Eider Rodríguez

Así, como el ronroneo de un gato, es la narrativa de Eider Rodríguez: tan pronto nos acercamos a sus relatos y se dejan acariciar, se nos escapan de nuevo para que los personajes sigan con sus vidas, dejándonos con la sensación de que, al menos, hemos podido entablar contacto con ellos y saber de sus necesidades.

En Un montón de gatos (Caballo de Troya, 2012), traducción del libro Katu jendea publicado en 2010, la autora no saca las uñas, pero tampoco se corta, marcando territorio y lanzándonos algún que otro bufido de aviso, a modo de reflexión sobre lo mal que se resuelven las emociones y las carencias no expresadas.

Un montón de gatos es tu tercer volumen de relatos. ¿Podemos encontrar una evolución, en la forma, en las inquietudes que te llevan a escribir?

Respecto a las inquietudes que me llevan a escribir me atrevería a nombrar el resentimiento y el desasosiego. Creo que estos elementos no han variado, quizá el deseo de explorar cada vez más allá, más al fondo. Tanto conceptualmente como formalmente soy una escritora, digamos regular. Cada uno de los libros puede relacionarse fácilmente con los otros, no soy de los que escribe al servicio de la historia, aquí una de época, allá una de ciencia ficción, soy, al contrario, una escritora fiel a su pequeño mundo, a la intimidad de aquello que me rodea.

En el volumen has incluido dos relatos nuevos, «Sed» y «La maleta», que no estaban en la edición en euskara. ¿A qué se debe ese añadido con dos historias, además, en las que vas un poco más allá jugando con el «elemento sorpresa»?

Los dos cuentos son posteriores a la publicación del volumen en euskara, y los dos conectaban con el tono del libro, por lo que opté por incluirlos. Sobre todo «Sed» es un relato que recoge muy bien el espíritu del libro, que se refiere al índice de verdad que puede haber entre un hombre y una mujer. La verdad absoluta descarnada es bestial, y hace trizas todo lo que toca. Sobre todo si eso que toca es una relación de pareja. Me pareció que daba una dimensión diferente a la traducción, ni mayor ni menor, pero diferente.

Queda claro, en cuanto pasas al segundo relato, que la cosa no va solo de gatos, aunque hay elementos que, desde el punto de vista felino, parecen compartir los personajes que nos presentas. Yo destacaría el recelo, la desconfianza, pero también la independencia, la curiosidad y ese toque autoritario que les permite controlar siempre la situación. Precisamente de eso saben bastante algunos de los protagonistas de tus historias…

Me parece una lectura bastante certera, sí. El espíritu felino tiene esas dos caras, la de la arbitrariedad de lo emocional, la del zarpazo inesperado, y también la de la delicadeza, la del silencio. Las dos son atractivas. La primera nos habla de la desconfianza, del rencor, y de las dificultades para relacionarse y comunicarse, e incluso de la agresividad; la segunda nos habla del cuidado por la apariencia, por la armonía exterior, la discreción, los modales, etc.

Parece que los personajes de estos ocho relatos estuvieran abiertos a un proceso de transformación, pero al final de cada historia no se acaba de producir el cambio, a pesar de que tropiecen con un suceso excepcional que les impulsa a ello. ¿Ves un reflejo de la resignación a la que una parte de la sociedad se ve abocada?

Bueno, entiendo esa consideración. El libro se detiene especialmente en la perplejidad que ciertos seres humanos podemos sentir ante el horror de la edad adulta, ese momento en el que uno pierde la inocencia, la ilusión por lo que parecía una vida llena de sorpresas, una vida satisfecha. El encuentro con la realidad es un espacio interesante, sobre todo cuando ese encuentro atroz parece perpetuarse, como pasa tan a menudo. Uno cae del guindo, y se pasa la vida pensando cómo fue. Literariamente, el terreno de la incapacidad, o del trauma es sumamente fructífero, es un terreno inagotable de situaciones interesantes. El dolor es un dilema inacabable: «¿por qué?», se pregunta el infeliz, y el escritor intenta responder.

También encuentro cierto desapego en estas relaciones. Un «vale, estás ahí conmigo, pero cuando esto se acabe, desaparezco». Algo muy felino, también.

Sí, claro, el desapego es otra forma de desconfianza. Los grandes sentimientos, los grandes alardes son, de alguna manera, un poco anacrónicos. Hoy en día apenas tiene sentido hacer alarde de algo que está tan en desuso. Nadie quiere hacerse el héroe, priman otros valores. La gente no se enamora, se junta, y ya está, porque el amor puede dejarte hecho polvo, y bastante difícil está todo como para someterse a semejante escarnio. Esa bruma entre lo que es casi un contrato y una relación, eso es lo que me resulta interesante.

unmontondegatosNo he leído tus otros libros pero, al acabar Un montón de gatos, sospecho que lo que más te inspira es la rutina, el día a día que lleva a acoger cualquier variable como algo excepcional. ¿Es así?

Sí, bueno, uno de los grandes dilemas de la literatura es precisamente a qué prestamos atención, y, entre todas las opciones, podemos distinguir dos: la épica y lo ordinario, las grandes hazañas o los pequeños tics. Es una cuestión de ritmo: si uno intenta contar grandes sucesos, no puede detenerse en aquello que por imperceptible puede resultar significativo. Un gato en celo no deja de ser un gato en celo, pero si acercamos la vista vemos a la dueña que llama al veterinario, que se preocupa por el gato más que por sí misma, y esa preocupación nos muestra una sociedad en la que la soledad es un castigo casi inevitable; ¿qué nos trajo aquí?, ¿por qué caemos tantos en eso que intentamos precisamente evitar? Son grandes preguntas con respuestas no muy contundentes, lejos de eslóganes y proclamas.

Las relaciones de pareja y su complejidad, como dos seres enfrentados ante el miedo, la duda y la falta de confianza, están muy presentes. Incluso en uno de los relatos que comentábamos antes, «Sed», la pareja protagonista se presenta como simples, pero a la vez complejos, cromosomas. ¿Consideras que es el tipo de relación más frágil, por todo lo que llega a condicionarla?

Somos tan simples y tan complicados como el funcionamiento de una pinza, ¿no? Paradójicamente, se define a los hombres y a las mujeres como seres sociales. Sin embargo, su sociabilidad en una quimera, y quizá fuese más acertado decir que hombres y mujeres son seres que se caracterizan por no atinar en sus relaciones sociales. Es impresionante la cantidad de suspicacias, malentendidos, malos rollos, odios, rencores… con los que me topo al cabo del día, y lo mal que los gestionamos, con qué poquísima gracia y creatividad. La palabra nos ha dotado de un don al mismo tiempo que nos aprisiona. Mi literatura quiere ser reflejo de está contradicción.

En «El verano de Omar» ofreces una visión interesante sobre un asunto poco tratado en literatura: los apadrinamientos de niños saharauis. Más allá de la historia de las relaciones entre los personajes, que mantienen una curiosa intriga sexual a lo largo del relato, me ha sorprendido lo que dejas caer sobre familias a las que no les importa saltarse la herencia cultural de los niños a los que acogen. ¿Es algo habitual, por lo que conoces del asunto?

No sé si es algo habitual o no, pero conociendo al ser humano, podría perfectamente ser habitual. Vivimos realidades paralelas, y los gestos solidarios (como por ejemplo, el apadrinamiento de un niño) se entremezclan con pequeñas o grandes mezquindades (como por ejemplo, desear que ese niño sustituya a tu marido). En vez de negarlo, prefiero sacarlo a la luz, no pasa nada, así somos los humanos.

El libro lo has traducido junto a Zigor Garro. Por tu experiencia, en estos casos en los que la autora también participa en la traducción, ¿se permiten más licencias, más cambios, con respecto al texto original?

Todos mis libros los he traducido yo, dos de ellos junto a Zigor Garro. Es una experiencia muy grata, un lugar y un momento en el que mis dos lenguas convergen en busca de un mismo objetivo, cosa que me sucede muy de vez en cuando, no sé si me explico. Hace años traduje un libro de Irene Nemirovsky del francés al euskara, y fue… hostil. Una lengua se peleaba con la otra, se enfadaba… Un horror, nada que ver con traducirse a una misma.

En estos dos años transcurridos desde la aparición de Katu jendea, ¿has dado forma a un nuevo libro? ¿Qué será lo próximo?

No sé qué será, pero estoy trabajando en varias cosas a la vez. Por un lado en un diccionario muy personal. Por otro lado tengo, en un semillero, el germen de una novela…

Foto de Eider Rodríguez: zubitegia.armiarma.com.

* Un montón de gatos. Eider Rodríguez.
Traducción de Eider Rodríguez y Zigor Garro.
Editorial Caballo de Troya (Barcelona, 2012).

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