Diario de una vida subterránea

«Me he resig­na­do a que no ten­go otra mate­ria pri­ma que mi vida, mi intros­pec­ción; mi tra­ba­jo no es tan­to inven­tar como ela­bo­rar ese mate­rial; la ima­gi­na­ción es secun­da­ria, es una ayu­da, en la medi­da en que a la ver­dad se lle­ga por la fic­ción; lo que nece­si­to inven­tar es un solo per­so­na­je, una esce­na, que con­den­se varios per­so­na­jes reales, varias esce­nas que real­men­te viví, e ilu­mi­ne su sig­ni­fi­ca­do, con­cen­trán­do­lo, impi­dien­do la dis­per­sión».

Lau­ra Frei­xas, Una vida sub­te­rrá­nea. Dia­rio 1991 – 1994.

En el ámbi­to lite­ra­rio exis­ten una serie de sobre­en­ten­di­dos que revo­lo­tean en torno a los dia­rios de escri­to­res. Uno de ellos es que a menu­do sue­len escri­bir­se con la vis­ta pues­ta exce­si­va­men­te en la pos­te­ri­dad. Esto ocu­rre, sobre todo, en el caso de escri­to­res ya con­sa­gra­dos o que gozan de un cier­to reco­no­ci­mien­to.

Otro de esos sobre­en­ten­di­dos es que sue­len estar inva­ria­ble­men­te cen­tra­dos en los suce­sos del mun­do exte­rior —la tra­yec­to­ria aca­dé­mi­ca o pro­fe­sio­nal, los even­tos lite­ra­rios, los via­jes, las con­fe­ren­cias y las char­las, los encuen­tros espo­rá­di­cos con los lec­to­res, las rela­cio­nes con otras per­so­na­li­da­des de la cul­tu­ra, etcé­te­ra — , pero ape­nas con­tie­nen algu­nos indi­cios del mun­do inte­rior de sus pro­ta­go­nis­tas.

Es de temer que ambas pre­mi­sas —la crea­ción de una ima­gen públi­ca diri­gi­da a la pos­te­ri­dad y la mera trans­po­si­ción al papel del mun­do exte­rior — , al final son las que más disua­den a los lec­to­res habi­tua­les de este géne­ro. Eso por no men­cio­nar que el exce­so de tan­ta escri­tu­ra ego­lá­tri­ca pue­de pro­vo­car el efec­to con­tra­rio al desea­do, y res­tar­le gran­des dosis de cre­di­bi­li­dad y de auten­ti­ci­dad al tex­to.

A ries­go de caer en una sim­pli­fi­ca­ción exce­si­va, diga­mos que ese tipo de dia­rios —si se quie­re, más habi­tua­les o con­ven­cio­na­les; tam­bién más comer­cia­les — , dedi­can mucha más aten­ción a los acier­tos que a las incer­ti­dum­bres y vaci­la­cio­nes de sus crea­do­res; a los ele­men­tos cla­ra­men­te reco­no­ci­bles de su per­so­na­li­dad, que a sus zonas ambi­va­len­tes o poco visi­bles; al anec­do­ta­rio a menu­do banal e intras­cen­den­te, que a los obs­tácu­los con los que se enfren­ta habi­tual­men­te el escri­tor para poder lle­gar a ser quien es.

Dia­rios sin tapu­jos.

No ocu­rre lo mis­mo con Una vida sub­te­rrá­nea, los dia­rios que Lau­ra Frei­xas escri­bió entre 1991 y 1994 y que fue­ron con­fec­cio­na­dos con mate­ria­les que sue­len que­dar exclui­dos de este géne­ro, tal y como hemos men­cio­na­do.

Sin embar­go, esos mate­ria­les con­si­de­ra­dos tra­di­cio­nal­men­te como secun­da­rios o acce­so­rios —en cual­quier caso, poco vis­to­sos o atrac­ti­vos — , son pre­ci­sa­men­te aque­llos que per­mi­ten una iden­ti­fi­ca­ción casi inme­dia­ta del lec­tor con el tex­to que lee.

Es cier­to que los dia­rios de Frei­xas hablan del par­si­mo­nio­so trans­cu­rrir de los días, con sus idas y veni­das, de las dife­ren­cias en los esta­dos de áni­mo con los que uno afron­ta sus cons­tan­tes fluc­tua­cio­nes, de las ale­grías y las penas coti­dia­nas, tam­bién de la cas­que­ría inú­til de las horas muer­tas. En esto no hay dema­sia­das dife­ren­cias con la mayo­ría de los dia­rios con­ven­cio­na­les, sal­vo por las pecu­lia­ri­da­des de su pro­ta­go­nis­ta.

Ade­más de todo esto, lo dis­tin­ti­vo de estos dia­rios es que pres­tan mucha aten­ción al ama­si­jo de con­tra­dic­cio­nes que arti­cu­lan nues­tra per­so­na­li­dad: de las velei­da­des per­so­na­les, de los anhe­los nun­ca con­se­gui­dos, de los enfren­ta­mien­tos tan absur­dos con uno mis­mo, de las pre­sio­nes y de las obli­ga­cio­nes socia­les que todos sufri­mos.

Pero lo que de ver­dad con­vier­te Una vida sub­te­rrá­nea en unos dia­rios tan excep­cio­na­les, es que hablan de la des­nu­da pelea de una escri­to­ra en pleno pro­ce­so de for­ma­ción, con sus avan­ces y sus retro­ce­sos, con sus filias y sus fobias, con sus luces y sus som­bras.

Y todo esto, tan­to los suce­sos del mun­do exte­rior como los pen­sa­mien­tos que estruc­tu­ran el mun­do inte­rior, narra­do des­de las tri­pas, sin la vis­ta pues­ta en la pos­te­ri­dad, con una sin­ce­ri­dad tan hones­ta que inclu­so pue­de lle­gar a ser des­con­cer­tan­te para el que se sumer­ge en sus pági­nas.

Des­con­cer­tan­te, por­que nues­tra tra­di­ción cul­tu­ral siem­pre ha con­si­de­ra­do como algo inele­gan­te esos mate­ria­les des­ti­la­dos de la coti­dia­ni­dad, en par­te debi­do a su natu­ra­le­za pro­sai­ca, y en par­te tam­bién a su apa­ren­te ausen­cia de bri­llo.

No sería nada ocio­so ni arbi­tra­rio con­tem­plar esta ten­den­cia como uno de los gran­des pre­jui­cios de nues­tra socie­dad patriar­cal, algo que la pro­pia auto­ra de estos dia­rios ha denun­cia­do en nume­ro­sas oca­sio­nes a lo lar­go de su tra­yec­to­ria lite­ra­ria y pro­fe­sio­nal.

Sin embar­go, des­de hace ya algún tiem­po pare­ce que esta iner­cia está cam­bian­do de rum­bo y afor­tu­na­da­men­te, cada vez son más fre­cuen­tes los tes­ti­mo­nios que mues­tran a pecho des­cu­bier­to estos aspec­tos nada des­de­ña­bles de la exis­ten­cia, sin maqui­lla­je ni arti­fi­cios.

Y no solo nos refe­ri­mos a los tes­ti­mo­nios agru­pa­dos en torno a los dia­rios per­so­na­les, sino tam­bién a los que han sido res­ca­ta­dos del olvi­do a par­tir de epis­to­la­rios de recien­te publi­ca­ción —como los de Car­men Lafo­ret, por ejem­plo — , o de nove­las basa­das en expe­rien­cias más o menos auto­bio­grá­fi­cas —como Ocul­to sen­de­ro, de Ele­na For­tún—.

El caso es que casi siem­pre sue­le ser lite­ra­tu­ra escri­ta por muje­res. Algo que da mucho que pen­sar sobre las barre­ras que aún que­dan por supe­rar con rela­ción a algu­nos de nues­tros pre­jui­cios más arrai­ga­dos. Sea como sea, exis­ten pocas cosas más recon­for­tan­tes que ver­nos refle­ja­dos en la vida de otras per­so­nas que tie­nen pen­sa­mien­tos, incer­ti­dum­bres y anhe­los muy pare­ci­dos a los nues­tros.

Lo que res­pi­ra el lec­tor al leer los epí­gra­fes de Una vida sub­te­rrá­nea, aque­llo que los hacen tan suge­ren­tes y adic­ti­vos, es una espon­tá­nea auten­ti­ci­dad, al tiem­po que una des­nu­dez sin tapu­jos.

Se tra­ta de una escri­tu­ra valien­te que no se aho­rra nin­gu­na par­ce­la de la per­so­na­li­dad, por muy poco con­ven­cio­nal que pudie­se pare­cer a sim­ple vis­ta: un reco­rri­do vital que no se arre­dra ante el des­ve­la­mien­to del mun­do inte­rior de su pro­ta­go­nis­ta.

Y en el cen­tro de todo, posi­ble­men­te por haber sido escri­tos en un momen­to álgi­do de cre­ci­mien­to lite­ra­rio —jus­to duran­te el pro­ce­so de escri­tu­ra de una pri­me­ra nove­la — , se encuen­tra el pro­ce­lo­so reco­rri­do de la crea­ción lite­ra­ria, rela­ta­do con todo lujo de deta­lles, más allá de la epi­der­mis de lo con­sa­bi­do.

Para ser escri­tor.

El pro­ce­so de con­ver­tir­se en un escri­tor es un camino arduo y len­to a tra­vés de nume­ro­sas vici­si­tu­des, no siem­pre agra­da­bles ni espe­ran­za­do­ras, de tra­ve­sías en el desier­to —muchas — , de impe­di­men­tos y de obs­tácu­los —lo más fre­cuen­te — , y tam­bién de cier­tos perío­dos de bonan­za —los menos — .

Para ser escri­tor, no bas­ta con desear­lo con todas tus fuer­zas. Pri­me­ro hay que luchar con­tra los demo­nios que habi­tan den­tro de noso­tros, enfren­tar­se cara a cara con los pro­pios mie­dos e inse­gu­ri­da­des per­so­na­les.

Habla­mos de la posi­bi­li­dad laten­te del fra­ca­so des­de el comien­zo del pro­yec­to, la incer­ti­dum­bre ate­na­za­do­ra a lo lar­go de todo el pro­ce­so, el desaso­sie­go ante el capí­tu­lo que se atas­ca o que no con­si­gue avan­zar al rit­mo ade­cua­do, la auto­exi­gen­cia impla­ca­ble, la insa­na sen­sa­ción de tiem­po mal­gas­ta­do, etcé­te­ra.

La del escri­tor es una lucha titá­ni­ca no solo con­tra las obli­ga­cio­nes que dis­traen del queha­cer esen­cial, sino tam­bién, y lo que es mucho más impor­tan­te, con­tra su fal­ta de volun­tad, con­tra su pesi­mis­mo, con­tra el tiem­po que pare­ce echar­se enci­ma y vol­ver­se en con­tra.

Y es que el mayor enemi­go de un escri­tor a menu­do sue­le ser él mis­mo. Por supues­to que tam­bién hay que tener en cuen­ta las cir­cuns­tan­cias exter­nas, pero lo más deci­si­vo en la escri­tu­ra es man­te­ner a raya el des­ga­rra­mien­to ante la pers­pec­ti­va de no lle­gar a cul­mi­nar el pro­yec­to. En el caso de cul­mi­nar­lo, que nun­ca lle­gue a publi­car­se. En el caso de que se publi­que, que nun­ca lle­gue a tener lec­to­res, etcé­te­ra. Un bucle auto­des­truc­ti­vo y sin sen­ti­do.

Como seña­la Frei­xas en una de las pági­nas del dia­rio: «Estoy can­sa­da, can­sa­da de mí, de mi paso ade­lan­te y dos pasos atrás: vuel­ta a la angus­tia, vuel­ta al blo­queo, más sesio­nes de aná­li­sis… yo soy el obs­tácu­lo en mi pro­pio camino, pien­so una vez más: si pudie­ra escri­bir olvi­dán­do­me de mí —de mi nece­si­dad peren­to­ria y urgen­te de demos­trar que soy escri­to­ra, una gran escri­to­ra — ».

En con­tra de lo que se pien­sa habi­tual­men­te, ni siquie­ra se aca­ba el mar­ti­rio una vez con­clui­do el tra­ba­jo. Más bien suce­de al revés, y en ese momen­to se mul­ti­pli­can las dudas sobre si habrá mere­ci­do o no la pena el esfuer­zo rea­li­za­do.

Ade­más de todo eso, hay que saber enca­jar con cier­ta diplo­ma­cia las opi­nio­nes de los pri­me­ros lec­to­res —no siem­pre gene­ro­sas— que tie­nen acce­so al manus­cri­to, capear el tem­po­ral, hacer auto­crí­ti­ca, vol­ver nues­tros pasos sobre lo con­se­gui­do para con­tem­plar­lo con la pers­pec­ti­va ade­cua­da, rea­li­zar los cam­bios opor­tu­nos has­ta que el dia­man­te que­de per­fec­ta­men­te puli­do y lis­to para ense­ñar al públi­co.

Pue­de que el de la publi­ca­ción sea el ins­tan­te de mayor des­pren­di­mien­to ante lo que nos ha teni­do tan absor­tos duran­te tan­to tiem­po. Aun­que nun­ca con­si­ga des­pren­der­se del todo ante lo cul­mi­na­do, el libro ya no per­te­ne­ce al escri­tor sino al públi­co, que ten­drá el vere­dic­to final sobre el mis­mo.

Hay algo con­mo­ve­dor y al mis­mo tiem­po heroi­co en toda esta lucha que con­ci­ta el escri­tor por hacer­se a sí mis­mo, por bus­car su pro­pio esti­lo, por crear su obra y sacar ade­lan­te sus pro­yec­tos lite­ra­rios con­tra vien­to y marea.

Se tra­ta de una lucha titá­ni­ca que no sue­le dejar indi­fe­ren­te a la per­so­na que la enta­bla, agó­ni­ca en algu­nos tra­mos espe­cial­men­te deli­ca­dos —aque­llos en los que pue­de zozo­brar el pro­yec­to — , don­de el cen­tro de todo es ocu­pa­do por el acto exclu­si­vo y exclu­yen­te de la escri­tu­ra, sos­te­ni­da úni­ca­men­te por una difu­sa pero esti­mu­lan­te pro­me­sa de feli­ci­dad.

Laura Freixas

Lau­ra Frei­xas. Foto ©Nie­ves Del­ga­do.

Una voca­ción blin­da­da.

Todo esto se des­pren­de de la lec­tu­ra de Una vida sub­te­rrá­nea. Lau­ra Frei­xas qui­so espe­rar un tiem­po pru­den­cial para que sus dia­rios gana­sen la pers­pec­ti­va del tiem­po. Como seña­la la auto­ra en una de sus pági­nas: «¿Publi­car algún día dia­rios o car­tas? ¿Pero eso no es renun­ciar a la lite­ra­tu­ra, y con­fe­sar des­ca­ra­da­men­te que aque­llo a lo que uno de veras aspi­ra es lisa y lla­na­men­te hacer­se que­rer?».

Pue­de que esto sea cier­to, y que alguien publi­que un dia­rio úni­ca­men­te con el pro­pó­si­to de hacer­se que­rer, como solía decir Gabriel Gar­cía Már­quez res­pec­to al ofi­cio de escri­tor. Pero lo que a estas altu­ras resul­ta indu­da­ble es que la escri­tu­ra de un dia­rio per­so­nal no impli­ca renun­ciar a la bue­na lite­ra­tu­ra. Véa­se, por ejem­plo, el caso de los dia­rios de Julio Ramón Ribey­ro —con los que el libro de Lau­ra Frei­xas tie­ne muchas con­co­mi­tan­cias — , y que han lle­ga­do a tener mucha más tras­cen­den­cia que sus nove­las, e inclu­so que sus cuen­tos.

Los dia­rios de Lau­ra Frei­xas com­par­ten con La ten­ta­ción del fra­ca­so, de Ribey­ro, la des­crip­ción de esa pasión por la lite­ra­tu­ra que un ami­go de la auto­ra deno­mi­na la «voca­ción blin­da­da».

En con­tra de lo que las idea­li­za­cio­nes sue­len suge­rir sobre el queha­cer lite­ra­rio, lo que mues­tran ambos dia­rios es que el del escri­tor no es un camino cómo­do ni fácil, sino que está pla­ga­do de alti­ba­jos, de con­tra­dic­cio­nes, de lar­gas tra­ve­sías por el desier­to.

Lo que ense­ñan ambos dia­rios es que la ten­ta­ción del fra­ca­so, como la deno­mi­nó Ribey­ro, es inhe­ren­te a la tarea del escri­tor: siem­pre se encuen­tra ahí, ace­chan­do, como un ani­mal sal­va­je que espe­ra un momen­to de debi­li­dad para ata­car.

Cuan­do habla­mos de fra­ca­so no nos refe­ri­mos a lo que se entien­de común­men­te como lo opues­to al éxi­to, sino a algo mucho más pro­fun­do y esen­cial, más pri­mi­ti­vo si se quie­re, que afec­ta al sen­ti­do mis­mo de la exis­ten­cia que no ve cum­pli­do el pro­pó­si­to de una voca­ción: la de una vida dedi­ca­da a la escri­tu­ra.

Es el fra­ca­so pro­vo­ca­do por la sen­sa­ción de que la vida de uno no ha ser­vi­do para nada, que no hemos podi­do cum­plir lo que nues­tra voca­ción nos ha seña­la­do como esen­cial y nece­sa­rio.

El fan­tas­ma o la ten­ta­ción del fra­ca­so siem­pre están pre­sen­tes en todo lo que el escri­tor hace. Cuan­do le pre­gun­ta­ban a Hans-Georg Gada­mer por qué había tar­da­do casi sesen­ta años en publi­car Ver­dad y méto­do, el libro que con­so­li­dó e impul­só la her­me­néu­ti­ca con­tem­po­rá­nea, él decía que era por­que sen­tía la pre­sen­cia inqui­si­to­rial de su men­tor, Mar­tin Hei­deg­ger, mirán­do­le cons­tan­te­men­te por enci­ma del hom­bro, des­apro­ban­do sus esfuer­zos.

Gada­mer decía que esta pre­sen­cia per­tur­ba­do­ra le había ate­na­za­do el áni­mo duran­te mucho tiem­po y había ame­na­za­do con dar al tras­te todos sus hallaz­gos. Inclu­so se había plan­tea­do muchas veces si mere­cía la pena ense­ñar­los públi­ca­men­te, por­que pen­sa­ba que su her­me­néu­ti­ca nun­ca iba a estar a la mis­ma altu­ra que la filo­so­fía de su maes­tro.

Igual que la pre­sen­cia de un Hei­deg­ger inqui­si­to­rial y auto­ri­ta­rio, que mira por enci­ma del hom­bro los pro­gre­sos de su alumno, la ten­ta­ción del fra­ca­so siem­pre se encuen­tra revo­lo­tean­do sobre cada acto que eje­cu­ta el escri­tor, recor­dán­do­le la fra­gi­li­dad, la incon­sis­ten­cia, la leve­dad de sus sue­ños.

Esa ten­ta­ción del fra­ca­so no sería tan gra­ve ni tan difí­cil de sobre­lle­var si no fue­se por su efec­to devas­ta­dor y para­li­zan­te, homi­ci­da de ilu­sio­nes y espe­ran­zas, como la mala hier­ba que no deja cre­cer los árbo­les a su alre­de­dor.

Por eso es nece­sa­rio blin­dar esa voca­ción, pro­te­ger­la, ali­men­tar­la con el paso de los días. En una de las pági­nas del dia­rio pode­mos leer lo siguien­te: «Maña­na o pasa­do, el fin de sema­na a más tar­dar, con­ti­nua­ré; ten­go un mon­tón de cosas que con­tar. Escri­bir aquí es como ir en bici­cle­ta: sien­to cómo lo que está hecho un nudo se des­anu­da sua­ve­men­te». Y en otra par­te: «¡Ah, si pudie­ra escri­bir, escri­bir como un torren­te, sal­van­do todos los obs­tácu­los, sal­tan­do furio­sa­men­te, olvi­dan­do todo lo demás!».

Al ter­mi­nar la lec­tu­ra del dia­rio uno se pre­gun­ta qué es lo que que­da para un escri­tor en el cen­tro de su voca­ción, des­pués de tami­zar todas las futi­li­da­des rela­cio­na­das con ella. Y pue­de que la úni­ca res­pues­ta plau­si­ble a este inte­rro­gan­te sea la pro­pia magia de la escri­tu­ra: el mero pla­cer de escri­bir que se des­plie­ga en el tiem­po para ago­tar­se en sí mis­mo. Nada más, pero tam­bién nada menos.

*Ima­gen de cabe­ce­ra: Sin­nen­de (© Gabrie­le Mün­ter, 1917).

*Una vida sub­te­rrá­nea. Dia­rio 1991 – 1994. Lau­ra Frei­xas.
Erra­ta Natu­rae Edi­to­res (Madrid, 2013).

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