Craig Russell

Mien­tras el inves­ti­ga­dor Len­nox (que no detec­ti­ve, como él mis­mo insis­te en dejar cla­ro) se está agen­cian­do a Lor­na Mac­Far­la­ne en el asien­to trasero de su Aus­tin Atlan­tic, al padre de la chi­ca le están reven­tan­do la cabe­za.

«Resul­ta iró­ni­co pen­sar que dos miem­bros de la fami­lia Mac­Far­la­ne tuvie­ran que tro­pe­zar­se casi a la mis­ma hora con el extre­mo útil de un ins­tru­men­to con­tun­den­te».

Craig Rus­sell tie­ne una espe­cial habi­li­dad para hacer­le sol­tar seme­jan­tes fra­ses a su pro­ta­go­nis­ta-narra­dor. En cada párra­fo hay al menos una de estas per­las sar­cás­ti­cas que recu­pe­ran el vie­jo esti­lo de los clá­si­cos, aque­llos que per­ma­ne­cen en la memo­ria y que siguen sor­pren­dien­do a las nue­vas gene­ra­cio­nes.

El beso de Glas­gow (Roca Edi­to­rial, 2010) es la segun­da aven­tu­ra del per­so­na­je, un tipo soca­rrón de ori­gen cana­dien­se que vive en Glas­gow en ple­na pos­gue­rra. Los años 50 fue­ron muy duros, los vete­ra­nos de la segun­da con­tien­da mun­dial no encon­tra­ban su lugar y debían sobre­vi­vir tra­pi­chean­do y for­man­do equi­po jun­to a gen­tu­za como los Tres Reyes, mafio­sos que ama­ña­ban apues­tas pugi­lís­ti­cas o que comen­za­ban a mer­ca­dear con la dro­ga. Y Len­nox, meti­do has­ta las cejas en mil embro­llos, debe poner orden e inves­ti­gar todo lo que le lle­ga a las manos, que no es poco, mien­tras esqui­va la moles­ta som­bra del comi­sa­rio McNab.

Rus­sell es tam­bién crea­dor del per­so­na­je Jan Fabel, pro­ta­go­nis­ta de cin­co nove­las ambien­ta­das en el Ham­bur­go de nues­tros días, y que le han dado gran popu­la­ri­dad en Ale­ma­nia. Con la serie de Len­nox ofre­ce un giro ines­pe­ra­do que vuel­ve a entu­sias­mar a sus segui­do­res.

Con Len­nox recu­pe­ra­mos la eta­pa más impor­tan­te de la nove­la negra, la de los años 50 y 60. ¿Cuán­to le debes a auto­res como Ray­mond Chand­ler, Das­hiell Ham­mett o Jim Thom­pson?

Sin ver­güen­za algu­na, reco­noz­co que me sos­ten­go sobre el eco que me ofre­cen los clá­si­cos y vuel­vo sobre ellos. De todo lo que se ha publi­ca­do sobre crí­me­nes, son los que más me han influen­cia­do y, sin duda, los que más me han moti­va­do a escri­bir, sobre todo cuan­do comen­cé de joven. Y no me refie­ro solo a la lite­ra­tu­ra, tam­bién las pelí­cu­las con acto­res carac­te­rís­ti­cos, como Robert Mit­chum. Con las pelí­cu­las y esa atmós­fe­ra tan par­ti­cu­lar inyec­ta­ron una sobre­do­sis de eter­ni­dad y de rea­lis­mo en el esti­lo. Pero, sin lugar a dudas, Chand­ler es una de mis gran­des influen­cias. Figu­ra en mi pai­sa­je per­so­nal. Y es difí­cil, por­que no leo a muchos auto­res de nove­la negra. Leo pro­pues­tas más moder­nas, pero siem­pre tien­do a ir atrás. Jim Thom­pson, Ross Mac­do­nald, obvia­men­te Ham­mett y Chand­ler.

La serie de Len­nox es muy dife­ren­te a la ante­rior. Las his­to­rias de Faber son más san­gui­na­rias, ade­cuán­do­se a los nue­vos gus­tos, con ase­si­nos seria­les y crí­me­nes muy vio­len­tos, y a muchos segui­do­res les ha sor­pren­di­do tu nue­va pro­pues­ta. ¿Que­rías dis­tan­ciar­te de tus ante­rio­res libros? ¿Ha sido pre­me­di­ta­do?

El cam­bio se hizo de mane­ra evi­den­te. Me gus­ta mucho la serie de Faber, dis­fru­té tra­ba­jan­do en ella, aun­que qui­zás no es la mane­ra más acer­ta­da de decir­lo por­que fue un tra­ba­jo muy difí­cil, la inves­ti­ga­ción me lle­vó a unas áreas muy oscu­ras, pero estoy muy orgu­llo­so del cuer­po de tex­tos que la con­for­man, aun­que… no había risas. Y lo que que­ría era hacer tra­ba­jar este otro lado de mi per­so­na­li­dad que no había sido capaz de explo­rar. Que­ría algo com­ple­ta­men­te dife­ren­te y enton­ces pen­sé en un tipo de nove­la his­tó­ri­ca, como lo que resul­tan ser las de Len­nox, que lo son en la medi­da en que refle­jan ras­gos de los 50. Cuan­do apa­re­ció el per­so­na­je lo dibu­jé, lo eché a un lado y me puse a pen­sar en otras cosas, pero en nin­gún momen­to me dejó tran­qui­lo. Siem­pre que empe­za­ba a tra­ba­jar en algo me habla­ba, y me encan­ta­ba lo que decía. Tenía que dar­le vida, él mis­mo se lo esta­ba bus­can­do. Me resul­tó muy extra­ño por­que el per­so­na­je tomó el poder y lle­vó la serie en una direc­ción com­ple­ta­men­te dife­ren­te.

Expli­cas­te en un artícu­lo que te con­si­de­ras un escri­tor «de méto­do» y que te absor­be tan­to el tra­ba­jo que lle­gas a trans­for­mar tu casa cuan­do escri­bes y eso afec­ta inclu­so a tus hijos.

Es extra­ño, sí. Qui­zás algún psi­quia­tra podría escri­bir una tesis acer­ca de este com­por­ta­mien­to. Hay muchas mane­ras de inves­ti­gar un perio­do, una loca­li­za­ción y todo lo que está pre­sen­te en una nove­la. Encuen­tro que, físi­ca­men­te, debo tener a mi alre­de­dor, mien­tras escri­bo, cosas del momen­to, del perio­do en el que ubi­co el libro. No me dedi­co úni­ca­men­te a inves­ti­gar artícu­los de la épo­ca, ten­go que tener en mis manos un perió­di­co impre­so enton­ces. Me cos­tó una for­tu­na con­se­guir estas cosas. Pero lo que afec­ta a mis hijos es la músi­ca, por­que nece­si­to ambien­tar­me con las can­cio­nes que escu­cha­ría Len­nox, al igual que me suce­dió con Fabel, y es algo que no sopor­tan. Me con­ver­tí en un fan de Mel Tor­mé, por­que lo men­cio­nó en los libros y siem­pre lo ten­go sonan­do detrás. Inten­to sumer­gir­me por com­ple­to en la épo­ca. Vivo en Perths­hi­re, que es un peque­ño pue­blo esco­cés y, allí, vivir en los 50 no es tan extra­ño [se ríe]. Esto lo pue­do decir en Espa­ña, cla­ro, aho­ra que no me oyen mis com­pa­trio­tas. Y sí, nece­si­to obte­ner el sen­ti­do de la épo­ca. Por ejem­plo, voy a rallies de coches anti­guos y antes de que lla­men a segu­ri­dad, les pre­gun­to a los pro­pie­ta­rios si pue­do sen­tar­me en el inte­rior de sus vehícu­los, por­que hue­len de mane­ra dife­ren­te. Hones­ta­men­te, son cosas por com­ple­to inne­ce­sa­rias pero me divier­ten mucho.

Tan­to Fabel como Len­nox ejer­cen su tra­ba­jo fue­ra de sus paí­ses de ori­gen. ¿Te apo­yas en eso para remar­car y pro­fun­di­zar en el cho­que de cul­tu­ras?

Fabel es ale­mán y medio esco­cés. Es dife­ren­te con las dos series. Si Len­nox fue­se esco­cés hubie­ra resul­ta­do muy com­ple­jo refle­jar esa mira­da cíni­ca hacia las per­so­nas de su mis­ma nacio­na­li­dad por­que los esco­ce­ses son muy patrió­ti­cos y no tole­ran cier­tas bur­las. Es como una tra­di­ción del géne­ro que el per­so­na­je deba estar un paso por detrás de lo que está suce­dien­do en su entorno, inclu­so de la moral y de la cul­tu­ra del país en el que se mue­ve. Es un meca­nis­mo de dis­tan­cia­mien­to que siem­pre se ha uti­li­za­do y que yo mis­mo empleo. Ade­más, así se crea un puen­te con el lec­tor, por­que si alguien de Bar­ce­lo­na lee sobre el Glas­gow de los 50 será más sen­ci­llo enten­der­lo si el que te lo expli­ca está fue­ra de la cul­tu­ra de esa ciu­dad, si es un outsi­der. Hay muchas nove­las poli­cia­cas que trans­cu­rren en Esco­cia con pro­ta­go­nis­tas esco­ce­ses y que tie­nen muchos lec­to­res allí, pero no con­tem­plé a Len­nox así. Qui­se bus­car un públi­co más amplio y que se crea­ra esa pro­xi­mi­dad en otros paí­ses. Y el públi­co esco­cés ya cono­ce Glas­gow, no hacía fal­ta que deta­lla­ra tan­to.

Ese dis­tan­cia­mien­to se refle­ja muy bien en la nove­la con el tra­to que los esco­ce­ses man­tie­nen con los irlan­de­ses, a base de insul­tos y cali­fi­ca­ti­vos de des­pre­cio, mien­tras Len­nox se man­tie­ne al mar­gen del con­flic­to.

Sí, en efec­to. Él obser­va sin el calor del patrio­tis­mo. Creo que es uno de los ele­men­tos más impor­tan­tes. Defi­ni­ti­va­men­te es impres­cin­di­ble que haya un per­so­na­je fue­ra del con­flic­to cul­tu­ral. En El beso de Glas­gow el per­so­na­je judío, Jonny Cohen, expli­ca de cuan­do era un niño, acer­ca de su ori­gen judío, y le pre­gun­ta­ban si era cató­li­co o pro­tes­tan­te. Es algo que está ahí y de mane­ra muy pro­fun­da. Len­nox se man­tie­ne al mar­gen.

El beso de GlasgowSobre el sar­cas­mo, es un asun­to muy com­ple­jo, por­que el exce­so pue­de pro­vo­car que un per­so­na­je nos parez­ca ridícu­lo, no pue­de ser que el úni­co gra­cio­so de la nove­la sea el pro­ta­go­nis­ta. ¿Te has con­tro­la­do mucho para que eso no suce­da?

Mis hijos dicen que ni yo mis­mo pue­do con­tro­lar el mío, así que… [se ríe]. Len­nox es un pro­duc­to de la gue­rra. Y la suya fue mala. El humor negro y el sar­cas­mo son un meca­nis­mo de defen­sa para los per­so­na­jes que se pre­sen­tan con mucha vio­len­cia y muer­te a su alre­de­dor. Es algo que yo mis­mo he expe­ri­men­ta­do y hay muchas cosas de las que nun­ca se nos ocu­rri­ría que alguien pudie­ra hacer un chis­te. Pero lo cíni­co, lo sar­cás­ti­co, el humor de Len­nox tie­ne mucho que ver con la mane­ra en que él mis­mo lidia con su his­to­ria y con el con­tex­to en el que se ve envuel­to.

Ade­más es un tipo muy sen­si­ble, en algu­nos pasa­jes, por su reac­ción, notas ese toque de pesar y de amar­gu­ra que lle­va sobre sus hom­bros, como cuan­do le pide dis­cul­pas a Sin­ger, el matón de infan­cia terri­ble, por haber­se bur­la­do de él.

Sí, por­que en el fon­do es el refle­jo del otro Len­nox, el que vivió en Cana­dá, y al que ve como el Len­nox que se per­dió duran­te la gue­rra. El arco narra­ti­vo de la nove­la es, en reali­dad, la his­to­ria de la reden­ción de Len­nox y la bús­que­da de su camino para vol­ver a ser el que era. Tie­nes razón al des­ta­car la sen­si­bi­li­dad y la mora­li­dad del per­so­na­je. Es algo que me va bien por­que le pue­do hacer gol­pear a la gen­te pero en el fon­do, cla­ro, es sen­si­ble.

La nove­la poli­cia­ca es un géne­ro per­fec­to para este tipo de per­so­na­jes.

Es cier­to. La tra­di­ción del géne­ro tie­ne mucho que ver con el ambien­te, la acti­tud. Lo extra­or­di­na­rio no es la per­so­na, se tra­ta del con­tex­to. Se mues­tra cómo res­pon­de la per­so­na y se enfren­ta a ese con­tex­to extra­or­di­na­rio.

¿Glas­gow con­ser­va ese ambien­te de pos­gue­rra? ¿Pode­mos iden­ti­fi­car el Glas­gow de la nove­la con el actual?

No, pero pue­do garan­ti­zar que si vas a un pub de la ciu­dad y pides un beso de Glas­gow no te van a dar un cock­tail[se ríe]. Algo que repre­sen­tó un reto es que Glas­gow ha cam­bia­do enor­me­men­te. Pero aún hay luga­res en los que encuen­tras esa atmós­fe­ra. El bar Hor­sehead de la nove­la es una repre­sen­ta­ción fic­ti­cia de un bar autén­ti­co que está en el cen­tro de la ciu­dad. Entras y en lo úni­co en que ha cam­bia­do es en que no se pue­de fumar. Por lo demás es como si estu­vie­ras en 1950. Una vez que­dé con una perio­dis­ta para comer y la lle­vé allí. Se que­dó asom­bra­da, me dijo «oh, es fan­tás­ti­co, tie­ne mucha atmós­fe­ra de la épo­ca pero ¿no vamos a comer aquí, ver­dad?».

¿Len­nox ha teni­do tan­to éxi­to en Ale­ma­nia como Faber?

Aún es pron­to para decir­lo, solo se ha publi­ca­do el pri­me­ro. En cuan­to a la crí­ti­ca ha ido muy bien, pero será intere­san­te ver qué suce­de. La serie de Faber ha domi­na­do por com­ple­to al públi­co ale­mán. Inclu­so se está adap­tan­do al cine. Len­nox va a sig­ni­fi­car un gran cam­bio para ellos. Una cosa muy par­ti­cu­lar de esta nue­va serie de nove­las es que resul­ta muy difí­cil tra­du­cir el humor. Creo que la ver­sión en espa­ñol que ha hecho San­tia­go del Rey fun­cio­na muy bien. He podi­do leer y enten­der algu­nos pasa­jes y los con­cep­tos están bien tra­du­ci­dos. La ver­sión ale­ma­na tam­bién ha que­da­do per­fec­ta gra­cias a un exce­len­te tra­duc­tor, pero me preo­cu­pa­ba la for­ma­li­dad y la estruc­tu­ra del len­gua­je ale­mán, que podría no enca­jar con el tipo de humor que hago. Con las len­guas lati­nas pue­des man­te­ner el rit­mo y la for­ma de las fra­ses.

Los chis­tes han que­da­do genia­les en la tra­duc­ción espa­ño­la, te lo con­fir­mo. En espe­cial los sexua­les.

Sí, tie­nen mucha fuer­za [se ríe].

En Espa­ña ya tene­mos dos nove­las pro­ta­go­ni­za­das por Len­nox.

Habrá otras dos. En este momen­to estoy ter­mi­nan­do la ter­ce­ra, que se titu­la­rá «The deep dark sleep» (El pro­fun­do sue­ño oscu­ro). El títu­lo hace refe­ren­cia al sue­ño que uno tie­ne cuan­do aca­ba en el fon­do del río Cly­de…

Ahá… (nos reí­mos). Jue­gas otra vez con el títu­lo, como con el beso de Glas­gow (es el gol­pe fron­tal en la cabe­za del con­trin­can­te con el que se rema­ta un con­flic­to).

Sí. Y que guar­da rela­ción con otras temá­ti­cas de la nove­la negra.

Hay quien dice que las nove­las de Len­nox son fácil­men­te adap­ta­bles al cine. ¿Se ha habla­do del asun­to?

Sí, pero está todo en al aire. Hay quien se ha intere­sa­do en pro­du­cir una serie de tele­vi­sión, una pelí­cu­la, pero no hay nada con­cre­to. Sería fan­tás­ti­co y depen­de­rá de cómo lo mane­jen. Sí, la ima­gino en imá­ge­nes. Con lo que comen­tá­ba­mos antes del «méto­do» creo que me pon­dría muy pesa­do para que la épo­ca fue­ra cap­tu­ra­da de mane­ra muy pre­ci­sa, algo que es difí­cil por­que esa ciu­dad ya no exis­te, no se pue­den encon­trar loca­li­za­cio­nes natu­ra­les.

Yo veo una pelí­cu­la en blan­co y negro. ¿Escri­bes estas nove­las en blan­co y negro?

No, pero Glas­gow es mono­cro­má­ti­co. Uno de mis hijos tuvo un pro­ble­ma con un pro­fe­sor que no hacía más que pre­gun­tar por los colo­res. Una vez le pre­gun­tó de qué color era el cie­lo, espe­ran­do que dije­ra «azul». Mi hijo le res­pon­dió «¡blan­co!». Lógi­co, en Glas­gow lo úni­co que se ve allí arri­ba son las nubes. (…refle­xio­na…). ¿Sabes? Pro­ba­ble­men­te pien­so en blan­co y negro. Ten­go en men­te colo­res mudos. ¿Has esta­do en Glas­gow?

No.

Si vas algún día lo enten­de­rás. La nie­bla es muy repre­sen­ta­ti­va allí, más aún en los 50. Hay días en los que no ves más allá de dos o tres metros. Y esta nie­bla roba el color. Así que sí, en aquél enton­ces era como un film noir. Me pare­ce muy intere­san­te esto, no lo había pen­sa­do (…refle­xio­na…). Pro­ba­ble­men­te sí, pien­so en blan­co y negro. Mira, la foto de la por­ta­da del libro es con­tem­po­rá­nea de esa épo­ca, es de un edi­fi­cio que ya no exis­te, la esta­ción de St. Enoch. Y la reco­no­cí de inme­dia­to. Fue demo­li­da y aho­ra es un cen­tro comer­cial. En aque­llos años se hizo un pro­yec­to de docu­men­ta­ción foto­grá­fi­ca de la ciu­dad, al que per­te­ne­ce esta ima­gen. Y el Glas­gow de la foto es el que esta­ba en mi cabe­za al escri­bir la nove­la. Así que, lo reco­noz­co, escri­bo en blan­co y negro.

Foto de Craig Rus­sell: Quer­cus Books.

* El beso de Glas­gow. Craig Rus­sell.
Tra­duc­ción de San­tia­go del Rey.
Roca Edi­to­rial (Bar­ce­lo­na, 2010).

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