Carlos Álvarez

Cuando le preguntan a Carlos Álvarez por el mayor motivo de satisfacción de su trayectoria profesional, un elocuente silencio acompaña a su mirada inquieta y penetrante, que se pierde en algún lugar indeterminado del estudio habilitado en su casa, situada en pleno corazón de una ciudad de la que tanto se ha ocupado en sus novelas.

Después de preguntarle si quizás fue la concesión del Premio Benito Pérez Armas por su novela La pluma del arcángel (1998), o haber sido nominado a los Premios Goya de la Academia de Cine en dos ocasiones, una por la película Mararía (1998) y otra por el documental Ciudadano Negrín (2010), con una sonrisa que se mueve entre lo enigmático y lo perspicaz, pero sin demasiados titubeos, contesta que no, aunque se suponga que deba responder afirmativamente a esa pregunta.

Entonces vuelve a fijar su mirada en aquel punto indeterminado en la pared de su casa y me confiesa con su serenidad incólume, sus modales lentos y suaves y su voz profunda y cavernosa, que en realidad su mayor motivo de satisfacción es que un lector anónimo le reconozca de repente por la calle, como ya le ha ocurrido alguna vez, y le pregunte dónde puede encontrar otra novela suya porque acaba de leerse una de ellas y le ha gustado mucho.

Al final, reflexiona, «que te detenga por la calle alguien al que solo le interesa la literatura», antes que los premios literarios o las menciones. Ese sí que es el mayor motivo de satisfacción para Carlos Álvarez: «la pasión de un lector anónimo que disfruta con los libros». Y para zanjar la cuestión, añade, «volver a ese goce de leer por leer».

En una novela tienes libertad
para construir el mundo

la-pluma-del-arcangelEn La pluma del arcángel relata la llegada del inquisidor Fernán Ximénez a Canarias en el siglo XVI, y las luchas de poder que se establecen entre este y el gobernador Diego de Herrera. ¿Qué le atrajo de esta etapa histórica?

Este libro nació como un reto durante una conversación con un amigo historiador que había leído mi libro de relatos Negra hora menos, y me sugirió la idea de escribir una novela negra ambientada en la época fundacional de Las Palmas (de Gran Canaria), con un personaje tan siniestro como fue este inquisidor real. Él estaba haciendo la tesis doctoral sobre Martín Ximénez, y me contó que fue el inquisidor que realizó más autos de fe. Yo le cambio el nombre, le llamo Fernán Ximénez, para que ningún historiador me diga que los hechos que relato en ella no se ajustan fielmente a la realidad. Me gustó la idea de trabajar esa época y, cuando empecé a documentarme, entonces nació la trama y todo lo demás.

Con La señora Beatriz de Bobadilla (2012) centra la trama en su figura histórica y sus relaciones con otras personalidades como los Reyes Católicos o Cristóbal Colón, entre otros. ¿Hasta qué punto diría que sus novelas bucean en la realidad de los hechos históricos que relata?

Creo recordar que fue Augusto Monterroso el que aconsejaba que antes de sentarte a escribir un relato histórico, primero había que estudiarlo todo y luego olvidarlo. Yo hice eso: estudié todo lo que se podía llegar a saber de ese personaje a través de la historia oficial, aunque  lo cierto es que había bastante poco. Y una vez que me empapé de toda la documentación referida a Beatriz de Bobadilla y a todos los personajes con los que se relaciona, entonces empezó el proceso literario propiamente dicho. Pero primero hay una intensa fase de estudio de la historia.

A juzgar por las novelas citadas anteriormente, parece que se ha especializado en relatar el proceso de colonización de Canarias. ¿Considera que este período de la historia ha sido suficientemente desarrollado, o existe un vacío que es necesario llenar?

Creo que todavía existe un vacío. A nivel histórico, en la actualidad hay estudios muy bien desarrollados, algo que no ocurría hace veinte o treinta años. Y no sólo hay más estudios que antes, sino que también se divulgan más. Pero sigue existiendo un espacio narrativo inmenso que no se ha explorado. Quizás se haya tocado el período anterior a la conquista, el período prehispánico, de una manera ingenua, decimonónica, en el sentido del «buen salvaje», pero se ha trabajado literariamente muy poco tanto la conquista como la colonización, desde el punto de vista del contacto entre ambos pueblos, de enfrentamiento entre culturas, de descubrimiento de culturas diferentes.

Este es el período germinal de la sociedad canaria actual, que no es la sociedad prehispánica ni la de los conquistadores, sino la mezcla entre ambas: una sociedad en la que conviven genoveses, florentinos, vascos, castellanos, portugueses, gallegos, esclavos negros y canarios aborígenes.

¿Alimentan o limitan los hechos históricos la imaginación del novelista?

La alimentan. Pero ocurre que los hechos históricos imponen ciertos límites. Para mí la parte histórica es fundamental, pero después, a la hora de escribir, me olvido de ella porque lo que me interesa es construir un relato que funcione desde el punto de vista narrativo. Lo que no te da la historia te lo proporciona la imaginación con pistas sobre otras posibilidades para jugar literariamente, tanto desde el punto de vista de la trama como del lenguaje.

la-senora-beatriz-de-bobadilla¿En qué cree que contribuye la ficción literaria a la comprensión de la historia?

Tal como se narran, los hechos históricos se refieren a sociedades, a datos generales. En cambio, las novelas hablan de los individuos, reales o inventados, de los ciudadanos. Para alguien que no conozca la historia, puede ser más sencillo entender la sociedad de aquella época a través de un personaje que si lee un manual de historia. Uno será un documento histórico y, el otro, un personaje de ficción, pero creo que el lector puede visualizar mucho mejor cómo era esa sociedad a través de la literatura. Y si están bien creados, esos personajes dan mucho más juego para después entender los grandes datos y la estructura social, que es de lo que se encarga la historia.

Los hechos históricos imponen
ciertos límites a la imaginación

¿Podría describir cómo es su proceso de documentación para escribir una novela histórica?

Muy desordenado [se ríe]. En los dos casos, tuve la suerte de contar con amigos historiadores que me daban consejos y bibliografía. El proceso suele ser leer todo lo que encuentro sobre la época, pero desde el punto de vista de lo cotidiano, como por ejemplo, qué comen, cómo cocinan, dónde duermen, qué utensilios manejan, ese tipo de detalles que después te permiten construir las vidas de los personajes. Todo esto con el objetivo de que cuanto aparezca en el relato sea verosímil. En muchas ocasiones llegas a esa documentación por pura casualidad. En cualquier caso, el proceso de documentación resulta mucho más largo y arduo que el de estructuración de la trama.

En cuanto al proceso de elaboración, ¿cambia respecto a una novela que esté ambientada en la actualidad?

No, es el mismo. Ahí es cuando entras en la creación literaria. Mi proceso suele empezar con un esquema de la estructura de la trama: qué personajes son los fundamentales, cuáles son los intereses que los mueven, etc. Pero ocurre que ese esquema luego salta por los aires mientras estoy escribiendo. Casi siempre la trama cambia mucho a lo largo de este proceso porque de repente surgen otras ideas que me interesan más.

¿Se definiría como un escritor de brújula o de mapa?

Digamos que primero hago un mapa y después me pierdo [se ríe]. No me importa perderme, porque la literatura, como cualquier actividad artística, necesita de ese tipo de riesgo, de disgregación, sin el cual no sería verdadero arte.

Usted ha afirmado que «conocer la historia, sin falsificaciones, contribuirá a tener ciudadanos con capacidad de análisis y mayor resistencia a la manipulación». ¿Cree que existe una tendencia actual que pretende evitar que la historia se conozca lo suficiente?

Existe una tendencia a utilizar la historia como argumentación política según intereses particulares. Es cierto que muchas veces se trata de desconocimiento de la historia, pero creo que más importante es la manipulación de la historia con fines partidistas. Cuanto más se conozca la historia más difícil será la manipulación de la gente. Por otro lado, la necesidad de manipular la historia por parte del poder siempre ha sido permanente.

También ha publicado un libro de relatos titulado Negra hora menos (1990). ¿Qué le da el relato corto que no le aporta la novela?

Decía Cortázar que en una novela se gana por puntos y en un relato se gana por K.O. Al ser como una pieza de orfebrería, el relato corto exige menos dedicación temporal, porque se soluciona antes que una novela, pero es un género muy exigente debido al límite de espacio que tiene. En cambio la novela exige trabajo, tiempo, supresiones, correcciones, reorganizar constantemente lo escrito, etc. Alguien decía aquello de que una novela no se termina, sino que se abandona.

si-le-digo-le-enganoSu novela Si le digo le engaño (2011) toca el género negro y bucea en el tráfico de drogas y en la corrupción. ¿Cree que el contexto actual de crisis ha contribuido al auge de la novela negra?

Sí, evidentemente. Muchas de las cosas que no se pueden contar en un periódico, porque tienes que ceñirte a hechos objetivos y para no meterte en una querella criminal, se pueden contar en cambio en una novela. Simplemente hay que cambiarles los nombres. En una novela tienes libertad para construir el mundo real, para contar la realidad actual mucho mejor que con un artículo periodístico.

Cuanto más se conozca la historia más difícil será la manipulación de la gente

Usted colaboró en el guión de la película Mararía. ¿Qué retos le supuso partir de la novela homónima de Rafael Arozarena?

Primero, que el lenguaje cinematográfico no tiene nada que ver con el literario. Segundo, que la historia, tal como estaba construida en la novela, era muy difícil hacerla creíble en cine. Para transformar una obra literaria en cinematográfica hay que cambiar el registro por completo. De hecho, en la película se advertía que no era una adaptación de la novela, sino una historia basada en ella. Fue un trabajo intenso con Antonio José Betancor para pasar a imágenes la fuerza y la belleza que tenía la novela. Al final, creo que quedó una gran película.

También participó recientemente en el guión y en la dirección del documental Ciudadano Negrín. ¿Le supuso esta colaboración otro tipo de dificultades diferentes a la anterior?

Sí, porque son géneros totalmente distintos. La escritura de un guión de ficción es un proceso muy cerrado. Lo que más puede variar es algún diálogo de un personaje en alguna secuencia. En cambio, en un documental el guión se hace en la mesa de montaje: partes de una idea y, todo lo que aparece en el proceso de preproducción, modifica continuamente tu trabajo. En el proceso documental estás buscando e investigando, por eso cada entrevista te aporta nuevos elementos con los que no contabas.

ciudadano-negrin¿Qué le llamó la atención de una personalidad como la de Negrín?

Todo. Cuando empecé a trabajar en el documental sobre Negrín, aún no se había publicado el libro de Enrique Moradiellos ni el de Gabriel Jackson. Lo que había en aquel momento era mucha basura. Lo primero que me atrajo fue la cantidad de difamaciones que había sobre él, incluso por parte de su propia gente, y luego el silencio cómplice de todos. El subtítulo de la biografía que escribió Moradiellos es de lo más elocuente: «La persona más difamada en España del siglo XX». Y no sólo fue difamada por Franco y los franquistas, lo cual era lógico, porque Negrín representaba su peor enemigo, la resistencia frente al fascismo, sino también por el PSOE a través de la figura de Indalecio Prieto, que echó un silencio absoluto sobre él.

Pertenezco a una generación que vivió los últimos años del franquismo y en nuestra iconografía de resistencia antifranquista estaban la Pasionaria, Durruti, Carrillo y hasta podía estar Azaña, pero Negrín no aparecía por ningún sitio, ni siquiera como secundario. Por eso, cuando descubres la inmensa personalidad de este individuo, en lo científico, en lo intelectual, en lo político como «hombre de Estado», te preguntas cómo es posible que nos lo hayan ocultado durante tantos años.

En España todavía no ha calado que la guerra civil fue la consecuencia de un golpe fascista

¿Qué dificultades encontró al bucear en los pormenores de un período histórico tan convulso como la Guerra Civil española?

Todavía quedan muchos tópicos y muchas ignorancias. Entre los tópicos, se encuentra la supuesta equidistancia, pero no hay equidistancia posible entre unos golpistas y quienes defienden la legalidad republicana. También es cierto que dentro de la parte republicana hubo una revolución contra la República, pero eso no es responsabilidad de esta, sino de los golpistas que han destrozado el aparato de Estado. Fue un golpe que fracasa y que da lugar a la guerra, con el inestimable apoyo de la Iglesia y de los sectores más conservadores y reaccionarios de la sociedad española. En Francia  no creo que haya nadie que aplauda a Petain, o a Goebbels en Alemania. Sin embargo, en España todavía no ha calado que la guerra fue la consecuencia de un golpe fascista y que originó una forma política igual de repugnante que los fascios italianos y los alemanes nazis.

Y se ignora, por ejemplo, cómo acaba la guerra: la traición de Casado, el comportamiento de la Junta de Defensa de Madrid en los últimos días, cuando le dan el golpe de Estado al propio Negrín. Y nadie quiere sacar eso a la luz porque parece que rompería muchos de los mitos creados en torno a la Guerra Civil.

Mararia¿Recuerda alguna anécdota con especial cariño de estos rodajes?

De Ciudadano Negrín, fue un lujo impagable conocer y tratar de cerca a una persona como Gabriel Jackson, y haber estado rodando con él tanto en París como en Barcelona. De Mararía, recuerdo dos cosas. Una de ellas, el día antes de empezar el rodaje, comprobar cómo los personajes con los que has estado trabajando sobre el papel durante un año, de repente cobran vida. La otra, el rodaje con Manolo Bermejo, que fue muy divertido.

¿Qué elementos debe tener un proyecto cinematográfico para que le atraiga?

Que me apetezca saber de él, porque pienso que si a mí me apetece saber más de él a los demás también les va a apetecer. Siempre parto de esa premisa. En el caso de una ficción, comprobar que en ella hay trama y buenos personajes. Si es un documental, que sea un tema con interés.

¿Se ha planteado o le han planteado alguna vez llevar al cine sus propias novelas?

Antonio José Betancor quería hacer una adaptación de [La señora] Beatriz de Bobadilla, pero resulta muy caro trasladar las novelas históricas al cine. Y con Si le digo le engaño se podría hacer una telemovie muy divertida, pero me he enterado de que ya hay una de este año con un argumento muy parecido. Son temas que darían para hacer una buena película.

Hace unos años fundó una editorial con el nombre «Hora Antes». ¿Cuáles fueron los motivos que le llevaron a desarrollar este proyecto?

No encontrar editor nacional para La señora Beatriz de Bobadilla. La envié a algunas editoriales y premios, que no respondieron. Lo curioso es que una de ellas me respondió que les había gustado mucho, pero que era una novela «muy literaria». Me quedé tan sorprendido por esta respuesta que luego, con la ayuda de un amigo, decidí crear la editorial para publicarla.

Además de sus propios libros, ha publicado también un poemario de Lázaro Santana. ¿Tiene intención de iniciar una colección con otros autores?

En principio estoy pensando editar solamente en formato digital, quizás también con otros autores. La edición en papel es cara y no se vende. Y si es un libro de poesía menos todavía. Se venden con mucha dificultad las novelas; muy mal los libros de relatos; y los libros de poesía ni se venden. Y con el ensayo pasa lo mismo. Parece que todo el mundo lee ensayo y poesía, pero lo cierto es que no se venden.

Como responsable de una pequeña editorial, ¿cómo valora el panorama de la edición en una sociedad que cada vez compra menos libros?

Creo que se siguen comprando muchos libros —la crisis no hizo bajar espectacularmente la venta de libros—, pero los que se venden son aquellos que tienen un soporte editorial y publicitario muy fuerte. Cada temporada salen al mercado cinco o seis títulos con unas campañas publicitarias muy potentes que inundan las librerías. Los que ya casi no se venden son los libros de autores desconocidos y que no tienen el soporte publicitario de estas grandes cadenas.

Por otro lado, está el soporte electrónico, en el que parece que se lee mucho pero a costa de la piratería. Nadie va a comprar un libro en soporte electrónico si puede conseguirlo gratis. Hemos perdido una o dos generaciones que entienden que todo lo que se encuentra en la red es gratuito: no les entra en la cabeza que tengan que pagar por un libro o una canción. Así no se puede seguir escribiendo libros ni componiendo canciones.

Después de tantos años dedicados a la literatura y al cine, ¿qué se lleva en el baúl de los recuerdos?

Haber leído novelas inolvidables y haber conocido a algunas personas entrañables como Augusto Monterroso, Elena Poniatowska, Gabriel Jackson, Bryce Echenique o Emilio Lledó, que me han aportado tantas cosas. Haber tenido acceso a estas personas y disfrutado de ellas son experiencias impagables, muy gratificantes. Eso es, al final, lo único que te llevas.

¿Qué es lo que mueve a Carlos Álvarez a escribir?

El deseo de contar una historia que sea interesante y que no se haya contado todavía. O que no se haya contado desde un cierto punto de vista, sea en novela o también en imagen. El problema de la imagen, sea cine o documental, es que resulta muy caro. En cambio, escribir no sólo es más barato, sino también mucho más independiente.

Foto de Carlos Álvarez: Rubén Benítez Florido.

MARARÍA

Tráiler de la película dirigida por Antonio José Betancor (1988)


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