque alternativo a todo lo dicho anteriormente, El tren delantero también podría considerarse una novela feminista, si por tal categoría entendemos una crítica al modelo de sociedad patriarcal: el propósito de la protagonista no es otro que disfrutar su sensualidad desbordante sin ningún tipo de pudor ni de tapujos; vivir su sexualidad con la misma intensidad y desinhibición que los otros personajes masculinos de la novela.

Salvo el detective, esos personajes masculinos son tipos egocéntricos y odiosos que representan los peores valores de la sociedad patriarcal. Empresarios de éxito, ricos y físicamente agraciados, tanto el marido como el jefe de la protagonista separan a las mujeres en dos categorías excluyentes: por un lado, está la pareja conyugal, con la que tienen una vida sexual más bien rutinaria y anodina; y, en el otro lado, se encuentran las conquistas amorosas esporádicas, con las que mantienen relaciones sexuales apasionantes.

Vesta Laserre —un nombre que curiosamente remite al mismo tiempo a las sacerdotisas vírgenes romanas y a una conocida firma de ropa francesa— se rebela contra ese papel de mujer-esposa fiel-amante discreta que le ha asignado la sociedad por ser pareja de un acaudalado empresario. El detective encargado de la investigación, Ernesto Cruz, expone su situación de manera muy evidente: «La tuya es una vida menos expuesta, como corresponde a una esposa discreta con apenas cumplidos los treinta años (…) Pongamos que la parte más interesante de tu vida es secreta», lo cual nos conduce directamente a otro de los principales núcleos de la novela: la represión ejercida sobre las mujeres a través de la cultura.

Decía Walter Benjamin que toda cultura es en realidad un acto de barbarie; Freud, que el pilar sobre el que está cimentada nuestra sociedad es la represión; y Simone de Beauvoir, que las mujeres siempre han sido consideradas el «segundo sexo».

En el peor de los casos, nuestra sociedad ha relegado el papel de la mujer a una mera posesión que pertenece al modelo masculino —siempre más valorado y reconocido que el femenino—, o a un mero plano secundario respecto al hombre, en el mejor de ellos. En palabras de la protagonista de la novela: «En realidad, la cultura social es una forma de represión continuada, que ha variado con los siglos, pero que en cada momento responde a criterios que determinan qué es lo que debe exhibirse y qué ha de reservarse porque pertenece a lo íntimo».

Hace algunos años, el propio González Déniz, en un artículo titulado «De Pigmalión a Lolita», además de homenajear al mundo de la literatura y del cine, igual que hace en esta novela, ya denunciaba esta situación de inferioridad de las mujeres respecto a los hombres instalada en las bases míticas, literarias y cinematográficas de nuestra sociedad.

En aquel texto, a propósito del mito de Pigmalión, escribía: «Si lo miramos bien, es el gran mito del machismo histórico, la mujer como elemento ornamental y de servicio del varón. La que se sale de la norma es una mala mujer, no es una buena esposa, inepta para la sumisión, el trabajo, el placer masculino y el sufrimiento como eje de la familia», algo que suscribiría letra a letra Vesta Laserre, la protagonista de El tren delantero.

No sabemos si fue la intención del autor cuando la escribió, pero El tren delantero contribuye a derribar este prejuicio que condena a las mujeres a simples trofeos con los que adornar las vitrinas de los hombres, al tiempo que reclama un modelo de sociedad en el que las mujeres puedan vivir plenamente su sexualidad sin ser criticadas o menospreciadas por ello.

*El tren delantero. Emilio González Déniz.
Mercurio Editorial (Madrid, 2016). ATTK Editores (2016).

FRAGMENTO

Primeras páginas de «El tren delantero»

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