Consignar lo irremediable

Lo que más me ha sor­pren­di­do en estos dia­rios es la can­ti­dad de cosas que uno olvi­da (hay ini­cia­les e inclu­so nom­bres que aho­ra no me dicen nada), la fuga­ci­dad de los sen­ti­mien­tos (des­ve­los y que­jas por pasio­nes ya extin­gui­das) y la per­sis­ten­cia de ras­gos carac­te­ro­ló­gi­cos, de mis ras­gos (des­or­den, impro­vi­sa­ción, des­pil­fa­rro, inca­pa­ci­dad de inte­gra­ción, etc.). Lite­ral­men­te no tie­nen tal vez otro inte­rés que el haber sido escri­tos por un escritor.

Julio Ramón Ribey­ro, La ten­ta­ción del fracaso.

Ribey­ro, un escri­tor para escritores.

Hay tex­tos que, con inde­pen­den­cia de otros valo­res, debe­rían ser una lec­tu­ra obli­ga­to­ria para todos aque­llos que se dedi­can a apo­rrear teclas, a embo­rro­nar pági­nas con la vana espe­ran­za de que esa labor a la que le dedi­can tan­to tiem­po y esfuer­zo algún día lle­gue a con­ver­tir­se en un libro.

Car­tas a un joven nove­lis­ta de Mario Var­gas Llo­sa, o Pura ale­gría de Anto­nio Muñoz Moli­na, son algu­nos de esos tex­tos impres­cin­di­bles que ayu­dan al escri­tor inci­pien­te a cana­li­zar sus ener­gías, a des­cu­brir con­cep­tos y tru­cos de la pro­fe­sión, a iden­ti­fi­car los fan­tas­mas que le ator­men­tan, a mos­trar­le el mejor camino que en este ofi­cio no sue­le coin­ci­dir con el más cor­to, sino más bien al con­tra­rio, a sor­tear las posi­bles com­pli­ca­cio­nes para lle­var a buen puer­to una empre­sa que corre el ries­go cons­tan­te de perecer.

Debi­do a la sin­ce­ri­dad des­de los que han sido escri­tos, sin aho­rrar­le al lec­tor los aspec­tos más des­agra­da­bles, los dia­rios per­so­na­les de Julio Ramón Ribey­ro, aglu­ti­na­dos bajo el títu­lo gené­ri­co de La ten­ta­ción del fra­ca­so, mere­cen per­te­ne­cer por dere­cho pro­pio a esa cla­se de tex­tos que ayu­dan a otros escri­to­res a cla­ri­fi­car los entre­si­jos de su voca­ción literaria.

Por­que uno de los aspec­tos más atrac­ti­vos que el apren­diz de escri­tor encuen­tra en este libro es la pasión inso­bor­na­ble de un lec­tor en bus­ca del espe­jo en el que mirar­se, el ímpe­tu de un escri­tor que tra­ta de bus­car su pro­pia melo­día en medio de una plu­ra­li­dad de tonos musi­ca­les: «Noso­tros tene­mos una per­so­na­li­dad com­pues­ta de lec­tu­ras que pide pres­ta­da cuan­do escri­bi­mos su éti­ca, sus sen­ti­mien­tos, sus con­vic­cio­nes y su len­gua­je, no al hom­bre coti­diano que la por­ta, sino a los cien­tos de per­so­na­jes con­fun­di­dos que encie­rra nues­tra memo­ria». O cuan­do seña­la: «Escri­bir es inven­tar un autor a la medi­da de nues­tro gusto».

Si el lec­tor espe­ra la ima­gen de un escri­tor de «una sola pie­za», sin fisu­ras ni tri­bu­la­cio­nes, un autor encan­ta­do de haber­se cono­ci­do, segu­ro de sus posi­bi­li­da­des y de sus pro­yec­tos, mag­ná­ni­mo con sus logros, se lle­va­rá una desilu­sión mayúscula.

La lec­tu­ra de estos dia­rios ense­ña que no es la esen­cia la que pre­ce­de a la exis­ten­cia, sino la exis­ten­cia la que pre­ce­de a la esen­cia, en pala­bras de Sar­tre. O lo que es lo mis­mo, que el escri­tor no nace de una deter­mi­na­da mane­ra, sino que se hace con el paso del tiem­po, y con la urdim­bre de muchas incer­ti­dum­bres y sacri­fi­cios y renuncias.

Tam­bién ense­ña que no hay cen­sor más seve­ro con sus tex­tos que el pro­pio autor, como cuan­do Ribey­ro afir­ma: «Lo que sien­to es la humi­lla­ción de la infe­cun­di­dad, la ausen­cia de fuer­za crea­do­ra. La cau­sa de todo esto es la vaci­la­ción per­ma­nen­te en que vivo, la pul­ve­ri­za­ción de mis ener­gías entre diver­sas soli­ci­ta­cio­nes […] Lo que nece­si­to es rom­per con todo este las­tre, archi­var todo lo comen­za­do y empe­zar des­de el prin­ci­pio una sola cosa». O tam­bién: «He escri­to ape­nas cua­tro pági­nas, me las he arran­ca­do ver­da­de­ra­men­te del tuétano».

Ribey­ro siem­pre se mos­tró muy crí­ti­co no solo con sus éxi­tos per­so­na­les, que siem­pre menos­pre­ció, sino tam­bién con su pro­pia voca­ción de escri­tor, que sen­tía como una espe­cie de las­tre o de adic­ción que en muchas oca­sio­nes lo con­su­me por den­tro, pero al que tam­po­co es capaz de renun­ciar: «Por un lado sien­to una espe­cie de has­tío, de ago­ta­mien­to, de pere­za, de decep­ción, por momen­tos de angus­tia ante el solo hecho de empe­zar a escri­bir. Por otro sien­to, pre­sien­to, en mí posi­bi­li­da­des que sobre­pa­san con lar­gue­za todo lo que he hecho has­ta aho­ra, una espe­cie de ímpe­tu, bre­ve, es ver­dad, pero sur­ca­do de imá­ge­nes, de aso­cia­cio­nes, de frag­men­tos que me lle­va­rían al acto de escri­bir ins­tan­tá­nea­men­te, si dis­pu­sie­ra del tiem­po, de la hol­gu­ra para seguir adelante».

Lo que hay en La ten­ta­ción del fra­ca­so es el pro­ce­so de edi­fi­ca­ción de una vida entre­ga­da al vicio incu­ra­ble de escri­bir, a la acti­vi­dad exclu­si­va y exclu­yen­te de la lite­ra­tu­ra, con sus cimas y abis­mos, con sus éxi­tos y fra­ca­sos, con sus satis­fac­cio­nes y adver­si­da­des. En últi­ma ins­tan­cia, lo que hay en estos dia­rios es el trans­cur­so sinuo­so de un tiem­po que va mol­dean­do la vida y la per­so­na­li­dad de un crea­dor. O como el pro­pio Ribey­ro seña­ló, el retra­to de un escri­tor dibu­ja­do por el pro­pio escritor. 

El fra­ca­so como salvación.

Sin embar­go, en La ten­ta­ción del fra­ca­so no todo es meta­li­te­ra­tu­ra, refle­xio­nes sobre el pro­pio pro­ce­so crea­ti­vo. Como cual­quier retra­to de una vida en cons­truc­ción, a lo lar­go de sus pági­nas tam­bién hay espa­cio para otros suce­sos que no están direc­ta­men­te rela­cio­na­dos con la lite­ra­tu­ra ni con el pro­ce­so crea­ti­vo, aun­que sí están narra­dos de mane­ra lite­ra­ria, casi como si se tra­ta­se de una novela.

Hay espa­cio para dejar cons­tan­cia de los con­ti­nuos via­jes a lo lar­go de todo el orbe; de una vida nóma­da en ciu­da­des de varios con­ti­nen­tes como Lima, Madrid, París, Múnich, Ambe­res, Ber­lín, Aya­cu­cho, Ham­bur­go o Frank­furt; de amis­ta­des que se con­so­li­dan o que des­apa­re­cen; de amo­res y desamo­res; del pro­yec­to de una vida menos pre­ca­ria, más aco­mo­da­da y esta­ble; de los acon­te­ci­mien­tos his­tó­ri­cos que suce­den en las mis­mas fechas que las ano­ta­cio­nes del diario.

En un apun­te fecha­do en mayo de 1968, a pro­pó­si­to de la efer­ves­cen­cia que se esta­ba vivien­do en las calles de la capi­tal fran­ce­sa, Ribey­ro escri­bió: «Es impo­si­ble dar cuen­ta en unas líneas del extra­or­di­na­rio ambien­te de ten­sión y agi­ta­ción que se vive en París en estos últi­mos días. […] Lo úni­co que se me ocu­rre decir es que esta­mos asis­tien­do, coti­dia­na­men­te, a lo que se da por lla­mar «his­to­ria», aque­llos acon­te­ci­mien­tos que, por su impor­tan­cia, mar­can la vida de una nación y lue­go son rese­ña­dos y expli­ca­dos en libros». 

En últi­ma ins­tan­cia, lo que el lec­tor apre­cia a lo lar­go de estos dia­rios es lo mis­mo que seña­la el famo­so pro­ver­bio latino, que nada de lo humano le es ajeno a una men­te poro­sa y escu­dri­ña­do­ra de la reali­dad como la de Ribey­ro, capaz de diser­tar con el mis­mo acier­to y la mis­ma desen­vol­tu­ra sobre el pro­ce­so crea­ti­vo «Escri­bir es como hacer el amor: una cosa bru­tal y fati­gan­te, en la cual mori­mos y rena­ce­mos»; la amis­tad «La amis­tad es una fron­te­ra natu­ral que nun­ca debe­ría­mos sobre­pa­sar: más allá de ella el con­tac­to se con­vier­te en coli­sión»; la belle­za «La belle­za es en cier­ta for­ma inhu­ma­na o, mejor dicho, des­hu­ma­ni­za»; las ciu­da­des en las que vive «Hay luga­res, en cam­bio, como París, don­de sólo a tra­vés de la pobre­za es posi­ble comu­ni­car­se con el espí­ri­tu de la ciu­dad»; o la sole­dad «Bas­ta a veces una pala­bra, un ges­to, un míni­mo ade­mán de com­pren­sión para dar­nos cuen­ta de que no esta­mos solos».

Son muchos los auto­res que han publi­ca­do las ano­ta­cio­nes de sus dia­rios: tex­tos que en su ori­gen fue­ron con­ce­bi­dos en la inti­mi­dad para per­ma­ne­cer en la más estric­ta pri­va­ci­dad. Pero tam­bién son muchos a los que se les nota en exce­so que los escri­bie­ron con la vis­ta pues­ta en la posteridad.

En cam­bio, Ribey­ro posee un esti­lo sin estri­den­cias ni exce­so de afec­ta­ción, una pro­sa envol­ven­te y al mis­mo tiem­po direc­ta, una incli­na­ción muy cal­cu­la­da por las fra­ses bien medi­das, una inte­li­gen­cia lumi­no­sa y un exa­cer­ba­do sen­ti­do del humor, como cuan­do seña­la: «Cuán­tos hom­bres se han sui­ci­da­do por angus­tia cuan­do lo que tenían en reali­dad era una indi­ges­tión. Un vaso de sal de fru­ta los hubie­ra ali­via­do. (Fra­se publi­ci­ta­ria que debe­ría ven­der a una fir­ma de laxantes)».

Con un esti­lo muy per­so­nal y expre­si­vo, que no intere­sa úni­ca­men­te como argu­men­to de una vida sino tam­bién como autén­ti­ca lite­ra­tu­ra, Ribey­ro reco­gía el sal­do ines­pe­ra­do de los días, como si fue­se un colec­cio­nis­ta de acci­den­tes coti­dia­nos, sin dar­le un res­pi­ro a la existencia.

A pesar de hablar siem­pre de sí mis­mo, los dia­rios tie­nen la vir­tud de poseer un carác­ter uni­ver­sal en el que los lec­to­res se reco­no­cen con faci­li­dad, como si se tra­ta­se de un libro escri­to por un ami­go con el que com­par­tes sus intere­ses y sus viven­cias, tam­bién sus desilu­sio­nes y sus fracasos.

De ahí el títu­lo de los dia­rios, La ten­ta­ción del fra­ca­so, por ese melan­có­li­co sen­ti­mien­to de Ribey­ro de con­ce­bir la vida como una oca­sión per­di­da o una opor­tu­ni­dad des­per­di­cia­da. En una ano­ta­ción fecha­da en París, en febre­ro de 1955, escri­be: «Has­ta aho­ra me con­si­de­ro como un hom­bre que ha sido apla­za­do en todas las prue­bas de la vida. Me acer­co a los 40 años sin pena ni glo­ria, sin dine­ro, sin salud, sin influen­cia, sin tran­qui­li­dad, sin perspectivas».

Una sen­sa­ción de fra­ca­so que impreg­nó no solo las pági­nas de estos dia­rios, sino tam­bién las de toda su obra, las de nove­las como Los genie­ci­llos domi­ni­ca­lesCam­bio de guar­dia, y por supues­to las de sus rela­tos cor­tos reuni­dos en el volu­men La pala­bra del mudo.

la-tentacion-del-fracasoUna poé­ti­ca de los diarios.

Ribey­ro era cons­cien­te de la impor­tan­cia en el con­jun­to de su obra de los dia­rios que escri­bió duran­te más de cua­ren­ta años. Inclu­so aven­tu­ra­ba que algún día podía lle­gar a ser el más impor­tan­te de sus libros, algo que no le ilu­sio­na­ba dema­sia­do. A este res­pec­to, escri­bió: «En ellos creo haber encon­tra­do el esti­lo del dia­rio ínti­mo: un esti­lo apre­ta­do, expre­si­vo que intere­sa no solo como tes­ti­mo­nio sino tam­bién como autén­ti­ca lite­ra­tu­ra. Si con­ti­núo por el mis­mo camino creo que mi dia­rio, de aquí a algu­nos años, será pro­ba­ble­men­te la más impor­tan­te de mis obras. Esto no me ale­gra, ciertamente».

Esta ano­ta­ción está fecha­da el 8 de enero de 1960, en Mira­flo­res (Lima), pero algún tiem­po antes, Ribey­ro ya había teni­do la intui­ción de poseer un esti­lo sin­gu­lar y autó­no­mo, de estar alcan­zan­do unas cuo­tas de exce­len­cia atí­pi­cas en la escri­tu­ra de diarios. 

En aque­lla oca­sión, casi tres años antes, en una ano­ta­ción del 3 de agos­to escri­ta en Ambe­res, regis­tra la siguien­te reve­la­ción: «En reali­dad ten­go casi la evi­den­cia si algu­na vez escri­bo algo impor­tan­te, será un libro de recuer­dos, de evo­ca­cio­nes. Este libro lo com­pon­dré no sólo con los frag­men­tos de mi vida, sino con los frag­men­tos de mis esti­los y de todas mis impo­si­bi­li­da­des lite­ra­rias. Un libro de memo­rias en un gra­do mucho mayor que la nove­la es un ver­da­de­ro cajón de sas­tre. En él caben las anéc­do­tas, las refle­xio­nes abs­trac­tas, el comen­ta­rio de los hechos, el aná­li­sis de los carac­te­res., etc. Es un libro, ade­más, sin pro­ble­mas de com­po­si­ción».

Ade­más de tener esta lúci­da per­cep­ción, en una espe­cie de «poé­ti­ca de los dia­rios», fecha­da el 29 de enero de 1954, Ribey­ro obse­quia a sus lec­to­res con los ele­men­tos que sue­len defi­nir la escri­tu­ra de este tipo de libros y, por ende, con las prin­ci­pa­les cla­ves de lec­tu­ra para des­en­tra­ñar su pro­pia obra.

La pri­me­ra carac­te­rís­ti­ca que posee cual­quier dia­rio ínti­mo es que «sur­ge de un agu­do sen­ti­mien­to de cul­pa», como si el acto de su escri­tu­ra fue­se una espe­cie de con­fe­sión que ali­ge­ra al que la rea­li­za de todo aque­llo que lo atormenta.

La segun­da carac­te­rís­ti­ca es que «todo dia­rio ínti­mo es tam­bién un pro­di­gio de hipo­cre­sía», cuya lec­tu­ra exi­ge un examen entre líneas de los lec­to­res para des­cu­brir las cau­sas que pro­vo­can los hechos o sen­ti­mien­tos con­sig­na­dos, algo que cons­cien­te o incons­cien­te­men­te el autor del dia­rio sue­le esca­mo­tear de la escritura. 

La ter­ce­ra carac­te­rís­ti­ca es que «todo dia­rio ínti­mo nace de un pro­fun­do sen­ti­mien­to de sole­dad», y las per­so­nas con una inten­sa vida social difí­cil­men­te se entre­ga­rán a la escri­tu­ra de un tex­to tan ínti­mo y privado. 

En cuar­to lugar, afir­ma Ribey­ro que «todo dia­rio ínti­mo es un sín­to­ma de debi­li­dad de carác­ter», una debi­li­dad que se con­vier­te en un poten­cia­dor de la auto­es­ti­ma al tro­car en hechos posi­ti­vos las frus­tra­cio­nes del que lo escribe.

En quin­to lugar, comen­ta que «en todo dia­rio ínti­mo hay un pro­ble­ma capi­tal plan­tea­do que jamás se resuel­ve y cuya no solu­ción es pre­ci­sa­men­te lo que per­mi­te la exis­ten­cia del dia­rio». Encon­trar la solu­ción a ese pro­ble­ma, sea del tipo que sea social, per­so­nal, amo­ro­so o labo­ral, impli­ca la sus­pen­sión inme­dia­ta del diario.

Y, por últi­mo, seña­la que «todo dia­rio ínti­mo se escri­be des­de la pers­pec­ti­va tem­po­ral de la muer­te», pero a con­ti­nua­ción, con las argu­cias de escri­tor con­su­ma­do que ha con­se­gui­do depu­rar con el paso de los años, con la mani­fes­ta­ción sin­ce­ra de sus pro­pias dudas y con­tra­dic­cio­nes, Ribey­ro ter­mi­na la ano­ta­ción con un escue­to parén­te­sis. Un parén­te­sis cer­te­ro que silen­cia mucho más de lo que afir­ma, que deja al lec­tor pro­fun­da­men­te intri­ga­do. Un parén­te­sis que con­tie­ne las siguien­tes pala­bras: «Ahon­dar esta idea». Y lue­go un enig­má­ti­co espa­cio en blan­co, como si la muer­te fue­se una espe­cie de silen­cio o de mis­te­rio insondable.

Como su pro­pio autor seña­la en esta «poé­ti­ca de los dia­rios», es cier­to que los de Ribey­ro tam­bién tie­nen algo de sen­ti­mien­to de cul­pa, de ejer­ci­cio de hipo­cre­sía, de pro­fun­da sole­dad, de sín­to­ma de debi­li­dad y de enig­ma irre­so­lu­ble que los hacen tan atra­yen­tes y adic­ti­vos, tan pega­dos a la reali­dad, como si fue­sen la cró­ni­ca de un pro­ta­go­nis­ta que no tuvie­se nin­gún repa­ro en mostrarse.

Julio Ramón Ribeyro, en la imagen de cubierta de «La tentación del fracaso».

Julio Ramón Ribey­ro, en la ima­gen de cubier­ta de «La ten­ta­ción del fracaso».

Retra­to de una vida en los márgenes.

En cier­to modo podría inter­pre­tar­se la tra­yec­to­ria de Ribey­ro como una espe­cie de nega­ti­vo foto­grá­fi­co de la con­se­gui­da por su com­pa­trio­ta y com­pa­ñe­ro de letras Mario Var­gas Llo­sa, con el que coin­ci­dió en París.

Mien­tras este últi­mo es acree­dor de una exten­sa y bri­llan­te carre­ra lite­ra­ria, no solo dis­tin­gui­da con el reco­no­ci­mien­to de la crí­ti­ca y de los lec­to­res, sino tam­bién coro­na­da con la con­ce­sión del Nobel de Lite­ra­tu­ra, la de Ribey­ro, en cam­bio, se desa­rro­lló siem­pre en los már­ge­nes de la invi­si­bi­li­dad, en el lado de la som­bra, lejos de los reflec­to­res de la popu­la­ri­dad, de los focos y de los cen­tros de inte­rés, como si cons­tan­te­men­te estu­vie­se a pun­to de evaporarse. 

Enemi­go del renom­bre, Ribey­ro siem­pre mani­fes­tó una nula pre­dis­po­si­ción a con­ver­tir­se en una figu­ra públi­ca, una aler­gia con­gé­ni­ta a con­ver­tir­se en un obje­to mani­pu­la­ble por la fama. A dife­ren­cia de sus cole­gas con­tem­po­rá­neos, los pro­ta­go­nis­tas del «boom» lati­noa­me­ri­cano Car­los Fuen­tes, Gabriel Gar­cía Már­quez, Julio Cor­tá­zar y el cita­do Mario Var­gas Llo­sa, Ribey­ro siem­pre tuvo la sen­sa­ción de estar vivien­do de espal­das a su épo­ca, y no solo por su insis­ten­cia en per­ma­ne­cer a la som­bra, sino tam­bién por­que su géne­ro pre­fe­ri­do el rela­to cor­to no con­ta­ba con el favor del públi­co ni de los editores.

Se cuen­ta que cuan­do algu­nos de sus ami­gos Var­gas Llo­sa, Bry­ce Eche­ni­que inten­ta­ron inter­ce­der a favor de Ribey­ro para que Car­los Barral lo incor­po­ra­ra a su catá­lo­go de auto­res, el edi­tor zan­jó el asun­to argu­men­tan­do que úni­ca­men­te que­ría publi­car novelas.

En ple­na eclo­sión del «boom» lati­noa­me­ri­cano, cuan­do los lec­to­res de todo el mun­do se deja­ban sedu­cir por las gran­des nove­las que sig­ni­fi­ca­ron una reno­va­ción for­mal del pano­ra­ma lite­ra­rio, una rup­tu­ra de las reglas tra­di­cio­na­les de la narra­ción nove­las como La ciu­dad y los perros de Var­gas Llo­sa, Rayue­la de Cor­tá­zar, Cien años de sole­dad de Gar­cía Már­quez o La últi­ma muer­te de Arte­mio Cruz de Car­los Fuen­tes, Ribey­ro era cons­cien­te de que él no era un «corre­dor de fon­do», que su nom­bre no pasa­ría a la his­to­ria por haber escri­to una gran nove­la como las de sus com­pa­ñe­ros de letras, que el rela­to cor­to era el géne­ro en el que se sen­tía más cómodo.

Sobre estas limi­ta­cio­nes, en una ano­ta­ción fecha­da en Múnich, el 9 de mayo de 1955, escri­bió: «El asun­to de mi nove­la me preo­cu­pa, sobre todo. Veo con pavor que día a día pier­do el entu­sias­mo. No pue­do aña­dir una línea si pre­via­men­te no releo todo lo escri­to, si no me some­to a un pro­ce­so de auto­ex­ci­ta­ción inte­lec­tual. Todo esto requie­re pacien­cia y refle­xión, cua­li­da­des cada vez más extra­ñas en un espí­ri­tu vehe­men­te e intui­ti­vo como el mío. El hecho de que has­ta aho­ra sólo haya escri­to cuen­tos es sig­ni­fi­ca­ti­vo». O tam­bién, en otra ano­ta­ción fecha­da el 11 de sep­tiem­bre del mis­mo año: «Una nove­la es para mí, en las actua­les cir­cuns­tan­cias, una tarea supe­rior a mis fuerzas».

Escri­tor de for­ma­to bre­ve, de «frag­men­tos», o de «pro­sas apá­tri­das», como reza el títu­lo de otro de sus libros, nun­ca qui­so o no pudo sumar­se al tren de la nove­la que arra­sa­ba por todo el mun­do. Se man­tu­vo fiel a su esti­lo, a su for­ma de ver la vida, a su idio­sin­cra­sia, y siguió apos­tan­do por el rela­to cor­to has­ta el final de su vida. 

Hui­di­zo y tími­do a la mane­ra de Juan Car­los Onet­ti o de Juan Rul­fo, en las foto­gra­fías en las que Ribey­ro apa­re­ce se pue­de obser­var ese carác­ter esqui­vo y retraí­do, su talan­te de soli­ta­rio empe­der­ni­do, su aspec­to frá­gil y un poco enfer­mi­zo, siem­pre al lado de su inse­pa­ra­ble máqui­na de escri­bir, en medio de pape­les des­or­de­na­dos y de libros, con su mira­da per­ma­nen­te­men­te ausen­te, con el humo de sus eter­nos ciga­rri­llos entur­bián­do­le la vis­ta, sin mirar direc­ta­men­te a la cáma­ra, como si fue­se inca­paz de tomar­se dema­sia­do en serio a sí mis­mo. O como si qui­sie­ra que solo su lite­ra­tu­ra habla­se por él.

Ribey­ro tuvo con­cien­cia muy pron­to del ries­go que impli­ca­ba para su tra­yec­to­ria escri­bir aque­llas pági­nas de sus dia­rios, casi úni­cas en la narra­ti­va his­pa­no­ame­ri­ca­na: pági­nas que podían lle­gar a eclip­sar el res­to de su pro­duc­ción lite­ra­ria. En una de sus ano­ta­cio­nes, escri­ta en Lima el 14 de junio de 1958, escri­bió: «Nue­va­men­te estas pági­nas… ¿para qué? Escri­bir cosas que a nadie intere­san, con­sig­nar lo irre­me­dia­ble».

Anota­cio­nes como esta, que él se empe­ña­ba en des­de­ñar por con­si­de­rar­las poco intere­san­tes, insu­fi­cien­te­men­te atrac­ti­vas, fue­ron las que al final le aho­rra­ron el tra­ba­jo de escri­bir la gran nove­la de su vida. 

Foto­gra­fía de Julio Ramón Ribey­ro: autor no acreditado.

* La ten­ta­ción del fra­ca­so. Julio Ramón Ribeyro.
Pró­lo­gos de Ramón Chao y San­tia­go Gamboa.
Edi­to­rial Seix Barral (Bar­ce­lo­na, 2003).

ENTREVISTA

Recogida por PERÚ CULTURAL

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