Conferencia de Daniel Innerarity

Trans­crip­ción de La crea­ti­vi­dad per­so­nal en el entorno digi­tal, los apa­ra­tos tec­no­ló­gi­cos y el exce­so infor­ma­ti­vo, de Daniel Inne­ra­rity, con­fe­ren­cia inau­gu­ral del V Con­gre­so Ibe­ro­ame­ri­cano de Cul­tu­ra Zara­go­za 2013 (20 de noviem­bre de 2013).

Daniel Inne­ra­rity es cate­drá­ti­co de filo­so­fía polí­ti­ca y social, inves­ti­ga­dor IKERBASQUE en la Uni­ver­si­dad del País Vas­co y direc­tor de su Ins­ti­tu­to de Gober­nan­za Demo­crá­ti­ca. Ha sido pro­fe­sor invi­ta­do en diver­sas uni­ver­si­da­des euro­peas y ame­ri­ca­nas, recien­te­men­te en la Uni­ver­si­dad de la Sor­bo­na (Paris I). Actual­men­te es pro­fe­sor invi­ta­do en el Robert Schu­man Cen­tre for Advan­ced Stu­dies del Ins­ti­tu­to Euro­peo de Flo­ren­cia. Doc­tor en Filo­so­fía, amplió sus estu­dios en Ale­ma­nia (como beca­rio de la Fun­da­ción Ale­xan­der von Hum­boldt), Sui­za e Ita­lia. Entre sus últi­mos libros cabe des­ta­car Éti­ca de la hos­pi­ta­li­dad (Pre­mio de la Socie­dad Alpi­na de Filo­so­fía 2011 al mejor libro de filo­so­fía en len­gua fran­ce­sa), La trans­for­ma­ción de la polí­ti­ca (III Pre­mio de Ensa­yo Miguel de Una­muno y Pre­mio Nacio­nal de Lite­ra­tu­ra en la moda­li­dad de Ensa­yo 2003), La socie­dad invi­si­ble (Pre­mio Espa­sa de Ensa­yo 2004), El nue­vo espa­cio públi­co, El futu­ro y sus enemi­gos, La huma­ni­dad ame­na­za­da: gober­nar los ries­gos glo­ba­les (con Javier Sola­na), La demo­cra­cia del cono­ci­mien­to (Pre­mio Eus­ka­di de Ensa­yo 2012), Inter­net y el futu­ro de la demo­cra­ciaUn mun­do de todos y de nadie. Pira­tas, ries­gos y redes en el nue­vo des­or­den glo­bal. La mayor par­te de sus libros han sido tra­du­ci­dos en Fran­cia, Ingla­te­rra, Por­tu­gal, Esta­dos Uni­dos, Ita­lia y Cana­dá.

Es cola­bo­ra­dor habi­tual de opi­nión en El Correo / Dia­rio Vas­coEl País.

Eus­ko Ikas­kun­tza-Caja Labo­ral le con­ce­dió el Pre­mio de Huma­ni­da­des, Artes, Cul­tu­ra y Cien­cias Socia­les 2008. Ha reci­bi­do el Pre­mio Prín­ci­pe de Via­na de la Cul­tu­ra 2013.

(Fuen­te bio­grá­fi­ca:
V Con­gre­so Ibe­ro­ame­ri­cano de Cul­tu­ra Zara­go­za 2013).

Habla­mos de cul­tu­ra digi­tal, de socie­dad del cono­ci­mien­to, de redes socia­les, inter­net, cibe­res­pa­cio con gran entu­sias­mo, sin adver­tir las difi­cul­ta­des y exi­gen­cias que estas nue­vas reali­da­des com­por­tan ni las com­pe­ten­cias que han de adqui­rir en estas reali­da­des quie­nes actúan en ellas. Nos hemos acos­tum­bra­do a cele­brar la acce­si­bi­li­dad de la infor­ma­ción como si eso nos hicie­ra auto­má­ti­ca­men­te más infor­ma­dos, o más sabios, o más crea­ti­vos, y creo que muchas veces pasa­mos por alto la nue­va igno­ran­cia a la que pare­ce con­de­nar­nos la com­ple­ji­dad infor­má­ti­ca. Los orga­ni­za­do­res de este con­gre­so han teni­do la osa­día de encar­gar la con­fe­ren­cia inau­gu­ral a un filó­so­fo y los filó­so­fos somos un poco agua­fies­tas en gene­ral. Que­ría comen­zar con esta refle­xión. Creo que nos sobran las cele­bra­cio­nes y no vie­ne nun­ca mal que alguien nos recuer­de los pro­ble­mas.

Tra­ta­ré algu­nos incon­ve­nien­tes de este tipo de socie­dad y de estra­te­gias para sobre­vi­vir en ella. Habla­mos muchas veces de que esta­mos en una socie­dad de la infor­ma­ción, del cono­ci­mien­to. Pien­so que más bien habría que decir lo con­tra­rio. La nues­tra es la socie­dad de la des­in­for­ma­ción y del des­co­no­ci­mien­to. ¿En qué sen­ti­do? No en el de que hubie­ra una tram­pa diri­gi­da des­de una tras­tien­da per­ver­sa para con­fun­dir­nos, sino en un sen­ti­do más com­ple­jo y más banal al mis­mo tiem­po. Nues­tra igno­ran­cia es con­se­cuen­cia de tres pro­pie­da­des que carac­te­ri­zan a la socie­dad con­tem­po­rá­nea digi­tal. En pri­mer lugar el carác­ter no inme­dia­to de nues­tra expe­rien­cia en el mun­do, en segun­do lugar la den­si­dad de la infor­ma­ción, y en ter­cer lugar las media­cio­nes tec­no­ló­gi­cas a tra­vés de las cua­les nos rela­cio­na­mos con la Red. Vamos a ver cada una de ellas y des­pués pasa­ré a plan­tear algún tipo de solu­ción.

Vivi­mos en un mun­do de segun­da mano. El pro­ble­ma fun­da­men­tal de la socie­dad del cono­ci­mien­to es que, asom­bro­sa­men­te, nos hace a todos un poco más ton­tos. El con­tras­te entre lo que sabe­mos con lo que se pue­de y, sobre todo, con lo que se debe saber es tan fuer­te que, más bien, habría que deno­mi­nar­la «socie­dad del des­co­no­ci­mien­to». Des­co­no­ce­mos en el sen­ti­do de que, si revi­sa­mos otras cul­tu­ras, otras épo­cas de la his­to­ria de la civi­li­za­ción, los seres huma­nos cono­cían muy poco, mucho menos que noso­tros, pero ese poco era prác­ti­ca­men­te todo lo que podían y debían cono­cer. Tenían un cono­ci­mien­to de pri­me­ra mano inme­dia­to y com­pro­ba­ble, mien­tras que noso­tros dis­fru­ta­mos de un esta­do de pri­vi­le­gio, rodea­dos por un con­jun­to de cosas que se saben, que teó­ri­ca­men­te están a nues­tro alcan­ce, y el cibe­res­pa­cio es un cla­ro ejem­plo de ello, pero que noso­tros, per­so­nal­men­te, no sabe­mos.

En una socie­dad com­ple­ja aumen­tan las cosas, es decir, los arte­fac­tos, las infor­ma­cio­nes, los pro­ce­sos cuya racio­na­li­dad hemos de dar por supues­ta. Nues­tro mun­do, insis­to, es de segun­da mano, un mun­do media­do. Y no podía ser de otra mane­ra. Sabría­mos muy poco si sólo supié­ra­mos lo que sabe­mos per­so­nal­men­te. Nos ser­vi­mos de una gran can­ti­dad de pró­te­sis epis­te­mo­ló­gi­cas. Casi todo lo que sabe­mos del mun­do es a tra­vés de deter­mi­na­das media­cio­nes. Esta cir­cuns­tan­cia es la que da ori­gen a todas estas ideas de la cons­pi­ra­ción o de esa plau­si­bi­li­dad en la crí­ti­ca que supo­ne que, en el fon­do, este­mos mal infor­ma­dos y sea­mos mani­pu­la­dos, aun­que evi­den­te­men­te esta crí­ti­ca corres­pon­de a la nos­tal­gia por otros tiem­pos más sen­ci­llos que no vol­ve­rán.

La segun­da carac­te­rís­ti­ca de esta socie­dad digi­tal es el exce­so de la infor­ma­ción, que algu­nos han lla­ma­do ya «info­ba­su­ra» o «info­xi­ca­ción». En el mun­do digi­tal hay un incre­men­to de infor­ma­ción, efec­ti­va­men­te, y ese aumen­to va acom­pa­ña­do de un avan­ce muy modes­to en lo que se refie­re a nues­tra com­pren­sión del mun­do. El saber de la huma­ni­dad se dupli­ca cada cin­co años. En rela­ción con el saber dis­po­ni­ble, en cam­bio, cada vez somos menos sabios. Pero es que, ade­más, ese saber que aumen­ta con­ti­nua­men­te no es par­ce­la­ble sino que exi­ge, al mis­mo tiem­po, visio­nes de con­jun­to. Y estas son cada día más difí­ci­les de lle­var a cabo. Los dise­ña­do­res de soft­wa­re tie­nen para ello la pala­bra over­lin­king, el exce­so de revi­sio­nes entre los ele­men­tos de la Red. Se sabe que todo está vin­cu­la­do con todo y por tan­to no se sabe nada más. La infor­ma­ción y la comu­ni­ca­ción masi­vas infor­man sin orien­tar. En una cul­tu­ra digi­tal el enemi­go es el exce­so. Tie­ne razón el poe­ta Donald Hall cuan­do dice «la infor­ma­ción es el enemi­go de la inte­li­gen­cia».

La com­ple­ji­dad mal orga­ni­za­da es la nue­va for­ma de la igno­ran­cia. Mejor dicho, el pro­ble­ma no es la igno­ran­cia, es la con­fu­sión. Hay una for­ma de atas­co que tie­ne su ori­gen en la mera acu­mu­la­ción de infor­ma­ción, por­que la infor­ma­ción no dis­tin­gue lo que tie­ne sen­ti­do de lo que no lo tie­ne. ¿Qué hace­mos cuan­do no sabe­mos lo que tene­mos que hacer? Acu­mu­lar datos, dar dema­sia­das razo­nes, asu­mir más com­pe­ten­cias, exten­der­nos en el tiem­po… Acu­mu­lar infor­ma­ción es una for­ma de librar­se de la incó­mo­da tarea de pen­sar, por­que la ins­tan­ta­nei­dad de la infor­ma­ción impi­de la refle­xión y nos libra del esfuer­zo de ser crea­ti­vos. Vivi­mos en un entorno pobla­do de datos masi­vos que no orien­tan. Hay un exce­so de estí­mu­los que tie­nen apa­rien­cia de infor­ma­ción pero fren­te a los cua­les cada uno de noso­tros, per­so­nal­men­te, ha de deci­dir qué con­si­de­ra infor­ma­ción y qué no. No hay infor­ma­ción sin inter­pre­ta­ción y no hay inter­pre­ta­ción sin crea­ti­vi­dad per­so­nal.

La ter­ce­ra carac­te­rís­ti­ca es la que nos hace a todos usua­rios sumi­sos. Todas las para­do­jas de la socie­dad digi­tal se resu­men en la siguien­te cons­ta­ta­ción: vivi­mos en una socie­dad que es más inte­li­gen­te que cada uno de noso­tros. Esta­mos rodea­dos de exper­tos en los que debe­mos con­fiar. Máqui­nas inte­li­gen­tes cuyo fun­cio­na­mien­to no com­pren­de­mos; noti­cias que no pode­mos com­pro­bar per­so­nal­men­te. Uno se pue­de pasar toda la vida con­du­cien­do coches y mane­jan­do orde­na­do­res cuyo fun­cio­na­mien­to no com­pren­de, nun­ca se ha aso­ma­do al inte­rior de la máqui­na. Sue­lo poner el ejem­plo, muy grá­fi­co, de cómo cuan­do se nos estro­pea el coche lle­va­mos a cabo ese ges­to atá­vi­co que no sir­ve para nada, que es abrir el capó. En reali­dad es una mane­ra de apla­zar la clau­di­ca­ción. En el fon­do ya lo sabía­mos des­de el prin­ci­pio: hay que lla­mar al exper­to. Cual­quie­ra ha expe­ri­men­ta­do la deses­pe­ra­ción coti­dia­na moti­va­da por el incom­pren­si­ble len­gua­je de las ins­truc­cio­nes de uso de los apa­ra­tos domés­ti­cos. Sal­vo que se sea sui­zo nadie se com­pra un apa­ra­to y pri­me­ro lee las ins­truc­cio­nes, lo entien­de y enton­ces lo abre. No, todos lo abri­mos direc­ta­men­te o pone­mos en mar­cha el meca­nis­mo que sea. Los gad­gets de la socie­dad mul­ti­me­dia son pró­te­sis de lo que ya no se entien­de. En este mun­do el uso ya no es sobe­rano y evi­den­te, todos vivi­mos en la escla­vi­tud sobe­ra­na de los usua­rios. Nos some­te­mos a lo que no enten­de­mos para poder usar­lo.

Lógi­ca del uso y com­pren­sión del ins­tru­men­to son dos cosas dife­ren­tes. Saber uti­li­zar algo no equi­va­le a com­pren­der­lo. A la divi­sión del tra­ba­jo pro­pia de la socie­dad indus­trial le ha suce­di­do una socie­dad digi­tal del cono­ci­mien­to, una nue­va divi­sión que tie­ne que ver con esto: los usua­rios no que­re­mos per­der tiem­po en cono­cer la lógi­ca pro­fun­da de los pro­ce­sa­do­res y los pro­gra­mas. Pre­fe­ri­mos per­ma­ne­cer en la ama­ble super­fi­cie de la fun­cio­na­li­dad. Acep­ta­mos no saber qué hay en la caja negra de las cosas y de los arte­fac­tos que uti­li­za­mos. Es lo que podría­mos deno­mi­nar el «fideís­mo» del clien­te, algo que, por cier­to, nos han recor­da­do a cada paso. Se nos dice con­ti­nua­men­te «ojo, esto sólo pue­de abrir­lo un exper­to», o «con­sul­te a su far­ma­céu­ti­co», o «usted no tie­ne ni idea de cómo fun­cio­na esto, lla­me al exper­to cuan­to antes, no se olvi­de de su con­di­ción de mero usua­rio».

Esta sumi­sión, por otra par­te, supo­ne un enor­me incre­men­to de nues­tra liber­tad. Ima­gi­ne­mos lo que se empo­bre­ce­ría nues­tro mun­do si sólo pudié­ra­mos usar los ins­tru­men­tos que com­pren­de­mos. O dar váli­da úni­ca­men­te la infor­ma­ción que hemos podi­do com­pro­bar per­so­nal­men­te. Nues­tro mun­do se estre­cha­ría enor­me­men­te. Poder usar más de lo que com­pren­de­mos sig­ni­fi­ca que, gra­cias a la téc­ni­ca, esta­mos libe­ra­dos de pen­sar y deci­dir a cada paso. Y toda esa ener­gía que nos aho­rra­mos la pode­mos emplear en asun­tos más crea­ti­vos. Un pro­duc­to es inte­li­gen­te, pre­ci­sa­men­te, cuan­do es capaz de ocul­tar el abis­mo de la igno­ran­cia, de mane­ra que el usua­rio no lo vea y sea sedu­ci­do por la sim­pli­ci­dad del uso. En esta línea va toda la publi­ci­dad que insis­te en los ins­tru­men­tos y la tec­no­lo­gía de uso fácil, en la pro­xi­mi­dad tác­til o visual. El éxi­to de muchos apa­ra­tos tec­no­ló­gi­cos se debe a esta cir­cuns­tan­cia, se tra­ta de téc­ni­cas más fáci­les de usar que de expli­car. De ahí su cer­ca­nía al jue­go. Por eso los niños se encuen­tran más cómo­dos en el uso de los nue­vos medios y son más com­pe­ten­tes que sus padres. Lógi­ca­men­te, ellos jue­gan mejor que noso­tros, que tene­mos esta manía de tra­tar de enten­der las cosas.

Sólo un nos­tál­gi­co pue­de con­si­de­rar que esta for­ma de igno­ran­cia es algo fun­da­men­tal­men­te nega­ti­vo. Nues­tra civi­li­za­ción podría renun­ciar, si fue­ra nece­sa­rio, a las per­so­nas inte­li­gen­tes. Las per­so­nas inte­li­gen­tes no son impor­tan­tes. Lo impor­tan­te son las cosas inte­li­gen­tes. A eso sí que no pode­mos renun­ciar. El pro­gre­so civi­li­za­to­rio no es impul­sa­do por lo que los seres huma­nos pien­san, más bien es gra­cias a las cosas que nos aho­rran pen­sar. El filó­so­fo nor­te­ame­ri­cano Alfred North Whi­tehead lo decía así: «la civi­li­za­ción avan­za en pro­por­ción al núme­ro de ope­ra­cio­nes que la gen­te pue­de hacer sin pen­sar en ellas». Refle­xio­ne­mos un momen­to sobre esto. Cuán­tas cosas pode­mos hacer sin pen­sar en ellas. Aquí tene­mos la habi­li­dad del avan­ce de nues­tra civi­li­za­ción. ¿Quie­re esto decir que en el mun­do digi­tal es inne­ce­sa­ria o impo­si­ble la crea­ti­vi­dad per­so­nal? Todo lo con­tra­rio. Fun­da­men­tal­men­te por­que la crea­ti­vo no es la acu­mu­la­ción de datos e infor­ma­ción, eso lo hace cual­quie­ra, sino su orga­ni­za­ción con sen­ti­do.

El gran pro­ble­ma que difi­cul­ta la com­pren­sión de la reali­dad es el exce­so de infor­ma­ción, de tal modo que un exce­so de infor­ma­ción no nos hace fácil tener una visión gene­ral, ni com­pren­der­la, ni asi­mi­lar­la. Esto incre­men­ta el ries­go de ele­gir infor­ma­cio­nes irre­le­van­tes o secun­da­rias, dejan­do pasar lo ver­da­de­ra­men­te impor­tan­te. Para eso es fun­da­men­tal ges­tio­nar la bús­que­da y selec­ción de infor­ma­cio­nes de acuer­do con deter­mi­na­dos cri­te­rios y pre­mi­sas. Y en esto la pro­pia crea­ti­vi­dad per­so­nal es insus­ti­tui­ble. Muchas veces, bajo la pre­sión de las tec­no­lo­gías de la infor­ma­ción y la comu­ni­ca­ción, ten­de­mos a inter­pre­tar todos los pro­ble­mas como los de caren­cia de infor­ma­ción. Estos son los menos impor­tan­tes. Los pro­ble­mas que exi­gen menos crea­ti­vi­dad son los de la fal­ta de infor­ma­ción. Los que exi­gen ser más crea­ti­vos son los que tie­nen que ver con la orga­ni­za­ción y con su sen­ti­do.

Las cues­tio­nes de sen­ti­do no se pue­den res­pon­der con infor­ma­ción, este es el gran error que a veces come­te­mos los huma­nos y las orga­ni­za­cio­nes. ¿Por qué? Por­que la infor­ma­ción no dis­tin­gue entre lo que tie­ne sen­ti­do y lo que no lo tie­ne. Una enci­clo­pe­dia con­tie­ne más infor­ma­ción que la per­so­na más inte­li­gen­te del mun­do. Lo que una enci­clo­pe­dia no tie­ne es saber. Saber es infor­ma­ción con valor con un alto gra­do de refle­xi­vi­dad y de crea­ti­vi­dad per­so­nal. Esta can­ti­dad de infor­ma­cio­nes que están a nues­tra dis­po­si­ción gra­cias a los nue­vos medios debe ser reela­bo­ra­da per­so­nal­men­te. Hay que poner en rela­ción datos, hechos, opi­nio­nes…, con el saber acre­di­ta­do y ela­bo­rar una ima­gen del mun­do y de la reali­dad. Esto es lo difí­cil. Se tra­ta de una com­pe­ten­cia que pue­de ser adqui­ri­da, se pue­de apren­der y se pue­de ense­ñar.

No es inevi­ta­ble ver cómo el mun­do se hun­de en una basu­ra infor­ma­ti­va. Debe­mos con­ver­tir las infor­ma­cio­nes en saber, valo­rán­do­las con cri­te­rios de sig­ni­fi­ca­ción. Por eso pien­so que no debe­ría­mos con­si­de­rar el acce­so, la faci­li­dad de cone­xión, la dis­po­ni­bi­li­dad sólo como una ame­na­za. Tam­bién hay que ver­lo como una opor­tu­ni­dad. En una socie­dad como la nues­tra, que no se apo­ya en tra­di­cio­nes, los indi­vi­duos y las orga­ni­za­cio­nes tie­nen que acos­tum­brar­se a fil­trar todas las infor­ma­cio­nes que son impor­tan­tes para su vida y refor­mu­lar­las sobre la base de un pro­ce­so de apo­ya­ción per­so­nal. Este es el ori­gen de la crea­ti­vi­dad per­so­nal.

En el con­tex­to que he defi­ni­do como de media­ción, mun­do de segun­da mano, exce­so, super­abun­dan­cia de infor­ma­ción, usua­rios sumi­sos, ¿cuál sería la com­pe­ten­cia más impor­tan­te? ¿Qué es lo más deman­da­do? Cuan­do la acu­mu­la­ción de datos pue­de resul­tar un serio incon­ve­nien­te, cuan­do no se requie­re cono­cer el fun­cio­na­mien­to de los arte­fac­tos para usar­los, lo que nece­si­ta­mos son dise­ña­do­res del cono­ci­mien­to que hagan de la infor­ma­ción algo inte­li­gen­te, que la con­vier­tan en saber, que abran cami­nos. El ges­tor de cono­ci­mien­to es el que tra­za nue­vos cami­nos a tra­vés del labe­rin­to de lo mera­men­te alma­ce­na­do. Con­ti­nua­men­te envia­mos, reci­bi­mos, guar­da­mos, mani­pu­la­mos infor­ma­cio­nes. Esta­mos expues­tos a un flu­jo de datos en rela­ción con los que, cada uno de noso­tros, debe­mos pre­gun­tar­nos qué es impor­tan­te y qué pue­de ser igno­ra­do. Para eso están los mapas cog­ni­ti­vos. Cabe supo­ner que la deman­da de estos mapas va a aumen­tar en el futu­ro. La mayor capa­ci­dad del ser humano será, me atre­vo a aven­tu­rar, su capa­ci­dad de selec­ción. Dime cuán­to y cómo selec­cio­nas y te diré lo inte­li­gen­te y lo crea­ti­vo que eres. Nos hacen fal­ta reduc­cio­nes sig­ni­fi­ca­ti­vas de la com­ple­ji­dad. La nece­si­dad de sim­pli­fi­car el mun­do sigue sien­do nues­tro prin­ci­pal desafío.

En este con­tex­to pen­se­mos en el uso de los medios. ¿Quién es com­pe­ten­te para el uso de los nue­vos medios?. No se tra­ta sólo de saber cómo emplear los medios, eso lo pue­de apren­der cual­quie­ra. Hay que poner­los al ser­vi­cio de la com­pren­sión y de la expre­sión. Esto exi­ge una rela­ción refle­xi­va con los medios, una capa­ci­dad de selec­ción, de com­pren­sión de los sím­bo­los, de inter­pre­ta­ción, una eco­no­mía del tiem­po. En últi­ma ins­tan­cia, un dise­ña­dor de cono­ci­mien­to, un crea­dor en la cul­tu­ra digi­tal, es alguien que se dedi­ca a la bús­que­da de las pre­gun­tas correc­tas. Más intere­san­te que bus­car res­pues­tas para las pre­gun­tas es for­mu­lar las pre­gun­tas de las que estas pue­den ser las res­pues­tas. Se tra­ta, por con­si­guien­te, de una pecu­liar tarea de redu­cir la com­ple­ji­dad, de ges­tio­nar el exce­so. Para esto hay que recu­rrir a fil­tros, ins­tru­men­tos de selec­ción. Un fil­tro es algo que redu­ce la com­ple­ji­dad en la medi­da en que des­ca­li­fi­ca deter­mi­na­da can­ti­dad de infor­ma­ción como rui­do. Pre­ci­sa­men­te esta es una de las gran­des exi­gen­cias que nos plan­tea el mun­do digi­tal. En la actual marea de datos lo más valio­so es redu­cir correc­ta­men­te la infor­ma­ción. ¿Cuá­les son las nue­vas estra­te­gias para defen­der­se del pecu­liar exce­so que nos ame­na­za? Las sim­pli­fi­ca­ría en dos habi­li­da­des bási­cas que expli­co bre­ve­men­te para ter­mi­nar: La ges­tión de la aten­ción y la ani­qui­la­ción de la infor­ma­ción.

Los seres huma­nos tene­mos que ges­tio­nar la aten­ción por­que no pode­mos hacer muchas cosas al mis­mo tiem­po, espe­cial­men­te los varo­nes, como se nos sue­le recor­dar a cada paso, con bas­tan­te razón, pero esto tam­bién afec­ta un poco a las muje­res. No pode­mos hacer las cosas de mane­ra para­le­la, sino secuen­cial, una cosa des­pués de otra. Sal­vo men­tes pri­vi­le­gia­das, no se pue­de hablar por telé­fono y escri­bir una nove­la al mis­mo tiem­po. Lo pri­me­ro que tene­mos que hacer es ges­tio­nar la aten­ción. El mun­do de la cul­tu­ra digi­tal es una enor­me ten­ta­ción en la que per­de­mos mucho tiem­po por­que todo nos atrae y por­que todo nos resul­ta intere­san­tí­si­mo. El más esca­so de los recur­sos huma­nos es pre­ci­sa­men­te este, la aten­ción. Y de que lo ges­tio­ne­mos ade­cua­da­men­te depen­den muchas cosas. A mayor infor­ma­ción dis­po­ni­ble, como es el caso del mun­do en el que esta­mos vivien­do, más exi­gen­te es la ges­tión que debe­mos hacer de nues­tra aten­ción y más esca­so el tiem­po que pode­mos dedi­car a una infor­ma­ción que ya es, des­de hace mucho tiem­po, inabar­ca­ble.

La segun­da estra­te­gia para la crea­ción cul­tu­ral es un pecu­liar com­ba­te con­tra la com­ple­ji­dad que adop­ta muchas veces la for­ma de eli­mi­na­ción de la infor­ma­ción. Hay una idea muy exten­di­da que se refie­re a que la infor­ma­ción nun­ca hace daño. Esto no es ver­dad. La infor­ma­ción, a par­tir de un deter­mi­na­do momen­to, hace mucho daño. Para­li­za la toma de deci­sio­nes. Es muy difí­cil deci­dir con una infor­ma­ción com­ple­ta. No pode­mos espe­rar a reco­pi­lar­lo todo para tomar las deci­sio­nes. Los polí­ti­cos lo saben de mane­ra muy espe­cial. La expe­rien­cia coti­dia­na es que esta­mos con­ti­nua­men­te esta­ble­cien­do fil­tros de rele­van­cia y selec­ción. Por ejem­plo, lo del car­tel de «Pro­pa­gan­da no» que pone­mos en nues­tros buzo­nes por­que ya no tene­mos tiem­po ni siquie­ra de reco­ger los folle­tos y eli­mi­nar­los, mucho menos de leer­los. Has­ta los méto­dos con­tra el correo spam, el recur­so del menú del día para evi­tar leer la car­ta, los manua­les de ins­truc­cio­nes abre­via­dos, o por ejem­plo, el canon de los libros impres­cin­di­bles, algo tan dis­cu­ti­ble pero al tiem­po tan nece­sa­rio.

La vida está lle­na de pro­ce­di­mien­tos para pres­cin­dir de deter­mi­na­da infor­ma­ción que no que­re­mos ni siquie­ra aten­der por­que es un rui­do que nos dis­trae de lo esen­cial. Me gus­ta decir que el prin­ci­pal ele­men­to de una orga­ni­za­ción es la pape­le­ra. Si quie­res saber si una per­so­na es inte­li­gen­te exa­mi­na el uso que hace de su pape­le­ra. ¿Qué es lo que tira? «No pue­des vivir sin un borra­dor», decía Gre­gory Bate­son. El pro­ble­ma bási­co con el que nos enfren­ta­mos en este tipo de socie­da­des es el de la dis­cri­mi­na­ción inte­li­gen­te. ¿Qué ha de ser omi­ti­do o des­aten­di­do? Es mucho más valio­so que alguien nos diga qué es lo que no debe­mos saber que lo que debe­mos saber. El saber más valio­so es el saber que con­sis­te en saber qué es lo que no se nece­si­ta saber. Y no he pre­ten­di­do hacer un tra­ba­len­guas. Se bus­can sín­te­sis, visio­nes gene­ra­les, núcleos del asun­to. Estar bien infor­ma­do, ser crea­ti­vo sig­ni­fi­ca en la actual socie­dad digi­tal del cono­ci­mien­to haber desa­rro­lla­do una habi­li­dad espe­cial para ani­qui­lar infor­ma­ción, para no tener­la en cuen­ta, para olvi­dar. Es algo que, por cier­to, los orde­na­do­res no saben hacer. Los orde­na­do­res se resis­ten a borrar, su misión es guar­dar. Lo que con­vier­te las infor­ma­cio­nes en algo útil y sig­ni­fi­ca­ti­vo es una for­ma espe­cí­fi­ca­men­te huma­na de pro­ce­sar la infor­ma­ción: el olvi­do. Quién nos iba a decir que lo que nos dife­ren­cia de las máqui­nas no es la memo­ria sino el olvi­do. Al olvi­do inte­li­gen­te le debe­mos la libe­ra­ción de las ener­gías nece­sa­rias para la crea­ti­vi­dad per­so­nal.

* Foto­gra­fía de Daniel Inne­ra­rity: planetadelibros.com.