Álex Chico

A ries­go de resu­mir en exce­so, podría decir­se que Un final para Ben­ja­min Wal­ter, de Álex Chi­co (Pla­sen­cia, 1980), es una apues­ta y una encru­ci­ja­da de cami­nos. Una apues­ta, por­que su autor embar­ca al lec­tor en un via­je lite­ra­rio que al final devie­ne en un ejer­ci­cio de auto­des­cu­bri­mien­to. Y una encru­ci­ja­da de cami­nos, por­que para lle­var a cabo este via­je, Álex Chi­co uti­li­za los recur­sos de varios géne­ros narra­ti­vos.

El resul­ta­do final no es otro que un tex­to híbri­do, fron­te­ri­zo, que él mis­mo cali­fi­ca como una «nove­la de ensa­yo fic­ción», y que par­ti­ci­pa tan­to de las memo­rias per­so­na­les como de la cró­ni­ca de via­je, del rela­to auto­rre­fe­ren­cial como del ensa­yo lite­ra­rio. Y todo ello con­ta­do des­de el cui­da­do por las for­mas narra­ti­vas que úni­ca­men­te sabe trans­mi­tir la poe­sía, des­de esa que­ren­cia por con­du­cir el len­gua­je has­ta sus lími­tes expre­si­vos, pero sin caer en los exce­sos del barro­quis­mo ni del her­me­tis­mo indes­ci­fra­ble.

Un final para Ben­ja­min Wal­ter (Can­da­ya, 2017) podría defi­nir­se como un exten­so poe­ma en pro­sa, o como un ensa­yo lite­ra­rio sobre las hue­llas que las lec­tu­ras y los via­jes dejan en noso­tros. Sin negar la vali­dez de ambas defi­ni­cio­nes, lo cier­to es que el libro es mucho más que eso: un tex­to de natu­ra­le­za hete­ro­gé­nea, cuyo prin­ci­pal atrac­ti­vo radi­ca pre­ci­sa­men­te en su carác­ter indó­mi­to, su deci­di­da opo­si­ción a dejar­se enca­si­llar en algu­na de las cate­go­rías al uso.

La his­to­ria que cuen­ta es de sobra cono­ci­da por un amplio núme­ro de lec­to­res. Wal­ter Ben­ja­min pro­ta­go­ni­zó uno de los capí­tu­los más amar­gos y sinies­tros de la his­to­ria de la lite­ra­tu­ra: huyen­do de los nazis, en 1940 lle­gó a Port­bou jun­to a un gru­po de refu­gia­dos que tra­ta­ba de cru­zar la fron­te­ra de Espa­ña con des­tino a Por­tu­gal y, a par­tir de ahí, reca­lar en algún país en el que no fue­sen per­se­gui­dos. Igual que sus com­pa­ñe­ros de via­je, lo úni­co que que­ría Wal­ter Ben­ja­min era vivir sin la ame­na­za cons­tan­te del fana­tis­mo y la des­truc­ción.

Aco­rra­la­do por el enemi­go, ase­dia­do por el desáni­mo y el can­san­cio y ator­men­ta­do por sus fan­tas­mas per­so­na­les, Ben­ja­min deci­dió poner fin a su vida en la soli­ta­ria habi­ta­ción de la pen­sión en la que se hos­pe­da­ba. El gru­po de refu­gia­dos tenía pre­vis­to cru­zar la fron­te­ra al día siguien­te.

Las razo­nes de su sui­ci­dio siem­pre serán moti­vo de espe­cu­la­ción para los his­to­ria­do­res. Lo úni­co que se sabe con cer­te­za es que dejó una male­ta lle­na de manus­cri­tos que nun­ca lle­gó a ver publi­ca­dos. Un mon­tón de pape­les suel­tos que, a pesar de per­fi­lar una obra a medio hacer, le otor­ga­ron la fama pós­tu­ma de haber sido uno de los inte­lec­tua­les más bri­llan­tes y ade­lan­ta­dos de su épo­ca. A los lec­to­res siem­pre nos que­da­rá la incóg­ni­ta de cómo hubie­se sido esa obra, ape­nas esbo­za­da en el momen­to de su muer­te, de haber teni­do el tiem­po y la pacien­cia para desa­rro­llar­la.

Esta his­to­ria ha sido con­ta­da en innu­me­ra­bles oca­sio­nes, pero lo impor­tan­te en este libro es su mane­ra ori­gi­nal de narrar­la, inda­gan­do las pis­tas de Wal­ter Ben­ja­min en Port­bou (y, por ende, en la his­to­ria y en la lite­ra­tu­ra), y las hue­llas que todo esto deja en la for­ma de ver el mun­do de su autor, cuya narra­ción actúa a su vez como una caja de reso­nan­cia de lo acon­te­ci­do.

De todo esto tuvi­mos opor­tu­ni­dad de hablar en nues­tra con­ver­sa­ción con Álex Chi­co. De Wal­ter Ben­ja­min y de Port­bou, por supues­to, pero tam­bién de su apues­ta por la mez­cla de géne­ros, de la influen­cia de la poe­sía en su tra­yec­to­ria lite­ra­ria, de cómo han con­se­gui­do sobre­vi­vir las revis­tas lite­ra­rias a la cri­sis, de las vici­si­tu­des que atra­vie­sa actual­men­te el pano­ra­ma edi­to­rial espa­ñol e inter­na­cio­nal y del buen momen­to que vive el ensa­yo auto­bio­grá­fi­co.

Usted cul­ti­va un géne­ro que ha cali­fi­ca­do como «nove­las de ensa­yo fic­ción». ¿Podría expli­car­nos en qué con­sis­te?

La «nove­la de ensa­yo fic­ción» nace con la volun­tad de reunir los géne­ros que me intere­san como lec­tor y como escri­tor. Esos géne­ros a los que me refie­ro son la nove­la, el ensa­yo, el dia­rio de via­je, las memo­rias y la pro­sa poé­ti­ca. Se tra­ta de un tipo de escri­tu­ra que se pue­da ade­cuar a todos estos géne­ros al mis­mo tiem­po. Es cier­to que este tipo de escri­tu­ra exi­ge un esfuer­zo por par­te del lec­tor, que tie­ne un papel par­ti­ci­pa­ti­vo: al final de la obra tie­ne que deci­dir qué géne­ro es el que ha esta­do leyen­do, o si ha leí­do varios al mis­mo tiem­po. Tam­bién es cier­to que al libre­ro le pue­de gene­rar cier­tas dudas su orde­na­ción en las estan­te­rías de la libre­ría, por­que es un libro difí­cil de cata­lo­gar.

En este sen­ti­do, me gus­ta con­si­de­rar que un escri­tor debe aspi­rar no tan­to a lle­nar una bal­da ente­ra de la estan­te­ría, sino a que sus libros sean capa­ces de sal­tar de bal­da en bal­da. Como pro­pues­ta lite­ra­ria, me intere­sa mucho el uso de todos aque­llos géne­ros que uno tie­ne a su alcan­ce para con­tar una his­to­ria, refle­xio­nar sobre un suce­so o un lugar.

¿Cómo es com­pa­ti­bi­li­zar en un mis­mo tex­to todos estos géne­ros, apa­ren­te­men­te disí­mi­les, sin que esto afec­te a la cohe­ren­cia del con­jun­to?

Al prin­ci­pio pue­de pare­cer con­tra­dic­to­rio uti­li­zar todos estos géne­ros que son un tan­to aso­cia­bles, por decir­lo de algu­na mane­ra, pero es posi­ble hacer­lo por­que, a medi­da que uno escri­be el libro, van sur­gien­do cier­tos hilos inter­nos que le pro­por­cio­nan cohe­ren­cia a la escri­tu­ra del tex­to y al con­jun­to de la obra.

La idea que hay detrás de este plan­tea­mien­to es com­po­ner un tex­to híbri­do, a medio camino entre muchos géne­ros, en el que uno no ten­ga por qué renun­ciar a nin­guno en par­ti­cu­lar, sino que ten­ga la liber­tad de poner­los a todos al ser­vi­cio de un inte­rés común, que no es otro que vol­car toda la edu­ca­ción cul­tu­ral y sen­ti­men­tal que lle­va­mos a cues­tas.

En un artícu­lo suyo en el que ofre­ce algu­nas pis­tas sobre las posi­bi­li­da­des de este tipo de narra­ti­va, se remon­ta a Pla­tón como el crea­dor de este inven­to…

Es que Sócra­tes nun­ca escri­bió nada y casi todo lo que nos ha lle­ga­do de su figu­ra y de su filo­so­fía ha sido a tra­vés de la obra de Pla­tón. Pues bien, esta es una acti­tud muy típi­ca de la «nove­la de ensa­yo fic­ción», en la que no impor­ta tan­to la ver­dad como la vero­si­mi­li­tud. Como decía Juan Goy­ti­so­lo, un rela­to de fic­ción vero­sí­mil vale más que cien ver­da­des. Mis tex­tos se encuen­tran den­tro de esta corrien­te, pues inten­to reco­ger en ellos lo que se supo­ne que han dicho otros.

Para refe­rir­me a este tipo de obras, pre­fie­ro uti­li­zar tér­mi­nos como «hipó­te­sis», «pro­ba­bi­li­da­des» o «con­je­tu­ras» que el con­cep­to puro de «fic­ción», por­que aque­llos per­mi­ten fil­trar por la ima­gi­na­ción del autor cier­tos datos obje­ti­vos, de tal for­ma que al final cuen­ta menos la pro­pia his­to­ria que la moti­va­ción que nos ha con­du­ci­do a ella: lo que impor­ta no es tan­to el teso­ro como la bús­que­da del mis­mo.

Sue­na a una pro­pues­ta de lec­tu­ra y relec­tu­ra cons­tan­te de la tra­di­ción…

Com­ple­ta­men­te. De hecho, creo que no he hecho otra cosa que esa relec­tu­ra en mi tra­yec­to­ria lite­ra­ria. En un libro ante­rior, por ejem­plo, he escri­to un poe­ma en el que me ima­gi­na­ba un via­je entre Patrick ModianoW. G. Sebald; o he releí­do la obra de Álva­ro Val­ver­de a par­tir de sus pro­pias pala­bras; o he rein­ter­pre­ta­do la obra de Edward Hoo­per y de Sean Scully. Con esto quie­ro decir que este es un tema recu­rren­te en mi tra­yec­to­ria.

En defi­ni­ti­va, de lo que se está hablan­do en todos estos tex­tos es de mi pro­pia iden­ti­dad liga­da a dife­ren­tes mani­fes­ta­cio­nes artís­ti­cas que le han influi­do. Y no hablo úni­ca­men­te de la escri­tu­ra (por ejem­plo, Edward Hoo­per y Sean Scully son pin­to­res). Dicho con otras pala­bras, se tra­ta de explo­rar cómo la escri­tu­ra, o el arte en gene­ral, sir­ven para expli­car­me a mí mis­mo y para expli­car lo que hay a mi alre­de­dor.

Den­tro de esta mane­ra de con­ce­bir la tra­di­ción y la tarea del escri­tor, como una cons­tan­te reela­bo­ra­ción de la mis­ma, ¿dón­de que­da la ori­gi­na­li­dad del autor?

En un libro mío titu­la­do Sesen­ta y cin­co momen­tos de un escri­tor de post­da­tas (La isla de Sil­to­lá, 2016), me inven­to un per­so­na­je y una serie de libros de lo que extrai­go una serie de frag­men­tos. Uno de esos frag­men­tos dice algo así como que la ori­gi­na­li­dad de un escri­tor con­sis­te en pasar como pro­pias las citas aje­nas, y que el lec­tor pien­se que ha sido el pri­me­ro en decir­las. La idea de esta mane­ra de con­ce­bir el queha­cer lite­ra­rio es releer la tra­di­ción y actua­li­zar­la: la moder­ni­dad no se encuen­tra tan­to en copiar, sino en aque­llas razo­nes que nos han lle­va­do a copiar o a emu­lar a un autor deter­mi­na­do. En este sen­ti­do, todos los auto­res que lee­mos son actua­les.

¿Está rela­cio­na­do todo esto con un cier­to ago­ta­mien­to de las for­mas narra­ti­vas tra­di­cio­na­les?

Pue­do coin­ci­dir con­ti­go en que el libro pare­ce una crí­ti­ca a las for­mas narra­ti­vas tra­di­cio­na­les y a la dis­tin­ción entre géne­ros lite­ra­rios tal y como los cono­ce­mos en la actua­li­dad, pero lo cier­to es que en nin­gún momen­to hubo una voca­ción crí­ti­ca pre­via. Si el libro se dio así, fue fru­to de la pura casua­li­dad.

Si la redu­ci­mos al máxi­mo, la escri­tu­ra con­sis­te en tener algo que decir y encon­trar la mejor mane­ra de hacer­lo. Y eso es lo que he inten­ta­do con­se­guir con Un final para Ben­ja­min Wal­ter: bus­car la mejor mane­ra de con­tar la his­to­ria que tenía den­tro de mí. Creo que los géne­ros están para mez­clar­los entre sí, y que este libro es un buen ejem­plo de ello. Pero toda la refle­xión sobre este tema casi ha sido pos­te­rior, y muy poco o casi nada duran­te la ela­bo­ra­ción de un libro como este.

¿Podría­mos con­cluir que el prin­ci­pal obje­ti­vo de este géne­ro reno­va­do es el hecho de trans­mi­tir una expe­rien­cia úni­ca e intrans­fe­ri­ble, algo así como un «mirar­se en el espe­jo»?

Creo que esa volun­tad de «mirar­se en el espe­jo» siem­pre ha esta­do, de mane­ra cons­cien­te o incons­cien­te, en aque­llo que he escri­to. Es cier­to que hay un pro­ce­so de auto­rre­fle­xión o de auto­co­no­ci­mien­to sobre lo que me suce­de, y que inclu­ye ele­men­tos como los luga­res don­de me suce­de o las obras de un autor rela­cio­na­do con esos luga­res. La idea es que una his­to­ria como la de Wal­ter Ben­ja­min, que suce­dió hace seten­ta años, pue­de hablar de mí o de la socie­dad en la que vivo.

Lo que no me atre­ve­ría a decir es que haya habi­do una volun­tad pre­via que pre­ten­da encon­trar eso antes de sen­tar­se a escri­bir. Como decía antes, no impor­ta tan­to el inte­rés por un autor como Ben­ja­min, sino los moti­vos por los que me encie­rro en una habi­ta­ción y tra­to de narrar toda la memo­ria acu­mu­la­da sobre ese autor.

¿Es a esto a lo que se refie­re cuan­do ha afir­ma­do que «la lite­ra­tu­ra úni­ca­men­te pode­mos afron­tar­la con más lite­ra­tu­ra?

En efec­to. Des­pués de escri­bir el libro, mien­tras hacía pre­sen­ta­cio­nes y char­la­ba con los lec­to­res, me di cuen­ta de que Un final para Ben­ja­min Wal­ter es un libro sobre la pro­pia escri­tu­ra, sobre una iden­ti­dad liga­da a la escri­tu­ra, sobre los moti­vos que nos empu­jan a escri­bir. Pue­de ser que ese deseo estu­vie­se de for­ma incons­cien­te antes del acto mis­mo de la escri­tu­ra, pero ese deseo se ha ver­ba­li­za­do des­pués de la publi­ca­ción del libro.

Este plan­tea­mien­to es intere­san­te no solo por su reela­bo­ra­ción del pasa­do, sino por­que plan­tea muchas posi­bi­li­da­des insó­li­tas de la crea­ción lite­ra­ria con res­pec­to al futu­ro…

Aquí me gus­ta­ría acla­rar dos cosas. En pri­mer lugar, la idea de Ben­ja­min de que «el pai­sa­je es una cue­va lle­na de citas», en alu­sión a que todo cuan­to nos rodea es sus­cep­ti­ble de ser leí­do a tra­vés tan­to de citas aje­nas o pres­ta­das, como de tex­tos pro­pios. En segun­do lugar, algo de lo que me di cuen­ta escri­bien­do Un final para Ben­ja­min Wal­ter, y no es otra cosa que a tra­vés del pasa­do pode­mos enten­der el pre­sen­te.

Es en el pasa­do don­de se encuen­tran las cla­ves para enten­der el pre­sen­te que nos rodea y, de esa mane­ra, enca­mi­nar mejor el futu­ro. No estoy dicien­do que haya que dar­le al pasa­do más impor­tan­cia que al pre­sen­te, pero sí es cier­to que el pasa­do (bien sea indi­vi­dual o social) nos gene­ra una cier­ta iden­ti­dad. De eso me di cuen­ta visi­tan­do el pue­blo de Port­bou y rele­yen­do los libros de Wal­ter Ben­ja­min.

¿Cómo nace la idea de un libro tan pecu­liar como este?

Lo cier­to es que sur­ge de una impo­si­bi­li­dad. Mi inten­ción ini­cial era escri­bir una nove­la negra (de cor­te detec­ti­ves­co o poli­cía­co) sobre las últi­mas horas de Wal­ter Ben­ja­min en Port­bou. Pero me di cuen­ta de que no ten­go las herra­mien­tas lec­to­ras ni crea­do­ras para gene­rar un tex­to con seme­jan­tes carac­te­rís­ti­cas. T. S. Eliot afir­ma­ba que «la poe­sía es sacar­le par­ti­do a una mala situa­ción», y eso es lo que me ha pasa­do a mí en este caso: yo que­ría narrar la his­to­ria de una deter­mi­na­da mane­ra, pero me di cuen­ta de que esta nun­ca lle­ga­ba a fun­cio­nar por­que no con­ta­ba con la for­ma­ción nece­sa­ria.

Tra­té de acep­tar esas limi­ta­cio­nes de las que par­tía y adap­tar­las a una estruc­tu­ra con la que yo me sin­tie­se más cómo­do. Enton­ces pen­sé que para que fun­cio­na­se, esa estruc­tu­ra debía estar rela­cio­na­da con la for­ma­ción lec­to­ra y crea­ti­va que había teni­do has­ta ese momen­to. En defi­ni­ti­va, como seña­la T. S. Eliot, tra­té de sacar­le par­ti­do a una mala situa­ción y lle­vé la his­to­ria que que­ría con­tar al terri­to­rio fron­te­ri­zo de la lite­ra­tu­ra híbri­da, un lugar en el que me sien­to más cómo­do como lec­tor y como escri­tor.

¿Qué fue lo que le atra­jo de la figu­ra de un autor como Wal­ter Ben­ja­min?

Lo que me intere­sa de él es su uni­ver­so lite­ra­rio o narra­ti­vo, la com­po­si­ción de su obra toma­da como un todo. Tam­bién me intere­sa el hecho de que se pue­de abor­dar des­de múl­ti­ples dis­ci­pli­nas, como la filo­so­fía, las bellas artes, la filo­lo­gía, la socio­lo­gía, la polí­ti­ca, la reli­gión, etc. Me fas­ci­na esa capa­ci­dad inter­dis­ci­pli­nar para atraer a lec­to­res de dife­ren­tes ámbi­tos. Como lec­tor, pue­des sumer­gir­te tan­to en el París de Bau­de­lai­re como en la figu­ra de Mic­key Mou­se, en sus epi­fa­nías como en sus cua­der­nos de notas, en sus repro­duc­cio­nes téc­ni­cas como en sus refle­xio­nes filo­só­fi­cas.

Esta enor­me hete­ro­ge­nei­dad (que han con­se­gui­do muy pocos auto­res), me pare­ce impor­tan­te que sea sub­ra­ya­da, sobre todo, si tene­mos en cuen­ta la poten­cia y la pro­fun­di­dad con las que abor­da cual­quie­ra de estos temas. Pue­de que Wal­ter Ben­ja­min sea uno de los auto­res más inter­dis­ci­pli­na­res que exis­ten. Me pasa con él que no sue­lo recor­dar con exac­ti­tud si una fra­se suya per­te­ne­ce a Calle de sen­ti­do úni­co o al Libro de los pasa­jes. Muchas veces ten­go esa espe­cie de maras­mo o de con­fu­sión en la cabe­za. Tam­po­co pre­ten­do ser un exper­to en su obra ni hago una apro­xi­ma­ción aca­dé­mi­ca a sus tex­tos.

Cam­bian­do de ter­cio, hay en este libro una cier­ta «poé­ti­ca de los luga­res», una decla­ra­ción de cómo algu­nos luga­res (en este caso, se tra­ta de Port­bou) son capa­ces de tener una gran influen­cia sobre noso­tros…

Es cier­to. De hecho hay una fra­se en el libro que dice algo así como «Fui a Port­bou para encon­trar a Wal­ter Ben­ja­min y lo que me encon­tré fue el esce­na­rio don­de trans­cu­rrie­ron las últi­mas horas de la vida de este escri­tor». Y esta es, a su vez, una idea muy ben­ja­mi­niana. En algún pun­to de su obra, refi­rién­do­se a los his­to­ria­do­res, Ben­ja­min vie­ne a decir algo así como que «quien no sea capaz de dar cuen­ta del lugar en el que encon­tró un hallaz­go, no habrá enten­di­do nada». Lo real­men­te impor­tan­te son las capas que recu­bren ese mis­te­rio.

Me intere­sa mucho inda­gar en aque­llas carac­te­rís­ti­cas de un espa­cio que deter­mi­nan nues­tra mane­ra de enten­der el mun­do y de tras­la­dar­lo al papel. Es una obse­sión que ya figu­ra en mi pri­mer libro de poe­mas. No solo me intere­sa el lugar en sí, sino tam­bién, e inclu­so diría que sobre todo, la des­lo­ca­li­za­ción o la des­po­se­sión de ese lugar.

¿A qué se refie­re con esa «des­lo­ca­li­za­ción de un lugar»?

Es que mi his­to­ria per­so­nal está con­di­cio­na­da por este hecho. Yo nací en Pla­sen­cia (Extre­ma­du­ra), me fui a Bar­ce­lo­na y lue­go vol­ví a Pla­sen­cia. Pero es que, tam­bién en Bar­ce­lo­na, viví una situa­ción seme­jan­te: yo vivía a las afue­ras de Bar­ce­lo­na, en un barrio que se lla­ma La Ver­ne­da, y tenía que ir todos los días a un cole­gio que esta­ba en el cen­tro de Bar­ce­lo­na. Es decir, que cada día pasa­ba de las afue­ras al cen­tro de Bar­ce­lo­na, y vice­ver­sa. Aque­llos trán­si­tos, aque­llos via­jes lar­guí­si­mos en tren y en metro, con trans­bor­dos cons­tan­tes, el hecho de no ser del todo de un barrio ni del otro, no ser de un sitio con­cre­to ni del otro, pro­du­je­ron en mí una pro­fun­da des­lo­ca­li­za­ción e influ­ye­ron en mi mane­ra de ver el mun­do. Al final, resul­tó que no ter­mi­na­ba de ser de nin­gún sitio: no era de aquí ni de allá.

De for­ma un tan­to meta­fó­ri­ca, diría que todo lo que he hecho pos­te­rior­men­te es tra­tar de dar­le una expli­ca­ción narra­ti­va o lite­ra­ria a esa des­ubi­ca­ción. No es casua­li­dad que los auto­res que más me han intere­sa­do son aque­llos que han tra­ta­do de for­ma exqui­si­ta esa rela­ción (o, en este caso, esa fal­ta de rela­ción) con el lugar, como es Álva­ro Val­ver­de, al que he leí­do mucho a lo lar­go de mi vida. Es un tema que me sigue obse­sio­nan­do bas­tan­te. Supon­go que esa des­lo­ca­li­za­ción per­meó en mí y que eso se ha tras­la­da­do des­pués, qui­zás de for­ma un tan­to freu­dia­na, a mis libros.

¿Es como si la per­te­nen­cia, o la no-per­te­nen­cia en este caso, a un lugar deter­mi­na­se de algu­na mane­ra nues­tra for­ma de ser?

Creo que era Pes­soa el que habla­ba de que el ser humano esta­ba cons­ti­tui­do por una espe­cie de «con­fe­de­ra­ción de almas». De mane­ra análo­ga a la de Pes­soa, yo tam­bién con­si­de­ro que el ser humano es algo así como una «con­fe­de­ra­ción de luga­res». Por eso ocu­rre (y lo conec­to con el tema ante­rior), que las razo­nes de tu via­je no están dón­de tú pen­sa­bas, sino en la puer­ta de al lado. Yo entien­do así el moti­vo del via­je, del trán­si­to y de la movi­li­dad: se tra­ta de una espe­cie de azar pro­vo­ca­do que nun­ca sabes dón­de te va a con­du­cir.

¿Qué fue lo que encon­tró o lo que ocu­rrió en Port­bou en ese «azar pro­vo­ca­do» para cam­biar la pers­pec­ti­va de su inves­ti­ga­ción?

Me di cuen­ta de que la ver­da­de­ra his­to­ria no esta­ba úni­ca­men­te en Ben­ja­min (en dilu­ci­dar qué fue lo que ocu­rrió en esas últi­mas horas de su vida), sino en cómo ese pue­blo fron­te­ri­zo que es Port­bou nos sigue inter­pe­lan­do en el pre­sen­te. Es decir, de qué mane­ra Port­bou sigue hablan­do de noso­tros como socie­dad, como cul­tu­ra, como polí­ti­ca, etc. En esen­cia, esa es la moti­va­ción de la his­to­ria que que­ría narrar, aun­que lue­go se des­plie­gue hacia múl­ti­ples rami­fi­ca­cio­nes y con­vo­que otros vér­ti­ces.

Su obra con­tie­ne una pro­sa poé­ti­ca que real­za el tono inti­mis­ta y con­fe­sio­nal de la narra­ción. ¿Cómo influ­ye su face­ta como poe­ta en su mane­ra de escri­bir pro­sa?

Este libro le debe mucho a una cier­ta edu­ca­ción poé­ti­ca, que fue mi pri­me­ra for­ma­ción lite­ra­ria. Bien sea un artícu­lo para una revis­ta, una cró­ni­ca, una nove­la o un sim­ple cua­derno de notas, a mí me pare­ce que todo lo que escri­bo tie­ne ese mar­ca­do tono poé­ti­co. No sé si res­pon­de a una volun­tad pre­via, pero sí es cier­to que hay una apues­ta deci­di­da por cons­truir un uni­ver­so lite­ra­rio en el que pue­de entrar cual­quier cosa.

En el caso de Un final para Ben­ja­min Wal­ter, no sé si lo hubie­se escri­to de no haber publi­ca­do los libros ante­rio­res de poe­mas; pero lo que sí ten­go cla­ro es que, si no hubie­se publi­ca­do aque­llos libros de poe­mas, este libro sería com­ple­ta­men­te dis­tin­to.

Qui­zás debi­do a ese tono poé­ti­co, da la sen­sa­ción de que es un libro sin un final con­cre­to, que podría haber con­ti­nua­do casi de for­ma inde­fi­ni­da…

Hay un pun­to en el que me plan­teé con­cluir el libro, tal vez por­que lo que iba a con­tar de más podía for­mar par­te de otro libro, con otras inquie­tu­des, otros temas y otros per­so­na­jes. Pen­sé que esa exten­sión era la ade­cua­da para narrar o poe­ti­zar la his­to­ria que pre­ten­día con­tar.

Des­de enero de 2006 publi­ca en su blog Isla de Elca. ¿Qué le apor­ta la escri­tu­ra en inter­net?

Es un blog que en su momen­to tuvo una impor­tan­cia muy gran­de para mí, pero que aho­ra ha pasa­do a un segun­do plano: se actua­li­za con mucha menos fre­cuen­cia, reci­be menos visi­tas, etc. Cuan­do se creó era una pla­ta­for­ma muy intere­san­te por­que me per­mi­tía estar en con­tac­to con muchos lec­to­res y opi­nar sobre temas varia­dos. Sobre todo, me per­mi­tía poder publi­car­los, por­que hubie­se sido muy difí­cil publi­car­los en otros medios.

Fue una expe­rien­cia muy gra­ta, pero reco­noz­co que lo he deja­do de actua­li­zar con tan­ta fre­cuen­cia como al prin­ci­pio (aun­que subo algún artícu­lo de vez en cuan­do). Me temo que esto no solo me ha pasa­do a mí, sino que le ha suce­di­do tam­bién a otros muchos auto­res. Des­gra­cia­da­men­te hay muy pocos auto­res de los que empe­za­ron hace tiem­po que lo sigan man­te­nien­do con regu­la­ri­dad. Álva­ro Val­ver­de qui­zás sea la excep­ción a esta regla.

Des­de hace mucho tiem­po usted per­te­ne­ce al Con­se­jo de Redac­ción de la Revis­ta Qui­me­ra. ¿Qué es lo que le ha apor­ta­do este obser­va­to­rio pri­vi­le­gia­do?

Diría que esta cola­bo­ra­ción con Qui­me­ra me ha rega­la­do una cier­ta edu­ca­ción, un apren­di­za­je, una for­ma­ción lite­ra­ria. A la redac­ción de la revis­ta lle­gan muchos libros, lo cual nos per­mi­te estar al día de las nove­da­des edi­to­ria­les, sobre todo en espa­ñol. Ese obser­va­to­rio te per­mi­te tomar el pul­so al esta­do de la lite­ra­tu­ra actual a tra­vés de reco­men­da­cio­nes, entre­vis­tas, rese­ñas, artícu­los. Como lec­tor, las pro­pues­tas que me resul­tan más intere­san­tes son los tex­tos híbri­dos que no se ago­tan en un úni­co géne­ro y que apues­tan por dife­ren­tes for­mas de con­tar. Como te comen­ta­ba antes, eso ya está suce­dien­do en la lite­ra­tu­ra actual. Qui­zás no esté ocu­rrien­do a tra­vés de la nove­la tra­di­cio­nal, sino con tex­tos un poco anfi­bios que beben de fuen­tes y de tra­di­cio­nes lite­ra­rias dife­ren­tes. Se tra­ta de un momen­to muy suge­ren­te. Y no me refie­ro úni­ca­men­te a la lite­ra­tu­ra espa­ño­la, sino a la lite­ra­tu­ra en espa­ñol que se está escri­bien­do en Lati­noa­mé­ri­ca.

¿Qué pue­de decir­nos sobre ese tema?

Ya el año pasa­do, que estu­ve en Colom­bia, y tam­bién este año, en el que he esta­do en Ecua­dor hace muy poco, he teni­do la opor­tu­ni­dad de dar­me cuen­ta de algo muy impor­tan­te: que tan­to los escri­to­res de este lado del océano como los del otro lado tene­mos que qui­tar­nos muchos pre­jui­cios. Me refie­ro, por ejem­plo, al pre­jui­cio que tie­nen algu­nos auto­res lati­noa­me­ri­ca­nos de que nece­si­tan publi­car en Espa­ña para poder entrar en el mer­ca­do euro­peo y for­mar par­te de un cier­to canon uni­ver­sal. Creo sin­ce­ra­men­te que esas fron­te­ras ya están dilui­das. O tam­bién al pre­jui­cio de que en Espa­ña se sigue escri­bien­do un tipo de nove­la que podría­mos cali­fi­car como «deci­mo­nó­ni­ca», al esti­lo más tra­di­cio­nal (con plan­tea­mien­to, nudo y desen­la­ce).

Lo ideal sería que se fomen­ta­ra el con­tac­to entre las dos ori­llas gra­cias a las posi­bi­li­da­des que ofre­ce tener un idio­ma común. Es muy enri­que­ce­dor via­jar de vez en cuan­do de un lado al otro por­que te per­mi­te estar en con­tac­to con todo tipo de lite­ra­tu­ra. De este últi­mo via­je a Ecua­dor, por ejem­plo, me he traí­do algu­nos nom­bres (sobre todo, de auto­ras), por­que creo que la lite­ra­tu­ra ecua­to­ria­na está vivien­do un momen­to álgi­do, con pro­pues­tas muy intere­san­tes.

¿Por ejem­plo?

Por ejem­plo, hay nom­bres ya con­so­li­da­dos aquí, como el de Móni­ca Oje­da. Pero tam­bién hay otros que van a venir y van a pegar muy fuer­te.

Des­pués de la cri­sis eco­nó­mi­ca, ¿a qué retos se enfren­ta la publi­ca­ción de revis­tas lite­ra­rias?

Yo creo que siem­pre habrá un espa­cio para las revis­tas lite­ra­rias. Es cier­to que la lite­ra­tu­ra se ha diver­si­fi­ca­do, que no hay un úni­co mode­lo, que por todo hay que pagar un pre­cio y que hay que apli­car un fil­tro aún más estre­cho que el que apli­cá­ba­mos antes (debi­do, entre otros fac­to­res, a la irrup­ción de pági­nas con con­te­ni­dos cul­tu­ra­les de cali­dad). Cada revis­ta ocu­pa su pro­pia par­ce­la y des­plie­ga sus recur­sos a su mane­ra. Por ejem­plo, yo sigo leyen­do con mucho gus­to revis­tas que se edi­tan en papel como Cua­der­nos his­pa­no­ame­ri­ca­nos, Librú­ju­laTuria. Son revis­tas que siguen apor­tan­do muchas ideas y con­te­ni­dos. No hay por qué pen­sar que se encuen­tran en horas bajas.

Qui­me­ra sigue man­te­nien­do ese pul­so con la cri­sis tra­tan­do de diver­si­fi­car y ampliar la pro­pues­ta lite­ra­ria, no solo en el caso de la lite­ra­tu­ra euro­pea, sino tam­bién de la lati­noa­me­ri­ca­na, a tra­vés de char­las, entre­vis­tas, encuen­tros, etc. Hemos ela­bo­ra­do dosie­res sobre lite­ra­tu­ra norue­ga, dane­sa, ecua­to­ria­na, argen­ti­na, cuba­na, etc. Hay una cier­ta voca­ción de uni­ver­sa­li­zar, de dar a cono­cer lo que hacen todos.

¿Y cómo ve a los otros auto­res que están publi­can­do o ya han publi­ca­do pro­pues­tas como la suya?

Es muy difí­cil ofre­cer una res­pues­ta cla­ra a esta pre­gun­ta. Lo que sí te pue­do decir es que el ensa­yo espa­ñol está vivien­do un buen momen­to. No se tra­ta de un ensa­yo de tipo aca­dé­mi­co, con nume­ro­sas notas a pie de pági­na, etc., sino un ensa­yo híbri­do, de cor­te auto­bio­grá­fi­co, muy malea­ble, en el que se dejan ver las tra­zas del autor. Te pon­go tres ejem­plos: Jor­di Carrión, con Libre­rías (Anagra­ma, 2013) y con Bar­ce­lo­na. Libro de los pasa­jes (Gala­xia Guten­berg, 2017); Ser­gio del Molino, con La Espa­ña vacía (Tur­ner, 2016) y con Luga­res fue­ra de sitio (Espa­sa Cal­pe, 2018); y Mar­ta Rebón, con En la ciu­dad líqui­da (Caba­llo de Tro­ya, 2017). Estos son auto­res repre­sen­ta­ti­vos del buen momen­to que está atra­ve­san­do el ensa­yo espa­ñol.

*Foto­gra­fía del autor © Javie­ra Gae­te Fon­ti­rroig.

*Un final para Ben­ja­min Wal­ter. Álex Chi­co.
Edi­to­rial Can­da­ya (Bar­ce­lo­na, 2017)