«Al volver la esquina», una obra de libertad

Al vol­ver la esqui­na es la segun­da y últi­ma obra publi­ca­da de la pre­ten­di­da tri­lo­gía «Tres pasos fue­ra del tiem­po», de Car­men Lafo­ret. En el pró­lo­go de La inso­la­ción, publi­ca­da en 1963, Car­men Lafo­ret decla­ra tener escri­tas las otras dos nove­las que com­ple­ta­ban la tri­lo­gía. Sin embar­go, al reto­mar el pro­yec­to diez años des­pués, deci­dió reha­cer­lo por com­ple­to. En vida envió la nove­la a la edi­to­rial, e inclu­so lle­gó a corre­gir las gale­ra­das, pero estas no fue­ron devuel­tas, y ha sido a par­tir de esas correc­cio­nes rea­li­za­das por la auto­ra de don­de ha sur­gi­do la edi­ción que final­men­te lle­gó a las libre­rías en 2004, de la mano de Agus­tínCris­ti­na Cere­za­les Lafo­ret, hijos de la escri­to­ra; e Israel Rolón Bara­da, inves­ti­ga­dor de su obra.

En Al vol­ver la esqui­na la nove­lis­ta reto­ma los per­so­na­jes prin­ci­pa­les de La inso­la­ción, dan­do un paso más en el tiem­po de sus vidas. Aho­ra los pro­ta­go­nis­tas ya no son los ado­les­cen­tes que vivían sus vera­nos en Beni­te­ca, sino adul­tos que se han vuel­to a encon­trar de for­ma for­tui­ta en Madrid. De los tres vera­nos don­de el tiem­po era fugaz e insu­fi­cien­te para las corre­rías de los ami­gos, del calor esti­val, de la luz del Medi­te­rrá­neo, de los cons­tan­tes des­cu­bri­mien­tos pro­pios de la ado­les­cen­cia, la auto­ra nos tras­la­da pri­me­ro a una noche de llu­via y frío de Tole­do, una autén­ti­ca noche tole­da­na; y des­pués, a un Madrid igual­men­te géli­do y oscu­ro, con un peque­ño parén­te­sis en la cos­ta que pare­ce tras­la­dar a los pro­ta­go­nis­tas a aque­llos vera­nos en los que se cono­cie­ron. Una vez más, el espa­cio y el cli­ma se con­vier­ten en per­so­na­jes de la obra. Si a la edad tem­pra­na le era pro­pio un tiem­po esti­val de pla­ya y jue­gos, a la madu­rez algo con­fu­sa le toca llu­via y oscuridad.

La con­ti­nui­dad en los per­so­na­jes está muy logra­da de una obra a otra. La sen­sa­ción de que, como lec­to­res-espec­ta­do­res, esta­mos siguien­do la vida de Mar­tín Soto y los her­ma­nos Cor­si, Ana y Car­los, es abso­lu­ta. Efec­ti­va­men­te son adul­tos y sus cir­cuns­tan­cias han cam­bia­do, pero la auto­ra ha con­se­gui­do seguir el ras­tro de los tres pro­ta­go­nis­tas hacién­do­les cre­cer en el papel.

Si con la lec­tu­ra de La inso­la­ción se tie­ne el con­ven­ci­mien­to de estar ante la obra de madu­rez de Car­men Lafo­ret, Al vol­ver la esqui­na rezu­ma liber­tad. La liber­tad de la crea­do­ra que ya no bal­bu­cea ante su pri­me­ra nove­la, que ha logra­do dar por ter­mi­na­do diver­sos pro­yec­tos, que tie­ne la nece­si­dad de reha­cer un tra­ba­jo por com­ple­to y que com­bi­na con maes­tría atmós­fe­ras, voces narra­ti­vas, tiem­pos y espa­cios diferentes.

alvolverlaesquinaEsta nove­la de 2004 está lle­na de una escri­tu­ra viva pro­pia de una crea­do­ra madu­ra, nada suje­ta a con­ven­cio­na­lis­mos narra­ti­vos. La liber­tad men­cio­na­da se deja notar en la alter­nan­cia de voces: des­de el monó­lo­go inte­rior a los diá­lo­gos, pasan­do por el narra­dor-pro­ta­go­nis­ta y el narra­dor-imper­so­nal en ter­ce­ra per­so­na. En la mis­ma obra nos encon­tra­re­mos tan­to con atmós­fe­ras mis­te­rio­sas, más pro­pias de una nove­la negra, como con esce­nas cora­les de enre­do. La publi­ca­ción de la noti­cia que da cuen­ta de la des­apa­ri­ción del pro­ta­go­nis­ta, pun­to de par­ti­da de la nove­la, es el ele­men­to per­fec­to para pre­sen­tar una tra­ma inquie­tan­te. Y sin embar­go, a pesar de su sabor nue­vo y su aire fres­co, Lafo­ret vuel­ve a recrear per­fec­ta­men­te el ambien­te que ya en La inso­la­ción carac­te­ri­za­ba a la fami­lia Cor­si y a la oscu­ri­dad pro­pia de las refle­xio­nes del joven Martín.

La auto­ra logra un per­fec­to equi­li­brio entre el res­ca­te de algu­nos per­so­na­jes secun­da­rios de la pri­me­ra nove­la y la incor­po­ra­ción de otros nue­vos. Con gran maes­tría rea­li­za, como ha hecho en todos sus títu­los, un retra­to de la Espa­ña del momen­to. Al vol­ver la esqui­na repi­te la dua­li­dad de mun­dos: la mise­ria de las pen­sio­nes, las comi­das exi­guas, la pica­res­ca de los per­so­na­jes para sobre­vi­vir y las cenas sun­tuo­sas con invi­ta­dos extra­va­gan­tes, el gran piso fren­te a El Reti­ro con ser­vi­cio, las luces y neo­nes de una vida de fies­tas y viajes.

Dos reali­da­des que el pro­ta­go­nis­ta tran­si­ta como si cru­za­ra un puen­te: del pin­tor de mise­ria que bus­ca­ba los alo­ja­mien­tos más bara­tos al seño­ri­to que paga los gas­tos de sus ami­gos con su recién adqui­ri­da heren­cia. Mar­tín sal­ta de un mun­do a otro lle­ván­do­se con­si­go a alguno de los personajes.

Con esta dua­li­dad la auto­ra tam­bién nos mues­tra que no son todo luces al otro lado, que una vida lle­na de apa­ren­tes ven­ta­jas tam­bién tie­ne sus som­bras: vio­len­cia y dro­gas, celos, mal­tra­to, men­ti­ras, matri­mo­nios de con­ve­nien­cia… Lafo­ret nos des­cri­be vidas que dis­tan de ser sim­ples, y mucho menos satis­fac­to­rias, a pesar de su apa­ren­te bien­es­tar. Mar­tín cru­za el puen­te, entre­gán­do­se a esa exis­ten­cia de luces de neón y privilegios.

En La inso­la­ción el joven­cí­si­mo Mar­tín ve la nece­si­dad de dedi­car­se por com­ple­to al arte de la pin­tu­ra, mani­fes­tan­do su desin­te­rés por cual­quier enamo­ra­mien­to y esta­bi­li­dad fami­liar que pudie­se ale­jar­lo de su obje­ti­vo. No quie­re per­te­ne­cer a nada que no sea su pasión crea­ti­va. En Al vol­ver la esqui­na, en el ins­tan­te en el que sur­ge la figu­ra de Ana en la noche tole­da­na, las aspi­ra­cio­nes artís­ti­cas de Mar­tín pasan a un segun­do plano. De nue­vo su vida se ve absor­bi­da por sus ami­gos de anta­ño, como ocu­rría en los vera­nos en Beni­te­ca. No sería del todo correc­to y nada jus­to decir que Mar­tín pier­de su volun­tad con la irrup­ción de los Cor­si, pero sí que sor­pren­de su capa­ci­dad de mime­ti­zar­se y de, al menos apa­ren­te­men­te, dejar atrás todo lo que has­ta ese momen­to le preocupaba.

Mar­tín ha cru­za­do el puen­te pero vive en las dos ori­llas: una vida que pue­de pare­cer de car­tón pie­dra, más pro­pia de la oscu­ri­dad de la noche y de la vida loca de los her­ma­nos Cor­si. Y otra en la que se com­por­ta según le dic­ta su con­cien­cia, en la que mira por su futu­ro y don­de pla­nea echar raí­ces, una tie­rra fér­til para con­ti­nuar con su vida una vez pase el terre­mo­to que siem­pre supo­ne la apa­ri­ción de sus amigos.

Aun­que se empe­ñe en negar sus sen­ti­mien­tos, la nove­la está lle­na de pági­nas que can­tan al amor sin­ce­ro y apa­sio­na­do. Sin embar­go, el joven Mar­tín no se con­for­ma con un úni­co amor y deci­de dar un paso más en el dis­fru­te de las pasio­nes amo­ro­sas, enre­dán­do­se en his­to­rias com­pli­ca­das y oscu­ras, his­to­rias de trai­ción que enre­dan la made­ja de su exis­ten­cia y lo con­vier­ten en un per­so­na­je con una doble vida y, tal vez, con una doble moral.

Car­men Lafo­ret vuel­ve a ser la escri­to­ra que sugie­re, mos­tran­do sin dar expli­ca­cio­nes, sal­tan­do de la voz del pro­ta­go­nis­ta a la del narra­dor, uti­li­zan­do todos los recur­sos nece­sa­rios para dar vida a un mun­do lite­ra­rio don­de el lec­tor tie­ne ojos, oídos y piel para sen­tir como el pro­pio Mar­tín. El paso entre la obra de 1963 y la publi­ca­da en 2004 es abis­mal, sin supo­ner una rup­tu­ra abso­lu­ta: hay con­ti­nui­dad entre ellas pero se nota el uso de nue­vos recur­sos al ser­vi­cio de la nove­la, la madu­rez crea­ti­va de la escri­to­ra, la liber­tad y la maes­tría de alguien cuyas obras beben direc­ta­men­te de la realidad.

Al final de estas pági­nas, el lec­tor se que­da con el pro­fun­do deseo de que el manus­cri­to de Jaque mate apa­rez­ca algún día entre pape­les suel­tos o en una saca per­di­da de correos, para vol­ver a sumer­gir­se en los mun­dos de una escri­to­ra capaz de crear reali­da­des tan cer­te­ras y cer­ca­nas. Una auto­ra que logró hacer de la vida pura lite­ra­tu­ra. Y de la lite­ra­tu­ra, la vida misma.

Ilus­tra­ción de cabe­ce­ra: deta­lle de la cubier­ta del libro (Edi­cio­nes Destino).

* Al vol­ver la esqui­na. Car­men Laforet.
Edi­cio­nes Des­tino (Bar­ce­lo­na, 2004).

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